El mirto y el puñal 46
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La rocca de Nepi, en lo alto de la colina, parecía una gema de piedra gris sin labrar coronada por un cetro verde hecho de bosques profundos, cascadas y barrancos en los que el rumor del agua era constante.

A Lucrecia la relajaba aquel gorgoteo continuo porque le parecía que el mundo entero lloraba con ella por la muerte de su marido, pero algunas de sus damas —especialmente su prima, Ángela Borgia— apenas podían soportarlo.

Ambas estaban en el salón de audiencias de la rocca aguardando a la visita que, hacía unos instantes, se había hecho anunciar.

La hija del papa iba vestida de brocado negro, con un velo de fina seda cubriéndole el rostro y sin más joyas que un collar de perlas pequeñas del que pendía una cruz de oro.

En una mesa cercana había algunas viandas, una jarra con vino aguado y unas copas.

Toda la vajilla era de barro —y no de plata— y las cucharas de madera, como correspondía a la ancestral costumbre de las nobles valencianas de usar tan humilde menaje cuando se quedaban viudas.

Desde hacía un par de meses, Lucrecia revivía una y otra vez la noche del atentado contra Alfonso d’Aragona en plena plaza de San Pedro.

El papa Alejandro —ante la revelación de Rocco Moddafari de que los atacantes hablaban valenciano— ordenó que se habilitara un dormitorio para su yerno en la sala de las Sibilas de la torre Borgia y encomendó al capitán de la guardia pontificia que dieciséis hombres armados vigilaran la puerta de la estancia día y noche.

La paranoia se instaló en el Palacio Apostólico mientras se investigaba quiénes eran los autores materiales del intento de asesinato y, sobre todo, quién lo había ordenado.

Por ese motivo, Lucrecia y la hermana del herido, Sancha, se instalaron también en la habitación con dos catres para dormir.

También se hicieron traer un pequeño hornillo de carbón para cocinar ellas mismas lo poco que el duque de Bisceglie pudo comer.

Durante los siguientes treinta y cuatro días hicieron turnos para salir del aposento y no dejar a solas al convaleciente en ningún momento.

En cuanto César se enteró del atentado —aquella misma noche— ordenó a don Micheletto que desplegara a los estradiotes por todas las entradas y salidas del Palacio Apostólico y la basílica.

Al día siguiente, en virtud de su cargo de capitán general de la Iglesia, publicó un bando en el que se condenaba a la pena de muerte sumaria, y en el acto, a todo aquel que portara armas en la plaza de San Pedro y algunas calles adyacentes.

A los cuidados del arquiatra Pere Pintor se unieron los de los dos médicos napolitanos que el tío de Alfonso —el rey Federico— había enviado desde Nápoles tres días después.

El santo padre ordenó que se llevaran al aposento algunas de las reliquias más sagradas de las iglesias de Roma, como el velo de la Verónica y la lanza de Longinos que se veneraban en San Pedro, el titulus crucis —el trozo de madera en el que Poncio Pilato mandó escribir el INRI— y un clavo, que se exhibían en la basílica de la Santa Cruz, y los pedazos del pesebre donde fue arropado el Salvador en Belén, que se retiraron de Santa María la Mayor.

Durante las primeras dos semanas, pareció que el príncipe de Salerno conseguía recuperarse de sus heridas.

Incluso en un par de ocasiones consiguió levantarse de la cama y, colgado de los hombros de Lucrecia y Sancha —pues no permitía que nadie salvo ellas lo tocara—, dio unos pequeños pasos.

El día de la Asunción de la Virgen, el santo padre ofició una misa para su yerno en la misma habitación, junto al retrato que san Lucas hizo de la Madre de Dios sobre un fragmento de la mesa donde se celebró la última cena.

Sin embargo, pese a los cuidados de los mejores médicos de Roma y Nápoles, toda la seguridad que el gonfaloniero y capitán general de la Iglesia podía proporcionar, los tiernos cuidados de su hermana y su esposa y la divina influencia de las reliquias más poderosas que el vicario de Cristo en la tierra podía reunir, sobre la hora sexta del 18 de agosto de 1500, Alfonso d’Aragona y Gazzella, duque de Bisceglie y príncipe de Salerno, entregaba su alma a la misericordia del Todopoderoso.

Tenía diecinueve años.

El último día del mes de agosto, Lucrecia tomó a sus dos hijos y se marchó a Nepi.

Atrás dejó el aire malsano del Tíber que, como cada verano, provocaba entre sus habitantes las fiebres tercianas que diezmaban a la población, pero, sobre todo, el enjambre de mentiras sobre la muerte de su segundo marido.

De nada sirvió que el mismo papa y su capitán general presidieran la procesión que, el día de Santa Patricia de Constantinopla —patrona de Nápoles junto a san Genaro—, se llevó a cabo hasta la basílica de Santa Maria del Popolo donde se rindió homenaje al duque de Bisceglie.

Tampoco que ni el rey Federico —el tío de Alfonso— ni Sancha acusaran jamás a los Borgia del asesinato.

