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Los seis guardias a caballo llevaban bien a la vista sus armas y miraban de forma amenazadora a cualquiera que se acercara a menos de quince pasos del carruaje cerrado para ver quién viajaba en su interior.
Cuando la calle quedó despejada de curiosos, dos hombres salieron de su interior.
El primero era un criado que ocultaba su rostro con una bufanda y una gorra calada hasta las orejas.
El segundo —al que ayudó a bajar el sirviente— llevaba una amplia capa de lana parda con capucha que impedía distinguir a media distancia si era varón o hembra.
Tras descender del carruaje se metió casi a la carrera en el interior de la iglesia de Santa María de la Victoria.
El templo pequeño, de diez cañas de largo y poco menos de cinco de ancho, había sido levantado sobre las ruinas de la casa de un banquero judío que la chusma había incendiado cuando su dueño reemplazó un retablo de la Madre de Dios que adornaba su fachada por su escudo personal.
Para salvar la vida, el usurero se comprometió a pagar la construcción de aquel templo en el que el marqués de Mantua, Francesco Gonzaga, se hizo retratar a los pies de la Virgen tras la batalla de Fornovo, en la que se enfrentó al rey Carlos de Francia.
En la iglesia sólo había tres personas. Al recién llegado le llamó la atención la larga melena rubia del hombre sentado en una de las últimas filas que garabateaba en un cuaderno.
Más próximo al altar mayor, otro hombre, junto a una mujer, ocupaban dos asientos del primer banco, el más lujoso, reservado a los marqueses y su familia.
En cuanto llegó a su altura se despojó del manto pardo y, a pesar de que iba vestido con calzas y jubón negro, al quitarse el bonete dejó a la vista su tonsura de clérigo.
Sabía quién era el caballero, pues era con quien había concertado el encuentro, pero dio un respingo al reconocer a la dama.
—¡Excelencia! —exclamó mientras hacía una reverencia—. ¡Qué inesperado placer veros! ¡No esperaba encontraros aquí!
La mujer se levantó y extendió la mano para que el cardenal Alejandro Farnesio —el hermano de Julia, la examante del papa Alejandro— se la besara.
Isabella de Este, marquesa de Mantua y primogénita del duque de Ferrara, era de estatura media, piel casi marmórea, ojos oscuros y cabello rubio abundante con un matiz rojizo.
De su madre —Isabel d’Aragona— había heredado el rostro redondeado y la pasión por coleccionar antigüedades y de su abuelo materno —el cruel rey Ferrante de Nápoles— su tendencia a engordar y su astucia política.
—Me marchaba ya, eminencia —dijo la marquesa—, así que os dejaré a solas con vuestro tío. Para mí ha sido un placer veros igualmente.
Isabella, tras santiguarse sin apenas ganas, enfiló la salida de la iglesia.
El hombre de la melena dorada, al percatarse de que la señora se movía, salió a su encuentro con el cuaderno abierto entre las manos para que la dama mirara el contenido mientras le decía algo que el cardenal Farnesio no consiguió entender.
Por contra, la voz de la marquesa le llegaba con claridad.
—En efecto, es muy bonito, mastro Da Vinci —dijo—. Pero no sé aún si podré posar para vos hoy. Tengo muchas cosas que hacer.
El cardenal se esperó a que la dama y el artista salieran de la iglesia antes de hablar.
—Tío —dijo tras persignarse ante el altar y mientras se sentaba—, corréis gran peligro. Y yo también por estar aquí. El papa y el Valentino tienen espías y sicarios por todas partes.
—Lo sé, sobrino —dijo Caetani, para, acto seguido, juntar las manos en gesto de arrepentimiento—, quiero decir, eminencia.
De hecho, la marquesa ha venido para decirme en persona que ya no puedo refugiarme en Mantua por más tiempo porque los Borgia presionan para que me entregue.
Por eso, una guardia de veinte hombres me espera en cuanto termine esta entrevista para escoltarme hasta Innsbruck, donde el emperador Maximiliano me ha ofrecido su protección.
El cardenal Alejandro Farnesio golpeó afectuosamente el muslo de su tío en señal de alivio por la noticia que le acababa de dar.
Guglielmo Caetani era el hermano menor de su madre, Giovanella Caetani, y sobre él pesaba, desde el pasado otoño, la bula Sacri Apostolatus Ministerio del papa Alejandro que lo condenaba a la excomunión, la privación de su condición de vicario de la Santa Sede como señor de Sermoneta, Bassiano y San Donato y la confiscación de todos sus bienes.
Desde diciembre —cuando tuvo que huir de su castillo en la frontera de los Estados Pontificios y el Reino de Nápoles— estaba refugiado en Mantua, pero el brazo de los Borgia era largo y ahora tenía que poner más tierra de por medio.
—¿Qué tal tu viaje, sobrino? —preguntó el fugitivo—. ¿Has tenido algún contratiempo?
—Ninguno que una bolsa llena de ducados de oro no pudiera solucionar. Aunque tuve que cruzar los territorios de Florencia y Bolonia, llevo una buena escolta y aún nos quedan amigos en el camino que aborrecen a los Borgia tanto como nosotros.
