El mirto y el puñal 57
71%

57

–Mirad las manos de su santidad —le susurró el embajador de Venecia, Antonio Giustiniani, a su colega de Ferrara, Belgrando de Costabili—. ¿Veis como le tiemblan?

—Es cierto lo que dice su señoría —corroboró el legado del duque Hércules de Este, consuegro del pontífice—. Me lo comentó ayer monsignore Burcardo, pero no había tenido ocasión de verlo con mis propios ojos: el papa Alejandro está enfermo.

La voz del santo padre apenas se oía en la capilla del papa Sixto en la que él mismo oficiaba una misa de acción de gracias para conmemorar el undécimo aniversario de su canónica elección como ducentésimo décimo cuarto sucesor del apóstol san Pedro.

Aquella misa pontifical era, junto a un banquete previsto para esa noche en el Palacio Apostólico, el único acto que el pontífice había autorizado para celebrar su ascenso al trono papal.

Una epidemia de fiebres tercianas hacía estragos en Roma y, con la guerra entre Francia y España a las puertas de la Ciudad Eterna, incluso el insaciable pueblo llano —siempre ávido de distracciones— no parecía tener demasiadas ganas de fiesta.

Los diplomáticos habían entrado a la capilla Sixtina comentando cómo, el 28 de abril, el Gran Capitán había destruido el ejército francés que mandaba Louis d’Armagnac, duque de Nemours, quien se dejó la vida, junto a la de cuatro mil soldados, en la llanura de Ceriñola, en la Apulia.

El capitán Yves d’Alègre se había salvado de milagro para retirarse hacia Gaeta, donde estaba atrincherado.

Las fuerzas españolas se habían quedado a un día de marcha de Nápoles, que ya no tenía forma de defenderse, y las autoridades de la ciudad habían enviado mensajeros para reconocer a Gonzalo Fernández de Córdoba como nuevo gobernador en nombre del rey Fernando de Aragón y Castilla.

—Más de dos mil lanzas francesas fueron derrotadas por apenas una docena de piezas de artillería española que dispararon sólo una vez y poco más de un millar de arcabuceros.

¡Quién lo iba a decir! —exclamó el ferrarense—.

La flor y nata de la nobleza de Francia masacrada por gañanes muertos de hambre y llenos de piojos, pero armados con esos infernales palos de fuego.

— ... eamque secundum voluntatem —siguió el santo padre— tuam pacificare et coadunare digneris . 3

—¿Y sabéis algo del estado de salud del Valentino? —preguntó el embajador veneciano—. La última vez que lo vi fue en el consistorio público que su santidad convocó dos días después de la festividad de Santa Ana.

Los diplomáticos también habían asistido a la reunión en la que el papa había proclamado, con toda solemnidad, que la partida del capitán general de la Iglesia al frente del ejército pontificio para «los asuntos del Reino de Nápoles» se iba a producir el sexto día de agosto.

Aquello pareció tranquilizar, por igual, al embajador del rey de Francia y al de Castilla y Aragón.

Suponían los embajadores de Venecia y Ferrara que la satisfacción de los dos legados se debía a que el pontífice no dijo, al menos de manera explícita, bajo qué bandera iban a luchar los más de cinco mil hombres que el Valentino había hecho desfilar desde la plaza Navona hasta la de San Pedro el día de Santiago Apóstol. Para Francia o para España.

—Lo único que sé —susurró el diplomático ferrarés— es que la víspera de la supuesta marcha del ejército pontificio hacia Nápoles, hace ya una semana, el duque Valentino fue visto, junto al santo padre, de camino hacia la villa que el cardenal Adriano di Corneto tiene junto a la nueva via Alessandrina, donde asistieron a un banquete de despedida para el capitán general de la Iglesia, junto al embajador de Francia, varios miembros de la familia Borgia y, por supuesto, un buen surtido de elegantes damas.

—¿Damas o putas? —soltó el veneciano con una sonrisa malévola—. Quiero decir, ¿damas o corgitiane oneste ?

—En esta ciudad —el diplomático de Ferrara le guiñó un ojo a su colega—, ¿hay alguna diferencia entre unas y otras?

—¡Es cierto! —rio el veneciano—. Pero, continuad, por favor.

—Bueno, pues resulta que el cardenal Di Corneto enfermó justo a los tres días.

—¡Fiebres tercianas! ¡Sin duda! —exclamó el veneciano—. ¡Terrible dolencia!

—En efecto. Desde entonces sufre violentos episodios de calentura, calambres en el estómago y vómitos. Por eso no ha acudido a esta misa de aniversario y sé de buena tinta que ya lo han sangrado seis veces.

—¡Santa María! —suspiró Giustiniani—. Sí que debe de estar grave para necesitar tanto remedio. ¿Y decís que enfermaron los tres?

—Por lo visto, el papa sí lo ha hecho. Y también el Valentino, pues se ha pospuesto indefinidamente la salida del ejército pontificio hacia Nápoles.

El embajador de Francia tampoco se encuentra bien, aunque no parece que su estado sea tan grave.

