El mirto y el puñal 45
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–¿Por qué, Lucrecia? —gritó Alfonso d’Aragona mientras le mostraba a su mujer el reverso de sus antebrazos—. ¡La misma sangre de Alfonso el Magnánimo y Ferrante de Nápoles corre por estas venas! ¿Por qué no me respetan? ¡Estoy harto de insultos y de humillaciones!

—¡Nadie te está insultando ni te está humillando! —respondió la hija del papa—. ¿Cómo se atreverían siquiera a intentarlo? El problema lo tenéis Sancha y tú, que veis desplantes y ofensas por todas partes.

—Y también Jofré, ¿no?

—Lo de Jofré es diferente. —Lucrecia bajó la cabeza—. Él... él es distinto.

—¡Es un sodomita! ¡Y lo sabe todo el mundo! Pero como es el benjamín del papa, no acabará gritando entre humo de hinojo.

—¡Miserable! —escupió Lucrecia apretando los dientes—. ¡Cobarde! César tiene razón: sólo eres un bonito adorno en la corte del papa del mismo modo que tu hermana Sancha sólo es una ramera de sangre real con la que entretenerse.

—¿Lo ves? —Pese a la rabia, la voz de Alfonso destilaba triunfo—. ¿Lo ves? ¡No nos respetáis!

—No tenemos por qué. —Lucrecia lo apuñaló con las palabras—.

Los Borgia lo hemos hecho todo nosotros solos, siendo extranjeros en un país hostil, sin más ayuda que la de Dios y la de nuestro talento.

Sobre todo, de nuestro talento. Tu hermana y tú, pese a que nacisteis en cunas de marfil, ni siquiera habéis sabido aprovechar la ventaja y os casaron con los bisnietos de un labrador de Xàtiva.

—No te consiento que...

—¿No me consientes qué? —bufó Lucrecia—.

Sigo siendo la gobernadora de Espoleto, Termi y Nepi.

He sido yo la que ha comprado a la Cámara Apostólica el Ducado de Sermoneta para nuestro hijo.

Han sido mis órdenes las que enviaron a los estradiotes de don Micheletto a Acquasparta para sacar de su rocca a ese bandido de Altobello di Canale, cuya cabeza se pudre ahora en lo alto de una pica, y mientras tanto, tú...

—¿Yo? ¿Yo, qué?

—Tú no tienes más que mirarte, Alfonso. Todo un príncipe napolitano al que ni siquiera se le puede confiar el mando de una cuadrilla de alguaciles; que fragua una conjura de la que se entera todo el mundo el mismo día; que pretende cabalgar con el capitán general de la Iglesia, pero coge berrinches como un niño al que le quitan el juguete.

Alfonso d’Aragona agachó la cabeza. César lo había apartado sin contemplaciones del estado mayor del nuevo ejército que estaba formando gracias al dinero recaudado por el papa.

Además de las tropas ya comprometidas por Luis XII mandadas por el barón Yves d’Alègre, el Valentino había reclutado a Vitellozzo Vitelli, el señor de Città di Castello, con todas sus piezas de artillería.

Bajo las banderas del Valentino iba a luchar también la feroz infantería de Giampaolo Baglioni, el tirano de Perusa, junto a las compañías de los primos Orsini, Paolo y Francesco.

Los antiguos capitanes de Caterina Sforza, que defendieron Imola y Forlì, también se iban a incorporar al nuevo ejército pontificio, al igual que Oliverotto Euffreducci —bello como san Juan pero más cruel que Herodes—, que unos meses antes había hecho degollar, durante un banquete, a su tío y a toda su familia para hacerse con el poder en Fermo.

Todo aquel despliegue militar lo pagaban las arcas de la Cámara Apostólica, cuyos cofres estaban a rebosar de moneda por los pingües beneficios que se obtenían de los miles de peregrinos que llegaban a Roma para el jubileo y de la venta de los cargos eclesiásticos.

Ciego de cólera, Alfonso d’Aragona salió del aposento.

De un portazo cerró la puerta y recorrió a zancadas los pasillos rumbo al exterior mientras llamaba a voces a su secretario y a Rocco Moddafari, su guardaespaldas.

Ya en la calle, el trío se perdió por los callejones del barrio de Ponte para buscar consuelo entre jarras de vino y piernas de prostitutas.

Lucrecia, desde una de las ventanas de su aposento, miró cómo su marido y sus acompañantes sorteaban los grupos de peregrinos que se disponían a dormir al raso en la plaza de San Pedro.

Conforme caía la noche, las escalinatas de los edificios eran los lugares más buscados, hasta tal punto que Lucrecia había dado órdenes a los guardias para que preservaran los soportales del palacio de Santa Maria in Porticu para las familias que llevaran consigo niños pequeños, a las que sus criados les ofrecían vino aguado, sopa y pan cada noche.

Lucrecia tenía sentimientos encontrados.

Por una parte, sentía lástima por su esposo pero, por otra, entendía que César y el papa no contaran con él, porque su gentil Alfonso no estaba dotado para la guerra ni la política.

