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–Excelencia —dijo Alfonso de Este a César Borgia—, la Principessa está lista para volver a ser cargada y disparar en cuanto lo estiméis oportuno.
Habían hecho falta casi dos horas para que la enorme culebrina de tres varas de largo diseñada por el propio primogénito del duque de Ferrara se enfriara lo suficiente para que sus artilleros la cargaran de nuevo con un proyectil de cien libras de peso.
Durante las últimas dos semanas, el enorme cañón había escupido fuego y hierro entre seis y ocho veces al día.
Su aterradora eficacia era más que evidente en los maltrechos muros de la rocca de Ravaldino, el bastión donde resistía Caterina Sforza con sus últimos fieles.
El arma del heredero del duque Hércules de Este tenía una precisión asombrosa, aunque, por el menor calibre de sus balas, no tenía la capacidad destructora de cañones como el Diable con el que el rey Carlos VIII había bombardeado el castillo de Sant’Angelo.
—No creo que sea necesario, señoría —contestó César—. El muro está a punto de caer y no nos conviene castigar más la ciudad. Los priores del consejo de ancianos ya se han quejado al respecto.
Caterina Sforza había dejado al frente de la resistencia en Imola a una compañía de mercenarios.
Aunque les había ordenado que unos cuantos cañones de la artillería de la fortaleza apuntaran hacia la propia ciudad que la rodeaba y que, en teoría, defendía para garantizarse la lealtad de sus ciudadanos, en cuanto las fuerzas de César se presentaron ante las murallas, decidieron que la resistencia era tan inútil como la crueldad hacia la gente indefensa.
Por ello, en cuanto el ejército del papa completó el cerco, no fue necesario disparar ni una sola vez para que la villa entera se rindiera.
Bien distinta era la situación que se había encontrado el Valentino en Forlì, donde la condesa permanecía atrincherada en la rocca de Ravaldino.
Sus cuatro torres redondas y recias protegían la torre central, de planta cuadrada y muros gruesos y abombados, que resistían mejor los impactos de las balas de cañón.
Al contrario que todos los fosos de las fortificaciones de Italia —que se mantenían secos por razones de salubridad pública—, en el bastión de Caterina Sforza abundaban las filtraciones de manantiales subterráneos, por lo que el foso siempre estaba lleno de agua que no se pudría y que dificultaba aún más el asalto.
La víspera de Navidad, las autoridades municipales habían ordenado que desde los baluartes de las puertas de la muralla de la villa se izaran banderas con el toro rojo de los Borgia y las flores de lis del rey de Francia para mostrar su rendición.
Aquella acción salvó a la gente de Forlì del saqueo, pero no de la cólera de la condesa, que ordenó bombardear las casas de su propia ciudad como castigo.
Por el contrario, el Valentino prohibió terminantemente cualquier indisciplina y ordenó a sus capitanes que sus soldados pagaran religiosamente cada cuartillo de vino, hogaza de pan o servicio de ramera que precisaran, advirtiendo que la desobediencia se castigaría con la muerte.
Ése había sido el destino de los cuatro ballesteros gascones que se balanceaban con el cuello roto en el cadalso instalado en la plaza Grande junto al palacio Comunal, para alegría de la población de Forlì, que, tras recibir a César como a un libertador, le había cedido la mansión del conde Luffo Nomaglie, uno de los cortesanos de Caterina que también estaba refugiado en la rocca .
—Ni las murallas de Jericó resistirían cinco días seguidos de bombardeo como el que hemos llevado a cabo —dijo César, jovial—. La brecha ya es amplia y no hace falta más fuego de cañón. La fruta, pues, está madura para su recolección.
—Como consideréis, excelencia —respondió Alfonso de Este con una reverencia y algo desilusionado por la decisión.
—Es la hora de la infantería. Don Ramiro —César cambió al castellano como siempre hacía cada vez que hablaba con el caballero de Lorca—, preparad a vuestra gente para el asalto. En vos confío para que controléis el patio de armas y las torres. Entraréis después de las compañías de piqueros suizos.
—A la orden, excelencia.
—Barón D’Alègre —César se dirigió en francés al militar que, seis años antes durante la invasión de Carlos VIII, había capturado a la amante del papa, Julia Farnesio—, vuestros hombres de armas serán los encargados de atacar la torre central.
—Así se hará —contestó—. Sólo espero que la condesa no haga derramar más sangre inútilmente.
—Me temo que eso —respondió César en francés— no está en nuestras manos, barón, sino en las de Caterina Sforza.
