El mirto y el puñal 47
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–¡Por fin! —exclamó el papa en cuanto entró en la sala de los Paramentos del Palacio Apostólico—. Por un momento creí que iba a desmayarme como me ocurrió el día del Corpus Christi. ¿Te acuerdas, Lucrecia?

La hija del papa asintió con la cabeza mientras vertía agua perfumada con jazmín y cortezas de limón en una jofaina. Luego empapó una toalla y se dispuso a esperar a que los dos cubicularios terminaran de desvestir al pontífice para refrescarle la nuca y la cabeza con el paño húmedo.

Tras el intento de asesinato de Caterina Sforza, el pontífice permitía que muy pocas personas se le acercaran demasiado y aún menos que lo tocaran.

Lucrecia era una de ellas. Las otras dos eran los dos pajes que despojaron al santo padre del manto rojo cuajado de pedrería.

Los dos chicos deshicieron con habilidad los lazos ocultos que permitían que la majestuosa capa no se cayera de los hombros del pontífice pese a su considerable peso.

Después, procedieron a quitarle la casulla, la faja y la estola, así como los borceguíes de vivo color escarlata.

Aunque los chicos eran rápidos y diestros en la tarea de vestir y desvestir al papa, el cansancio, la impaciencia —y el mal humor— de Alejandro VI por librarse de tan aparatosos ropajes y ponerse más cómodo crecía.

—¡Daos prisa, por los clavos de Cristo! —exclamó—. ¡Y traedme un asiento y vino fresco!

Ya vestido con una sencilla túnica de lino, el pontífice se derrumbó sobre el sillón forrado de cojines.

Aunque la ceremonia en la sala del Papagayo —que estaba pared con pared con la de los Paramentos, donde se revestía al santo padre para los actos litúrgicos o diplomáticos— había sido corta, Lucrecia se dio cuenta de que al santo padre le pesaban ya los setenta años.

—Lo del día del Corpus apenas fue un ligero desvanecimiento, pare —mintió Lucrecia—. Creo que salvo los que estábamos más cerca, nadie se dio cuenta.

—¿Tú crees, filla ? —dijo el pontífice mientras cerraba los ojos para disfrutar mejor del fresco alivio del paño mojado sobre la nuca—. Cuando recuperé el sentido, en las miradas de toda la curia y de los embajadores vi algo que no me gustó.

—¿El qué?

—El cálculo de una oportunidad que aprovechar, Lucrecia. He visto agonizar a cuatro papas y en todas esas ocasiones pude leer en los ojos de todos los presentes, incluido yo, cómo empezaban a barajar sus opciones ante la inminente muerte del obispo de Roma.

—¡Por favor, pare ! No digáis esas cosas. Estáis sano y fuerte como un toro.

—Un toro viejo, filla meua . Demasiado viejo. Y hay tanto que hacer y tan poco tiempo. El asunto de Nápoles, por ejemplo.

Lucrecia se llevó el dedo índice a los labios para indicar al papa que no continuara hablando y, acto seguido, despidió a los cubicularios para quedarse a solas con él.

— Neapolis damnata est —suspiró el papa cuando los pajes abandonaron la sala de los Paramentos—. Nápoles está condenada. Fernando de Trastámara y Luis de Orleans se han repartido el sur de Italia como si fuera un cordero descuartizado. Y me temo que yo he sido el carnicero.

El santo padre se refería al consistorio público que acababa de celebrarse en la sala del Papagayo y en el que, ante veinte cardenales y los embajadores de los reyes de España, Francia e Inglaterra, el representante del emperador Maximiliano de Austria y los legados de Florencia, Ferrara, Mantua y Venecia, Alejandro VI había hecho leer la bula papal mediante la que le retiraba la investidura al rey Federico como legítimo soberano de Nápoles con la falsa excusa de que el monarca había solicitado la ayuda de los turcos para atacar los principados y repúblicas de Italia.