Era un amante tierno; también un príncipe culto que amaba la música y el teatro más que la caza y las cabalgatas.

Pero también era un mal administrador que ni siquiera tenía el don innato de Sancha para las intrigas.

Cuando estaba abatido por su triste cometido en la corte papal, Lucrecia lo consolaba después de hacer el amor.

Le decía que el papel que Nuestro Señor le había reservado en este mundo era el mejor de todos, pues consistía en hacerla feliz con cosas bellas.

Entonces, se conformaba y volvía a ser el marido cariñoso que la amaba sin medida y la hacía reír.

Lucrecia tenía la certeza de que, esa noche, su esposo acabaría en la cama de alguna cortesana de lujo de los burdeles de la via dei Coronari.

La idea la incomodaba, pero no la ofendía.

«Los hombres son tan simples —pensó— que, en ocasiones, lo único que necesitan es un desahogo tan tonto como un rato de placer en lecho ajeno.

Lástima que nosotras no podamos hacer lo mismo. »

Tomó el bastidor con el bordado y le dio unas puntadas a la labor.

Sobre la brillante seda negra empezaba a tomar forma el dibujo de un pavo real en cuyo abanico multicolor Lucrecia iba engarzando pequeñas perlas.

Compartía con el santo padre la pasión por los aljófares; si bien a ella le gustaban pequeños para coserlos a sus vestidos o integrarlos en bordados como aquél.

El papa, por el contrario, los prefería del tamaño de los garbanzos y los guardaba en cofres en los que hundía los dedos para deleitarse con el delicado tacto del nácar.

Aquel día, la querella con su marido la había alterado demasiado y no encontraba placer ni paz en la costura.

Se levantó del asiento y llamó a su prima Ángela Borgia y a un par de criadas.

—Vamos a ver al santo padre —les dijo.

La residencia en Roma de los duques de Bisceglie estaba en la misma plaza de San Pedro y comunicaba con el Palacio Apostólico, al que se podía acceder mediante una puerta que daba a la capilla Sixtina.

Los guardias pontificios sabían que aquel corredor sólo podía ser usado por la hija del papa y, en cuanto la vieron venir con sus damas, avisaron a los cubicularios de Alejandro VI para advertir al pontífice de su visita.

El santo padre guardaba cama desde hacía dos semanas, puesto que, el día de la festividad de San Pedro y San Pablo, un relámpago se había abatido sobre la torre Borgia y derribó el techo de la sala de los Pontífices en la que estaba Alejandro VI.

Por fortuna, el dosel que cubría su trono dorado resistió la caída de los escombros y una viga quedó inclinada sobre él cuando se desplomó el artesonado.

Sacaron al pontífice de entre los cascotes pensando que estaba muerto, pero sólo sufría una conmoción que su arquiatra curó con friegas de alcohol de romero y cataplasmas de nieve.

Como tenía casi setenta años, el médico recomendó reposo, al menos, durante un mes.

Lucrecia lo visitaba todos los días a media mañana.

En algunas ocasiones, como aquélla, también lo iba a ver cuando caía el sol, para entretenerlo con chismes de la corte o para que jugara un rato con Giovanni y Rodrigo, a los que toda la corte vaticana llamaba los duchetti , «los duquesitos».

Desde su vuelta de Espoleto y tras el reencuentro y la reconciliación familiar en Nepi, las relaciones entre Lucrecia y el papa Alejandro se habían recompuesto por completo.

La buena gestión de Lucrecia en la Umbría había impresionado al pontífice hasta el punto de que despachaba con ella los asuntos relativos al gobierno interior de Roma antes de reunirse con los conservatori y los caporione y el prefecto de la urbe.

Mientras con César hablaba de guerra y diplomacia, con Lucrecia se ocupaba de cómo organizar la asistencia de los miles de peregrinos que, cada día, atestaban las calles de la Ciudad Eterna.

Aunque habían estado juntos esa misma mañana, su santidad se alegró de verla de nuevo, aunque no había traído consigo a los niños.

No era una hora adecuada para que los pequeños alborotaran las estancias del Palacio Apostólico y más cuando el santo padre debía descansar.

Por eso, Lucrecia tenía otra propuesta para pasar las últimas horas del día.

— Pare, vols que et llija alguna cosa? Tàcit, per exemple?

La hija del papa, tras proponerle leer en voz alta para él, sacó de una estantería un ejemplar de De vita et moribus Iulii Agricolae —«La vida y la muerte de Julio Agrícola»—, una de las obras de Tácito favoritas del santo padre.

Aquella copia, además, había sido un regalo de Lorenzo de Médici, que había hecho imprimir el único manuscrito original que se conservaba en la abadía benedictina de Montecasino.

— Bona idea, filla! —contestó el papa.

La duquesa buscó en el volumen su pasaje favorito; aquel en el que el caudillo caledonio Calgaco describía cómo era el gobierno de los romanos.

A Lucrecia le gustaba especialmente esta parte porque el historiador romano se ponía en la piel de los pueblos conquistados tras el paso de las legiones.

