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Toda Roma brillaba a la luz de miles de velas encendidas en los alféizares de las ventanas, las terrazas y los balcones de cada casa, palacio, iglesia o convento.
El suelo de las plazas principales estaba sembrado de ramas de mirto oloroso y se habían ubicado braseros en las esquinas para hacer más llevadero el frío de la vigilia invernal.
En las tabernas y los burdeles escaseaba el vino, porque la Cámara Apostólica había comprado casi todas las existencias para repartirlo por las calles con hogazas de pan, trozos de queso pecorino y porciones de dulce de membrillo.
Los artilleros pontificios recibieron cien libras de la carísima pólvora adquirida para el ejército de César para gastarla en las salvas y truenos de colores que se iban a disparar desde lo alto de las almenas del castillo de Sant’Angelo y desde las puertas de la muralla Aureliana.
La ciudad estaba de fiesta porque, por tercera vez, se casaba la hija del papa.
El santo padre, una vez más, no había reparado en gastos para hacer saber urbi et orbi que Lucrecia iba a formalizar su matrimonio con el heredero del Ducado de Ferrara.
Dos días antes de la Navidad, la comitiva ferrarense —con Hipólito y Ferrante de Este, los hermanos del novio, a la cabeza— había llegado a Roma para llevarse a Lucrecia a su nuevo hogar.
No obstante, las personas más importantes del séquito no eran los vástagos del duque de Ferrara, sino los dos tesoreros y el ejército de escribas, notarios y auditores que el viejo Hércules envió a Roma para cerciorarse de que el papa Alejandro abonara hasta el último ducado de la descomunal dote que ambos habían pactado.
El santo padre estaba resignado a pagar, pero también quería intimidar a los De Este con una exhibición de poder y riqueza, para que no pensaran que podían humillar a los Borgia o que el exorbitante desembolso que tenían que hacer había hecho mella en sus cuentas.
Por eso, en cuanto la comitiva de Ferrara llegó a la puerta del Popolo por la via Flaminia, veinte cardenales —cada uno con un séquito de cincuenta caballos— esperaba su llegada a la cabeza de una horda de prelados, canónigos, protonotarios y embajadores junto a las autoridades municipales de la ciudad.
César, por su parte, movilizó a cuatrocientos estradiotes de don Micheletto y a seiscientos infantes con coraza, rodela, pica y espada que formaron —grupa con grupa y hombro con hombro— un pasillo por las calles por donde desfiló la comitiva.
El aire se llenó de vivas a Ferrara, al Valentino, al papa Alejandro e incluso se escuchó algún que otro grito, que brotaba de garganta femenina, para desear lo mejor a la papisa Lucrecia.
Precisamente, Lucrecia hizo su entrada en la capilla del papa Sixto donde, ya que la boda por poderes se había llevado a cabo en Ferrara el primer día de septiembre, se iba a celebrar un oficio de vísperas pontificales.
En el altar aguardaba el cardenal Hipólito de Este, el hermano del novio encargado de oficiar la ceremonia, mientras que Ferrante —el tercer varón del duque Hércules— representaba al marido de la hija del papa a la hora de ponerle el anillo de casada.
Al santo padre, en su trono bajo palio, revestido de capa magna y coronado con el triregnum , se le vidriaron los ojos y, saltándose el protocolo, ordenó que la madre de Lucrecia —la dama Vannozza— se acercara y se sentara en los escalones de la tarima para poder tomarla de la mano, lo que causó escándalo y estupor en toda la corte.
Lucrecia llevaba un vestido de brocado azul —el color del escudo de armas de los De Este— bordado en oro, con mangas amplias que rozaban el suelo y una capa de seda carmesí ribeteada de piel de armiño cuya cola de dos cañas de largo sostenían seis damas de compañía.
Entre los regalos que había recibido destacaba el volumen de fórmulas de cosméticos, colonias y tintes de Caterina Sforza que César había confiscado tras la conquista de Forlì.
Desde Venecia, llegó al Vaticano un maestro perfumista para que materializara aquellas recetas.
El resultado de su arte fue que la oscura cabellera de Lucrecia se tornó del color del trigo maduro, al estilo de las reinas, y le caía por la espalda como una mantilla de hilos de oro.
Llevaba en la frente una cinta de terciopelo negro con un rubí en el centro.
Las perlas más bellas de la colección del papa estaban engarzadas en el collar de cuatro vueltas que reposaba sobre su escote, tan pronunciado que a veces dejaba a la vista una mínima fracción de las areolas de sus senos.
Lucrecia se sentía ganadora y caminaba despacio, para saborear que, por primera vez, entraba en la capilla Sixtina no como invitada, sino como la dueña y señora de Roma, como lo había sido durante la ausencia de su padre y su hermano.
Tras una reverencia hacia el trono papal, Lucrecia se arrodilló en el reclinatorio forrado en seda roja junto a su cuñado Ferrante.
