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Las paredes del gran salón de la delizia habían sido revestidas con tapices traídos de Flandes y sobre el suelo de madera se extendían mullidas alfombras de buena lana castellana.
Lucrecia, del brazo de Alfonso, hizo su entrada arropada por los aplausos de la corte ferrarense.
Tras el besamanos y la cena, llegó el momento en el que el orador — messer Pietro Bembo— se dispuso a hacer su disertación.
Alto y rubio como un arcángel, Bembo vestía la túnica oscura ribeteada con hilos de plata y el manto negro característico de los gentilhombres venecianos.
Su cabello dorado, peinado hacia atrás, dejaba ver una frente amplia, signo de su inteligencia.
Sus ojos, de un gris acerado, observaban el mundo con una mezcla de melancolía y deseo de belleza.
Al verlo, Lucrecia sintió que en él convivían el ascetismo del erudito y la sensualidad del poeta.
Tras hacer una reverencia al duque Hércules, Bembo subió a la tarima que se había dispuesto para su disertación.
—Cuando estiméis, messer Bembo —dijo el duque para dar permiso al orador—. Ferrara os escucha.
—Gracias, excelencia. Nobles de Ferrara, amigos del arte y del espíritu.
Vengo de Venecia no sólo con palabras, sino con una convicción: que nuestra lengua, la que brota del corazón del pueblo, puede elevarse a la altura de los dioses si se cultiva.
¿No hizo Dante que los condenados del infierno, las ánimas del purgatorio y los bienaventurados del paraíso hablaran en volgare ?
¿Acaso no cantó Petrarca sus penas en nuestro idioma?
¿No narró Boccaccio las pasiones humanas con gracia y claridad?
¿Por qué entonces hemos de rendirnos al latín, si nuestra lengua vive, respira y ama?
—¿Pretendéis —se burló el cardenal Hipólito de Este— que dejemos de escribir en la lengua de Cicerón, Tito Livio, Terencio y Plauto para usar la de los campesinos, las lavanderas, los rufianes y las putas?
—No, eminentissime pater —respondió Bembo con una sonrisa y dirigiéndose al cardenal en latín—.
Pretendo que la ennoblezcamos. Que tomemos lo mejor del latín y lo injertemos en el tronco vivo del volgare para seguir la estela que abrieron Dante y Petrarca.
Así brotarán en Ferrara las más bellas flores de la lengua italiana, digno legado del prestigio de la nobilísima casa De Este y su amor por la música.
Construyamos una prosa que cante como el laúd, una poesía que florezca como los jardines de esta delizia mecida por el aliento del Po y que los escritores sean músicos y jardineros de palabras.
El salón entero estalló en aplausos de aprobación.
La mayoría agasajaba así la elocuencia del veneciano, pero también había quien —el marido de Lucrecia entre ellos— celebraba la elegante humillación a la que Bembo había sometido a su insufrible hermano, el cardenal Hipólito, cuyo regreso a Ferrara desde Roma se había precipitado a causa de sus amoríos con Sancha d’Aragona.
De hecho, el hermano pequeño de Lucrecia y marido de Sancha —Jofré—, aunque ya no veía a su esposa, a la que despreciaba, no estaba dispuesto a seguir siendo el hazmerreír de toda Italia y había amenazado al cardenal con hacerle comulgar su propio miembro viril recién cortado si volvía a poner un pie en Roma.
En cuanto a Sancha —indefensa y sin valedores debido a que su tío Federico ya no era rey de Nápoles y estaba preso en Francia—, penaba en la celda noble del castillo de Sant’Angelo que había dejado vacía Caterina Sforza tras su liberación.
«Si la pobre Sancha —pensó Lucrecia cuando se enteró del triste destino de su cuñada— hubiera sido un hombre, nadie se hubiera atrevido a llamarla adúltera, ni a encerrarla en Sant’Angelo.
Y menos mal que respetaron su condición de princesa napolitana.
De haber sido la hija de un zapatero la hubieran matado a palos. »
Bembo continuó hablando durante casi una hora más sobre las bondades del volgare como lengua digna para componer versos, escribir comedias y tragedias, elaborar tratados y promulgar leyes.
Cuando terminó, toda la familia De Este —incluso el cardenal Hipólito, aunque sonriendo por el colmillo— felicitaron a Bembo por su defensa del italiano.
Cuando le llegó el turno de saludar a Lucrecia, la hija del papa pensó que aquel hombre era el único en toda la sala que no la contemplaba como un objeto de deseo ni con sospecha, desprecio o miedo.
Aunque no quería darle la razón a Strozzi —o no tan pronto—, sintió que aquélla era una mirada distinta: la del poeta que sabe que la belleza verdadera no está en la perfección, sino en las perfectas imperfecciones; en la tensión entre la luz y la sombra.
Bembo se inclinó con una reverencia, y Lucrecia le ofreció una sonrisa. En aquel instante, algo invisible se forjó entre ellos: una complicidad nacida de la intuición de que ambos compartían algo que todavía no sabían cómo llamarlo.
— Mastro Bembo —dijo Lucrecia—, toda Ferrara está a vuestros pies.
—Y yo lo estoy —respondió el veneciano— a los pies de su joya más preciada, excelencia.
—¿Sois siempre tan generoso con las palabras? ¿O sólo cuando sabéis que serán recordadas?
—Sólo cuando las merece quien las escucha. Además, os confesaré que, en realidad, soy un tímido que prefiere escuchar en vez de hablar.
—Entonces, sin duda os agradará la música. Si tal es así, estáis en el lugar correcto. Nadie puede competir con mi suegro en su amor por el arte de Euterpe.
—Me agrada la música, signora , tanto como el silencio que la precede.
—Entonces, estamos en armonía vos y yo. También prefiero el silencio.
—Pues no hay hombre en este mundo más dichoso que yo entonces.
Lucrecia pensó que, quizá unos años antes, se hubiera ruborizado ante las palabras del poeta. No obstante, aunque ya no era una niña vulnerable a las galanterías, sentía que aquel hombre le producía una atracción irresistible que no era física. O no sólo física.
— Mastro Bembo, habéis citado mucho a Petrarca en vuestra disertación. Pace non trovo, et non ò da far guerra. 1 ¿Creéis que el amor debe doler para ser verdadero?
—Creo que el amor que no duele es sólo cortesía.
—¿Y el que duele demasiado?
—Entonces, es poesía.
—En ese caso, imagino que, como poeta, vivís en el tormento eterno como las almas condenadas al infierno. Por eso no me atreveré a pediros que me escribáis un verso.
—No hace falta, signora , porque ya lo he hecho. Antes de conoceros.
—Pues no era para mí entonces, mastro Bembo —rio Lucrecia.
—Era para la idea de vos.
—¿Acaso sabéis quién soy en realidad para llegar tan hondo? No os creo. La corte de Ferrara, y todas las de Italia, son perpetuos bailes de máscaras. Todos ocultamos algo. ¿Vos también?
—Sólo mis temores —respondió Bembo—. Y también mis deseos.
—Entonces, sois más valiente que la mayoría.
Lucrecia alargó su mano enguantada para que Bembo la besara a modo de despedida. Con la fiesta en su apogeo —y tal como solía hacer— se retiró a los aposentos que habían preparado para ella no sin antes ordenar a Caterineta que hiciera saber a su marido que, esa noche, quería que la visitara.
Unas horas más tarde, mientras Alfonso jadeaba encima de ella, Lucrecia pensaba en Bembo.