— Crudelissima virago —intervino el secretario de César, Agapito Gherardi de Amelia, sin ocultar el desprecio que sentía por la Tigresa de Imola—. Hija de la iniquidad, alimaña traidora y perversa es esa mujer.
—Sus tretas, monseñor —dijo el Valentino al también obispo de Siporno—, han de pasar a la historia de la infamia. Tanto la de la bandera de la Serenísima como la emboscada que el buen juicio de don Micheletto impidió.
El duque se refería a la estratagema que Caterina había llevado a cabo el mismo día de Navidad cuando la condesa izó en lo alto del maschio —o torre central— la bandera con el león de san Marcos de Venecia para dar a entender que estaba bajo la protección de la república del Véneto.
Sin embargo, César no se dejó engañar por tan burda mentira y ordenó que frente a la iglesia de San Juan Bautista se instalaran siete cañones, diez falconetes y la temible culebrina Principessa.
Después, al quinto día de asedio, la condesa ordenó enarbolar banderas blancas para parlamentar «con el duque en persona en el interior de la rocca », según proclamó su mensajero.
El hijo del papa accedió a la entrevista, pero, cuando ya estaba sobre el puente levadizo que separaba la fortaleza de la villa, don Micheletto se percató de la gran cantidad de hombres que había junto a las ruedas que accionaban las poleas del acceso, así como de los ballesteros que estaban en lo alto de las almenas con sus armas apuntando al interior del recinto.
Don Micheletto intuyó que la condesa no pensaba cumplir los términos de la tregua y pretendía capturar —vivo o muerto— al hijo del papa.
Sin dudarlo, ordenó a los diez estradiotes que los acompañaban que formaran un círculo alrededor de César y salieron de allí a uña de caballo mientras los ballesteros lanzaban sus virotes contra ellos.
Tres jinetes albaneses murieron sobre las tablas del puente, pero el resto escapó con vida.
—No fue para tanto, señor —contestó don Micheletto—. Simplemente tuvimos suerte.
—La suerte también escoge bando en la guerra, don Micheletto —dijo César con una sonrisa—. Y ahora está de nuestro lado. También os digo, señores, que habrá una recompensa para el soldado que me traiga a Caterina Sforza. Veinte mil ducados si la traen viva, y diez mil, muerta.
El agudo silbido de los pífanos y el estruendo de los timbales pusieron punto final a la conversación de César con sus capitanes.
Don Ramiro de Lorca y el barón Yves d’Alègre habían ordenado el ataque final a la rocca de Ravaldino y una riada de hombres de armas —entre aterradores gritos de guerra— entraba como un torrente por la brecha abierta por la artillería en el muro sur del bastión, cuyos escombros, al colapsar, habían formado un puente sobre el foso.
Algunos vecinos de Forlì —todos ellos enemigos de Caterina y armados con palas y azadas— reforzaron la improvisada pasarela sobre el agua añadiendo más tierra y cascotes para facilitar el acceso de los suizos que, en formación cerrada y picas en ristre, entraron como una riada multicolor en el recinto, ensartando y destripando a cuanta alma se encontraban a su paso.
Enloquecidos por el olor a sangre, los infantes valencianos y murcianos de don Ramiro de Lorca, ligeros como gatos e igual de letales, saltaron entre las piedras para proteger de los ataques de flanco a los piqueros.
Soltaron tajos con los coltells de dos palmos y medio de longitud mientras los gendarmes de la Bretaña —forrados de hierro y empuñando espadas largas y mazas— aguardaban a que se abriera un pasillo entre la carnicería para llegar al maschio .
Allí, los defensores de Caterina Sforza gritaban a sus compañeros, que estaban siendo masacrados en el patio de armas, para que se retiraran a la seguridad de la torre.
Por ese motivo, mantenían tendido el pequeño puente levadizo que aislaba el maschio del resto de la fortaleza.
La confusión y la matanza eran de tal magnitud que nadie se dio cuenta de que Giovanni de Casale —el gobernador de la rocca — había ordenado izar banderas blancas en la puerta principal para intentar, en vano, detener la carnicería.
Ni siquiera Caterina Sforza se dio cuenta de la traición de su castellano, pues, desde lo alto del maschio , dio la señal para que ardieran dos depósitos de pólvora próximos a donde se había abierto la brecha.
La explosión fue brutal. Piedras ennegrecidas, mortero pulverizado y miembros arrancados de cuajo de quienes habían llevado a cabo tan desesperada operación volaron por todas partes.
El pánico se adueñó del patio de armas, pero fue más intenso y devastador entre los defensores de la rocca , que ya no lograron mantener por más tiempo la formación para retirarse en orden hacia la seguridad del maschio .
