El mirto y el puñal 44
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Nadie recordaba semejante multitud en la plaza de San Pedro.

Tampoco en las calles que en ella desembocaban —incluyendo la nueva via Alessandrina— ni, por supuesto, en el patio del Paraíso y en el interior de la basílica.

Roma, tras los fríos del invierno, estaba de nuevo invadida por miles de peregrinos que, desde el Domingo de Ramos, copaban cada taberna, fonda, establo e incluso los soportales de las iglesias y las covachas de las ruinas, donde dormían al raso los que no habían conseguido alojamiento.

Gente de toda Europa estaba en la ciudad para celebrar la Pascua en el año del jubileo.

La muchedumbre que colapsaba hasta el más miserable callejón de la urbe provocó que la guardia pontificia tuviera que abrir paso a palos a la comitiva papal —con Alejandro VI a lomos de la hacanea blanca— durante la peregrinación del Viernes Santo a las siete basílicas de Roma.

Dos días después, todo estaba preparado para la misa de Pascua en aquel domingo de sol radiante.

El santo padre estaba especialmente feliz porque, de todas las ceremonias del culto divino, ésa era su favorita.

Por eso, se cuidaba al máximo cada detalle.

Canónigos, prelados, monjes y criados corrían de un lado para otro, con temor en la mirada, ante la posibilidad de que el más mínimo fallo provocara un estallido de cólera del papa de consecuencias imprevisibles.

Según solía decir, el día de la resurrección de Nuestro Señor, cuando los fieles miran al altar donde el propio papa celebra la liturgia, no contemplan a un hombre, ni siquiera a un príncipe, sino el reflejo de la corte celestial ad maiorem Dei gloriam , «para mayor gloria de Dios».

Sin embargo, un par de horas antes se había celebrado otro acto, no menos solemne y diseñado ad maiorem Borgiae gloriam : «para mayor gloria de los Borgia».

Poco antes de la hora tercia, el papa salió de sus aposentos y fue izado en la silla gestatoria para ser trasladado a la sala de los Pontífices, donde su sobrino el cardenal de Monreale le entregó la Rosa de Oro.

Después se dirigió a la basílica, precedido por un lacayo pontificio.

Vestido de brocado rojo, el lacayo portaba en una bandeja de plata las insignias del gonfaloniero y capitán general de la Iglesia: el manto, el birrete y el bastón blanco.

Junto al altar mayor aguardaba el duque Valentino, de pie y en el mismo lugar en el que, hacía cuatro años, había estado su hermano Juan para recibir el mismo honor que el santo padre le iba a otorgar.

—Bendice, Señor —dijo el papa—, al gonfaloniero y capitán general de tu Iglesia y concédele la misma protección que recibió de tu divina gracia Abraham en el holocausto, Moisés en el mar Rojo, Elías en el desierto, Josué en los campos de Jericó, Gedeón en los combates y Pedro con las llaves del cielo.

El Valentino se arrodilló delante del papa, se santiguó y extendió los brazos con las palmas de las manos hacia arriba para recibir la bendición.

—Yo —proclamó—, César Borgia de Francia, duque de Valentinois y conde de Dyois, de ahora en adelante seré fiel y obediente a vos, santísimo señor mío, obispo de Roma, siervo de los siervos de Dios, papa Alejandro, como gonfaloniero, portaestandarte y capitán general de la santa romana Iglesia.

Y también, mientras viva, a quienes canónicamente os sucedan.

No intervendré en ninguna decisión, discusión o hecho que suponga un peligro para vuestra persona y vuestra dignidad ni permitiré que seáis injuriado o humillado en forma alguna.

El silencio en la basílica era tal que las palabras de César eran perfectamente audibles desde todos sus rincones.

—Defenderé el patrimonio de San Pedro —continuó— y el derecho de vos y vuestros sucesores a ser los legítimos gobernantes de cuanto el emperador Constantino donó al papa Silvestre desde el Tirreno hasta el Adriático.

Comandaré en vuestro nombre y en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo las armas pontificias para tal empeño.

Y que así la divina Providencia me ayude en este propósito.

En ese momento, el papa se quitó el triregnum de la cabeza y se lo entregó al cardenal de San Clemente.

Mientras, el cardenal de Monreale y el cuñado de César —el navarro Amanieu de Albret, recién nombrado cardenal de San Nicola in Carcere a cambio de diez mil ducados— ajustaron sobre el pecho del Valentino la coraza dorada y le extendieron sobre los hombros un manto de brocado escarlata forrado de piel de armiño.

Luego, el pontífice alzó los brazos para que todo el mundo pudiera ver la Rosa de Oro, el mayor honor que podía otorgar el santo padre, reservado a reyes y príncipes.

—Toma la Rosa de Oro de nuestras manos —dijo Alejandro VI—.

Esta rosa designa el gozo de la Jerusalén celestial victoriosa y de su Iglesia militante como corona de todos los santos.

Tómala, hijo estimadísimo, para que te muestre a los ojos de todo el mundo como el noble paladín de Dios, el que es uno en persona y trino en esencia y al que se debe todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos.

