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La ligera nevada que caía sobre la ciudad enharinó los tejados y tapó, poco a poco, las huellas que las fiestas habían dejado en las calles de Roma.
En honor de la boda de Lucrecia, el papa Alejandro había decretado que se celebrara un carnaval adelantado.
Por ello, desde la víspera de San Silvestre la urbe había sido un festejo continuo en el que la Cámara Apostólica no había reparado en gastos.
Y para los que pensaron que con aquello se iba a terminar toda la fiesta, los Borgia aún tenían preparadas más diversiones.
El segundo día del año se montó en la plaza de San Pedro un castillo de madera que representaba a la rocca de Faenza.
El propio César, al mando de varios centenares de hombres, recreó el asalto final a la fortaleza defendida por el joven Astorre Manfredi, que, para asombro del pueblo romano, se prestó a completar la simulación haciendo de sí mismo, pese a ser un prisionero, y defendió lo que fue su hogar hasta su honorable derrota en aquel simulacro de espadas de madera y arcabuces sin balas.
La multitud deliró de felicidad cuando el Valentino y el joven y gentil señor de Faenza se fusionaron en un fraternal abrazo tras el final de la batalla ficticia.
El tercer día de enero, los romanos pudieron disfrutar de una naumaquia en las aguas del Tíber entre el puente Sisto y el Fabricio, donde se enfrentaron supuestas galeras pontificias —como las que había mandado el cardenal Carafa treinta años antes— contra barcos turcos.
El cuarto y el quinto día del mes se llenaron con una corrida de toros en la plaza de San Pedro donde el Valentino, primero a caballo y después a pie, mató a dos de las seis descomunales bestias enviadas para la ocasión por su cuñado el rey de Navarra.
Tampoco faltaron las siempre populares carreras de judíos con pesados mantos de lana mojados por la via del Corso, de prostitutas semidesnudas por la plaza Navona y la suelta de lechones cubiertos de grasa desde lo alto de las cuestas del monte Testaccio.
Ni siquiera con motivo de la coronación del papa, hacía casi diez años, la ciudad había vivido una semana de fiestas semejante de la que, al amanecer del día de la Epifanía de Nuestro Señor, no quedaban más que los restos.
Además, gruesas nubes escupidas desde los montes Albanos se habían tragado el cielo soleado de los últimos días y despedían a la hija del papa —que partía aquella mañana hacia Ferrara— con el llanto blanco y frío de la primera nevada de aquel invierno.
Lucrecia se había levantado al alba y, acompañada por su madre, su prima Ángela y algunas damas de compañía, vistió ella misma a sus hijos, los duchetti , y cruzó por última vez el corredor que unía su palacio de Santa Maria in Porticu con el Apostólico.
Llegó a la capilla Sixtina, donde el cardenal de Cosenza celebró una misa a la que asistió toda la corte pontificia, pero no el santo padre, que la esperaba en la sala del Papagayo donde Lucrecia entró con un niño cogido en cada mano.
De inmediato notó que el papa estaba hundido en la melancolía.
— Pare —dijo Lucrecia nada más verlo sentado en su trono dorado—. Ha llegado el día.
—Sí, filla meua —contestó el pontífice con la voz quebrada por la emoción—.
Todo llega. Y ahora me siento como si estuviera mirando el fondo de un precipicio profundo y oscuro.
Me he acostumbrado demasiado a ti, Lucrecia.
A pasar contigo un rato cada día; a cenar contigo; a contarnos chismes y despachar asuntos del gobierno de Roma. Dime, ¿qué voy a hacer ahora si ti?
—Cuidar de ellos —dijo, resuelta, mientras levantaba los brazos con las manitas de los niños entre las suyas—.
Velar por los hijos de una madre a la que la política no le permite cuidarlos ella misma, santo padre.
No os pido más. No puedo llevarme a ninguno de los dos a Ferrara, así que apelo a vuestra promesa y a vuestro amor por mí.
—No sufras, Lucrecia. Se ha hecho todo lo necesario para garantizar el futuro de estos dos príncipes romanos: los duques de Nepi y Sermoneta, Giovanni y Rodrigo.
Ellos perpetuarán el nombre y el poder de los Borgia en esta tierra que ya es tan nuestra como de los Colonna, los Orsini o los Savelli, a los que Nuestro Señor confunda.
—No olvidéis a los hijos de Juan que están en Gandía, pare . Ni a la hija de César y los que engendrará con su esposa cuando venga a Italia.
—Nunca conocí en persona a María Enríquez, a pesar de lo mucho que me costó acordar aquel matrimonio para el pobre Juan —dijo el papa con amargura—.
Ni tampoco a los nietos que tengo en nuestra tierra natal.
Y dudo mucho que Nuestro Señor, a estas alturas de mi vida, me dé la oportunidad de hacerlo.