Y en el mismo documento, además, autorizaba a los reyes y príncipes de la cristiandad —sin nombrar a ninguno en concreto— a que cruzaran con sus armas los Estados Pontificios para darles a los napolitanos el nuevo rey que merecían.

—No sé si hemos obrado bien, filla —suspiró el papa—.

No lo sé. Tu hermano César me insistió por carta en que era la única opción, porque sigue necesitando la presencia de las armas francesas en la Romaña, pero ni me fío de Luis de Francia ni de Fernando de Aragón.

Acordaron este otoño repartirse Nápoles, pero no creo que tarden demasiado en pelearse como perros rabiosos.

Y entonces, tendremos que elegir bando. Y ninguna de las dos elecciones será buena.

—¿Por qué?

—Porque Fernando de Trastámara querrá que me ponga de su lado por nuestra condición de valencianos, y Luis de Orleans pretenderá lo mismo porque para eso ha hecho a tu hermano duque de Valentinois y par de Francia; por tanto, vasallo suyo.

Y uno y otro tendrán ejércitos sobre Italia.

El francés en el norte desde Milán y el aragonés en el sur desde Sicilia.

Y nosotros, filla meua , estaremos en el medio.

—Pero, pare —dijo Lucrecia con una sonrisa pícara—, me barrunto que ya habéis pensado en una solución si tal escenario se produce.

—Y haces bien —sonrió el papa—. Aunque sólo espero que haya tiempo. Por eso, cada día suplico a la Providencia que me dé los mismos años de vida que otorgó al papa Calixto, que entregó su alma a su divina misericordia a cinco meses de cumplir los ochenta.

—Contadme, pare .

—La paz en Italia no vendrá de la unidad impuesta por el poder real, como ha ocurrido en Francia o está ocurriendo en España, sino del equilibrio entre Venecia, Milán, Nápoles, Florencia y los Estados Pontificios.

Cinco poderes de parecidas fuerzas, pero sin que ninguno de ellos logre imponerse sobre el resto ni sean capaces de pactar entre ellos durante mucho tiempo.

—Lo que describís es lo que ocurre ahora, santidad, pero con menos principados y repúblicas.

—Por poco tiempo. El Ducado de Milán será francés y el Reino de Nápoles terminará bajo el dominio del rey de Aragón.

En medio quedarán los Estados Pontificios, y al oriente, la Serenísima República de Venecia.

No creo que Florencia sobreviva por lo que, si jugamos bien nuestras cartas, habrá sitio para otro gran principado. Un nuevo poder.

—En la Romaña. Y para César.

—En efecto, Lucrecia. En la Romaña. Por ese motivo he creado el ducado para César y le he nombrado vicario papal de Imola, Forlì, Rímini y Pésaro.

Sin embargo, son señoríos de la Santa Sede que otro pontífice podría arrebatarle de la misma forma que yo lo he hecho.

De ahí que, junto a Cesena, todo formará parte del nuevo principado Borgia que irá desde los Apeninos hasta el mar Tirreno.

—Pero eso incluye a Bolonia, Florencia y Siena.

—Que también caerán como fruta madura a su debido tiempo. Y no sólo ellas.

—También Ferrara.

—¡Digna hija de su padre! —aplaudió el papa.

—Y ése es el motivo por el que debo casarme con Alfonso de Este.

Lucrecia había rechazado a los tres primeros pretendientes.

Sin embargo, en las últimas semanas, tanto el papa en persona como César por carta le habían hablado del heredero del duque de Ferrara, que formaba parte del ejército del Valentino con varias piezas de artillería, entre las que destacaba la monstruosa culebrina Principessa, que había diseñado él mismo.

Le decían que era un gentil y apuesto príncipe de veinticinco años, viudo desde hacía cuatro, cuando su primera esposa murió en el parto junto al primer hijo que ambos esperaban.

