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– Memento, homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris.
El cardenal Hipólito marcó en la frente de Lucrecia la cruz de ceniza que le recordaba que polvo era y polvo sería.
La hija del papa volvió a cubrirse la cabeza con el velo negro y regresó al reclinatorio junto a sus doncellas.
Ninguna llevaba trenzada la cabellera ni portaba diademas, joyas, perfume o maquillaje.
Todas iban vestidas con simples túnicas de lana parda anudadas a la cintura con el cordón de tres nudos que representaba los votos de pobreza, castidad y obediencia al igual que el resto de las clarisas del convento.
Tras Lucrecia fue Ángela Borgia la siguiente en arrodillarse ante el cardenal Hipólito.
La ahogada risita de su prima y el falso carraspeo de su cuñado tras pronunciar el memento, homo provocó que la hija del papa dejara a la mitad el avemaría que estaba rezando y abriera los ojos.
Por las caras de escándalo de las monjas imaginó que su prima y su cuñado habían hecho algo inapropiado o estúpido. O las dos cosas.
— Caterineta —susurró—, què ha passat?
—Su eminencia —la esclava le susurró al oído— ha fingido que se le caía el recipiente con la ceniza, pero, en vez de elevarlo otra vez hasta su corazón, lo ha dejado... abajo.
—¿Abajo? —Lucrecia frunció el ceño—. ¿Cómo que abajo?
—¡A la altura de su entrepierna, senyora ! —exclamó la niña—. Como haciendo... haciendo otra cosa.
Lucrecia puso los ojos en blanco. Más que la travesura, le preocupaba el arriesgado tonteo que Ángela llevaba a cabo con el cardenal Hipólito y con el bastardo Julio al mismo tiempo.
Era un juego peligroso, puesto que Hipólito y Julio se profesaban un odio que no disimulaban.
«Tengo que casar a Ángela ya —pensó—. Y sacarla de Ferrara. »
A pesar de que se iniciaba un periodo de penitencia, la Cuaresma se presentaba brillante para los Borgia.
El Valentino, tras il bellisimo inganno de Senigallia, era el dueño de media Italia central.
Había ocupado Città di Castello —el antiguo feudo del asesinado Vitellozzo Vitelli— y después avanzó hasta Perusa, cuyo tirano, Giampaolo Baglioni, huyó a la corte de Pandolfo Petrucci.
Las villas de Fermo, Todi, Cisterna y Montone se rindieron sin luchar mientras César avanzaba hacia su verdadero objetivo: Siena.
Sin embargo, el tirano que la gobernaba y que había armado la conjura de Senigallia, Pandolfo Petrucci, huyó con un salvoconducto del rey de Francia, a quien le había pagado veinte mil ducados a cambio de la protección frente a la venganza de César Borgia.
Cuando el Valentino se enteró de que su presa se le había escapado con la connivencia de su «primo» el rey de Francia, rompió a patadas una mesa de roble como si estuviera hecha de papel.
— Memento, homo —repitió el cardenal Hipólito mientras dibujaba la cruz en la frente de Caterina—, quia pulvis es et in pulverem reverteris.
Lucrecia sabía que, aunque la fortuna sonreía, los peligros no habían desaparecido.
Los Orsini supervivientes se habían atrincherado en sus castillos de Bracciano, Anguillara y Ceri, desde donde lanzaban partidas de hombres armados —en impía alianza con sus enemigos ancestrales, los Colonna— para quemar molinos, arrasar campos y destruir los ingenios de las minas de alumbre papales de Tolfa.
Intentaron, incluso, tomar el puente de Nomentano, a las puertas de Roma, cuyas torres fortificadas sobre el río Aniene permitieron a la guardia pontificia rechazar el ataque el tiempo suficiente para que don Micheletto —a marchas forzadas desde Viterbo— llegara con doscientos estradiotes, un millar de infantes de la Romaña y varias piezas de artillería ligera.
— Poenitentiam agite, appropinquavit enim Regnum Caelorum! —exclamó Hipólito de Este abriendo los brazos cuando hubo marcado la frente a la última de las monjas—. ¡Arrepentíos, porque el reino de los cielos ha llegado!
Lucrecia cerró los ojos y apretó con fuerza los dedos entrelazados para buscar en la oración la tranquilidad que le faltaba a su alma.
Tenía de lo que arrepentirse. Tanto por lo que había hecho su familia como, y sobre todo, por lo que ella misma había hecho.
Y aunque para lo primero podía buscar el perdón de Dios, para lo segundo no se podía perdonar a sí misma su propia estupidez.
El remordimiento la llevó a recordar una de las últimas cartas que había recibido de César. Tras leerla, la había arrojado a las llamas de la chimenea en un vano intento de que el fuego purificara las letras que describían cómo su hermano y su padre habían hecho matar a un príncipe de la Iglesia.
Como si del relato de una alegre partida de caza se tratara, el Valentino explicaba a su hermana en la misiva que don Micheletto había estrangulado al cardenal Giambattista Orsini —el jefe de la conjura de Senigallia— en una de las habitaciones para rehenes ilustres del castillo de Sant’Angelo que estaba pared con pared con la que ocupaba Sancha d’Aragona.