—Bien.
—¿Cómo hemos podido llegar a esta situación, tío? ¿Estás seguro de que no hay otra manera de salir de ella? A tenor de lo que decías en tus cartas...
—¡Porque ese marrano valenciano me engañó! —estalló Guglielmo—. ¡Hijo de mil putas!
El cardenal calló y contempló a su familiar.
Aunque sólo tenía cuatro años más que él, parecía diez o quince años mayor.
Poco o nada se podía ver en aquel hombre derrotado y perseguido de la orgullosa estirpe de los Caetani, que contaba en su ascendencia con dos papas —Gelasio II y Bonifacio VIII— y cinco cardenales, gracias a cuya influencia habían conseguido ser una de las familias más poderosas del Lacio y la Apulia.
—Me engañó —continuó algo más calmado—. Aún conservo el breve en el que me autorizó a disciplinar a los rebeldes de Sezze, por lo que no puede acusarme ahora de haberme excedido en el legítimo uso de la fuerza para devolver el orden.
El cardenal Farnesio cerró los ojos y juntó las manos sobre su boca en actitud reflexiva.
Lo del «legítimo uso de la fuerza para devolver el orden» al que se refería su tío, en realidad, había sido una masacre de hombres, mujeres y niños por una cuestión de impuestos que podía haberse resuelto sin tanta ferocidad.
De todos modos, el hermano de su madre tenía razón: el papa le había recomendado severidad para poder acusarlo después de desproporción.
Todo ello sólo tenía un objetivo: quedarse con el señorío de Sermoneta.
—¿Has conseguido confirmar que, en efecto, el Borgia quiere darle mi señorío a esa hija suya con la que seguro fornica?
—Eso es lo que me llega desde la vicecancillería, donde se trabaja para crear el Ducado de Sermoneta y otorgárselo al hijo de la dama Lucrecia y su marido el príncipe Alfonso d’Aragona. La codicia de los Borgia —dijo el cardenal en un intento de halagar los oídos de su tío— no tiene límite.
—No es sólo codicia. Mis tierras están en la frontera de Nápoles y, llegado el caso de una guerra, mi castillo sería de gran importancia.
Si, tal y como se rumorea, el rey Luis XII quiere repetir el intento de su primo Carlos en la conquista del Reino del Sur, la posesión de Sermoneta será esencial.
—De momento, el rey de Francia tiene que recuperar Milán, que ha vuelto a caer en manos del Moro.
—Eso es cierto. Pero yo no me fiaría de los mercenarios suizos con los que Ludovico Sforza ha creado su ejército.
Son los únicos soldados del mundo a los que se les puede derrotar con oro con más facilidad que con hierro.
Y en esta contienda el rey de Francia tiene más oro que el duque de Milán.
Pero no nos entretengamos con esto, sobrino.
¿Cómo están las relaciones entre el papa y su yerno?
—Han mejorado mucho, a pesar de que el asesinato del capitán Joan de Cervelló estuvo a punto de mandarlas al traste.
Los Colonna, que eran sus grandes amigos, acusaron a los Orsini del crimen, como era de esperar, y pidieron justicia al papa.
Sin embargo, como el santo padre los ha domesticado, ahora son sus aliados y no ha cedido ante sus pretensiones de abrir una investigación o autorizarles a atacar sus villas y castillos si tal cosa no se producía.
Con el jubileo, el pontífice quiere paz en los caminos que llevan a Roma y amenaza con la excomunión y el interdicto a quienes la alteren.
Y me temo que lo que ha hecho con vos, tío, sirve muy bien de advertencia de lo que puede pasar a quien desafíe a Alejandro VI.
—Aun así, ¿dices que el asunto aquel de la fuga de Alfonso d’Aragona a Gennazano ha sido olvidado?
—En Roma no se olvida nada, tío. Digamos que ha sido aparcado.
Y la más que probable entrega del señorío de Sermoneta al hijo de Lucrecia ha servido para que las aguas vuelvan a su cauce.
Alfonso d’Aragona disfruta ahora del amor ciego e incondicional de su esposa, de la consideración del santo padre como yerno y de la indiferencia de su cuñado César.
Considerando las circunstancias, no está nada mal.
Los Borgia son ahora un bloque compacto, sin fisuras.
—Eso es, precisamente, lo que hay que romper.
—¿Cómo?
—Con sangre. ¿Cómo si no? ¿No dices que Lucrecia está perdidamente enamorada de su marido?
—Como no lo he visto en ninguna otra mujer, tío. Ni en un hombre tampoco, salvo la pasión que, al principio de su pontificado —el cardenal endureció el rostro—, sentía el santo padre por mi hermana Julia, a quien después dejó tirada como si fuera una vulgar ramera y con la reputación destruida.
Bien agradecido podía estar el cardenal Farnesio a su hermana mayor.
La bella Julia —como era conocida en todas las cortes de Italia— había sido la amante del papa cuando la doncella tenía diecisiete años y el santo padre acababa de cumplir sesenta.