En todo caso, ¿no os parece sospechoso? Se rumorea que el papa y su hijo pretendían asesinar al cardenal Corneto con vino envenenado, pero que los criados que les servían se equivocaron de jarra.

—¡Por Dios, messer Costabili! —protestó Giustiniani—.

Media Roma está enferma o lo estará en pocos días.

¡El veneno flota en el aire de esta maldita ciudad!

El sobrino favorito del papa, el gordo cardenal de Monreale, murió hace nueve días.

El calor de este año está provocando más miasmas malignas en el Tíber que nunca.

Yo he prohibido a mis criados que se abran puertas y ventanas para evitar los aires malsanos del río, y no salgo de casa sin una buena razón.

Que el santo padre y el capitán general de la Iglesia estuvieran al aire libre durante tanto tiempo me parece una temeridad.

—Pues yo —el ferrarés se golpeó el cuello con un sonoro manotazo— me conformaría con que no hubiera tantísimos mosquitos.

—Mayor que la plaga de mosquitos es el ejército francés que está de camino —dijo el veneciano— al mando del marqués de Mantua y que ya ha llegado a Viterbo.

Supongo que el cuñado de Lucrecia Borgia espera que las fuerzas del Valentino se unan a él en Roma para marchar contra el Gran Capitán, que ya es dueño de Nápoles desde mayo.

¿Y sabéis quién cabalga con todos esos soldados?

—Me vais a sorprender.

—Nada menos que el cardenal de San Pietro in Vincoli.

—¡Giuliano della Rovere! —chilló Costabilli—. Ha salido de su cubil en Aviñón.

—Lo que significa que el papa se está muriendo.

—¿Vos creéis? Durante el pasado carnaval vos mismo lo visteis bailando y haciendo con damas —un brillo malévolo destacó en su sonrisa— cosas de joven como él mismo dice.

—Es más que una premonición, signore . Y creo que la comparto con el cardenal Della Rovere porque, de otro modo, no regresaría a Roma. Y de esa manera tan ostentosa.

—Bueno, el papa y el cardenal de San Pietro in Vincoli ya se reconciliaron y el santo padre lo ratificó como legado pontificio en Aviñón, uno de los puestos más rentables de toda la curia.

—El error más grande que se puede cometer en política, querido colega, es pensar que los beneficios recientes borran las ofensas pasadas. Della Rovere y Borgia han sido enemigos durante treinta años.

—En todo caso, ¿qué pensáis que iban a hacer el Valentino y el papa? —Costabilli cambió de tema—. ¿Unirse a los franceses o, como se rumorea, pasarse al lado español como han hecho los Colonna? Son muchos los capitanes de fortuna españoles que se han unido a las tropas del Gran Capitán.

—No lo sé. Sí que es cierto que el santo padre lleva semanas insistiéndome en que Venecia, Ferrara y el papado tienen que aliarse para mostrar un frente unido ante Francia y España y...

—Mi duque —interrumpió el embajador de Ferrara— no está por la labor. Y aunque cada vez se ve más mermado físicamente porque es viejo, la cabeza le sigue funcionando con la misma frialdad de siempre.

—Mi dogo tampoco —dijo el veneciano—. Además, el Valentino se ha hecho ya demasiado poderoso en la Romaña, lo que beneficia también a los Estados Pontificios. Y eso no le conviene a nadie. Ni al Sacro Imperio, ni a Francia ni a España.

—Ni a Venecia, signore .

—Tampoco a Ferrara, querido colega. Por mucho que la duquesa heredera sea quien es.

— Qui vivis et regnas —concluyó el santo padre en el altar— per omnia saecula saeculorum. Amen . 4

La primera impresión de los dos diplomáticos era correcta.

El papa estaba enfermo y su hijo también.

Al Valentino le subió la fiebre tres días después de la cena en la viña del cardenal Di Corneto, mientras que al papa le ocurrió al cuarto día.

El médico personal del Valentino, el doctor Torrella, diagnosticó de inmediato las habituales fiebres tercianas del verano romano tras comprobar que su paciente padecía fuertes calambres estomacales y vómitos, por lo que prescribió baños de agua helada y una sangría.

El sábado, 12 de agosto, el papa empezó a encontrarse realmente mal después del desayuno y, como su hijo, también se quejaba de dolor de vientre y alta temperatura.

Que el papa tuviera idénticos síntomas que el Valentino un día después sólo podía significar una cosa: fiebres cuartanas —las que afligen al enfermo con especial virulencia cada cuatro jornadas— que son mucho peores que sus hermanas las tercianas y que provocan que más pecadores tengan que comparecer ante el juicio del Altísimo.

Los médicos ordenaron que se sellaran puertas y ventanas de los apartamentos de la torre Borgia para evitar los malos aires, que se quemaran braseros con romero fresco, salvia verde y palos de canela y que se restringieran al máximo las entradas y salidas de personal de los aposentos del papa.

Ni siquiera la gente de más confianza de César o incluso el propio Valentino —que ocupaba las estancias del piso superior a las del santo padre— podían acceder a donde estaba el papa.