—En efecto, Ferrara es demasiado poderosa y rica para someterla con las armas —continuó el papa—. Y además cuenta con la protección del rey de Francia. Por eso, Lucrecia, Ferrara será Borgia gracias al fruto de tu vientre y no a los cañones de tu hermano.

—Pero el heredero que tenga con mi nuevo marido será duque de Ferrara, no de la Romaña. Ese título será para la progenie de César. De momento, para su hija que vive en Francia.

—¿Acaso tiene importancia? De momento, Ferrara y la Romaña serán Borgia y Dios dirá si podrán unirse en un futuro.

—Aunque mi tarea en esa empresa sea —el rostro de Lucrecia se endureció—, de nuevo, la de limitarme a tener hijos, ¿no? Como si fuera una yegua.

El rostro del papa acusó el golpe ante la queja de su hija. No pudo disimular una mueca de incredulidad y un punto de benevolente enojo ante la muestra de rebeldía. Aun así, optó por la paciencia.

—Sabes que te necesito para mucho más que eso, filla .

Pero sólo las hembras podéis concebir porque así lo dispuso la voluntad de Dios.

No te pediría jamás que mandes un escuadrón de estradiotes en el campo de batalla, porque lo que eres capaz de hacer es mucho más importante.

Tu hermano se ha revelado como un grandísimo dispensador de muerte, pero tú eres la única de entre nosotros que puedes dispensar vida.

—¿Me creéis capaz de hacer algo más que no sea parir?

—Te creo capaz de gobernar, querida niña.

Ya lo hiciste en Espoleto y lo volverás a hacer.

Veo en ti las mismas hechuras de mi madre Isabel y mi hermana Joana, que gobernaron la diócesis de Valencia, en nombre de mi tío Calixto y del mío propio, con más eficacia y prudencia que todos los obispos auxiliares que ambos nombramos para la tarea.

—Si vos lo creéis, pare —se conformó Lucrecia—, así lo debo asumir.

Francesc de Remolins, que acababa de ser nombrado arzobispo de Sorrento por el papa, había hecho ya dos viajes a Ferrara para tantear al viejo duque Hércules de Este.

Del segundo, le trajo a Lucrecia un pequeño retrato para que conociera al futuro marido que su padre y su hermano querían para ella.

La tabla pintada al temple, de un palmo de lado, mostraba a un joven de cara redonda y robusta —como la de su abuelo el rey Ferrante de Nápoles—, con algo de entrecejo sobre la nariz afilada característica de la casa De Este que sobresalía sobre unos labios llenos.

Llevaba el cabello largo, como César, pero peinado con raya al medio.

Lucrecia pensó que no era tan guapo como su difunto Alfonso, pero emanaba cierta aura de virilidad tranquila que, aunque no quería reconocerlo, era justo lo que necesitaba.

Y en aquel momento pensó que podía ser un buen esposo.

Lucrecia contempló al santo padre. Los últimos años le habían blanqueado del todo las guedejas que bordeaban la tonsura, que le despejaba más de la mitad del cráneo.

Estaba mucho más gordo —tanto que ya no salía a cazar ni cabalgaba— y también más torpe y lento.

Sin embargo, mientras hablaba, sus profundos ojos negros escupían el fuego del entusiasmo.

—No quiero mentirte, Lucrecia —continuó el papa—.

Los De Este son orgullosos y piensan que la hija de un papa valenciano cuyo padre era un simple cavaller de Xàtiva es poca novia para tan gran heredero.

Sin embargo, tengo a alguien que los convencerá de la conveniencia de este matrimonio. Por las buenas o por las malas.

—¿Y quién es ese alguien, pare ?

—El rey de Francia. Si Luis XII quiere la investidura papal sobre su trozo de Nápoles, tendrá que convencer a Hércules de Este de que su primogénito se case contigo, pues, de lo contrario, ungiré como único soberano a Fernando de Aragón.

A no ser, claro, que tú no quieras ese matrimonio, Lucrecia.

