El mirto y el puñal 52
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Aunque hacía bastante que había amanecido y el sol ya brillaba alto sobre el Po de Volano —el brazo navegable del gran río que conectaba una buena parte de los dominios de los De Este con la capital del ducado—, todavía no hacía calor.

Lucrecia llevaba un rato despierta, pero se negaba a abrir los ojos y abandonar la tibia caricia de las sábanas de seda valenciana, cuyo uso se reservaba para sí misma en sus aposentos de la villa de Medelana, una antigua casa de labranza fortificada que los De Este habían transformado en una residencia de recreo.

La de Medelana era una de las mansiones de verano más pequeñas de la docena de delizie que conformaban el patrimonio de los De Este en sus dominios y que habían levantado a imitación de las villas de ocio de los Médici en la Toscana.

El duque Hércules había llevado a cabo una profunda reforma sustituyendo algunos campos de labranza y pastos por un gran jardín que rodeaba la mansión y en el que crecían rosales y mirtos a la sombra de grandes acacias de flores blancas.

Aunque los De Este tenían residencias más lujosas, como la de Belriguardo o Belfiore, Medelana era la que Lucrecia había elegido para refugiarse de la peste que se había abatido sobre la ciudad y que amenazaba al hijo que llevaba en las entrañas.

Estaba embarazada de cinco meses.

No obstante, la alegría por su estado quedaba empañada por la difícil relación que tenía con su suegro.

El viejo tacaño se negaba a aumentar la asignación de Lucrecia por encima de los ocho mil ducados al año, pese a que en el contrato patrimonial se establecía que, como mínimo, recibiría doce mil para sufragar los gastos de su corte.

Además, apenas un mes después de la entrada de Lucrecia en Ferrara, el anciano duque hizo que gran parte del séquito de su nuera se volviera a Roma bajo el pretexto de que sus sueldos y los costes de su manutención eran excesivos.

Aquello fue la gota que colmó el vaso de la paciencia y la mansedumbre que la hija del papa había mostrado hasta aquel momento.

Por ese motivo, la mañana del Miércoles Santo, Lucrecia abandonó, acompañada sólo por sus primas Ángela y Jerónima, sus aposentos del castillo de San Miguel y —para estupor de la corte ducal— se marchó andando hasta el convento de monjas clarisas del Corpus Domini.

Los habitantes de Ferrara no podían creer —pese a verlo con sus propios ojos— que su duquesa heredera caminara con sus damas por las calles con un hatillo de ropa al hombro y un zurrón de cuero cruzado sobre el pecho como si fueran simples lavanderas.

Para cuando su suegro y su marido fueron informados del escándalo, Lucrecia ya estaba a salvo tras los muros del cenobio del que se negaba a salir y en el que no pensaba recibir a nadie.

Además, un correo había sido enviado a Roma para informar al papa de lo que estaba pasando.

De nada sirvió que el duque se presentara en las puertas del monasterio con sor Lucía de Narni —su monja consejera—, quien exhibió las llagas de las palmas de las manos para intentar ablandar a la abadesa de las clarisas; ni los ruegos del marido de Lucrecia, ni las amenazas de excomunión para toda la comunidad religiosa de su cuñado, el cardenal Hipólito de Este, si no se le franqueaba el paso.

La abadesa del convento se mantuvo firme por orden de la hija del papa, quien, la tarde del Domingo de Pascua, por fin, consintió en hablar con un mediador que la madre superiora le recomendó.

Se llamaba Ercole Strozzi y ocupaba el cargo de juez de los sabios, el magistrado encargado de ejecutar las decisiones del consejo de los sabios, el gobierno municipal de Ferrara.

A sus veintinueve años era un hombre menudo —más bajo incluso que Lucrecia— de ademanes suaves y rasgos delicados.

Estaba convencido de que era el gentilhombre mejor vestido del norte de Italia y jamás salía de casa sin que un criado lo afeitara y le peinara con esmero la melena castaña que le caía por debajo de los hombros en la que apenas se le notaba la tonsura sobre la coronilla que indicaba su condición de diácono.

Pese a que media Ferrara pensaba que era un sodomita debido a su amaneramiento, a Strozzi le gustaban las mujeres.

O, mejor dicho, le apasionaban las damas de alta alcurnia a las que sabía hechizar con su elocuencia, su erudición y sus poemas.

Toda esa elegancia y primor contrastaban con el pie derecho zambo con el que nació y que le provocaba una ostentosa cojera que no se molestaba en ocultar porque, según decía, quienes sólo veían en él su deformidad cometían la estupidez de no apreciar su buen gusto y el error fatal de minusvalorar su inteligencia y su profundo conocimiento de leyes.

