El mirto y el puñal 54
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La niebla gris parecía amortajar al ahorcado que pendía de la rama de un inmenso roble junto al camino, a unos cien pasos de la puerta de los Ángeles, el acceso norte de las murallas de Ferrara.

César Borgia se fijó en si el ajusticiado era un soldado o un mercenario, pero, a tenor de los andrajos que llevaba puestos y las marcas de las tenazas candentes en la piel del pecho que revelaban la tortura sufrida, interpretó —correctamente— que era un delincuente común.

Tras toda la noche cabalgando, el Valentino y su escolta habían puesto sus monturas al paso cuando ya estaban a tiro de flecha de los guardias de la ciudad.

Al llegar al portalón —cuyas pesadas hojas de madera ya estaba cerrando la milicia urbana— el Valentino se identificó a gritos para que los centinelas advirtieran al duque Hércules de Este que el señor de la Romaña y capitán general de la Iglesia acababa de llegar para visitar a su hermana.

Sin embargo, el chambelán mayor de la corte ducal informó al hijo del papa que Lucrecia no estaba en el castillo, sino en el convento del Corpus Domini, bajo el cuidado de sus monjas clarisas.

Luego volvió a aparecer la fiebre, tan alta y persistente que a los galenos no les quedó más remedio que prescribir a la enferma la extremaunción.

De ahí que —pese a la negativa de la propia Lucrecia— se hubiera mandado aviso a su hermano en Imola y al mismo papa en Roma para advertirles de que podía pasar lo peor.

Mientras tanto, Alfonso de Este y su padre, el viejo duque Hércules, ayunaban a pan y agua y juraron que viajarían como peregrinos al santuario de Loreto si Lucrecia se recuperaba.

En todas las iglesias y monasterios del ducado se celebraban misas, novenas, procesiones, rogativas y vigilias por la salud de la joven duquesa.

César encontró a su hermana en la cama, con el vientre y la entrepierna envueltas en bandas de franela roja hervidas en vinagre para cortar la hemorragia y las fiebres puerperales. Caterineta no dejaba de llorar mientras dos monjas se turnaban para aplicarle paños fríos en la frente y el escote.

— Cèsar! No hauries d’haver vingut! —exclamó al ver al Valentino entrar por la puerta de la celda—. Els camins no són segurs!

Las dos monjas —aunque llevaban semanas oyendo a la duquesa hablar con Caterineta y delirar en su lengua natal durante los episodios más virulentos de la fiebre— arrugaron el gesto al escuchar a Lucrecia decirle a su hermano en valenciano que no tendría que haber venido porque los caminos no eran seguros.

— Hauria creuat l’infern, germaneta —contestó César en el mismo idioma—. Habría cruzado el infierno, hermanita.

—He fallado, César —sollozó la hija del papa—. No he conseguido traer a otro Borgia al mundo. Era una niña. Y nació muerta.

—Vendrán más, germaneta . Y tendré preparado para ellos un dominio como no se ha visto en Italia desde los tiempos de Julio César. Tengo mucho que contarte.

—Espera. —Lucrecia puso un dedo en los labios de su hermano, una vez que él se acercó lo suficiente—. Podéis marcharos, hermanas. El duque de la Romaña me atenderá hasta que os mande volver.

Los hermanos esperaron a estar solos en el aposento. César se sentó en el borde de la cama, con la jofaina de plata llena de agua aromatizada con romero y cortezas de limón a su lado para refrescar a su hermana.

—Me han contado —dijo Lucrecia cuando se cerró la puerta— que tus capitanes se han rebelado contra ti. Que los primos Orsini, Vitellozzo Vitelli, Oliverotto Euffreducci y el resto de tus condotieros se conjuraron en la fortaleza de Magione bajo la dirección del cardenal Orsini para acabar contigo.

—¡Ja! —César estalló en una carcajada—. ¿Y qué más te han contado?

—Pues —continuó ella— que el duque Guidobaldo de Montefeltro ha desembarcado en Rávena y cabalga hacia Urbino.

—Así es —contestó César con toda tranquilidad—. Y entrará en la villa en unos días. Un par de semanas, como mucho.

—¿Y no te preocupa?

—No. En absoluto. Recuperaremos Urbino.

—¿Cómo?

—De las manos del mismísimo Guidobaldo. —César pasó el lienzo húmedo por los pliegues de los senos de su hermana para enjugar el sudor—. Vivas o muertas. Eso dependerá de él.

—No entiendo.

—La liga de los fracasados de Magione ha perdido mientras creía que ganaba.

Esa bestia cruel de Oliverotto Euffreducci arrasó la campiña de Camerino, lo que provocó la ira de los dos Varano que quedan vivos y el recelo de Giampaolo Baglioni, que pretende, aunque no lo diga, anexionar el señorío del viejo y difunto Giulo Cesare a su tiranía de Perusa.

—Ya veo.

—Y por otra parte, los primos Orsini...

—¿Paolo y Giulio?

—En efecto. Esos dos me han mandado mensajes, especialmente Paolo, en los que me proponen una reconciliación siempre y cuando se les garanticen sus tierras, títulos y hombres de armas.

También su tío, el cardenal Orsini, que sigue atrincherado en Magione, ha enviado intermediarios al santo padre en Roma para intentar llegar un acuerdo.

El viejo canalla le ha dicho a su santidad que actuaron engañados.

