El mirto y el puñal 55
68%

55

Toda la influencia sobre su marido y su suegro —y sobre toda la corte de Ferrara— que Lucrecia había acumulado desde que hizo saber que estaba embarazada parecía ahora estar tan muerta y enterrada como la niña sin vida que había parido a principios de otoño y cuyo parto le había provocado unas fiebres puerperales que casi la llevan a ella también a la tumba.

Tras superar la enfermedad, la hija del papa había caído en el pozo de una negra melancolía que la visita de su hermano César en octubre no había logrado aliviar.

Desde entonces, se había aislado aún más en la villa de Medelana donde sólo recibía a Ercole Strozzi, quien se había convertido en su consejero más cercano.

Aunque su marido, Alfonso, la había visitado un par de veces, no habían dormido juntos, ya que Lucrecia aún tenía molestias y los médicos desaconsejaban la unión carnal, por lo menos, hasta pasada la Cuaresma.

Por su parte, el viejo duque —que había prometido peregrinar a la basílica de la Santa Casa de Loreto si Lucrecia y su hija recién nacida sobrevivían— consideró que, como había sido niña y, además, nació muerta, Dios sólo había cumplido media parte del trato, por lo que él optó por incumplirlo del todo.

Después, como siempre, continuó con su vida como si su nuera no existiera.

De ahí que a Lucrecia le provocara no pocas sospechas la carta que había recibido el primer día del año.

En la misiva se la instaba a regresar a la ciudad para asistir, junto a toda la familia, a la misa de la Epifanía del Señor y a la fiesta organizada para celebrar el final de las obras de reparación de la delizia de Belfiore.

La villa estaba en ruinas desde hacía casi una década, debido a que las tropas venecianas la asaltaron durante la guerra de la Sal cuando asediaron la propia Ferrara.

En la carta —firmada por Hércules y Alfonso— se la conminaba a regresar «para no dar más que hablar al buen pueblo de Ferrara por la ausencia de su duquesa heredera a la que sienten y quieren como si fuera su madre».

Lucrecia había comentado el asunto con Strozzi, el cual le había recomendado acudir para no provocar males mayores.

En toda Italia se hablaba de cómo César Borgia había eliminado de un plumazo a todos los condotieros que habían conspirado contra él por encargo del tirano de Siena, Pandolfo Petrucci, y bajo la coordinación del cardenal Gianbattista Orsini.

El Valentino, primero, los convenció de que aceptaría sus demandas y por esa razón ellos lo invitaron a reconciliarse en Senigallia, una pequeña ciudad de la costa adriática que pertenecía a la Santa Sede, pero que había sido tomada por Venecia y asediada por las fuerzas de los cuatro capitanes rebeldes, que decían, falsamente, que luchaban en nombre del papa de Roma.

Los condotieros eran Vitellozzo Vitelli, Oliverotto da Fermo y los primos Paolo y Francesco Orsini.

El último había sido uno de los pretendientes de Lucrecia tras el asesinato de Alfonso d’Aragona.

Todos estaban ante los muros de Senigallia desde la víspera de la Natividad, un día antes de que César ordenara, en Cesena, que los estradiotes de don Micheletto serraran por la mitad aún vivo a don Ramiro de Lorca —el gobernador de la Romaña nombrado por el mismo César— tras descubrir que el tirano de Siena lo había corrompido para que asesinara al hijo del papa.

Mientras, la fortaleza de Senigallia se rindió y Vitelli, Da Fermo y los primos Orsini ordenaron al grueso de sus tropas que regresaran a sus campamentos a varias leguas de la ciudad reconquistada, tras dejar intramuros algunas patrullas, así como un par de cientos de hombres de armas y una docena de lanze italianas en un descampado fuera de las murallas.

Confiaban así en que César no sospechara que se dirigía a una trampa, sin percatarse de que eran ellos los que ya habían caído en una.

Y es que, mientras el Valentino los engañaba con cartas en las que decía aceptar las demandas de sus capitanes y hablaba de paz, se movilizaban alrededor de diez mil hombres que, divididos en pequeños grupos, se trasladaron por senderos de montaña hasta las villas y aldeas de alrededor de Senigallia para cercar a las fuerzas de Vitellozzo Vitelli y Oliverotto da Fermo.

Además, docenas de estradiotes, disfrazados y con las armas ocultas, se introdujeron en la ciudad y aguardaban mezclados entre la gente que abarrotaba la plaza mayor para asistir a la entrada triunfal del Valentino.

La comitiva entró en el palacio Bernardino, donde se iba a celebrar la ceremonia de sumisión de las autoridades municipales de Senigallia ante su nuevo señor.

