El mirto y el puñal 48
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–¿No tenéis hambre, eminentissime pater ? —preguntó Lucrecia al cardenal Jorge da Costa—. ¿O quizá sólo os apetece un poco de vino?

—Pues, excelencia —contestó el prelado—, estoy más cansado que hambriento. Ya no tengo la resistencia de vuestra juventud y, además, los viejos comemos poco y a deshora.

—Deben ser los muy viejos hechos de hierro como vos, frater carissime —rio el cardenal Joan de Borja i Llançol de Romaní—, porque los que sólo somos viejos y estamos hecho de huesos y carne pecadora siempre tenemos hambre.

O, al menos, este viejo en concreto. Y también sed. No nos vendría mal un refrigerio.

—De todos modos —apuntó el portugués—, aceptaría de buen grado una copita de malvasía y quizá un poco de queso tierno.

—¡Magnífica elección! —exclamó el sobrino del papa—. La malvasía siempre se acepta de buen grado. Y respecto al queso, no estaría mal que lo acompañáramos con pan blanco, un poco de carne y algunos dulces. ¿No creéis?

No podían ser más distintos los dos prelados que acompañaban a la hija del papa en la sala de las Artes Liberales de la torre Borgia en la que los tres —junto a una docena de datarios, abreviadores y otros funcionarios de la Santa Sede— despachaban los asuntos del día.

El cardenal y arzobispo de Lisboa era un hombre menudo y flaco, pero de una vitalidad casi milagrosa para sus noventa y cinco años.

Por el contrario, el arzobispo de Monreale, con cincuenta y cuatro, apenas podía mover su corpachón abotargado por culpa del dolor en las articulaciones que le provocaba el mal francés.

—Como digáis, eminencias. Yo también necesito un pequeño descanso y comer algo antes de que venga mi tío el cardenal de Cosenza.

Me va a informar sobre el estado de las cuentas de la Cámara Apostólica, pero tengo que consultar con él otro negocio.

Si os parece bien, continuaremos mañana tras el refrigerio.

Y,  eminentissime pater Costa, por favor, no me llaméis «excelencia» —dijo Lucrecia con una sonrisa—, que podría ser vuestra nieta.

Me gusta más cuando me decís querida menina en vuestra dulce lengua portuguesa.

La hija del papa se levantó de la silla del escritorio que dominaba la estancia que el santo padre usaba como gabinete de trabajo y que también albergaba su biblioteca personal.

En los siete lunetos que sujetaban la cúpula de cañón, el Pinturicchio había representado alegorías de las siete disciplinas del saber: Astronomía, Música, Aritmética, Geometría, Retórica, Lógica y Gramática para inspirar al pontífice.

No obstante, el papa le había dado a Lucrecia su permiso explícito para que la usara mientras él estaba ausente de Roma.

En esas ocasiones ella ejercía, en la práctica, la función que ninguna otra mujer había realizado antes, al menos legalmente, en la Santa Sede: administradora o, como se decía con malevolencia tanto en los elegantes palacios de la nobleza como en las tabernas de mala muerte, de papisa.

Su santidad había delegado en ella el gobierno civil de los Estados Pontificios, así como la responsabilidad de abrir y contestar toda la correspondencia, para lo cual disponía del sello papal y del ejército de burócratas de la vicecancillería.

Lo único sobre lo que no tenía jurisdicción eran los asuntos eclesiásticos o de doctrina.

Para esa tarea, o al menos para lo más urgente, estaba el anciano cardenal Da Costa.

Para las cuestiones diplomáticas, Lucrecia se apoyaba en el cardenal de Monreale, Joan de Borja i Llançol de Romaní, su primo segundo.

Respecto al estado de las cuentas de la Cámara Apostólica, Lucrecia despachaba con Francesc de Borja i Navarro, el primo hermano del santo padre, tesorero papal y cardenal presbítero de Santa Cecilia in Trastevere.

Los tres llevaban juntos desde antes de la hora tercia contestando cartas, leyendo memorandos y atendiendo las mil y una cuestiones que un ejército de datarios, abreviadores y notarios vaticanos traían y llevaban en carros desde las diferentes instancias de la santa romana Iglesia y que requerían de su atención mientras el santo padre estuviera fuera de Roma.

Sobre el aparador situado bajo las ventanas del aposento que daban al cortile del Belvedere, unos criados dispusieron las viandas solicitadas por el cardenal de Monreale. Después, la servidumbre dispuso una mesa con vajilla de plata para los dos cardenales y también para la hija del papa.

—¡Qué ganas tenía, cosina —le dijo Joan de Borja a su prima—, de dejar de veros comer y beber en platos y vasos de barro!

—Desde ayer ya no soy viuda, cosí —le contestó la gobernadora—, sino la esposa del heredero del Ducado de Ferrara, aunque ni asistí a mi boda y ni siquiera conozco en persona a mi marido.

En efecto, la tarde anterior, un mensajero había llegado para comunicar a la Santa Sede que la boda por poderes entre Lucrecia Borgia y Alfonso de Este se había celebrado en la catedral de San Jorge Mártir de Ferrara el primer día de septiembre.

