El mirto y el puñal 53
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–¿Qué opináis, monsignore Torrella? Yo me inclino a pensar que es un exceso de melaina kholé —dijo el doctor Francesco di Castello— lo que aflige a la signora Lucrecia.

—En efecto, es melancolía, exceso de bilis negra, messer Di Castello —respondió el médico valenciano—. O quizá un residuo de este humor. Y eso es lo que más me preocupa.

—Y a mí también porque —continuó el médico de la corte del duque de Ferrara— en su estado de buena esperanza es muy difícil de eliminar.

—¿Convenís conmigo en que la sangría debe hacerse con suma cautela? —preguntó Torrella—. ¿Y luego aplicarle sobre la zona del hígado emplastos fríos de miel con una disolución de diez partes de vinagre por cuarto de onza de oropimente?

—Sin duda. Y también infusiones de camomila para rebajar la fiebre. Además, hoy es la festividad de San Joaquín y Santa Ana, esta última patrona de los buenos partos y protectora contra la fiebre. Bueno, todo ello suponiendo que la signora Lucrecia...

—Pero —interrumpió la conversación Alfonso de Este— con todos esos remedios, ¿se recuperará mi esposa?

El heredero del duque de Ferrara, ante la posibilidad de que los galenos se enredaran en un diálogo erudito que le hiciera perder más tiempo, les preguntó por lo que realmente le preocupaba: la vida de su mujer y, todavía más, la del heredero que llevaba en sus entrañas.

Aquel verano, las fiebres tercianas estaban haciendo estragos en todo el valle del río Volano.

Lucrecia también había enfermado para desesperación de su marido y su suegro.

No obstante, la angustia de padre e hijo no la provocaba el cariño paternal ni el amor marital, sino la avaricia y el interés.

En las capitulaciones matrimoniales se especificaba que si Lucrecia moría en su primer parto y si la criatura no sobrevivía —o si era una niña—, los cien mil ducados de la dote de la novia, la vajilla de plata, los vestidos, libros y demás objetos de valor que se había traído desde Roma tendrían que ser devueltos.

Por eso, el viejo tacaño no había regateado con los médicos a la hora de adquirir carísimas medicinas como el oropimente de Hungría, el polvo de ámbar gris del océano e ingentes cantidades de azafrán, canela, jengibre y clavo.

—¡Excelencia! —El chambelán de la corte ducal irrumpió en la antesala del dormitorio de Lucrecia—. ¡Su señoría César Borgia de Francia, duque de la Romaña, gonfaloniero y capitán general de la Iglesia, acaba de llegar y demanda ver a su hermana ahora mismo!

Alfonso de Este soltó una blasfemia al comprobar lo que se decía por toda Italia: que el Valentino era un fantasma que aparecía de repente en cualquier lugar antes de que se supiera que había abandonado el anterior.

De hecho, el heredero de Ferrara creía que el duque de la Romaña seguía en Urbino disfrutando del palacio ducal que les había arrebatado a los Montefeltro.

Y aún se quedó más boquiabierto cuando el hijo del papa —al que acompañaba el temible don Micheletto con dos de sus estradiotes— apareció en la estancia vestido con el hábito negro y la sobreveste roja con la cruz blanca de ocho puntas de la Orden de los Caballeros de San Juan de Jerusalén.

—¡Excelencia! —exclamó Alfonso—. Ni os esperábamos ni sabíamos que pensabais venir.

—Ni vos ni nadie, cuñado —respondió César—. Porque eso era exactamente lo que pretendía.

—Y que hayáis viajado con más premura que el viento.

—¡Bien lo podéis decir! —rio César—. Salimos de Urbino la antevíspera del día de Santiago Apóstol y pasamos por Cesena y Forlì para cambiar de caballos y dormir unas horas. Ya os contaré luego los detalles, pero antes decidme, mosén Torrella, ¿cómo está mi hermana?

—Débil, muy débil, excelencia —respondió el médico—. Las tercianas le golpean con dureza y, a causa de su embarazo, tiene los humores desajustados y no se deja hacer.

—No se deja hacer ¿qué?

—Nada, signore . No acepta ninguno de nuestros remedios —apuntó el doctor Di Castello—. Es esencial que le practiquemos una ligera sangría para equilibrar los humores, pero se niega en redondo.

—Ni siquiera a mí me hace caso —añadió Alfonso de Este.

—¿Es necesaria esa operación, doctor Torrella? —preguntó el Valentino.

—Absolutamente, excelencia.

—Dejadme que hable con ella —dijo el capitán general de la Iglesia—. La convenceré.

El duque de la Romaña entró en el aposento de su hermana sin despojarse de la espada y las espuelas.

Entre la penumbra descubrió la silueta de Lucrecia en el lecho.

Apenas estaba vestida con un camisón ligero empapado por el sudor y el agua perfumada con esencia de mirto y romero que se escapaba de los paños que Caterineta le aplicaba en el cuello, la frente y los pechos.

— Germaneta —dijo el Valentino cuando fue capaz de distinguir el rostro de su hermana—. Soc jo. Soc Cèsar.

— Cèsar! —exclamó—. Quan has vingut?

—Acabo de llegar —respondió César mientras se desprendía del correaje de la espada y se sentaba en el borde de la cama—. No, no te muevas. Estoy bien aquí.

—Me estoy muriendo —susurró Lucrecia.

—No, germaneta —contestó el Valentino—, pero lo harás si no te dejas hacer.