Antes de que comenzara el acto, el hijo del papa pidió que se le excusara para ir al retrete y, en cuanto abandonó el salón de audiencias, los hombres de la guardia personal de César —también disfrazados— cayeron sobre los escoltas de los condotieros rebeldes y los degollaron allí mismo.

Menos de una hora después, Vitelli y Da Fermo eran estrangulados por don Micheletto en una habitación contigua, mientras los primos Orsini eran confinados en una celda a la espera de su ejecución.

Mientras, en Roma —así se lo contó el santo padre a Lucrecia en otra carta— el cardenal Orsini, el tío de ambos condotieros y jefe de la familia, era apresado y encerrado en la misma celda del castillo de Sant’Angelo donde murieron el pobre Perotto, la desgraciada Pentesilea y también moriría él.

En las calles de Senigallia, los estradiotes de don Micheletto masacraron a los soldados de los condotieros que, confiados, habían asistido a la cabalgata triunfal y entretenían las horas posteriores al triunfo en tabernas y burdeles.

Extramuros, los falconetes escondidos en los carromatos sembraron el aire de metal incandescente y la tierra de trozos de carne sanguinolenta y huesos quebrados.

Mientras, en las villas y aldeas en las que Vitellozzo había repartido a los distintos cuerpos de su ejército, el resto de las fuerzas de César Borgia caían sobre ellos con la orden de no tomar prisioneros.

La matanza duró toda la mañana y se hubiera prolongado en el interior de Senigallia si el propio César, a caballo, no hubiera salido a las calles para detener a sus propios hombres, que, ebrios de vino y muerte, estaban dispuestos a violar, incendiar y saquear hasta la paja de las caballerizas de la ciudad indefensa.

La noticia de il bellissimo inganno —‘el bellísimo engaño’, tal y como lo había definido el embajador de Venecia en la carta que envió al papa para felicitarle por la sangrienta hazaña de su hijo— recorrió como el viento toda Italia, causando una mezcla de admiración y temor.

Lucrecia era bien consciente de ello y sabía que tras las palabras corteses y los gestos de falso amor familiar, se ocultaba el miedo y la repulsa hacia su persona por ser la hermana del Valentino.

«No importa —pensó—. Hasta que vuelva a quedarme embarazada, es preferible que me teman. Así me dejarán tranquila.»

— Signora —la voz de Strozzi la sacó de sus pensamientos—, no os he comentado que, tras la cena, está previsto que messer Pietro Bembo haga una disertación y lea algunos poemas.

—¿Pietro Bembo? —inquirió Lucrecia—. ¿Vuestro amigo el poeta de Venecia?

—¡El mismo, signora ! Recordaréis que os comenté que se aloja en mi villa de Ostellato, donde ha estado desde octubre.

—¿Y qué hace allí con sus días?

—Lee y escribe, signora . Muchísimo. Tendríais que haber visto cómo vinieron de cargadas de libros las barcazas que lo trajeron desde Venecia. Es muy celoso de su trabajo y no consiente que nadie lo vea, pero me ha contado el proyecto en el que está trabajando y promete muchísimo.

—¿De qué se trata?

—De un diálogo sobre el amor entre tres caballeros venecianos que discuten si amar es la principal fuente de dolor para hombres y mujeres, la fuerza vital que mueve el mundo o el camino hacia lo divino.

—Yo diría que es las tres cosas.

—Pues entonces, acudid a la fiesta y decídselo vos misma. Os aseguro que una charla con Bembo es una experiencia sublime.

—No sé qué tal le irá con las mujeres al mastro Bembo, pero a vos os tiene hechizado, messer Strozzi.

—Y no sólo a mí, signora . Ya veréis como os hechiza a vos también.

Toda la familia De Este asistió a la misa de la Epifanía en la catedral de San Jorge que ofició el cardenal Hipólito, recién llegado de Roma.

A la salida y en la cabalgata posterior, el pueblo de Ferrara repartió sus vítores entre el viejo Hércules y Lucrecia, a la que hacía meses que no veían y por cuya vida habían temido.

A la hija del papa no le pasó desapercibido el estado decrépito de su suegro, que apenas podía mantenerse erguido a lomos del gigantesco caballo tordo.

Cuando anocheció, cientos de antorchas iluminaron los nuevos muros con los que el duque había hecho rodear los terrenos que circundaban la delizia de Belfiore.

La villa favorita del patriarca y los parques donde cazaba gamos con guepardos traídos de Etiopía estaban integradas —y protegidas— tras las macizas murallas de Ferrara.