Aunque ni la novia ni el novio estuvieron presentes —la primera porque estaba gobernando la Santa Sede y el segundo porque formaba parte del ejército de César que ya volvía de la guerra de Nápoles—.

Los conservatori de Roma ordenaron que la campana del Capitolio volteara en señal de alegría, como cuando se elegía a un nuevo papa.

Sin embargo, Lucrecia se negó a que las bombardas del castillo de Sant’Angelo lanzaran salvas en su honor, pues quería que tal orden saliera del propio santo padre cuando regresara a la urbe.

Tampoco quiso que hubiera repartos gratuitos de pan, vino y embutidos ni que se encendieran hogueras, para alivio de su tío el cardenal de Cosenza, que era quien tenía que pagar todo aquello con los fondos de la Cámara Apostólica.

—Habéis sido prudente, querida menina —recordó el cardenal portugués—, al ahorrarle un gasto superfluo al tesoro papal. Bastante costosa ya ha sido la dote.

—En efecto, carissime frater —dijo Joan de Borja mientras mascaba a dos carrillos un puñado de peladillas—. Hércules de Este ha regateado como un usurero judío.

El viejo duque de Ferrara había logrado que su dote alcanzara la exorbitante suma de cien mil ducados en moneda, a los que había que sumar otros sesenta y cinco mil en joyas, vestidos, tapices, brocados y otros objetos preciosos.

Además, había conseguido que el tributo anual que los De Este tenían que pagar al papado como vicarios de la Iglesia bajara de los cuatro mil ducados a sólo un centenar y que se le cediera la villa de Pieve di Cento, con sus tierras y fortaleza.

El negocio se había acabado de cerrar con el nombramiento de Hipólito de Este —cardenal de Santa Lucía, arzobispo de Milán, Ferrara, Módena y Capua y tercer hijo del duque— como arcipreste de la basílica de San Pedro, uno de los cargos con más rentas de todo el Vaticano.

—El santo padre y Hércules de Este se conocen desde hace muchos años —intervino el cardenal Da Costa—.

El papa sabía que el viejo duque cedería al final vencido por la codicia, aunque el precio haya sido alto.

Pero, a decir verdad, querida menina , el papa Alejandro ha conseguido para ti el más alto linaje de Italia ahora que los Sforza han perdido Milán y su libertad; los Médici, Florencia, y los D’Aragona, la corona de Nápoles.

Lucrecia asintió. El ejército del rey de Francia, con César y sus hombres entre sus filas, avanzaba hacia el sur como un torrente que se tragaba señoríos, castillos y pueblos sin apenas encontrar resistencia.

—Y hablando de otra cosa —comentó el cardenal de Monreale, mientras daba cuenta de uno de los muslos del ave—. ¿Qué noticias tenemos del santo padre? ¿Está disfrutando del viaje por las nuevas incorporaciones al patrimonio de San Pedro?

—Anteayer, sobre la hora undécima —contestó Lucrecia—, llegó un mensajero con unas líneas suyas, eminencia.

Contaba que en Genzano, rocca di Papa, Velletri y Sermoneta lo recibieron como a Nuestro Señor en Jerusalén el Domingo de Ramos, pero que la mejor recepción la tuvo en Castel Gandolfo, donde lo invitaron a pasear en una barca por el lago Albano.

Cuenta en la misiva que la gente de las aldeas se agolpaba en las orillas para vitorearlo como un libertador.

En la carta dice que la belleza del lugar es tan abrumadora que va a prolongar su estancia allí y que incluso está pensando en construir un palacio sobre la colina donde están los restos de la villa del emperador Domiciano para pasar los meses de verano.

—Bellísimos lugares, sin duda —apuntó el cardenal Da Costa—. Y es esperanzador que la población reciba de tan buen grado a su señor legítimo tras la expulsión de los usurpadores.

El prelado nonagenario se refería a las bulas de excomunión que, a principios de agosto, el papa había promulgado contra los Colonna, los Savelli y los Caetani, a los que había arrebatado sus castillos y señoríos por su alianza con el rey de Nápoles y los había incorporado, de momento, al patrimonio de la Santa Sede.

Fabrizio y Próspero Colonna, para huir de la cólera del papa, se habían pasado a las filas del Gran Capitán con los hombres de armas que les quedaban, mientras que los Caetani y los Savelli se habían puesto bajo la protección de Venecia y del Sacro Imperio, al menos por el momento.

De eso quería hablar Lucrecia, precisamente, con su tío Francesc de Borja, el tesorero de la Santa Sede, que, en aquel instante, hizo que anunciaran su entrada en la sala de las Artes Liberales.

—¡Tío! —exclamó Lucrecia cuando lo vio—. Os esperaba un poco más tarde. ¿Habéis comido? ¿Queréis uniros a nosotros? Ya habíamos terminado, pero...

—No, gracias, sobrina —dijo el anciano cardenal de Santa Cecilia—. Ya he comido algo antes de venir. Y son muchos los asuntos que debemos despachar.