Bebió un poco de vino endulzado con miel y leyó:

—«Auferre, trucidare, rapere falsis nominibus imperium, atque ubi solitudinem faciunt, pacem appellant.» 1

Y siguió leyendo hasta que el sol se escondió tras las torres del Palacio Apostólico.

Ya estaba oscuro cuando el papa pidió a los cubicularios que les trajeran una ración generosa de queso quartirolo lombardo, cuatro o cinco perdices en escabeche, melocotones cocidos en mosto tinto con canela y jengibre, un poco de mazapán, un par de cuencos de citronat , pan blanco y una jarra de vino vernaccia toscano de San Gimignano.

La lectura de Tácito y la cena dieron paso a la charla y los cotilleos de manera que, conforme pasaba el tiempo, Lucrecia iba olvidando la pelea con su marido, al cual no esperaba en su palacio hasta el día siguiente.

Sabía que regresaría oliendo a vino y perfume de ramera, pero manso como un corderito.

Más de una vez estuvo tentada de decirle al santo padre que le buscara una ocupación más digna a su esposo, pero sabía que no le harían caso y, aunque sufría al ver la frustración de Alfonso, en el fondo sabía que su marido no servía para aquellos negocios.

Quizá podía ser un buen patrón de pintores, poetas o músicos, pero nunca un militar como César Borgia ni un político como Alejandro VI.

Faltaba poco menos de una hora para la medianoche cuando Lucrecia y su padre escucharon los gritos de la guardia pontificia y vieron encenderse todas las luces del Palacio Apostólico y la torre Borgia.

—¡Socorro! —oyeron—. ¡Han herido al duque de Bisceglie!

Las puertas del aposento se abrieron de par en par para que entraran dos custodios que llevaban en volandas al marido de Lucrecia.

Alfonso d’Aragona tenía la cara del color de la cal de las paredes y en sus ojos apenas se percibía el brillo de la vida, que se le escapaba por las heridas que tenía en el muslo derecho, el vientre y el brazo izquierdo.

Tras él, cubiertos de sangre, entraron el secretario del duque y su guardaespaldas, Rocco Moddafari.

—¡Santa María, Madre de Dios! —exclamó Lucrecia—. ¿Qué ha pasado?

— Signora , volvíamos ya hacia el palacio de vuestras señorías cuando uno de los guardias de la puerta nos dijo que vos estabais aquí con el santo padre.

El duque —Rocco Moddafari dudó un poco al buscar las palabras exactas— estaba arrepentido por la discusión y no quiso...

, digamos..., visitar algunas casas de la via dei Coronari tal y como había dicho cuando salimos.

Como quería veros de inmediato, nos dirigimos a la escalinata del Palacio Apostólico y allí nos atacaron.

Mientras el guardaespaldas calabrés hablaba, Pere Pintor, el arquiatra, llegó a los aposentos.

El anciano médico de Xàtiva se presentó con dos de sus discípulos y, a la vista de todos, hizo gala de su magnífica reputación cuando realizó sobre el muslo del duque un torniquete que paró la hemorragia de inmediato.

«Peor pronóstico —dijo— tiene la herida del vientre, pues la sangre mana oscura y eso puede significar que la hoja ha tocado el hígado. »

—¿Os atacaron? —inquirió el papa—. ¿Cómo? ¿Cuántos?

—Santidad —continuó Moddafari—. Las escalinatas de acceso a la basílica y el palacio están atestadas de gente durmiendo al raso, como cada noche.

Serpenteábamos entre los bultos buscando un camino cuando un grupo de lo que parecían mendigos surgió de debajo de las mantas con las que se guarecían.

Estaban coordinados y sabían bien a quién buscaban, pues cayeron como fieras sobre el duque.

Lucrecia lloraba mientras sujetaba en su regazo la cabeza de su marido y sembraba de besos su pálido rostro en el que la vida parecía sujetarse con minúsculos alfileres invisibles.

Mientras, los ayudantes del médico terminaron de desnudar al duque buscando más heridas que curar.

Cuando estuvo tal y como llegó al mundo y caído sobre las faldas de su esposa, ambos parecían la versión viva y ensangrentada de la Pietà que el maestro Buonarroti había esculpido para el cardenal de Saint Denis y que adornaba su tumba en la basílica de San Pedro.

—El duque —dijo el secretario— se defendió con valentía pese a las dos cuchilladas que recibió mientras el mastro Moddafari y yo rechazamos a los que pudimos al tiempo que pedíamos socorro a la guardia vaticana.

—¿Se ha detenido a esos miserables? —bramó el papa—. ¿Dónde están?

—Estaban bien mandados, santidad —contestó el calabrés—. Junto a la fuente de los toros de bronce tenían preparados caballos con los que huyeron.

—¿Nadie pudo identificarlos? —insistió el santo padre—. ¿Nadie?

—Algo dijeron —añadió Moddafari—, pero me temo que no será del gusto de su beatitud escucharlo.

—¡No importa! ¡Dilo!

—Hablaban entre ellos en valenciano, santidad. Sin duda.