Después, los estradiotes de su asesino personal asaltaron la fortaleza de Montegiordano —donde Lucrecia y César se educaron—, la saquearon y expulsaron a sus moradores después de apalear a todos los hombres y violar a todas las mujeres de más de doce años y menos de setenta.
Incluso la propia madre de Giambattista, octogenaria y medio ciega, fue desahuciada y, durante días, vagó con lo puesto por Roma soltando alaridos por calles que se vaciaban a su paso, pues nadie se atrevía a darle asilo para no incurrir en la ira del papa.
Que Lucrecia hubiera quemado la carta nada más leerla no quería decir que en Ferrara no se supiera de la crueldad de la venganza Borgia.
Se conocía tan bien que las miradas de temor y desprecio hacia ella se hacían cada vez con menos recato.
Por ese motivo, Lucrecia había decidido retirarse a pasar la Cuaresma en el monasterio del Corpus Domini.
Pensaba que allí, entre sus monjas, podría poner en orden sus pensamientos.
Y, sobre todo, sus sentimientos, esos que Pietro Bembo había vuelto del revés.
Si la carta de César era descarnada, las de Bembo eran peligrosas. Muy peligrosas.
Desde su primer encuentro en la delizia de Belfiore, el poeta veneciano había frecuentado la villa de Medelana, a la que Lucrecia volvió aprovechando que su marido se había marchado a uno de sus viajes, cada vez más frecuentes y largos.
Al principio, las visitas fueron semanales, pero pronto se convirtieron en diarias.
Bembo recitaba poemas de Petrarca, Dante o suyos propios, traducía sobre la marcha fragmentos de obras de Ovidio, Terencio o Séneca o hablaba de cualquier cosa ante la pequeña corte femenina de Lucrecia, quienes escuchaban completamente hechizadas.
Después, aquellas veladas terminaban con unos momentos para que Lucrecia y Bembo charlaran a solas.
No obstante, ambos sabían que aunque la delizia era el refugio de Lucrecia, había espías del viejo duque Hércules y de su cuñada Isabella de Este.
Por ello, decidieron cambiar los encuentros por cartas que se deslizaban entre las mangas o se intercambiaban a través de Caterineta.
Y, para mayor seguridad, Lucrecia firmaba los pliegos como F.
F. — fidelissima femmina , ‘la mujer más fiel’—, un chiste privado entre ambos no exento de ironía y más aún después de lo que ocurrió en la iglesia de San Cristóbal el día de la Candelaria.
Lucrecia había acudido al pequeño templo de Medelana para la misa de la bendición de las velas, donde ya aguardaba Bembo.
—No tenías que haber venido —le susurró al veneciano—. Aquí hay demasiada gente.
—No todos los días se recibe una invitación con versos de Petrarca.
—No te he invitado.
— Vieni, che senza te non posso stare —recitó Bembo—. Ven, que sin ti no puedo estar. Eso ponía en la carta. Y, aunque Petrarca dirigía el soneto a su amada Laura, yo creo que podía darme por aludido. Cualquier hombre lo hubiera hecho.
—Cualquier hombre que estuviera loco.
—Yo estoy loco, Lucrecia. Loco de amor.
Lucrecia se giró apenas, lo justo para mirar a Pietro sin que nadie lo notara. El incienso flotaba en el aire como una cortina tenue con la que tapar los pecados.
—Loco de amor —repitió ella en voz baja, sin mirarlo—. ¿Y qué se supone que debo hacer con esto?
—Leerlo —respondió él—. Como lees mis cartas. Como lees entre mis versos.
Lucrecia apretó el pequeño pliego que llevaba escondido en la manga.
Lo había recibido dos días antes, escrito con la tinta de granada que Pietro usaba cuando deseaba que sus palabras se quedaran grabadas en la memoria.
En él, había escrito: «Tu candor supera el de Diana, tu ingenio el de Minerva.
Pero más que todo, tu silencio me habla como ningún verso podría hacerlo».
Ella había leído esa frase en la penumbra de su alcoba, mientras Caterineta dormía y la luna se colaba por los vitrales.
La había leído mil veces y firmado su respuesta como F.
F. ¿Ella? ¿Qué fidelidad podía prometer una mujer casada tres veces por conveniencia y esclava de la política y los intereses de su hermano y de su padre?
La misa avanzaba. El sacerdote hablaba de la purificación de María, de la presentación del niño en el templo.
Lucrecia pensó en sus propios hijos, Giovanni y Rodrigo, aún demasiado pequeños; aún demasiado lejos; aún, felizmente, ajenos a las intrigas, la política, la miseria humana, la guerra y la muerte que la rodeaban.
—¿Te recuerdo más cosas que escribiste en tu última carta? —dijo Pietro—. «Si alguna vez dudas de mí, ven aquí. Y sabrás que te he pensado entre estos muros.»
Lucrecia cerró los ojos. No había esperado que él viniera. No realmente. Pero lo había deseado. Como se desea lo imposible. Como se desea poder tocar el fuego sin quemarse.
—Baja la voz —suplicó Lucrecia—. Podrían oírte.
—¿Y si lo hicieran? ¿Podrían ver lo que arde entre dos palabras?