El mirto y el puñal 51
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La comitiva de Lucrecia necesitó casi un mes para recorrer las ciento veinte leguas que separaban Roma de Ferrara a través de la via Flaminia y la via Emilia.

El séquito de la hija del papa, como si fuera la octava plaga de langostas y saltamontes de Egipto, acababa con las existencias de pan, vino, legumbres, salazones, forraje, leña y camas cada vez que paraban para hacer una o más noches —dependiendo del tiempo— en Terni, Espoleto, Gubbio, Cagli, Urbino, Faenza, Cesena, Pésaro, Imola y Bolonia, así como en las aldeas que estaban en medio del camino de las villas importantes.

A pesar de las protestas de Ferrante de Este —su cuñado y jefe de la comitiva junto al benjamín, Segismundo— que maldecía contra aquellos ladrones que pretendían cobrar el triple de lo que valían las provisiones y el alojamiento, Lucrecia insistió en que se pagara todo al precio que estipulaban los habitantes de los pueblos y ciudades por los que pasaban.

Y cuando el hermano menor de su marido no cedía, Lucrecia asumía la diferencia.

—Os equivocáis, cuñada —le recriminó Ferrante después de que la hija del papa ordenara a uno de sus secretarios que abonara al dueño de una casa de postas cerca de Cesena la elevada suma que pedía por unos carros de heno y el uso del abrevadero para las caballerías—, con esta gentuza.

Cincuenta ducados y la amenaza de la horca por ladrón y estafador hubieran sido suficiente pago para este miserable.

—Aunque sea hembra sé de cuentas, cuñado —respondió Lucrecia—. Y también sé que estamos en territorio de mi hermano César, que gobierna don Ramiro de Lorca, por lo que no es una feliz idea causar quebrantos a sus súbditos.

—He oído hablar de él —intervino Segismundo—. Dicen que es un hombre más cruel que el rey Herodes y el emperador Nerón juntos.

—Bueno —dijo Lucrecia con una sonrisa de circunstancias—, se puede decir que don Ramiro es un hombre severo, sí.

Y estoy segura de que bastaría con que pronunciara su nombre para que el dueño de la casa de postas temblara de miedo y no quisiera cobrarnos nada por el servicio. Pero no me parece inteligente.

—¿Por qué no? —insistió Ferrante—. ¿Por qué ceder ante este miserable?

—Pues porque no quiero que mi paso por aquí se recuerde con rencor ni ira.

Porque el dinero de este viaje sale de las arcas de la Cámara Apostólica del papa, que me ha facultado a gastar lo que estime oportuno y porque, a fin de cuentas, se capturan más moscas con miel que con vinagre, querido cuñado. Muchas más.

Aunque Lucrecia estaba decidida a hacer la mayor parte del viaje a lomos de una mula para llegar a Ferrara lo antes posible, el frío y la fatiga la afectaban más de lo que había esperado.

Por ello, cuando llegó a Urbino —donde se unió a su comitiva la duquesa de Urbino, Elisabetta Gonzaga, esposa de Guidobaldo de Montefeltro— decidió compartir con ella la suntuosa litera que le había regalado el papa y que no había utilizado hasta ese momento por temor a que retrasara demasiado la marcha.

De esta forma, a paso de tortuga, la comitiva llegó a Bentivoglio, donde, por fin, pudo embarcarse en el bucentauro del duque Hércules de Este para llegar a Ferrara por los canales del Po.

Tras mucho insistir, la espléndida nave había sido enviada, a regañadientes, por el suegro de Lucrecia para cubrir las últimas cinco etapas del viaje. La embarcación disponía de cuatro camarotes ricamente decorados y se movía a vela, a remo y podía ser arrastrada por reatas de bueyes.

No obstante, la travesía por agua le había costado a Lucrecia el primer enfrentamiento con su suegro.

El duque de Ferrara —que además de taimado era especialmente tacaño— se había negado al principio a aumentar los costes del viaje de su nuera con el uso del bucentauro, pues suponía el desembolso de un centenar de ducados por día de servicio.

Sin embargo, Lucrecia —mediante unas cartas llenas de súplicas y adulaciones para Hércules de Este y otras de quejas para el papa, quien, por el contrario, enviaba furiosas misivas a su consuegro— consiguió salirse con la suya y, la víspera de la festividad de la purificación de María, la Candelaria, desembarcó en una de las lujosas villas que su familia política tenía en la orilla del río Po.

A la mañana siguiente —el día previsto para su entrada en Ferrara—, la niebla, espesa y fría, tapaba por completo el perfil de la ciudad e incluso emborronaba el colosal contorno del castillo de San Miguel.

Sólo cuando Lucrecia, a lomos de un soberbio caballo blanco de las cuadras del marqués de Mantua, engualdrapado con paño de oro y arreos de plata, franqueó la puerta del castillo Tedaldo pudo distinguir la silueta de las cuatro torres —la de los Leones, la Marchesana, la de San Paolo y la de Santa Caterina— de la fortaleza.

