53 #2
—Están bien, germaneta . Son pequeños dioses a los que todo el mundo adora en Roma y el papa los exhibe con orgullo de abuelo. Los duchetti corretean luciendo dos pequeñas corazas y las espadas diminutas que su santidad ha hecho forjar para ellos. Pronto jugarán con mis hijos.
—¿Tus hijos?
—Sí. Tengo dos más. Uno se llama Girolamo, tiene un año y lo concebí con Fiammetta, quien lo cuida en la casa que le regalé en Roma. La otra nació hace seis meses y también está con ella. Le he puesto tu nombre junto al de su madre. Se llama Lucrecia Camila.
—¿También está con Fiammetta?
—Sí. Nadie más podía cuidarla.
Lucrecia tuvo la tentación de preguntarle a su hermano algo más sobre la identidad de la madre, pero dedujo que debía estar muerta y que, si la criatura estaba al cuidado de la amante favorita de César, es que la madre de la huérfana debía ser una cortigiana onesta proporcionada por la propia Fiammetta.
—¿Y tu hija Louise? —insistió Lucrecia—. ¿Por qué no viene junto a tu esposa?
—Porque la duquesa de Valentinois —César cambió el tono para ocultar la mentira— debe seguir gobernando mi ducado francés mientras haya guerra en Italia.
—¿Seguro? El papa me dijo en una carta que el rey de Francia no le permite viajar.
—No quiero pensar en eso.
La hija del papa notó la rabia que hervía bajo las palabras de su hermano mayor.
—En todo caso —continuó el Valentino—, cuando Girolamo y Lucrecia Camila sean un poco más mayores, quiero que se eduquen aquí en Ferrara, contigo. Pero, para ello, debes seguir viva, germaneta . Debes dejar que los médicos te curen.
—Sólo si me haces un regalo —susurró—. ¿Lo harás?
—Si lo llevo encima —dijo César— tuyo es. Y si no, vendrá de inmediato.
—Lo llevas encima porque es una respuesta.
—Lo que quieras.
—¿Por qué ordenaste a don Micheletto que matara a Perotto y a Pentesilea?
César bajó la mirada y reflexionó unos instantes. Jamás había hablado de ello con su hermana, que nunca le había reprochado, hasta ese momento, el asesinato de su amante y de su esclava favorita.
—Giovanni es un Borgia ahora. Hijo mío a todos los efectos y, por tanto, legítimo duque de Nepi y pronto lo será también de Camerino.
Si fuera el fruto del adulterio entre un cubiculario y la hija ilegítima del papa, no sólo sería bastardo, sino también indigno de toda nobleza y el hazmerreír de todas las cortes de Europa.
Además, para anular tu matrimonio con Giovanni Sforza, el colegio cardenalicio debía declararte virgo intacta pese a estar embarazada de cuatro meses.
Que el pobre Perotto viviera, Lucrecia, era un riesgo demasiado alto.
No te hubieran aceptado como esposa para Alfonso d’Aragona ni novia digna del heredero del Ducado de Ferrara.
Nunca quise su muerte; tampoco la de Pentesilea. Pero no hubo más remedio.
—Con los hijos naturales que tenéis los hombres no pasan estas cosas.
—Lo sé. E incluso entiendo tu rabia. Pero yo no he hecho el mundo, germaneta . Tan sólo trato de conquistar un buen pedazo de él para nuestra familia. En fin, ¿llamo a los médicos?
—Sí. Llámalos.
Mosén Torrella y el doctor Di Castello entraron en el aposento acompañados de dos discípulos. El primero le hizo un pequeño tajo un poco más arriba de la muñeca, en ángulo ascendente, y contempló cómo el reguero escarlata dibujaba un río fino y brillante sobre la piel hasta caer en el recipiente.
— Ave Maria, gratia plena —el galeno inició el rezo para medir el tiempo—. Dominus Tecum. Benedicta Tu in mulieribus, et benedictus fructus ventris Tui, Iesus. Sancta Maria, Mater Dei, ora pro nobis peccatoribus, nunc et in hora mortis nostrae. Amen.
Nada más terminar la oración, el médico del duque de Ferrara se aprestó a levantar el brazo de Lucrecia por encima del hombro y vendar la incisión para frenar el sangrado.
Luego, una vez que las doncellas cubrieron el rostro de Lucrecia con un lienzo blanco para que nadie pudiera ver, a la vez, su cara y su cuerpo desnudo, procedieron a levantarle el camisón para aplicarle sobre el costado derecho el ungüento de miel y oropimente.
Cuando todo estuvo hecho, abandonaron la sala, dejando solos a los dos hermanos. Lucrecia parecía estar mucho mejor.
—¿Hasta cuándo puedes quedarte? —le preguntó a César.
—Debo marchar al alba.
—¿Dónde vas? —La hija del papa se fijó entonces en el hábito de la Orden Hospitalaria—. ¿Y por qué vas vestido así?
—La mejor manera de llevar armas por los caminos de Italia sin que nadie sospeche es hacerlo como los freires de San Juan. Nadie podía saber que voy a Milán.
—¿A Milán?
—El rey de Francia está allí desde hace dos semanas y a él han acudido todas las plañideras de Italia para llorar en sus reales oídos lo malvados que somos los Borgia.
Tu primer marido Giovanni Sforza ha sido el primero y, tras él, enviados de Venecia, Florencia, Mantua y Bolonia.
También el pobre Guidobaldo de Montefeltro de Urbino y el único de los Varano que no estaba en Camerino cuando la ciudad cayó en nuestras manos.
—Mi suegro también está allí.
—Es el único que no ha presentado queja alguna sobre nosotros ante su cristianísima majestad. Al menos eso es lo que dicen los espías del papa. Por eso debo ir. Cuando nadie me espera.
—Ve pues, César —dijo Lucrecia mientras se acariciaba el vientre hinchado—. Mientras tanto, me recuperaré para traer otro Borgia al mundo. Te lo juro.