La seca respuesta del prelado valenciano sirvió para que Jorge da Costa y Joan de Borja dieran por terminado el almuerzo y también la reunión. Tras intercambiar unas pocas frases corteses con el recién llegado, ambos se despidieron de la gobernadora y se marcharon.

El santo padre decía que su primo hermano era digno hijo —aunque natural— de su tío el papa Calixto, a quien se parecía tanto en lo físico como, y sobre todo, en el carácter.

Igual que el primer papa Borgia, Francesc de Borja era un hombre alto y tan delgado que más que brazos y manos parecía tener sarmientos por extremidades.

Comía poco, jamás bebía vino y las dependencias que ocupaba en el Palacio Apostólico eran tan austeras que parecían más un cuartel que la residencia de un príncipe de la Iglesia.

Era sólo un año más joven que el papa y la única persona en el mundo que no se dirigía a él como padre santo o su beatitud, sino como cosí .

Si Calixto III tenía la cabeza llena de leyes y cánones y el alma a rebosar de obstinación y fe tanto en el poder de la Iglesia como en la grandeza de su propia familia, su hijo tenía ambas a rebosar de números, cuentas y balances de gastos e ingresos.

De hecho, si el jubileo del año anterior y la venta de capelos cardenalicios habían llenado las arcas vaticanas con tanto éxito era gracias a su diligencia, por lo que también era el único que protestaba ante el papa por los inmensos gastos que el ejército de César generaba.

También había sido el encargado de contar —moneda a moneda— el importe de la dote de Lucrecia para su boda con Alfonso de Este, a la cual se había opuesto con todas sus fuerzas por considerar que ningún escudo de armas —por antiguo y noble que fuera— valía semejante dineral.

El cardenal de Cosenza —así lo conocía todo el mundo en Roma, puesto que era el arzobispo de la ciudad calabresa— estaba acompañado de dos secretarios cargados como mulas con carpetas y libros de cuentas que depositaron en el escritorio del papa en montones perfectamente ordenados.

Después, con un desabrido gesto de cabeza, el primo del papa despidió a los dos escribanos para quedarse a solas con la gobernadora.

—Tu hermano —dijo, sin apenas esperar a que Lucrecia se sentara— pide que la Cámara Apostólica reserve fondos para adquirir no menos de ochenta mil libras de pólvora, que van a costar alrededor de treinta mil ducados.

—¿Por qué van a costar tanto, tío?

—Su precio se ha multiplicado por diez.

—¿Lo sabe César?

—Lo sabe. Y dice que no hay de qué preocuparse. Que con el botín obtenido en Capua se cubrirán esos y otros gastos.

—Otra cosa, tío. Como sabéis, la bula del santo padre por la que se reconoce a... —Lucrecia dudó un instante, pero enseguida decidió que no era cuestión de andar con eufemismos con Francesc de Borja— a mi hijo Giovanni como vástago natural de mi hermano fue firmada hace cuatro días.

—Así es —contestó el prelado—. Illegitime genitos se llama el documento por el que se considera al infans romanus hijo natural de César y de mujer desconocida libre de ataduras matrimoniales, creo.

—Es tal cual decís, eminentissime pater . —Lucrecia extrajo de una carpeta el papel con el sello papal y se lo alargó al cardenal de Cosenza—. No sabía que la habíais leído.

—Dado que voy a ser el tutor tanto de Giovanni como de su otro nieto, Rodrigo —Francesc de Borja hablaba como si Lucrecia no fuera la madre de ambos—, mi primo me facilitó un borrador.

—Precisamente de eso quería hablaros. El santo padre me ha prometido para ellos los ducados de Nepi y Sermoneta, pero, ahora, ambos son propiedad de la Santa Sede que se otorgan en régimen de vicariato, ¿no? Es decir, que otro papa podría arrebatárselos.

—En efecto.

—¿Y si se adquieren en propiedad?

—Eso es diferente. En ese caso dejarían de ser un bien inalienable de la Iglesia.

—¿Puede darse el caso?

—Por supuesto. No forman parte del patrimonio eclesiástico que no se puede enajenar, como la basílica de San Pedro, por ejemplo.

—¿Y si yo se los comprara a la Santa Sede y luego se los cediera a ellos? —Lucrecia hacía brillar el fuego de la determinación en el fondo de sus pupilas negras—. ¿Sería legal?

—Perfectamente. Calculo que cada señorío puede valer alrededor de cuarenta mil ducados —el cardenal sonrió a su sobrina—. ¿Dispones de los fondos necesarios? ¿Ochenta mil ducados, Lucrecia?

—Yo no. Pero la Cámara Apostólica sí. Sólo con lo que se ha confiscado a los Caetani se alcanza esa suma, que se me puede prestar.

—¿Lo sabe mi primo?

—Lo sabe —Lucrecia le alargó otro papel, firmado de puño y letra por el papa y con el lacre marcado por el anillo del Pescador— y también lo autoriza.

Francesc de Borja se tomó el tiempo necesario para leer el documento y asegurarse de que era auténtico como, en efecto, lo era.

—¿Y lo sabe César?

—No tiene por qué saberlo, tío.