Doce doctores de la Universidad de Ferrara —cuatro por cada estudio de Teología, Derecho y Medicina— sostenían un palio de raso carmesí para cubrir a la novia.

Lucrecia llevaba un vestido de su color favorito —el violeta de las moras maduras— de largas mangas al estilo francés, con ribetes de piel de armiño, decorado con listas entretejidas de paño de oro abierto y satén tintado con púrpura de Tiro.

Se protegía del frío con una capa negra con bordaduras de plata y sobre el escote lucía un collar de diamantes y rubíes que había pertenecido a la madre de su marido —la difunta duquesa Leonor d’Aragona—, al igual que la corona ducal de espinelas, zafiros y perlas de gran tamaño que llevaba sobre la cabeza.

Ambas joyas —y Lucrecia se percató de ello enseguida— provocaron la cólera, muda pero perceptible, en la mirada de Isabella de Este, la marquesa de Mantua y hermana mayor del esposo de la hija del papa.

Tres días antes, cuando la conoció en persona en Malabergo, a cuatro leguas de Ferrara, Lucrecia supo que su nueva cuñada y ella no iban a ser amigas.

Isabella tenía veintiocho años, llevaba casada desde los dieciséis y le había dado dos hijos a su esposo, Francesco Gonzaga, el condotiero que mandó el ejército de la Liga Santa en la batalla de Fornovo.

Isabella tenía verdadera pasión por coleccionar antigüedades y obras de arte, sabía cantar, tocar el laúd y disfrutaba de la poesía y el teatro.

Aunque, como marquesa de Mantua, regía un señorío pequeño y asumía que Lucrecia tendría más rango que ella, no pensaba permitir que nadie olvidara que era la primogénita de Hércules de Este y que por sus venas corría la misma sangre que la de Fernando el Católico, como bisnieta que era de Alfonso el Magnánimo de Aragón y nieta del rey Ferrante de Nápoles.

Por todo ello —y a pesar de los modales corteses que brindó a Lucrecia cuando se encontraron en Malabergo— no soportaba que la hija bastarda de un cura valenciano estuviera llamada a ocupar el lugar de su madre como futura duquesa de Ferrara.

Lucrecia había completado con Isabella de Este las tres últimas etapas del viaje, al que se unió también Julio de Este, uno de los dos hijos que el duque Hércules había tenido con una de las damas de compañía de su esposa y que la difunta Leonor d’Aragona había criado como si fueran suyos.

Julio tenía veinticuatro años; nada más verlo, Lucrecia comprobó que todo lo que le habían contado sobre su belleza no era una exageración.

El joven tenía los ojos azules de su padre, que destacaban en su rostro de nariz recta y mentón poderoso, como el de los héroes de las estatuas antiguas.

Además de su altura, lo que más destacaba de su figura era su frondosa melena azabache, cuyos rizos le caían un palmo por debajo de los hombros.

Si a Lucrecia le había llamado la atención lo apuesto que era su cuñado, su prima Ángela —que la había acompañado a Ferrara como dama de compañía— se quedó completamente prendada.

Y no se molestaba en disimularlo.

La entrada de Lucrecia en Ferrara se inició al paso de sesenta y cinco músicos precedidos por ochenta ballesteros que desfilaban delante del novio.

Alfonso de Este montaba un caballo zaino, vestía una túnica de terciopelo gris y se protegía con una coraza de cuero endurecido adornada con placas de oro batido labradas.

El heredero del Ducado de Ferrara tenía veintiséis años —cuatro más que Lucrecia— y era alto, de hombros anchos y constitución fuerte gracias al remo y la natación que practicaba a diario en el foso del castillo.

Además de gran cazador, era un amante de los perros, los caballos y las aves de presa.

No obstante, sus verdaderas pasiones eran los cañones y las prostitutas.

Tenía su propio taller de fundición, donde había diseñado y trabajado con sus propias manos junto a los operarios que fundieron la Principessa, la monstruosa culebrina con la que el ejército de César Borgia había quebrado los muros de la rocca de Forlì defendida por Caterina Sforza.

Y respecto a su afición por las rameras, no había día que no requiriera los servicios de alguna, hasta tal punto que su padre lo había reprendido por frecuentar los burdeles en días como el de Navidad o el Viernes Santo, cuando, por ley, los prostíbulos debían cerrar.

El viejo Hércules de Este, duque de Ferrara, Módena y Reggio cerraba el cortejo y era, con diferencia, el que más vítores recibía.

A sus sesenta y un años, el llamado cavaliere senza paura —‘el caballero sin miedo’— vestía de negro como hacía desde que murió su mujer, diez años atrás.

Cuando nació, Ferrara no era el gran ducado de ahora, sino un pequeño marquesado que ni siquiera debía haber heredado él —hijo de la tercera esposa de su padre—, sino su hermanastro Niccolò, a quien hizo decapitar para después ordenar que se le cosiera la cabeza, se vistiera el cadáver con brocado de oro y se le enterrara con los debidos honores como miembro de la casa De Este en el panteón familiar.