En toda Roma hervían los rumores de que el marido de Lucrecia había muerto igual que su hermano Juan de Gandía.

Todas las miradas se dirigieron, como la vez anterior, a César.

Hacía una semana que la «tristísima princesa de Salerno» —que así firmaba sus cartas desde la muerte de Alfonso— había avisado a su padre y su hermano de que quería volver a Roma antes de los fríos del invierno.

Ella misma quiso que fuera don Micheletto quien supervisara los preparativos para su regreso.

El asesino personal del duque Valentino entró en la sala de audiencias solo.

Como siempre, vestía de negro. A nadie engañaba ya su aspecto frágil, la escasa envergadura que le había dado su apodo, y su cabellera rubia.

Lucrecia pensó que era lógico que la gente no percibiera el peligro que aquel hombre tenía dado su aspecto angelical, sin considerar siquiera que, de parecerse a un ángel, sería el exterminador el elegido.

A pesar de su reputación, a Lucrecia le gustaba don Micheletto.

Era un hombre cultivado, gran lector de clásicos, admirador de Dante y Petrarca y un delicado poeta.

— Na Lucrècia —la saludó con la fórmula de cortesía en valenciano—, me alegra veros con tan buen aspecto, considerando las circunstancias. Me hace feliz que hayáis decidido volver a Roma.

— En Miquel —le respondió ella en la misma lengua—, yo también estoy feliz de veros. Y ya es hora de regresar. Pero, decidme, ¿qué me voy a encontrar en la ciudad?

—Lo de siempre, señora —bromeó—. Cardenales que conspiran contra los nobles y se quejan porque el pueblo llano no les obedece, ya que están demasiado ocupados robando o estafando a los miles de peregrinos que siguen llegando a la urbe.

—Ya veo. El santo padre estará contento, ¿no? Y mi hermano también. Más peregrinos significa más dinero para la Cámara Apostólica.

—Faltan cofres para guardar tanta moneda, Na Lucrècia .

—Pero contadme, En Miquel . ¿Qué se dice de mí en Roma?

—Todo el mundo lamenta vuestra desgracia y llora por vos, senyora .

—No me mintáis por lástima, don Micheletto.

Hasta Nepi han llegado los rumores que dicen que Alfonso fue asesinado por orden de César.

Que mi hermano no soportaba que yo durmiera cada noche con mi marido porque me quería en exclusiva en su lecho y que yo estaba de acuerdo con semejante depravación.

—La voz de Lucrecia se tiñó de amargo sarcasmo—.

¿Quién puede inventarse un disparate así? ¿Y quién puede creerlo?

—Jamás subestiméis el poder de una mentira mil veces repetida, senyora meua .

Aunque escabroso, el embuste que me acabáis de contar está menos elaborado que el que me atribuye a mí la muerte de vuestro esposo con un palmo de cuerda de seda después de que os engañara a vos y a la princesa Sancha para que abandonarais la sala de las Sibilas.

—¿Cómo?

—Al parecer, a algunas cortes de Italia han llegado cartas que dicen que tres días después de la festividad de la Asunción de María, un servidor de vuestra excelencia, junto a diez de sus hombres, se presentó en la puerta de la sala de las Sibilas para detener a los dos médicos que el rey Federico de Nápoles había enviado para atender a vuestro esposo.

El motivo del arresto es que poseíamos pruebas irrefutables de que los dos galenos, en connivencia con los Colonna, pretendían envenenar al papa.

En la cara de Lucrecia batallaban el estupor y la sonrisa ante la magnitud del disparate.

—Ya que ni la princesa de Esquilache ni vos, senyora , me creísteis, como es natural abandonasteis el aposento a todo correr junto al embajador de Nápoles, los dos criados y el mastro Rocco Moddafari, que también estaban en la estancia por diferentes motivos, para advertir al santo padre de mis aviesas y asesinas intenciones y, por supuesto, dejándome solo con vuestro marido y un pelotón de estradiotes armados hasta los dientes.

—¡Ay, Micalet ! —La risa de Lucrecia era amarga—. Como poeta sois bueno, pero como autor de comedias os acercáis a Plauto y Terencio.

—Pues ahora viene lo mejor, Na Lucrècia —continuó—.

Como es lógico, una comitiva tan grande tardó un poco en encontrar al santo padre, a pesar de que de la sala de las Sibilas a la de las Artes Liberales, en la que el papa estaba en aquel momento, no hay más de los cuarenta pasos de la sala del Credo, que está entre ambas.

En fin, el caso es que, ya ante su santidad, le advertisteis de mi inminente fechoría y al pontífice no se le ocurrió otra cosa que mandaros de vuelta para ordenarme que, en su nombre, fuera a verlo de inmediato.

—Claro, claro —añadió la duquesa viuda de Bisceglie con ironía—. No fue necesario llamar a la guardia pontificia.

—No veo con qué motivo, excelencia —contestó don Micheletto—.

Era mucho mejor vuestra estrategia de aporrear la puerta conminándome a abrir y, cuando lo hice, dejarme salir tranquilamente mientras os decía que vuestro esposo, tristemente, había muerto al caerse de la cama.