Quizá ocurra con Carlota d’Albret y la pequeña Luisa si, como dice tu hermano, vienen a Roma cuando el rey de Francia les dé su permiso.
Por eso, Lucrecia, para mí todos ellos son política y no causan efecto alguno en mi corazón, sólo en mi cabeza, como ocurre cuando nombro a un obispo o a un cardenal.
Sin embargo, contigo y con tus hijos es diferente.
No sé cómo ha podido ocurrir, pero es distinto.
—Juradme, pare —insistió Lucrecia al ver como el papa se sumía cada vez más en el pozo oscuro de la tristeza—. Juradme que velaréis por ellos. Por los dos.
—No te preocupes. Rodrigo será educado por Jofré y Sancha como un príncipe napolitano.
Tu hermano pequeño no tiene las condiciones para ser un caudillo militar como César, pero será un buen maestro para el pequeño.
Y mi primo el cardenal de Cosenza será el tutor de Giovanni hasta que, cuando seas duquesa de Ferrara, puedas llevártelo contigo si así lo deseas.
El viejo Hércules no vivirá mucho tiempo más.
—¡Pero —protestó Lucrecia— si mi suegro y tú tenéis la misma edad!
—Es verdad. A mí tampoco me queda mucho, filla meua .
Aunque me encuentre bien, la muerte ya no es una posibilidad lejana, sino una certeza próxima.
Es algo que los viejos asumimos. Sólo pido a la divina Providencia que me dé tiempo para hacer todo lo que falta por hacer.
Que sigue siendo mucho y no hay tiempo que perder.
En ese momento, César entró en la sala del Papagayo. Vestía, como siempre, de riguroso negro y llevaba la máscara de cuero puesta. Sobre el jubón oscuro lucía una coraza dorada de ceremonia y llevaba en la mano el bastón blanco de capitán general de la Iglesia.
— Pare, germaneta . Es la hora.
Las campanas de la torre del Gallo anunciaron el ángelus cuando Lucrecia montó en la mula blanca que esperaba a los pies de la estatua de san Pablo, junto a las escalinatas de acceso a la basílica de San Pedro.
El papa Alejandro, desde la logia de las Bendiciones, trotaba de ventana en ventana para despedirse con la mano, sin ocultar las lágrimas que le resbalaban por las mejillas.
Lucrecia dirigió al pontífice una última mirada y le lanzó un beso con la mano. Un escalofrío le recorrió la espalda y supo enseguida que no se debía a la fría nieve que la rodeaba, sino a un mal presentimiento que le hacía intuir que aquélla sería la última vez que se vieran.
La multitud se agolpó en el borde exterior de la plaza para contemplar el séquito de ciento cincuenta carros que portaban la dote y el equipaje de la hija del papa.
Un millar de hombres del ejército pontificio serían los encargados de escoltar a la heredera del Ducado de Ferrara hasta su nuevo hogar tras un mes de viaje en el que estaba previsto que parara en Castelnuovo, Civitacastellana, Narni, Terni, Espoleto, Foligno, Urbino, Pésaro, Rímini, Cesena, Forlì y Faenza.
En cada plaza o cruce de calles importante de la ciudad por donde pasaba el cortejo, se habían dispuesto grupos de cantores y músicos.
— Gloria domus Borgiae —‘Gloria a la casa Borgia’, cantaban—. Gloria domus Borgiae.
Lucrecia cabalgaba entre César y su nuevo cuñado, el cardenal Hipólito de Este, que la acompañarían hasta Castelnuovo.
Al pasar por la abarrotada plaza del Popolo, la milicia urbana tuvo que hacer un pasillo de hombres con las lanzas entrelazadas para que el interminable cortejo —pues a los carros y la escolta se unían otras doscientas personas entre damas de compañía, criados, músicos y algunos amigos que quisieron acompañarla durante un trecho del camino— pudiera alcanzar la puerta de San Valentín junto a la basílica de Santa Maria del Popolo.
Justo antes de cruzar, Lucrecia lanzó una última mirada hacia los torreones que defendían el acceso.
Allí estaba don Micheletto rodeado de media docena de estradiotes.
El asesino de César agitó un pañuelo para captar la atención de la hija del papa, quien le devolvió el saludo con una sonrisa antes de emprender el camino por la via Flaminia.
Cuando el cortejo se perdió en el horizonte, don Micheletto y sus hombres se fueron a la Tor di Nona, la siniestra cárcel del papa junto al Tíber, reservada para los delincuentes comunes.
Allí no quedaba gran cosa del mendigo que había repartido los panfletos con la Carta a Silvio Savelli a las puertas de la basílica de Santa Maria sopra Minerva.
Los verdugos de la Santa Sede se habían empleado a fondo con aquel desgraciado que ya no tenía ni fuerzas para seguir aullando con los brazos descoyuntados y los pezones arrancados con tenazas al rojo vivo.