Y entre ellos —y era muy consciente de ello— estaban tanto el duque Hércules como sus hijos Alfonso e Hipólito, los cuales pusieron el grito en el cielo cuando se enteraron de que Lucrecia sólo aceptaría a Strozzi como mediador para resolver el conflicto.

Al final, los tres no tuvieron más remedio que aceptarlo para terminar lo antes posible con un escándalo que podía provocar la cólera del papa de Roma y —aún peor— la de César Borgia, cuyo ejército hacía semanas que tomaba, uno por uno, mediante negociación, engaño, coacción o fuerza, castillos y villas por toda la Emilia-Romaña.

Strozzi necesitó unos días para convencer a Lucrecia de que volviera al castillo de San Miguel después de que el duque Hércules accediera a aumentar la asignación de su nuera.

Fue el jurista y poeta el que recomendó a la hija del papa que aceptara los diez mil ducados anuales que su suegro había puesto sobre la mesa como oferta final para que no se sintiera humillado.

De esta forma, la mañana del Domingo de la Pascua Florida, Lucrecia abandonó el convento del Corpus Domini para asistir a la misa mayor en la catedral de San Jorge Mártir.

Pero no lo hizo a pie como había llegado, sino a bordo de la lujosa litera revestida de pan de oro que le había regalado el papa.

Su marido Alfonso, a caballo y con coraza de bronce pulido con tachones de plata, fue a buscarla al monasterio.

Ya en el interior de la catedral —en el momento del rito de la paz—, les susurró a su marido y a su suegro que estaba embarazada.

Desde entonces, la relación con ambos había cambiado por completo.

Alfonso ya no iba cada noche a sus aposentos para yacer con ella —hacía semanas que, la mayoría de las veces, ni siquiera intercambiaban una palabra ni antes ni después de fornicar—, y, respecto al viejo Hércules de Este, tras la celebración del Palio del último domingo de mayo y su traslado a la villa de Medelana, se ignoraban por completo.

Y Lucrecia esperaba que la situación se mantuviera así durante todo el tiempo que fuera posible.

— Senyora, voleu alçar-vos? Fa una bona estona que ja és de dia.

Quien preguntaba a su señora si quería levantarse, puesto que hacía un buen rato que había amanecido, era Caterina, la sierva negra de doce años que dormía a los pies de su cama y que había sido el regalo de bodas del rey de Aragón.

La niña había sido comprada con nueve años por uno de los intendentes de Fernando el Católico a un tratante de esclavos en Valencia y adiestrada en el arte del canto, la danza y los modales propios de una doncella de compañía.

Lucrecia se había encariñado enseguida con ella, dado que, por motivos obvios, le recordaba a su querida Pentesilea, asesinada junto a Perotto.

— Sí, Caterineta —respondió Lucrecia, usando el apelativo cariñoso—, M’alçaré ja. Que em preparen el bany. I hui també em llavaré el cap .

La niña saltó de su pequeño camastro y, con una sonrisa que iluminaba su rostro de ébano, corrió hacia la puerta del aposento para trasladar las instrucciones a las criadas que aguardaban en la antecámara al otro lado de la puerta.

Entre risas apremiaba a las doncellas para que trajeran la gran tina de bronce y calentaran agua para el baño de su dueña, que —y de ahí su alegría— sabía que iban a compartir.

Entre tanto, Lucrecia seguía en la cama, contemplando su vientre ya hinchado bajo el fino camisón de seda.

Caterineta no esperó a que el barreño estuviera lleno y las criadas vertieran en él la esencia de mirto —la favorita de la duquesa— para desnudarse por completo y meterse en el agua tibia.

Lucrecia se fijó en que la silueta de líneas rectas infantiles de su esclava se había redondeado en su cadera y sobre el tórax plano de hacía pocas semanas sobresalían ya dos pechos puntiagudos y duros como melocotones verdes.

Aunque a Lucrecia no le constaba que Caterineta hubiera sangrado aún, el espeso triángulo de vello púbico que ennegrecía su entrepierna auguraba que la niña no tardaría en convertirse en mujer.

Un relámpago de preocupación cruzó su mente, pues sabía que, en cuanto eso ocurriera, no serían pocos los hombres de la corte de los De Este —incluyendo a su marido, sobre todo su marido— a los que tendría que espantar como si fueran moscas.

Algo así ya pasaba con su prima Ángela, a la que seguían como perros en celo dos de sus cuñados y que Lucrecia se barruntaba que era un pretexto más para profundizar en el odio que ya se tenían: el cardenal Hipólito y Julio, el bastardo.

Por un momento, Lucrecia pensó en que era urgente casar a Ángela antes de que alguno de sus cuñados se la llevara a la cama y se conminó a sí misma a buscarle un esposo conveniente para la casa Borgia.

— Fiqueu-vos en el llibrell, senyora —chilló Caterineta mientras chapoteaba—, que l’aigua està boníssima .