—¡Estoy harta, César! —bufó—. ¡Harta de sangrías, emplastos, ungüentos y pociones repugnantes! ¡Harta!

—Te entiendo.

—No, no puedes entender. Eres un hombre y no sabes el trabajo que da un hijo en las entrañas.

—Tienes razón.

Lucrecia cerró los ojos como si la pequeña discusión con su hermano le hubiera consumido las pocas fuerzas que tenía.

—César —dijo al cabo de unos instantes—, cuéntame qué ha pasado en el mundo. Llevo semanas aquí dentro.

—¿Y nadie te ha leído mis cartas ni las del santo padre? —preguntó el Valentino.

—Sí, claro. Pero no es lo mismo. Quiero que me lo cuentes tú. Dime, ¿ya hay guerra en Nápoles?

—La hay. Me lo vaticinó un diplomático florentino, un tal messer Maquiavelo algunas semanas antes. Y debo confesarte que no pensé entonces que fuera a ocurrir.

—¿Por qué?

—Pues porque el pacto entre Luis de Francia y Fernando de Aragón para repartirse Nápoles parecía sólido, aunque no lo era.

Riñeron por una tontería: por quién debía cobrar un peaje en un puente.

Y aunque el virrey castellano Gonzalo Fernández de Córdoba y el francés Louis d’Armagnac intentaron llegar a un acuerdo, seis días antes del día de Navidad ya estaban en guerra.

Ahora mismo, el Gran Capitán está asediado en Barletta.

Me dicen que espera refuerzos de España por mar, pero es de esperar que el ejército francés llegue antes por tierra desde el norte.

—César guiñó un ojo a su hermana—. Si tiene el permiso del papa para cruzar los Estados Pontificios, claro.

—¿Y lo tiene? —inquirió Lucrecia.

—Lo tendrá. No tenemos más remedio que dárselo, ya que Luis de Orleans sigue siendo en Italia il mastro della bottega , el dueño de la tienda. Aunque le podemos cobrar el servicio.

—¿Cobrar? —preguntó Lucrecia—. ¿Cómo? ¿Y por cuánto?

—Luis necesita paso franco por los territorios de Florencia y del Papado y ambos los tendrá. Ahora bien, si quiere ser rey de Nápoles y Jerusalén, necesita la investidura del santo padre. Y si quiere derrotar al Gran Capitán, también necesita a mi ejército.

—¿Tu ejército? Querrás decir el ejército del papa.

—La misma cosa es. Hasta ahora ha habido que usar compañías de mercenarios al mando de Vitellozzo Vitelli, Oliverotto da Fermo, o los primos Orsini. Con ellas tomamos Camerino y desalojamos al viejo Giulio Cesare Varano del poder. Sin embargo, no me fío de ellos.

—Es que no son de fiar —bufó Lucrecia.

—Por eso necesitamos un ejército propio.

Y lo estamos formando. Desde hace semanas, don Micheletto y el caballero Ramiro de Lorca reclutan un uomo per casa de las ciudades y pueblos de la Romaña.

Están siendo entrenados por sargentos de piqueros suizos y de estradiotes albaneses.

Ya son más de cinco mil, lo cual quiere decir que dispongo de un número de soldados sólo un poco inferior al de todos esos condotieros juntos.

No obstante, espero doblar esa cantidad.

Además, messer Leonardo da Vinci, mi nuevo ingeniero militar, está diseñando las obras para reforzar los castillos y defensas de las plazas de la Romaña.

Y he encargado a tu marido el diseño de nuevos cañones y falconetes en los talleres de Brescia.

—Impresionante, César. Pero ¿de dónde sale todo el dinero necesario para ello?

—¡Digna hija de su padre! —aplaudió el Valentino—. Ya me advirtió su santidad que tenías un don especial para los números, las cuentas y el dinero.

—Gracias, germà . Contéstame, anda. ¿De dónde sale el dinero?

—Del mismo sitio del que salieron los fondos para que adquirieras los ducados de Nepi y Sermoneta para tus hijos.

—De la Cámara Apostólica.

—En efecto.

—Ya veo. Cuéntame la toma de Camerino. ¿Cómo fue? ¿Sangrienta como Faenza o fácil como Rímini y Pésaro?

—Más fácil que Faenza, pero un poco más difícil que Urbino.

—A César le brillaban los ojos de orgullo—.

Mientras yo estaba en Urbino, envié a Oliverotto Euffreducci y a Francesco Orsini, que convergieron en los valles de Camerino y cercaron la villa.

Aunque Giulio Cesare Varano había mandado a la caballería de un hijo suyo no pudo prever que sus propios súbditos, hartos de su tiranía, abrieran las puertas de la ciudad a mis tropas.

Como ordené que no hubiera saqueo, Oliverotto se limitó a matar a los cortesanos más notables de los Varano, pero el viejo Giulio Cesare y dos de sus hijos siguen vivos y en mi poder.

Al igual que el señorío de Camerino, al que, por cierto, el papa va a convertir en ducado.

Y tengo una sorpresa para ti al respecto.

—¿Qué sorpresa?

—El señorío de Camerino será para tu hijo Giovanni. Formará parte del Gran Ducado de la Romaña, pero ya no será un feudo de la Santa Sede, sino de los Borgia.

—Giovanni... y Rodrigo. —Las lágrimas vidriaron los ojos de Lucrecia al recordar a sus hijos dejados en Roma—. ¿Cómo están?