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—No, germaneta . Bolonia debe ser del papado, como siempre lo ha sido. Pero no temas, Lucrecia —bromeó el Valentino—, la fortuna nos sonríe.
—La sonrisa de la Fortuna, César —dijo Lucrecia—, es como la de las putas. Siempre pide algo a cambio y tal y como viene se va. Has perdido el Ducado de Urbino con la misma rapidez con la que lo obtuviste y tus enemigos parecen estar por todas partes.
—Mis enemigos conquistan ciudades pequeñas y toman castillos mal defendidos en vez de destruir los destacamentos de mi ejército. Sus fuerzas están cada vez más separadas, mientras las mías crecen y permanecen juntas.
—Eso nos favorece mientras Venecia no apoye a los conjurados.
—Sé que no me puedo fiar de los gentilhombres de la Laguna, germaneta . Ayer mismo me llegó una copia de la misma carta que Luis de Orleans ha enviado al dogo en la que le dice que si la Serenísima República se opone a la empresa de la Iglesia, será tratada como una enemiga.
—¿Aunque la empresa de la Iglesia incluya asesinatos como el de Giulio Cesare Varano y sus hijos?
—Lucrecia endureció el rostro—. ¿Y el caso del joven Pirro Varano?
¡Todas las cortes de Italia quedaron horrorizadas cuando se supo que don Micheletto lo ejecutó en el interior de una iglesia!
El nombre de los Borgia se liga cada vez más al crimen y a la infamia.
—¿Acaso ellos hubieran hecho algo diferente conmigo y con nuestra familia?
—respondió César—. Y puede que las cortes llenas de ricos y poderosos se horrorizaran tras la ejecución, pero el pueblo aún celebra el día que don Micheletto estranguló a ese tirano cruel de Giulio Cesare Varano en la rocca de Pergola.
—¿Y qué me dices de Astorre Manfredi? ¿Acaso no era un gentil príncipe al que sus súbditos adoraban? Y a pesar de eso, tu asesino lo mandó al fondo del Tíber con una bala de cañón atada al cuello.
—Porque también era un peligro para el futuro de mi ducado. Ni celebré ni celebro su muerte, Lucrecia, pero era necesaria.
—¿Y era necesario ahorcar frente a la catedral de Santa María Asunta a sus dos hijos, César? ¿No podías haberlos ejecutado en privado, como a su padre?
—Con el pueblo puedo ser generoso y magnánimo para que me ame o, si no es posible tal cosa, me soporte, porque nadie puede gobernar mucho tiempo sobre los pilares del miedo.
Pero con los nobles y poderosos debo ser severo para que me teman.
Tienes razón, podía haber mandado a don Micheletto a hacer con los hijos lo mismo que hizo con el padre, pero, ya que tenían que morir, mejor era que lo hicieran en público porque es mejor golpear mucho al principio que hacerlo a menudo.
—Hablas como si supieras qué es la muerte, César, pero no sabes nada de ella. Nadie lo sabe. Sólo los muertos, aunque ya no les sirve de nada.
—Pero sé cómo son los seres humanos: ingratos, hipócritas y cobardes.
Cuando el poderoso les hace el bien, le ofrecen su hacienda, sus hijos y hasta su vida, pero sólo mientras el peligro esté lejos y crean que no tendrán que cumplir con ninguna de esas promesas.
Cuando llega el momento de pagar, brota el egoísmo y la traición.
Mira esa liga de fracasados de Magione. Aún no han consumado del todo la traición hacia mí cuando ya se están traicionando entre ellos.
— Vendicabo me de inimicis meis cum inimicis meis —apuntó Lucrecia.
—Así es —dijo el Valentino con una sonrisa malévola mientras subía la sábana hasta el cuello de Lucrecia para cubrirla de nuevo—, me vengaré de mis enemigos con mis enemigos.
En ese momento, la puerta del aposento se abrió y Alfonso y Hércules de Este entraron en la estancia a zancadas. Ambos lucían sendas sonrisas de circunstancias.
— Caro fratello! —exclamó Alfonso—. ¡Querido hermano! ¡Qué alegría verte! ¡Y qué valor el tuyo por aventurarte por esos caminos para ver a mi esposa! Seguro que tu visita le devolverá las fuerzas.
—No era para menos —respondió César mientras abrazaba al marido de Lucrecia—. No era para menos.
—Sea su señoría —apuntó el duque Hércules— bienvenida a Ferrara. Y lo es en buena hora porque en el castillo esperan un par de legados que deben hablar con vos a la mayor brevedad posible y sobre asuntos de gran importancia.
—Gracias, excelencia —contestó el hijo del papa—. Algo me ha comentado mi hermana sobre un enviado de Bolonia.
—Y no sólo él —dijo el duque de Ferrara—, anoche llegó messer Antonio da Venafro, el embajador del Moderatore y Defensor Libertatis de Siena.
—¿La mano derecha de Pandolfo Petrucci? —César no parecía dar crédito a lo que estaba oyendo—. ¿Y os ha dicho qué es lo que quiere?
—Sí —respondió el marido de Lucrecia—. Quiere negociar un acuerdo.
César se volvió hacia su hermana, que, en el lecho, parecía recuperarse a ojos vistas conforme iba asimilando las noticias. Ambos sonreían. Ella, empapada en sudor y con la fiebre brillando en los ojos; él, tras la máscara de cuero negro que no se había quitado en ningún momento.
—Ve —dijo la hija del papa señalando a su marido y a su suegro—. No sufras, germà ; me recuperaré.
—Hazlo, germaneta —dijo el Valentino tras besarle en la boca y en la frente—. Volveré pronto.
Cuando su hermano —acompañado por su marido y su suegro— abandonó el aposento, Lucrecia sintió que se le oscurecía el alma ante el presentimiento de que aquélla iba a ser la última vez que se veían.