Los cinco cardenales palatinos —Jaume Serra, Francesc de Borja, Joan Castelar, el camarlengo privado Jaume Casanova y Francisco Galcerán de Lloris-Borja, que vivían en otras dependencias del Palacio Apostólico— se acomodaron en camastros improvisados en esa planta para hacerle compañía junto al vicario general de Roma y confesor del papa, el valenciano Pere Gamboa.

Al día siguiente era domingo, 13 de agosto, y ni el papa ni su capitán general experimentaban mejoría alguna.

Por ello, los médicos decidieron someterlos a más sangrías.

Nueve onzas de sangre extrajeron del cuerpo viejo del santo padre, y hasta doce vertió el Valentino después de que la lanceta del doctor Torrella le abriera las venas de ambos antebrazos.

Al parecer —y pese a la cantidad extraída— el remedio surtió efecto, pues los dos se recuperaron lo suficiente como para enviarse mensajes por medio de pajes y cubicularios.

César aprovechó también su vuelta a la conciencia para tomar algunas precauciones.

Ordenó a don Micheletto que mandara a los estradiotes a ocupar posiciones en los accesos del Palacio Apostólico.

Además, dispuso que en Sant’Angelo se hiciera acopio de provisiones, leña, munición y pólvora y que se revisara que el passetto , que unía la fortaleza con el Palacio Apostólico, estaba expedito y controlado por gente de confianza de los Borgia.

El día de la Asunción de Santa María, el sumo pontífice y el duque de la Romaña luchaban contra el delirio febril.

Cuando las campanas de la torre del Gallo de la basílica de San Pedro tocaban a vísperas y el calor del feroz Ferragosto de la Ciudad Eterna remitía, los médicos volvieron a sangrar al papa.

Esta vez fueron trece onzas del líquido vital las que le fueron extraídas y, aunque perdió el sentido durante el proceso, a las pocas horas, cercana ya la medianoche, el papa se recuperó.

Alejandro VI, incluso, pidió a su primo Francesc y a su confesor, Pere Gamboa, que jugaran con él a las cartas y también accedió a beber un poco de vino endulzado con miel y a comer algunos pellizcos de mazapán y queso blanco.

Pese a la escasa ingesta, en plena madrugada, el santo padre lo vomitó todo y sufrió otra subida brutal de fiebre acompañada de convulsiones que el arquiatra no logró controlar, pese a sumergirlo en agua fría primero y en aceite de oliva tibio después.

En cuestión de un par de horas, se debilitó tanto que perdió el conocimiento y el doctor Torrella sólo pudo recetar una cosa más: la extremaunción.

Aun así, el jueves 17 de agosto, poco después del ángelus, el papa Alejandro reunió las fuerzas suficientes para hablar y pedir el último sacramento por sí mismo. Fue su confesor, Pere Gamboa, que también era vicario general de Roma y obispo de Carinola, quien pronunció la primera de las plegarias:

— Pro hac sancta unctione et pro sua pietisima misericordia, indulgeat tibi Dominus dimittet tibi peccata cum oculis tuis . 5

Los cardenales fueron repitiendo la súplica cinco veces más para absolver a Roderic de Borja i Borja, Sanctissimus in Christe pater et dominus noster, Dominus Alexander divina providentia Papa sextus , de sus pecados cometidos por la nariz, la boca, las manos, los pies, la parte baja de la espalda y la frente.

En cada una de esas partes de aquel cuerpo decrépito, dibujaban la cruz con los dedos pringados de aceite de oliva y bálsamo.

Después, el primo del papa celebró una misa en la que el pontífice —apenas consciente— comulgó por última vez.

La noticia de que el papa se moría corrió por las calles de Roma.

Don Micheletto mandó a sus hombres a las plazas, tiendas y tabernas a decir que, aunque era verdad que el santo padre y el duque de la Romaña estaban enfermos, su estado no revestía especial gravedad.

Pero no sirvió de nada. La inquietante verdad flotaba en el aire con más persistencia que los molestos enjambres de mosquitos que, cada atardecer, se apoderaban de las riberas del Tíber.

La pallida mors —‘la pálida muerte’ del verso de Horacio— aequo pulsat pede pauperum tabernas regumque turres —‘que pisa con igual pie las cabañas de los pobres y los palacios de los reyes’— ya caminaba por las calles de Roma.

Los cardenales que no estaban en el Vaticano se atrincheraron en sus palacios-fortaleza para cuya defensa habían contratado a gente de armas.

Mientras tanto, partidas de sicarios de los Colonna, los Savelli y los Orsini —discretamente y en grupos pequeños— volvían a la ciudad para esconderse a esperar el momento.

El viernes, 18 de agosto, cuando el sol acababa de desaparecer tras el monte Janículo, el pontífice volvió en sí.

A los presentes en su cámara les pareció que quiso decir algo, pero de su boca salió un gruñido ininteligible.

Intentó incorporarse, pero las fuerzas sólo le dieron para levantar la mano derecha como si quisiera impartir la última bendición apostólica de su reinado.

Después, murió.