Entonces, don Ramiro — coltell en mano y cubierto de sangre de pies a cabeza— ordenó a gritos a sus infantes que se lanzaran contra los soldados de Caterina que guardaban las ruedas dentadas con las que se accionaba el puente levadizo.
Los valencianos cayeron sobre ellos como una bandada de cuervos en un cadáver y, aunque se defendieron con bravura, en pocos instantes el acceso al maschio estaba en poder del caballero murciano.
Fue entonces cuando los gendarmes de Borgoña, en filas de cuatro y hombro con hombro, se precipitaron por la puerta.
El barón Yves d’Alègre —siguiendo las órdenes precisas de César— los había mantenido al margen de la matanza del patio de armas para que estuvieran frescos y descansados ante la posibilidad de que tuvieran que pelear piso por piso y habitación por habitación. Y no se equivocó.
En cada uno de los cuatro niveles del interior del maschio , los bretones se encontraron con grupos de cinco guardias armados con arcabuces que conseguían realizar una descarga antes de huir hacia los pisos superiores por la escalera de caracol, donde otro grupo idéntico repetía la operación mientras el primero recargaba sus armas.
Las corazas de acero no eran lo bastante gruesas para parar los proyectiles y las escaleras se llenaron de hombres con horribles agujeros humeantes en sus protecciones, por los que brotaba sangre y humo como en los manantiales termales de las montañas de Bormio.
Sin embargo, la superioridad numérica de los gendarmes —y también su furia— terminó por imponerse y, tras despedazar a los arcabuceros que se fueron encontrando en su camino ascendente, llegaron a la última planta.
En ella, tras un portón de madera de roble reforzada con bandas de acero, estaba la estancia donde se refugiaba Caterina Sforza con los pocos fieles que aún le quedaban.
Los soldados bretones, a golpe de maza, reventaron la puerta mientras seguían accediendo hombres al rellano al que también llegó, finalmente, el propio Yves d’Alègre, rodeado de sus hombres de confianza.
La Tigresa de Imola estaba subida a una tarima, vestida con una coraza de piel de búfalo y empuñando la espada bracamarte de hoja terciada con la que apuntaba hacia los invasores.
Diez de los guardias que habían conseguido refugiarse con ella —con los arcabuces recalentados, descargados y completamente inútiles a sus pies— aún esgrimían sus partigiane a lingua di bue , las temibles lanzas de largas hojas con una hendidura que recordaban a una lengua de buey.
Sobre el muro que tenían detrás, un enorme pendón bordado lucía el biscione , la gran víbora devorando a un hombre del escudo de armas de los Visconti que los Sforza se habían apropiado junto a las rosas de la casa Riario.
—Rendíos, condesa —dijo el barón D’Alègre cuando entró en la sala—. La rocca es nuestra y vos también. No es necesario que se vierta más sangre hoy.
Caterina mantuvo la mirada fija y la espada en ristre, con el desafío en los ojos a pesar de las lágrimas de rabia e impotencia que surcaban sus mejillas.
Aunque era evidente que todo estaba perdido, calculaba los pros y los contras de ordenar un último ataque y, por lo menos, intentar llevarse por delante al capitán francés.
Sin embargo, el pensamiento frío se impuso a la cólera.
Aunque lo había perdido todo, sus hijos estaban a salvo en Florencia, así como una buena provisión de oro y todas sus joyas.
Caterina cerró los ojos, se santiguó y, tomando la espada por el medio, se la ofreció al barón D’Alègre por su empuñadura.
—A vos me entrego, signore —dijo con voz clara y sin rastro de miedo en ella—, con la confianza de que sois un noble caballero que respetaréis mi honra y mi dignidad como condesa de Imola y señora de Forlì.
—Tenéis mi palabra, madame —respondió el francés—. Y no hay mejor garantía. Soy el barón Yves d’Alègre, teniente general de su muy cristiana majestad el rey Luis de Francia.
En ese momento, César —acompañado de don Ramiro de Lorca, Alfonso de Este y don Micheletto— irrumpió en la sala.
El duque se quitó el sombrero y avanzó hacia la condesa, le hizo una reverencia y extendió su mano para besar la de la Tigresa, quien se la extendió con una sonrisa, como si en vez de estar rodeados de los muertos que su enfrentamiento había provocado, ambos estuvieran disfrutando de un baile en una de las lujosas estancias del palacio Sforzesco de Milán o de una merienda en los jardines del Palacio Apostólico de Roma.
Cuando abandonaron la rocca , a lomos de caballos, fueron intercambiando frases corteses e intrascendentes sin siquiera mirar a los cadáveres que jalonaban el camino.