—El papa dejó que la emoción le quebrara la voz—. En ese caso, pensaremos en otra cosa.

Lucrecia se dio cuenta entonces de que el papa se sentía culpable de haberla casado primero con Giovanni Sforza, haber permitido el asesinato de Perotto y de no haber sabido proteger a Alfonso d’Aragona.

Aun así, no se hacía demasiadas ilusiones.

Podía ser que la vejez estuviera ablandando el corazón del pontífice, pero estaba segura de que el sentido político terminaría imponiéndose en cuanto César interviniera.

Ante el empuje de su hermano, el anciano pontífice cedería.

Pensó entonces que no tenía demasiado sentido cerrarse en banda y, además, la corte de Ferrara se le presentaba como el refugio ideal para huir de Roma y de sus intrigas.

Además, era una Borgia, educada para aprovechar todas las oportunidades que se le pusieran por delante.

El santo padre, con su momento de debilidad sentimental, le ofrecía una en bandeja.

—Me casaré con Alfonso de Este, si así os place, pare , como corresponde hacer a una hija amantísima y obediente. Pero apelo a vuestra caridad y amor paternal para que mis hijos, los dos, reciban el trato que merecen como nietos de vuestra beatitud y dignos vástagos de la casa Borja.

El papa reflexionó durante unos instantes. Después se levantó de la silla y se quitó la toalla húmeda de la nuca, que dejó caer sobre el suelo.

—Sólo César, Nos y ahora tú sabemos lo que te voy a contar, Lucrecia —dijo al fin—.

Cincuenta lanzas del ejército del rey de Francia, más dos compañías de los hombres de armas de Cesena reclutadas por tu hermano y los estradiotes de don Micheletto se quedarán en Roma para reforzar a la guardia pontificia y a un destacamento de lanceros genoveses que he contratado.

Hemos de estar preparados para una revuelta. Aquí mismo, en Roma.

—¿Por qué?

—Pues porque ya están redactadas las bulas de excomunión y confiscación de bienes de los Colonna y los Savelli, con todos sus castillos, para que no puedan ayudar al rey de Nápoles.

Con ellos conformaré los ducados de Nepi y Sermoneta.

El primero será para tu hijo Giovanni y el segundo para tu hijo Rodrigo, que lo podrá unir al Ducado de Bisceglie y el principado de Salerno.

Además, en el caso del retoño que concebiste del pobre Perotto, redactaré una bula en la que se le reconoce como hijo natural de César y mujer desconocida.

—¡Pero, pare , si toda Roma y media Italia sabe que es mi hijo! —protestó Lucrecia—. ¿No temes que piensen que me he acostado con mi propio hermano?

—Si legitimo a Giovanni como hijo de César, los títulos, tierras y castillos que se les concedan como vicarios de la Santa Sede serán legales. Y, además, se obtendrá otro beneficio mucho más inmediato y que nos permitirá superar otro problema.

—¿Qué problema?

—Sabes que no te podrás llevar a la corte de Ferrara al hijo de Alfonso d’Aragona, ¿verdad? Los De Este no lo consentirán para proteger su dinastía.

—Lo sé. Me voy haciendo a la idea de que Rodrigo será educado en Nápoles. O lo que quede de Nápoles. Por Sancha y Jofré, probablemente.

—No. Primero estarán aquí en Roma. Conmigo.

Y no te preocupes por él porque su principado de Esquilache está fuera de toda discusión con el Rey Católico.

Pero, respecto a tu boda con Alfonso de Este, no hay ningún impedimento legal para que, incluso casada con él, te hagas cargo de tu sobrino en el castillo de Ferrara.

—¿Sobrino? —la sonrisa de Lucrecia desprendía astucia—. ¿De qué sobrino estáis hablando, santidad?

—De Giovanni Borgia, infans romanus , el ‘niño romano’. El hijo de tu hermano César.