El mirto y el puñal 52 #2
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Lucrecia sonrió ante la orden de su esclava que la conminaba a meterse en el barreño y se levantó de la cama.

Una de las doncellas la despojó del camisón y le anudó el pelo en un moño sobre la nuca.

Desnuda por completo, se entretuvo mirándose en el espejo fabricado para ella por los maestros del cristal de Murano.

No le gustó demasiado la imagen que le devolvió el azogue con el vientre hinchado y los pechos llenos de futura maternidad, pero era consciente de que en el interior de su cuerpo deformado estaba todo su poder.

El agua estaba deliciosa. Caterineta empezó a frotar los hombros y la espalda de su dueña con una pieza de seis onzas del carísimo jabón de Castilla, hecho con aceite de oliva y esencia de lavanda y limón.

La niña movía sus manitas en movimientos circulares sobre los omoplatos de Lucrecia.

Después siguió por los brazos y continuó por los pechos y el vientre.

— Els peus també, senyora? —preguntó—. I les cames?

—Sí, Caterineta —respondió Lucrecia—. Los pies también. Y las piernas.

La esclava sonrió y, de un salto, salió de la tina para cumplir mejor las órdenes.

Una vez fuera, inició el masaje jabonoso por los empeines y los tobillos hinchados de su ama para, a continuación, liberar las durezas que sus palmas blancas encontraban en los gemelos.

Para llegar a los muslos, la niña se volvió a meter en el barreño y, arrodillada entre las piernas de la duquesa, le masajeó con pericia la cara inferior de las piernas y se entretuvo sin prisa en las ingles y el pubis.

Lucrecia sintió que se encendía la chispa del deseo debajo del agua perfumada y cerró los ojos para disfrutar de los dedos de la niña.

Sin embargo, el inicio del deleite duró apenas un parpadeo, pues su prima Ángela entró en la habitación.

Su respiración entrecortada indicaba que había subido las escaleras a la carrera.

— Cosina ... Excelencia —dijo—. Ercole Strozzi está aquí. Trae noticias y son urgentes.

Caterineta cesó en su tarea y palmeó el agua con fastidio, consciente de que se había terminado la diversión. Lucrecia abrió los ojos y, tras acariciar la cara de su esclava a modo de agradecimiento, dejó que las doncellas la ayudaran a incorporarse para salir del barreño y la secaran.

—Dile a messer Strozzi —le dijo a Caterineta— que estaré con él enseguida.

El «enseguida» de Lucrecia que la esclava trasladó al funcionario duró más de dos horas.

De forma que, cuando bajó al salón de audiencias, hacía un rato que habían sonado las campanas llamando a la oración del ángelus.

Al verla entrar, Strozzi se levantó como si estuviera sentado sobre un carbón encendido para soltarle la noticia.

— Signora! —exclamó—. ¡Vuestro hermano César ha tomado Urbino! ¡Y sin disparar ni un solo cañonazo!

Lucrecia se paró en seco. Petrificada como si hubiera mirado a los ojos de Medusa.

—¿Cómo ha sido? —preguntó—. Pensaba que mi hermano tenía el encargo del papa de recuperar Camerino de las garras de los Varano, pero no sabía que los duques de Urbino fueran enemigos de la Santa Sede.

En efecto, el décimo día de junio, tras la bendición del propio pontífice en la plaza de San Pedro, el ejército pontificio se había puesto de nuevo en marcha para devolver el señorío de Camerino a la disciplina de la santa romana Iglesia y expulsar a los Varano, la familia que había regido el pequeño Estado desde hacía tres siglos.

Los Varano eran una casta de criminales sanguinarios cuyo actual jefe, Giulio Cesare, llevaba cuatro décadas gobernando después de envenenar a su primo Rodolfo.

Y ambos, cuando tenían diez años, habían sobrevivido, a su vez, a la masacre perpetrada por los hermanastros de sus respectivos padres que ordenaron apuñalar a sus cuatro hermanos —que tenían seis y ocho años— en la puerta de la iglesia de Santo Domingo de la ciudad.

—Ni vos ni nadie, signora . Sabíamos que vuestro hermano marchaba hacia Camerino con siete mil infantes, tres mil lanze italianas y veinte piezas de artillería.

Desde Espoleto mandó un mensajero a Urbino para pedirle al duque Guidobaldo de Montefeltro su permiso para cruzar su territorio y, a la vez, que enviara un millar de soldados a reforzar al ejército de Vitellozzo Vitelli.

—Imagino —añadió Lucrecia— que mi hermano no necesitaba los soldados de Guidobaldo. Lo que quería saber era que Urbino, tal y como le habían dicho sus espías, estaba indefensa.

—Y lo estaba, signora . Y el duque Guidobaldo fue un ingenuo porque, tras recibir una carta de vuestro hermano agradeciendo el permiso para cruzar su territorio, abandonó su palacio para pasar unos días en un monasterio franciscano en el camino de Fano.

Cuando el grueso del ejército pontificio estaba a ocho leguas de Camerino, el Valentino ordenó picar espuelas hacia el norte con dos mil hombres y víveres para tres días.

Atravesó los pasos de los Apeninos en dos jornadas de marcha y cayó sobre la villa de Cagli.

—Continúa —ordenó Lucrecia.

—Al día siguiente, el Valentino, con cuatrocientos jinetes y sin artillería, se lanzó al galope hacia la capital de los Montefeltro.

Sin su duque y con apenas la milicia urbana para defenderse, las autoridades municipales de Urbino ordenaron izar el pendón con las armas del papa desde lo alto de las almenas para indicar al capitán general de la Iglesia que la ciudad era suya.

Tal y como había hecho en Imola, Forlì, Pésaro y Rímini, el Valentino entró en ella sin coraza ni lanza para que el pueblo no lo tomara como un conquistador sino como un libertador.

Cuando, al día siguiente, llegó el resto del ejército pontificio, hizo que acamparan en los prados de las afueras, con la orden expresa de que la soldadesca no entrara en la ciudad y la prohibición, bajo pena de muerte, de saquear, robar y violar.

—César sabe bien que los Montefeltro —reflexionó Lucrecia— eran demasiado amados por su pueblo como para consentir un saqueo.

—Ni para ordenar la muerte del duque Guidobaldo —añadió Strozzi—, quien se ha refugiado en Mantua tras huir por los pasos de las montañas disfrazado de monje.

—Al menos —Lucrecia miró a Caterineta y vio en ella a la pobre Pentesilea— por el momento.