Y eso a pesar de que el pañuelo de seda con el que lo estrangulé aún estaba enrollado en su cuello.

—Y todo eso fue porque —dijo Lucrecia tras transformar su sonrisa amarga en una mueca de dolor— la tarde anterior mi marido, desde la sala de las Sibilas, disparó su ballesta contra mi hermano, que paseaba por el jardín, aunque falló por poco.

—Veo que también os ha llegado ese rumor, senyora .

—Y más aún. Contaban que, el mismo día del supuesto ataque de ballesta, mi hermano subió a la torre Borgia para visitar a Alfonso, se acercó al cabezal de su cama y le susurró al oído algo así como: «Lo que no se ha hecho en la comida, se hará en la cena».

Luego aparecisteis vos y vuestros hombres para matarlo.

También me han comentado que el maestro de ceremonias del papa va diciendo por ahí que al duque de Bisceglie, como se negaba a morir a causa de sus heridas, le tuvo que ayudar el hombre de confianza de su cuñado, o sea, tú.

—Llegará el día —susurró el asesino con los dientes apretados— que a ese cerdo alsaciano se le acabará la protección de la sombra del papa. Y entonces se encontrará con la mía.

—No os hagáis mala sangre, Miquel . Al menos, no con hombres tan pequeños e insignificantes como monsignore Burcardo.

—Si así lo ordenáis, senyora , así lo haré.

—Imagino que en la corte vaticana ya se estará hablando de la conveniencia de casarme de nuevo, ¿no es así?

—Lo ignoro, senyora —mintió don Micheletto.

—Me escribió el santo padre —explicó Lucrecia— para decirme que, pese a que mi marido no lleva dos meses enterrado, ya ha recibido tres ofertas de matrimonio para mí.

—¿Tres?

—Una del conde de Ligny, un primo del rey de Francia; otra del duque de Gravinia, Francesco Orsini, y una tercera de Ottaviano Colonna.

—¿Y puedo preguntaros qué pensáis de ello?

—Que no me casaré con un noble francés. Con un Borgia de Francia —dijo en referencia al nuevo nombre del Valentino— es suficiente y, además, ya nos humillan bastante. La hija de César nació en mayo, pero no le dejan ir a verla ni traer a su esposa a Italia.

Lucrecia se refería a que el día de Pentecostés, Carlota de Albret había dado a luz en el castillo de Issoudun a una niña.

Desde su nacimiento, el Valentino enviaba cartas todas las semanas a Luis XII pidiéndole permiso para ir al señorío, del que era duque, y conocer así a su primera hija o que permitiera a la madre y a la criatura viajar a Italia.

Sin embargo, cuando no cosechaba el silencio recibía una excusa.

—Tampoco me casaré con un Orsini. Ya soporté a bastantes de ellos cuando era una niña. Ni con un Colonna, que envenenaron la mente de mi Alfonso para conspirar contra el papa. Es más, le he dicho al santo padre que, esta vez, yo tendré algo que decir a la hora de elegir un nuevo marido.

Don Micheletto alzó las cejas.

—No pongáis esa cara, Micalet , porque esto mismo que acabo de deciros se lo he expresado a su beatitud. También añadí que no soy una cría y que elegiré lo que mejor convenga a mi familia y mi linaje.

—Os honra que penséis así por vuestro linaje.

—En lo que estoy pensando es en mis hijos.

Lucrecia se levantó para indicarle al hombre de confianza de César que la entrevista había terminado.

—Por cierto —añadió don Micheletto—, os he traído un regalo.

El asesino le entregó un paquete envuelto en fina seda roja. Lucrecia lo abrió y comprobó que era un ejemplar de las Epístolas de san Pablo .

—Ese volumen —le contó el sicario— es una de las mejores facturas de las imprentas pontificias, pero no es sólo la calidad del libro lo que lo hace especial, sino por quién fue su dueño anterior.

—¿Quién era?

—Giacomo Caetani, Na Lucrècia , protonotario apostólico y hermano del señor de Sermoneta, Guglielmo Caetani.

Fue él quien organizó el complot contra vuestro esposo.

Por desgracia, Guglielmo huyó de Mantua para ponerse bajo la protección del emperador del Sacro Imperio en Innsbruck —explicó—, y quedó fuera de nuestro alcance.

Pero su hermano Giacomo está bajo custodia papal en Sant’Angelo.

—Ya.

—Hace tres días visité a monsignore Caetani en Sant’Angelo. Estaba leyendo la Epístola de san Pablo a los romanos . Fue lo último que leyó en su vida. Literalmente. En concreto —el asesino tomó el libro y lo abrió—, el versículo 18. ¿Queréis que lo lea para vos, Na Lucrècia ?

—Sí.

—«Revelatur enim ira Dei —leyó— de caelo super omnem impietatem et iniustitiam hominum eorum qui veritatem in iniustititam detinent.»

—«La ira de Dios —tradujo Lucrecia— se revela desde el cielo contra la impiedad y la injusticia de los hombres, que por su injusticia retienen prisionera a la verdad.» Gracias, don Micheletto.