Cuando el santo padre terminó de dibujar la cruz en el aire tras tocar con su mano la frente de su hijo, Joan de Borja i Llançol de Romaní colocó sobre la cabeza de César el bonete de brocado escarlata, forrado con piel de armiño y una paloma bordada con perlas que representaba la gracia del Espíritu Santo.

Por último, el propio papa le dio al duque el bastón blanco de dos palmos y medio de largo, símbolo de su cargo como capitán general de los ejércitos pontificios.

La Schola Cantorum inundó con sus voces blancas todo el recinto.

«Et introibo ad altare tuum —cantaban— ad Deum laetitiae et exultationis meae», 1 y César se levantó para exhibir la vara albina ante los abarrotados bancos de la basílica antes de ocupar su puesto, justo al lado del Sacro Colegio y por delante del prefecto de Roma.

Tras la misa de Resurrección, una solemne procesión salió de San Pedro para acudir a la basílica de San Juan de Letrán y a la de Santa María la Mayor, desde cuyas logias el papa volvió a impartir la bendición urbi et orbi a la multitud que abarrotaba las plazas situadas frente a los templos.

Las calles estaban atestadas de gente y la guardia pontificia tuvo que emplearse a fondo para que el cortejo pudiera pasar por ellas.

Abrían la marcha treinta lanceros a caballo que escoltaban los estandartes con el escudo de armas del papa y, por primera vez, el de César.

Se había incorporado el parasol escarlata y dorado que indicaba su nueva condición de capitán general y protector de la santa romana Iglesia y destacaban las tres flores de lis de la casa real francesa junto al toro rojo de los Borgia.

Después, venían treinta obispos a lomos de mulas y dieciséis cardenales que, con sus largos mantos púrpura, cubrían las grupas de sus monturas.

Bajo un palio dorado desfilaban el santo padre y su hijo.

El pontífice, pese a sus sesenta y nueve años, tenía un aspecto magnífico.

Gordo, recio y poderoso marchaba sobre la hacanea blanca, cuyo pelaje deslumbraba bajo el sol de la primavera recién nacida.

Las perlas y piedras preciosas fijadas sobre su capa pluvial, de color escarlata, centelleaban con el movimiento.

En la mano izquierda, y calada en el estribo, sujetaba la férula papal —el largo báculo de plata con una cruz de oro de tres brazos en su extremo— mientras que, con la derecha, bendecía a la multitud que se arrodillaba a su paso.

Junto a él, sobre un mulo de brillante pelaje negro, pues habría sido irrespetuoso montar un caballo de guerra que lo colocara por encima del papa, el nuevo gonfaloniero lucía tan poderoso como su padre.

Se notaba en los vítores que recibía y que sólo se acallaban cuando el pontífice dibujaba en el aire la señal de la cruz.

— Duca Valentino! —clamaba la chusma—. ¡Borgia!

—Deberíamos ser capaces de canalizar toda esta fuerza, pare —le comentó César al papa—. Sólo con uno de cada diez hombres que gritan nuestro nombre, no habría ejército en Europa que se le pudiera comparar.

—¿Qué? ¿Te refieres a esta chusma? No, fill , no.

No te engañes. —El pontífice, igual que el duque, hablaba en valenciano—.

Corean nuestro nombre con el mismo entusiasmo con que escupían sobre él hace cuarenta años, cuando tu tío abuelo el papa Calixto murió y se cazaba a los Borgia como alimañas en estas mismas calles.

Para gobernar te puedes fiar de muy pocos, pero del pueblo llano menos que nadie.

— Pare. Sin ejército no podremos meter en vereda a los señores de la Romaña que llevan décadas usurpando las tierras, propiedades y derechos de la Iglesia.

En la bula que habéis firmado calificáis de tiranos a Pandolfo Malatesta de Rímini; a Giulio Varano de Camerino; a Astorre Manfredi de Faenza; a Guidobaldo de Montefeltro de Urbino y a Giovanni Sforza de Pésaro.

Pero sin fuerza armada que haga realidad vuestro mandato, esa bula es papel mojado.

—No blasfemes, César.

—No lo hago, pare sant . Me limito a contar lo que veo.

Por más que los papas puedan condenar al infierno a cualquiera con un anatema, no sé de ninguno que haya conseguido que Nuestro Señor hiciera llover azufre y pez ardiendo sobre una ciudad italiana rebelde como hizo con Sodoma y Gomorra.

Ni tampoco que descendiera del cielo una legión de ángeles con espadas de fuego sobre un campo de batalla para ayudar a las armas del papa.

Nuestra primera campaña ha terminado antes de tiempo porque el rey de Francia reclamó los soldados que nos había prestado y ni siquiera hay garantías de que nos los vaya a devolver.

—¿Por qué no? Así está firmado.

—Pues porque él mismo puede perderlos ante las compañías de piqueros que ha comprado el Moro con el beneplácito del emperador Maximiliano.

—Eso no es posible. Esos mercenarios suizos de Ludovico Sforza no lograrán vencer al ejército de Luis de Orleans.