Sin embargo, quien le había facilitado los libelos estaba casi intacto, salvo por algunos moratones provocados por los golpes de los hombres de la guardia pontificia, que lo habían detenido cuando intentaba salir por la puerta de San Juan.
Se llamaba Natale Mancini y era napolitano.
Tenía poco más de treinta años, decía que era poeta y traductor de latín y griego y, como tal, había servido en la corte de Próspero Colonna.
De hecho, fue apresado cuando pretendía huir por la via Apia hacia Tarento, donde se había refugiado su antiguo patrón y primo, Próspero.
Y es que ambos Colonna habían puesto sus espadas —y sus hombres— al servicio del Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, para salvar sus vidas después de la excomunión del papa, aunque no habían logrado evitar que se confiscaran sus propiedades.
Cuando don Micheletto entró en la celda, Natale Mancini lo reconoció al instante.
El infeliz ya se estaba haciendo a la idea de que serían los verdugos de la Tor di Nona los que acabarían con su vida, pero entonces, la presencia allí del temido asesino de los Borgia le hizo pensar que el Valentino y el papa querían algo de él y eso suponía la esperanza, por pequeña que fuera, de salvar el pellejo si podía ofrecer algo a cambio.
— Signore , os lo ruego —le dijo—. Si me perdonáis la vida, os puedo decir dónde escondieron los Colonna los falconetes, cañones y culebrinas que no pudieron llevarse a Nápoles para ponerlos al servicio del capitán Fernández de Córdoba.
—¿Dónde están? —preguntó don Micheletto—. ¿Dónde están esas armas?
—Parte de ellas las enterraron en el patio de armas de su fortaleza de Monte Cavallo, aquí, en la misma Roma.
Hay más en Gennazano, en una parte de las bodegas que fueron tapiadas y se manchó el muro con polvo de carbón para disimular el mortero y los ladrillos nuevos.
Hay más en Nemi, en tumbas nuevas en el cementerio de San Nicola.
No busquéis pólvora, signore , porque se la llevaron toda.
También la munición menuda para los arcabuces.
—Bien. Pero quiero saber otra cosa.
—Si yo la sé, signore , dad por sentado que os la contaré.
—¿Dónde —sacó de su bolsa uno de los panfletos— se imprimió esto? ¿Aquí en Roma o en otro sitio?
Mancini palideció.
—No lo sé, signore . A mí me dieron los papeles para su reparto, pero ignoro en qué imprenta fueron elaborados.
—Mientes.
Don Micheletto le dio la espalda y abandonó la celda para que entraran en ella los dos verdugos que llevaban, en el interior de un brasero lleno de carbones encendidos, unas tenazas de hierro.
—¡No! —suplicó Mancini—. Don Micheletto, os lo ruego. ¡Misericordia!
—En vuestras manos está, messer Mancini, evitar el tormento —dijo desde el pasillo—. Decidme dónde se imprimieron los libelos y por orden de quién.
—Don Micheletto —intervino uno de los torturadores—, los hierros están preparados.
—Aguardad un momento, mastro Taparelli —le dijo el asesino al verdugo del papa—, que creo que messer Mancini necesita un momento para reflexionar.
—¡Sí, don Micheletto! —exclamó el napolitano—. ¡Os lo diré! Se han impreso cientos de panfletos. En Tarento y Venecia, sobre todo, pero también en Brescia. Y han sido enviados a todas las cortes de Europa.
—¿Y aquí en Roma?
—Sí, también en Roma, signore . En la imprenta de Luigi Querini, el veneciano.
Don Micheletto pensó entonces que aquello eran palabras mayores.
Que los libelos hubieran sido impresos en Tarento y Brescia era malo porque implicaba que tanto el rey Fernando el Católico como su consuegro el emperador Maximiliano o estaban al tanto o no se habían querido enterar de aquello.
Y que en Roma hubiera un impresor veneciano que también se prestaba a ello implicaba que el dogo y los gentilhombres de la Serenísima República no eran tan sinceros en su apoyo al papa Borgia y al Valentino como proclamaba su embajador en Roma.
— Messer Mancini —dijo—. Vuestra sinceridad os ha devuelto la libertad.
El pobre desgraciado no se podía creer lo que estaba oyendo y se abalanzó hacia don Micheletto —pese a las cadenas que lo sujetaban a la pared por los tobillos— para intentar besarle las manos entre lágrimas de alegría y gritos eufóricos de agradecimiento.
Lo que no sabía Mancini es que las órdenes del asesino del Valentino eran dejarlo con vida para que el mastro Taparelli y su brutal ayudante hicieran el trabajo que César les había encomendado.
Aquella misma mañana le devolvieron la libertad a Mancini después de sacarle un ojo, cortarle la lengua y la mano derecha y luego obligarlo a que él mismo clavara los despojos en un poste frente a la puerta principal de la basílica de Santa Maria del Popolo.