— Magnificat anima mea Dominum —proclamó Hipólito de Este—, et exultavit spiritus meus in Deo salutari meo, quia respexit humilitatem ancillae suae . 1
La voz del cardenal de Este, de veintidós años, arzobispo de Milán, Ferrara, Módena y Capua, resonó en la estancia con la primera antífona que recitaba con los brazos extendidos y los ojos cerrados como si estuviera en trance y fuera ignorante —aunque no lo era— de lo que ocurría en la Cámara Apostólica, a menos de un centenar de pasos de distancia.
Allí, los dos tesoreros del duque de Ferrara, asistidos por ocho escribas, contaban, a cara de perro, las cien mil monedas de oro que una docena de datarios apostólicos iban sacando de los cofres que los guardias pontificios movían ante la atenta mirada del cardenal de Cosenza, Francesc de Borja.
— Ex hoc beatam me dicent —continuó el cardenal de Este— omnes generationes, quia fecit mihi magna qui Potent est, et sanctum nomen eius, et misericordia eius a progenie in progenies timentibus eum . 2
En un cesto situado en un extremo de la mesa, los burócratas de Ferrara iban depositando las piezas que creían falsas o que consideraban que no tenían la ley suficiente.
Cada vez que aparecía una de ellas, el primo hermano del papa y el primer tesorero ducal pesaban la moneda, la mordían y la volvían a pesar mientras discutían como dos verduleras del mercado del campo de’ Fiori hasta que llegaban a un acuerdo o a algo que se le parecía.
— Fecit potentiam in brachio suo —siguió Hipólito de Este—, dispersit superbos mente cordis sui, deposuit potentes de sede et exaltavit humiles; esurientes implevit bonis et divites dimisit inanes . 3
Después de contar una a una las cien mil monedas, llegó el turno de examinar las más de ochenta camisas de delicada seda valenciana, sesenta borceguíes y otros finos calzados de la hija del papa, así como los más de cuarenta vestidos que incluía su ajuar.
Todo aquello había sido dispuesto en perchas en las bóvedas de la Cámara Apostólica para que los tesoreros ducales los examinaran como si fueran usureros judíos.
Hicieron lo mismo con las joyas, los cofres de perlas y las ciento veinte piezas de la vajilla de plata de su futura duquesa, así como con los tapices, candelabros, libros e incluso los perfumes, esencias y ungüentos en cuyos tarros introdujeron los dedos y metieron las narices para comprobar su calidad.
— Suscepit Israel puerum suum recordatus misericordiae suae, sicut locutus est ad patres nostros Abraham et semini eius in saecula 4 — concluyó el tercer hijo del duque de Ferrara.
Por último, los funcionarios ducales examinaron la bula en la que se rebajaba a la décima parte el tributo anual que Ferrara debía pagar a la Santa Sede y los títulos de propiedad de los castillos y tierras de Pieve y Cento.
Tras el Magnificat , un papa lloroso y emocionado se levantó del trono para bendecir los anillos que intercambiaron los contrayentes.
Ferrante de Este, en nombre de su hermano Alfonso, puso en el dedo de Lucrecia la sortija que en su día llevó su madre, Leonor d’Aragona, la hija mayor de Ferrante, el rey de Nápoles.
Finalizada la ceremonia religiosa, unos criados trajeron los cofres en los que venían los regalos del novio y los fueron exhibiendo ante la corte vaticana. Lucrecia los iba tomando uno por uno y los mostraba para recibir el aplauso de los asistentes.
—¿Qué pensáis de los presentes que ha enviado mi nuevo cuñado, tío? —preguntó César al cardenal de Cosenza—. ¿Están a la altura de la dote de mi hermana?
—Ni por asomo —contestó el prelado—. Todo lo que ha salido de esos cofres, hasta ahora, no supera los mil ducados tirando por lo alto. Aunque eso ya lo sabíamos.
—No es dinero lo que se pretendía obtener con este matrimonio, eminencia —apuntó el Valentino—. Y, además, las arcas están repletas.
—No hay arca por repleta que esté que no termine por vaciarse si no se actúa con mesura.
—Os preocupáis demasiado por el dinero, tío.
—Nunca hay que preocuparse demasiado por el dinero, sobrino.
En ese momento, el capitán de la guardia pontificia y primo de César, Rodrigo Borgia, se unió a la conversación.
—Creo —les dijo a ambos mientras les mostraba un papel— que deberíais ver esto.
Era una hoja impresa en cuarto remitida desde «el campamento real de Tarento» y dirigida al «magnífico señor don Silvio Savelli».
—Mis hombres —dijo el capitán— confiscaron una docena de estos libelos que un pordiosero repartía a las puertas de la basílica de Santa Maria sopra Minerva.
Cuando fue interrogado confesó que un gentilhombre embozado le había dado unas monedas para que lo hiciera.
Ese miserable sigue bajo custodia en la Tor di Nonna, y, aunque ha sido sometido al tormento del strapatto , no parece saber nada más.