—¿Engañados? ¿Por quién?

—Según él, por Pandolfo Petrucci.

—¿Y es cierto que fueron engañados por el señor de Siena?

—Más bien querían ser engañados. Igual que Vitellozzo Vitelli.

Sólo necesitaban que alguien se lo propusiera.

Pensaban que tenían detrás a Venecia y que, si la Serenísima República se ponía de su lado y el rey de Francia no venía en mi ayuda para honrar su alianza con Bolonia, podrían ir tomando villas y castillos.

Sin embargo, todo se les ha derrumbado en el momento en el que se han dado cuenta de que los venecianos no moverán un dedo, que mantengo intacto el apoyo de Luis de Orleans y que el papa transforma el oro de la Cámara Apostólica en picas, pólvora y cañones.

—¿Y Florencia?

—Florencia teme más a Vitellozzo Vitelli y a los Orsini que a mí. Al menos mientras tenga la protección del rey de Francia y sea el duque de Valentinois y, por tanto, leal vasallo de Luis de Orleans. Además, ¿sabes quiénes fueron los primeros en advertirme de la conjura de Magione?

—¿Los florentinos?

—En efecto. La primera carta del Consejo de los Diez llegó tres días después de la festividad de la Asunción de Nuestra Señora. ¿Puedes creerlo? —César batió las palmas casi a carcajadas—. Ni siquiera se habían reunido aún y ya hablaban con extraños de sus planes para intentar asesinarme.

Lucrecia trató de reírse también, pero la risa se transformó en tos y dolor que provocó que la duquesa arqueara la espalda y convulsionara como si estuviera tumbada sobre carbones encendidos.

—¡Eh, eh, eh! —exclamó César mientras le sujetaba la frente y la ayudaba a reclinarse—. Con calma. Así, así. Mejor.

El capitán general de la Iglesia limpió con el paño húmedo los labios, el cuello, los hombros y los pechos desnudos de su hermana después del ataque de tos al tiempo que, con gestos, indicaba a las religiosas y a Caterineta —que habían vuelto a entrar en el aposento alertadas por las toses— que se marcharan.

—¿Y qué piensas hacer ahora? —preguntó Lucrecia cuando recuperó el aliento—. ¿Guerrear?

—Siempre estoy guerreando, germaneta —contestó César—. Sólo que a veces guerreo con hombres y cañones y ahora toca guerrear con cartas y conversaciones. Cada uno de ellos está intentando salvar su cuello como puede y casi todos vienen a mí, por vía directa o indirecta, para salir del embrollo.

—¿Casi todos? ¿No todos?

—He recibido ofertas de paz o de negociación de todos los conjurados importantes de Magione. Los Orsini quieren negociar...

—¿Y qué les pedirás —interrumpió Lucrecia— a cambio de la reconciliación con los Borgia?

—Que recuperen Urbino para nosotros.

—¿Y a Vitellozzo?

—Que vuelva a poner su artillería y sus hombres al servicio de la santa madre Iglesia.

—¿Y qué pasará con Oliverotto Euffreducci y Gian Paolo Baglione?

—Nada. Esos dos son sólo perros rabiosos que los otros sueltan según les conviene; así que les pondré un bozal más recio y una correa más corta. —César guiñó un ojo y esbozó una sonrisa lobuna—. De hecho, va a ser cortísima.

—Pero decías —reflexionó Lucrecia— que casi todos los conjurados te habían hecho llegar ofertas de paz. ¿Quién falta?

—Bueno, además de los Varano supervivientes y Guidobaldo de Montefeltro, por motivos obvios y porque no hay nada que negociar con él salvo su rendición, tampoco ha hecho ningún movimiento Giovanni Bentivoglio, el señor de Bolonia, ni por supuesto el instigador de toda esta conjura.

—Pandolfo Petrucci.

—El tirano de Siena, germaneta .

—Respecto a Bolonia —dijo Lucrecia—. ¿Has hablado con mi suegro y mi esposo?

—Aún no. He venido a verte directamente sin pasar por el castillo, aunque imagino que los habrán mandado a buscar. ¿Por qué?

—Porque mi marido me contó que, hace una semana, llegó a Ferrara un enviado de Giovanni Bentivoglio para que mi suegro mediara con el santo padre. Ese embajador aún debe de estar aquí, esperando una respuesta.

—¡Vaya! —exclamó el hijo del papa—. ¡Qué feliz casualidad!

¿No crees? El papa quiere que Bolonia vuelva a ser lo que fue: un dominio de la Iglesia bajo su mando directo y no mediante vicarios como los Bentivoglio.

Ellos lo saben y, si son listos, pueden conservar su patrimonio y su dignidad como nobles pontificios, pero no su señorío. Y de paso, sus vidas.

—No parece mal negocio.

—No obstante, no subestimes nunca la gran cantidad de estupidez que puede generar el orgullo, germaneta .

Los Bentivoglio creen que el rey de Francia los apoyará como hace con Florencia, pero olvidan que su territorio no es necesario para que los ejércitos de mi primo Luis lleguen a Nápoles.

Como mucho, sirven de tapón entre el Milanesado, Venecia y el Sacro Imperio y, para esa función, da igual que sean los Bentivoglio quienes lo gobiernen o el papa de Roma.

—O el duque de la Romaña —susurró Lucrecia con cierta malevolencia—, ¿no?