Y eso a pesar de que ya estaba casada con Orso Orsini, el hijo de Adriana de Milà, prima del papa y tutora de César, Lucrecia y Jofré Borgia.
Alejandro Farnesio tenía veintiséis años cuando, por influencia de su hermana, el santo padre lo nombró príncipe de la Iglesia y toda Roma lo llamaba il cardinale della gonnella , es decir, «el cardenal de la falda», por los méritos por los que había obtenido el cargo mientras su hermana se convertía en la concubinae papae e incluso, para los más maledicentes, en la sponsa Christi .
—Entonces —dijo Guglielmo Caetani—, ése es, pues, el eslabón más débil de la cadena y ahí es donde debemos quebrarla.
—No sueñes, tío —se burló el cardenal—. César es intocable y los Caetani no podemos caer en la vileza de asesinar a una mujer.
—¿Quién habla de asesinar a una mujer? —rio el señor de Sermoneta—. Es más, ¿quién está hablando de asesinar a nadie?
—No te entiendo.
—Para romper la unión de los Borgia debemos atacar a Alfonso, pero no matarlo.
Eso sí, es de vital importancia que parezca que ha sido el duque Valentino, o el propio papa, el que ha dado la orden de hacerlo y que el atentado ha fallado por la razón que sea.
De esa forma, la reconciliación saltará por los aires, el rey Federico de Nápoles no podrá pasar por alto semejante afrenta contra su sobrino; y los Colonna, tras la muerte del capitán Cervelló, tampoco podrán soportar otra humillación por parte del papa.
El cardenal escuchaba con los ojos igual de abiertos que si estuviera asistiendo en persona al sermón de la montaña de Nuestro Señor según el Evangelio de san Mateo.
—Felip Pons —continuó Guglielmo Caetani— es una suerte de espía del rey Fernando de Aragón en Roma. Es de Xàtiva y digamos que el soberano le encomienda tareas que no puede encargar a su embajador oficial, García Laso de la Vega.
—Sí, lo conozco.
— Messer Pons te proporcionará los hombres necesarios para la tarea.
De ti depende encontrar el momento oportuno.
Deben herir al duque de Bisceglie, pero no matarlo.
Eso sí, tanto el yerno del papa como los acompañantes que lleve consigo deben tener clarísimo que sus atacantes son valencianos y, por tanto, esbirros de César o de ese lugarteniente suyo que ha nombrado gobernador de Imola y Forlì.
—¿Don Ramiro de Lorca?
—Ese mismo.
—Pero, tío —insistió Farnesio—, ¿debo asumir que el rey de Aragón está al tanto de esta empresa y, lo que es más importante, la aprueba?
—No creo que sepa todos los detalles. Es más, no creo que sepa casi nada en absoluto.
Lo que sí sabe es que no le gusta nada que el Valentino esté cada vez mejor relacionado con el rey de Francia ni el poder creciente que está acumulando.
Fernando de Trastámara, además, considera que un papa valenciano es uno más de sus súbditos, el de mayor rango y dignidad, sin duda, pero que debe estar a sus órdenes.
Por eso no quiere que el árbol de los Borgia crezca demasiado y, mucho menos, abonado por el apoyo de Luis de Orleans. ¿Entiendes?
—Perfectamente, tío. Perfectamente.
Tío y sobrino se quedaron en silencio, contemplando el retablo de Andrea Mantegna hasta que un sacerdote, acompañado por dos diáconos, entró en la iglesia para oficiar la misa.
El cura no pudo ocultar una mirada de estupefacción al ver su templo vacío, salvo por aquellos dos hombres sentados en el primer banco, el criado del cardenal en uno de los últimos y cuatro guardias que custodiaban la puerta de acceso.
Ignoraba quién era el más joven, pero sí conocía al señor de Sermoneta y sabía que era un protegido de mucha alcurnia del marqués.
Así pues, decidió seguir adelante con el oficio.
Tras arrodillarse ante el sagrario, se dio la vuelta para saludar a sus escasos feligreses.
— Laetare Jerusalem —proclamó— et conventum facite omnes qui diligitis eam; gaudete cum laetitia, qui in tristitia fuistis; ut exsultetis, et satiemini ab uberibus consolationis vestrae . 1
El cardenal Farnesio cerró los ojos y se concentró en la oración.
Él también tenía motivos para querer estar alegre como Jerusalén.
Pero no por la inminente llegada de Nuestro Señor, sino por la posibilidad de vengarse.
Desde que el papa Alejandro había repudiado a su hermana Julia tras el asesinato del duque de Gandía, también habían desaparecido los beneficios y prebendas que hasta entonces tenía.
Seguía siendo cardenal y percibía buenas rentas, pero también el desprecio y la burla de toda Roma.
Sin embargo, estaba convencido de que sus logros eran suyos por derecho; la vergüenza que debía sentir por la manera en la que había conseguido el capelo rojo había sido sustituida por el odio a los Borgia.
A todos ellos.