César no pareció escuchar el comentario sobre la espantosa tortura en la que a la víctima se le ataba de pies y manos a la espalda y, sujeto por los tobillos y muñecas, se le alzaba con una polea hasta el techo para hacerle caer a continuación.
La soga tenía la longitud exacta para que no se estrellara contra el suelo, pero el tirón seco descoyuntaba las articulaciones y trituraba los tendones causando un dolor insoportable.
—¿Desde Tarento? —susurró César mientras leía el documento—. ¿Y a Savelli? ¿No es en Tarento donde tiene su cuartel general el Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba? ¿Quién la envía?
—No figura el remitente, excelencia. Está fechada el 23 de noviembre, pero, si os fijáis aquí —el militar señaló un renglón en particular—, dice que vuestra hermana ya está en Ferrara, cosa que no es posible, por lo que creo que se ha hecho para confundir y que ha sido impresa recientemente.
—Poco importa eso ahora, cosí . Silvio Savelli vive refugiado en la corte del emperador Maximiliano, en el Tirol. Sospecho que el destinatario también es irrelevante.
—Sospechas bien, primo. Lo peor está aquí.
—«No hay delito ni fechoría —leyó César en voz baja— que no sea cometido en Roma públicamente y en casa del pontífice.
Los Borgia han superado a los escitas, han superado la perfidia de los cartagineses, la crueldad y ferocidad de Nerón y Calígula.
Sería cosa de nunca acabar el enumerar las masacres, rapiñas, estupros e incestos que han cometido. »
—Aún hay más.
—«Respecto al duque Valentino —siguió leyendo—, su padre lo mima porque tiene su mismo carácter perverso, su misma crueldad: es difícil decir cuál de estos dos seres es más execrable, pero César es peor porque, para saciar todas sus pasiones a la manera de los turcos, vive rodeado de prostitutas y bajo sus órdenes se ha matado, herido, envenenado y arruinado a personas honradas e inocentes, pues está tan ávido de poder como de sangre humana. »
El hijo del papa leyó a continuación para sí, musitando las palabras que desfilaban ante sus ojos semiocultos tras la máscara de cuero que llevaba esa noche para tapar las llagas del mal francés.
—«Sobre su alma recaerá la Justicia Divina —recuperó la lectura en voz alta hasta llegar al final de la hoja— por haber ordenado la muerte de su hermano el duque de Gandía, su cuñado el gentil príncipe Alfonso d’Aragona y por haber yacido con su hermana Lucrecia y que el fruto de su adulterio incestuoso reciba de manos del sacristán del infierno de su padre, usurpador de la cátedra de Pedro, el Ducado de Nepi con treinta y seis castillos sobre la via Salaria, la Flaminia y la Cassia. »
Un estallido de aplausos se produjo en la capilla cuando Lucrecia exhibió ante la corte vaticana una fuente de plata que tenía grabados los escudos de armas de los Borgia y los De Este. César interrumpió la lectura, que retomó cuando cesó la ovación.
—«Anunciado tan a menudo por los profetas, ha llegado el tiempo del Anticristo porque jamás ha habido peores enemigos de nuestra fe, adversarios más declarados de Dios, destructores más encarnizados de la religión de Cristo que Alejandro Borgia y su hijo.»
—Me temo que aún hay más. Por la otra cara.
—«Es el papa Alejandro una bestia infame —César ya no leía en voz baja tras darle la vuelta al papel— cuya perfidia no conoce parangón en el género humano salvo por su hijo, un fratricida que, de cardenal, se ha convertido en el asesino que tiene con su propia hermana un comercio carnal infame.
Quiera la divina Providencia que, para devolver a buen puerto la barca de san Pedro y extirpar de Roma la peste engendrada para la perdición de la cristiandad, tome las armas su imperial majestad Maximiliano de Habsburgo, los príncipes de Italia y los reyes alejados.
Difundid, magnífico signore , este escrito entre las multitudes reunidas ante la santa misa y que Dios os guarde. »
Rodrigo Borgia bajó la mirada cuando el Valentino estrujó el papel en el interior de su puño enguantado. Esperaba a que el duque asimilara lo que acababa de leer.
—¿Conoce el santo padre la existencia de este libelo?
—Sí.
—¿Y qué hizo su santidad cuando leyó estas calumnias?
—Lo que hace siempre: se echó a reír. Le advertí que, con la imprenta, esa bazofia puede estar en la puerta de cada iglesia de Italia y en cada corte de Europa en semanas.
—¿Y qué te dijo?
—Pues que no había que preocuparse porque nadie en su sano juicio se iba a creer esta sarta de estupideces.
—¡Increíble!
—Y también me dijo que te enfadarías porque, y son sus palabras y no las mías, aunque eres un buen capitán general y un justo gobernante, no has aprendido a tolerar las ofensas que no tienen importancia y más en una ciudad como Roma, donde cada cual es muy dueño de escribir lo que le venga en gana.
—En eso, cosí , el pare sant tiene razón. Pero Roma también es otra cosa.
—¿Qué cosa?
—Una ciudad peligrosa. Muy peligrosa.