El mirto y el puñal 41 #2
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El santo padre habló con voz potente y se arrodilló cuando el último ladrillo fue arrancado y la luz de miles de velas enmarcó su silueta como si estuviera ante las puertas del paraíso.

Proclamó que se abrieran las puertas de la justicia.

Quien entrara por ellas y se confesara ante el Señor para obtener el perdón de los pecados —si lo recibía y pagaba por ello— obtendría la felicidad perpetua en presencia de Dios Padre y todos los Santos.

Y, para conseguirla, a ambos lados de la puerta ya estaban colocadas dos vasijas de bronce dorado para que los fieles depositaran allí el donativo con el que pagar el peaje hacia la salvación.

— Jubilate Deo omnis terra, et servite Domino in laetitia! —proclamó el pontífice—. ¡Que toda la tierra se regocije en Dios y sirva al Señor con alegría!

La plaza entera estalló en vítores, llantos y bendiciones.

— Introibo in domum Tuam Domine —continuó el papa, dándose la vuelta y abriendo los brazos hacia la multitud—. Entraré en tu casa, Señor.

El mar de luces que tenía a sus pies rugió con las plegarias de miles de gargantas enfervorizadas por ver al sucesor de Pedro en todo su poder y majestad.

— Aperite portas quoniam nobiscum est Deus —concluyó el pontífice, dando la espalda a sus fieles para entrar el primero en la basílica—. Abrid las puertas porque Dios está con nosotros.

Por riguroso orden de rango, los cardenales, obispos, nobles y embajadores fueron entrando en el templo detrás del pontífice.

La puerta tapiada era la más oriental de las cinco entradas de la basílica, construida en tiempos del emperador Constantino.

Enfrente, los esperaba la reliquia más venerada de la cristiandad: el velo de la Verónica con el rostro del Redentor impreso en sangre, sudor y lágrimas, cuya mera presencia hacía brotar en los corazones de quienes lo contemplaban las flores rojas del arrepentimiento y las blancas del perdón.

Lucrecia no asistió a la ceremonia a causa de unas fiebres.

Sí lo hizo su marido, junto al embajador de Nápoles y algunos gentilhombres de su séquito, entre los que estaba Joan de Cervelló.

Cuando todos ellos pasaron por la puerta Santa, depositaron sus limosnas y rezaron ante el velo de la Verónica, el grupo se disolvió frente a la puerta de la residencia de los duques de Bisceglie, sin percatarse de que cinco asesinos les pisaban los talones.

En aquel momento, don Micheletto pensó que, si el capitán Cervelló se retiraba a descansar al interior del palacio de Santa Maria in Porticu, su presa se le escaparía sin remedio. Sin embargo, la fortuna acudió en su auxilio.

Pese a que expresó no pocas reticencias ante la propuesta, dos de los cortesanos napolitanos habían convencido al capitán para mancillar su recién adquirido perdón con la compañía de algunas prostitutas de lujo de la via dei Coronari.

Hacia allí se dirigieron, moviéndose como podían entre la multitud que intentaba cruzar el puente Elio en dirección contraria.

En ese momento, don Micheletto vio clara la oportunidad.

Los cuatro estradiotes se abrieron paso a codazos entre la gente para alcanzar a los acompañantes del capitán.

Les pasaron un brazo por los hombros como si fueran viejos conocidos para, en el mismo movimiento, hundirles un palmo de acero entre las costillas, con tal acierto y habilidad que murieron en el acto sin pedir auxilio ni confesión.

Don Micheletto, haciendo honor a su apodo y gracias a su pequeño tamaño, fue aún más rápido que los albaneses en escabullirse entre los peregrinos y adelantar al propio Cervelló.

Cuando el jefe de la guardia personal de Lucrecia quiso darse cuenta de lo que les estaba pasando a sus compañeros de juerga, el sicario se plantó justo delante de él, con su cara a un par de pulgadas de la suya.

Lo reconoció.

Aunque no le sirvió de nada.

Joan de Cervelló llevaba un chaleco de cuero endurecido bajo el jubón que, aunque no era capaz de frenar un disparo de arcabuz, lo resguardaba de navajazos.

Sin embargo, don Micheletto tenía un cuchillo de desollar, con una hoja de menos de medio palmo de largo con forma de lágrima, que hundió en la ingle derecha del capitán.

El metal penetró a través de la lana de las calzas y la carne prieta del muslo del soldado, quien, para su desgracia, pensó que el sicario había fallado al pretender golpearle en los testículos como si fuera un vulgar rufián de taberna.

Como apenas sintió dolor, intentó empujar al agresor hacia atrás para ganar algo de espacio y sacar el puñal.

Sin embargo, don Micheletto se había aferrado a sus caderas con fuerza con el brazo derecho —pues era zurdo— mientras que con la mano izquierda movió el cuchillo en círculos para agrandar la herida.

El asesino notó en los dedos el calor de la sangre, que manaba, caliente y espesa, como el agua de las fuentes de las termas de los Papas de Viterbo.

Un estradiote llegó justo cuando al capitán le abandonaron las fuerzas y empezaba a doblar las rodillas.

El jinete albanés y don Micheletto se pasaron los brazos de Cervelló por encima de los hombros y, como si estuviera borracho, se lo llevaron del puente casi en volandas para perderse en el dédalo de callejas que confluían en la via dei Coronari.

Encontraron el cadáver la misma mañana de Navidad, hacia la hora prima, en un tramo de la ribera del Tíber, no muy lejos de la iglesia de San Jerónimo de los Ilirios. El mismo sitio donde, tres años antes, alguien vio cómo se arrojaba al agua el cuerpo inerte del duque de Gandía.

La mañana del día de la Natividad del Señor, antes de que el papa oficiara la solemne misa en la basílica de San Pedro, don Micheletto y sus cuatro estradiotes pasaron bajo el arco de la puerta Santa; depositaron cada uno un ducado de oro en los cepillos de la entrada, y se arrodillaron para rezar un paternóster ante el velo de la Verónica, la verdadera cruz, la lanza de Longinos y el cráneo de san Andrés.

Y luego se marcharon con los pecados perdonados.