Había aprendido a ser cruel y taimado tras años bajo la tutela del rey Ferrante de Nápoles, en cuya corte se educó y a quien también traicionó, a pesar de haberse casado con su hija.

Era un apasionado de la música y la arquitectura.

Bajo su mandato —que ya duraba treinta años— la ciudad había duplicado su extensión tras las nuevas murallas, había convertido el marquesado en un ducado y se había anexionado Módena y Reggio.

Su corte podía compararse en esplendor con la de Lorenzo el Magnífico de Florencia, pero, además de músicos y actores, también le gustaba coleccionar reliquias y místicos.

De ahí su amistad con el padre Savonarola —nacido en Ferrara— y que a sor Lucía de Narni —una monja de Viterbo famosa por sus estigmas y visiones— le hubiera construido el monasterio de Santa Catalina, adonde acudía a diario para consultar con la religiosa todo tipo de cuestiones; también las de Estado.

Toda la mañana necesitó el cortejo para llegar hasta la plaza de la catedral.

Tras asistir al oficio religioso, Lucrecia hizo su entrada en el palacio Ducal.

La familia De Este no vivía en el edificio desde que el hermanastro del duque intentara arrebatarle el poder, veinticinco años antes.

En aquella ocasión, para salvar sus vidas, la difunta duquesa Leonor y sus hijos pequeños huyeron por la via Coperta, el pasaje elevado que unía la antigua residencia con el castillo.

Aunque le hubiera gustado descansar un poco y cambiarse de ropa, Lucrecia tuvo que soportar una interminable recepción en la que le presentaron a los nobles y patricios de Ferrara.

Después, hubo un par de actuaciones musicales y un larguísimo discurso de bienvenida a cargo del bibliotecario de la casa De Este.

A continuación, Lucrecia y Alfonso fueron conducidos a la cámara nupcial en medio del alborozo general y bromas gruesas ante el esperado encamamiento de los recién casados.

—No sabía —susurró Lucrecia a su marido— que aquí en Ferrara también se conservaba tan bárbara costumbre.

—Con mi primera esposa, Ana, que Dios tenga en su gloria —respondió Alfonso—, tuve que amenazar a mis hermanos y mis primos con abrirles la cabeza con mi bastón si no abandonaban la estancia. No entrarán si tú no quieres.

—No quiero —dijo Lucrecia elevando la voz—. Soy la heredera del señorío de Ferrara y he sido condesa de Pésaro, princesa de Salerno, duquesa de Bisceglie y gobernadora de Espoleto y la misma Roma. No consentiré que nadie vea cómo me montan como si fuera una yegua.

Las risas y chanzas cesaron de inmediato y Alfonso aprovechó el silencio para dar media vuelta y encararse con el grupo.

—A partir de aquí, señoras y señores, ni mi esposa ni yo necesitamos de vuestra compañía por más tiempo. Id pues en buena hora.

Ya dentro de la estancia, Lucrecia ordenó que su prima Ángela Borgia y un par de criadas le ayudaran a ponerse el camisón de dormir y le trenzaran el pelo mientras Alfonso aguardaba en la antecámara. Cuando las despidió, se dirigió al lecho donde aguardaba su marido.

—Alfonso —le dijo—. Ni somos niños ni podemos perder el tiempo. Tu familia no me quería como esposa y yo no te deseo como amante, pero tenemos una obligación que cumplir. Por eso quiero proponerte un pacto.

—Te escucho —respondió el joven.

—Tu padre, como el mío, es viejo y está enfermo.

Pronto tendremos que asumir el gobierno y hacerlo juntos.

Mi misión ahora es concebir para ti hijos fuertes que perpetúen tu dinastía.

Por tu parte, defenderás siempre mi condición como tu esposa, duquesa y, por tanto, gobernadora de Ferrara en tu ausencia y en aquellos asuntos que tú consideres.

Tú mandarás y yo obedeceré, pero respetarás mi dignidad y mi libertad para elegir a mis damas, a los amigos que quiera frecuentar, así como para gestionar mis ingresos y gastos.

—De acuerdo.

—Sé que te gustan mucho las mujeres y...

—También me gustas tú —la interrumpió él con la lujuria grabada en los ojos.

—Cosa que te agradezco —reanudó Lucrecia—, y que espero que sirva para que disfrutes de tus deberes conyugales conmigo.

Pero sé que tienes amantes y quiero que te quede claro que no me importa, siempre y cuando nadie pueda decir que no duermes con tu esposa con la frecuencia requerida.

Sé lo que me juego, Alfonso. A no ser que conciba herederos tuyos pronto, aquí no tengo defensa ni poder por ser una extranjera. ¿De acuerdo?

—De acuerdo.

—Y quiero otra cosa —dijo mientras se desprendía del camisón y se quedaba totalmente desnuda—. No ahora, pero sí en cuanto seamos duques de Ferrara.

—Lo que quieras.

—Quiero recuperar a mis hijos.