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El sacerdote comenzó la bendición final.
Los fieles se levantaron, y las velas encendidas comenzaron a iluminar la nave con su luz temblorosa.
Lucrecia tomó la suya, la sostuvo entre las manos y la alzó con solemnidad.
En ese instante, Pietro hizo lo mismo. Los minúsculos resplandores se fundieron en el aire.
Al salir de la iglesia, el frío era más intenso.
Lucrecia caminaba junto a Caterineta y Ángela, pero su mente estaba aún en la tercera fila de la humilde iglesia de San Cristóbal, en la mirada de Pietro, en las palabras que no se habían dicho y las caricias que anhelaban pero que ni siquiera se atrevían a desear por temor a que alguien lo notara.
Así hicieron juntos el camino hasta la carroza que la iba a devolver a Medelana.
—¿Me acompañaríais a casa, messer Bembo? El día está muy desapacible.
—Será un honor, signora .
Ya en el interior del carruaje, Lucrecia sacó una de las cartas de la pequeña caja de marfil donde guardaba las misivas. Ni se atrevía a dejarla en sus aposentos por temor a que alguna criada supiera de su existencia.
«No hay noche que no te piense —leyó en una de ellas— ni verso que no te nombre.
Si el mundo nos niega, que al menos la tinta nos abrace.
» Un estremecimiento le arañó el alma porque lo que sentía por Bembo era aún más fuerte que lo que había sentido por Alfonso d’Aragona.
Hasta que conoció al veneciano, estaba convencida de que su segundo marido era el único hombre al que había amado de verdad a pesar de su matrimonio de conveniencia.
Sin embargo, el poeta que cabalgaba junto a su carroza había despertado en ella un hambre que no iba a saciar con abrazos de tinta y una sed que no iba a calmar con versos de amor.
Y el mal tiempo vino en su auxilio.
Poco después de llegar a Medelana, cayó una copiosa nevada que cubrió los campos y borró los lindes de los caminos.
No hubo más remedio que habilitar un aposento para messer Bembo.
Aquella misma noche, Lucrecia, disfrazada de criada, dejó a Ángela en su cama haciéndose pasar por ella y se deslizó en la habitación de Bembo.
Hizo el amor con él con una ternura y pasión que no podía recordar porque nunca lo había experimentado.
Y supo que había sido un error. Un error que no podía repetir ni mantener.
— Ite, missa est! —proclamó el cardenal Hipólito con los brazos extendidos—. Ite in pace!
La misa del Miércoles de Ceniza había concluido y Lucrecia se retiró a su celda. De debajo del colchón sacó la cajita de marfil y buscó en el armario papel y tinta:
Mi querido Pietro:
He tardado en escribirte porque cada palabra que intento poner sobre el papel parece traicionarme.
El corazón me dice que te escriba, como siempre, como tantas veces, como cuando me escribiste: «Amor mi dice: scrivi, e io scrivo.
Scrivo perché il cuore non tace, e la tua immagine mi perseguita anche nel sonno».
1 Pero esta vez, Pietro, escribo porque el amor también debe saber callar.
La vela que encendimos en la iglesia de San Cristóbal provocó una hoguera que aún arde en mi alma. Sin embargo, esa misma luz me muestra lo que no quiero ver: que lo nuestro, por luminoso que sea, vive en la sombra. Y en la sombra, todo lo que brilla corre peligro.
No puedo seguir viéndote ni escribiéndote. No porque no te ame —sabes que lo hago—, sino porque este amor nos pone en peligro. Cada carta que cruzamos es una llama que podría incendiarlo todo. Cada mirada y cada verso es un riesgo que ya no puedo asumir.
Me llamas candor de las estrellas, y yo te leo como si fueras el único que ha sabido mirar más allá de mi nombre.
Yo quiero ser para ti la fidelissima femmina , y ese juego que inventamos, esa firma secreta, se ha vuelto una ironía demasiado pesada.
¿A quién soy fiel, Pietro? ¿A ti, que me haces sentir viva? ¿O al mundo que me exige ser otra?
No lamentes lo que no pudimos hacer, celebra lo que fuimos capaces de sentir.
En cada momento del día recuerdo tu verso: «No hay noche que no te piense, ni verso que no te nombre.
Si el mundo nos niega, que la memoria nos abrace».
Guarda esa memoria, Pietro. Guárdala como yo guardaré tus cartas, tus poemas y tu voz atrapada en la tinta roja de granada.
Debería quemarlas, como hago con muchas de las que me mandan mi padre y mi hermano porque son peligrosas.
Pero no lo haré. No las quemaré. No las olvidaré. Pero no volveré a responderlas.
Ésta será mi última carta. No por falta de amor, sino por exceso de realidad. Porque el amor, cuando es verdadero, también sabe retirarse antes de destruir y de que lo destruyan.
No me escribas más. No vengas a la iglesia de San Cristóbal, ni a la delizia de Medelana, ni a ningún lugar donde el silencio nos haya abrazado.
Déjame ser fiel, no a mi marido ni a mi apellido, sino a las palabras que me hacen sentir viva; a las cartas que arden más que el fuego; a las llamas que has encendido con cada uno de tus versos.
Tanto los que escribiste en un papel como los que dibujaste en mi piel.
Con todo lo que fui contigo,
F. F.