—Todo es posible en la guerra, santidad. Por eso no podemos depender del ejército del rey de Francia para nuestra empresa. Al menos no sólo de él. Hemos de conseguir uno propio.

—No lo encontrarás armando a la chusma. En todo caso —continuó el papa—, ¿por qué no recurrir al rey de Aragón? Tiene al mejor general de Europa y, como me has contado muchas veces, sus soldados son los más feroces que has visto en un campo de batalla.

—¡El Católico piensa que somos sus súbditos, pare !

—estalló César—. Cree que sois poco más que su capellán y yo soy vuestro bastardo.

La viuda de mi hermano Juan, desde Gandía, no deja de llamarnos asesinos y ladrones ante Isabel de Castilla.

Sin embargo, mi primo el rey de Francia dice que me ama y, aunque sea mentira, sabe que no tendrá la corona de Nápoles sin la investidura papal. Sin vuestra investidura, santidad.

—Ten cuidado, fill . Entiendo que es muy grato recibir el abrazo de un rey, pero es mucho más difícil librarse de él cuando te aplasta las costillas.

—Mejores negocios hemos hecho con Luis de Orleans que con Fernando de Trastámara, que ni siquiera ha mostrado gratitud hacia vuestra persona por haber arreglado su matrimonio con la reina Isabel ni haberle dado la posesión de las Indias y el océano.

—Tampoco la esperaba. Sólo quería el Ducado de Gandía para tu desafortunado hermano, a quien Dios haya acogido en su seno.

—Poco pago me parece por tan gran merced, pare sant .

Ya se dice por ahí que a la corona de Castilla le habéis dado un mundo a cambio de un señorío.

En todo caso, da igual. Tenemos el apoyo del rey de Francia.

Si, además, logramos el de Venecia y armas propias, el papa de Roma volverá a ser señor absoluto de sus dominios y, por el camino, el viejo sueño del papa Calixto se hará realidad.

—¿Qué sueño?

—El que vos mismo me habéis contado más de una vez, pare .

Lo que soñó vuestro tío para vuestro hermano Pere-Lluís.

Si Nuestro Señor en su infinita sabiduría y benevolencia decidió que dos Borgias fueran papas, ¿por qué habría de negarse a que un tercero fuera el fundador de una casa real?

Tenemos la ambición y la determinación. Sólo nos faltan los medios.

—Lo que nos faltan son hombres. Pero insisto en que no los encontrarás entre esta chusma, por mucho que ahora griten tu nombre y besen el suelo que acaba de pisar mi mula.

—¿Y no creéis que los podamos transformar en soldados? Se ha hecho antes. Tanto en Italia como en otros reinos.

—Una cosa son las milicias urbanas, que se pueden armar y adiestrar para resistir un asedio o como mera carne de cañón, y otra bien distinta son las compañías profesionales. Pero no al estilo de las italianas y sus traicioneros condotieros. Me refiero a las que tiene el Gran Capitán.

—El buen hierro se paga con oro.

—Un ducado de oro a la semana por piquero suizo.

Medio por cada ballestero o espadachín. Hasta cuatro puede cobrar una lanza borgoñona y veinticinco cuesta cada libra de pólvora.

La guerra, mi querido duque —dijo el papa con un guiño—, es un negocio costoso.

Pero también asumible. Por lo menos, por ahora.

—¿Asumible? —inquirió el Valentino—. ¿A qué os referís?

—En el consistorio del pasado 20 de marzo creé tres cardenales.

Tu primo Luis de Borja fue uno de ellos y el único que no pagó por el capelo.

A los otros dos, o sea, a tu cuñado Amanieu de Albret y al arzobispo de Sevilla Diego Hurtado de Mendoza, les cobré diez mil ducados a cada uno.

Sólo con eso puedo poner a tu disposición a dos mil piqueros suizos, cuatro mil ballesteros, otros tantos espadachines y un millar de libras de pólvora para artillería.

¿Qué te parece? Y no son los únicos que están dispuestos a pagar por un cargo eclesiástico.

La sonrisa de César Borgia brillaba más en su cara que la capa magna cuajada de pedrería y perlas que llevaba el pontífice.

—Te voy a contar una cosa que jamás le he contado a nadie —añadió el papa—.

Hace años, cuando estudiaba leyes en Bolonia, mi hermano mayor y yo fuimos a ver a un astrólogo.

Pere-Lluís estaba entusiasmado con el arte de leer el porvenir en las estrellas; si bien, a mí, aquel viejo estrafalario me pareció un charlatán que se limitó a decirnos estupideces y fantasías.

Salvo dos excepciones. Aquel anciano chiflado —continúo el pontífice— le dijo a mi hermano que se guardara de ir a Civitavecchia, cosa que hizo en varias ocasiones.

Cada vez volvía riéndose de la fallida profecía.

Sin embargo, fue allí donde murió tras la muerte del papa Calixto, precisamente, cuando esperaba el barco que lo tenía que devolver sano a Valencia.

—¿Y la otra profecía, pare ? —preguntó César—. ¿Qué os dijo?

—Me dijo que yo sería el padre de un rey de Italia.

—¿Y le creísteis?

—Hasta hoy, no.