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Aunque aún no había amanecido, la multitud había llevado consigo al campo de’ Fiori tantos candiles y faroles que se veía con toda claridad el cadalso levantado en el centro de la única plaza de Roma en la que no hay ninguna iglesia.
Y es que el crimen cometido por el reo era tan atroz —intentar asesinar al papa en la mismísima capilla Sixtina— que incluso se le negó la posibilidad de que su última mirada se dirigiera hacia una de las casas de Dios.
La sentencia, ratificada por el santo padre, especificaba que el asesino debía terminar sus días sursum, facies ad caelum et viui, dum peniteat Dominus obsecro ut vivant , y todo se había dispuesto para que Paolo Vassi, en efecto, acabara en alto, cara al cielo y vivo para hacer penitencia por todo el tiempo que al Señor le placiese que sufriera en lo alto de la rueda de carro que, fijada al extremo de un poste, aguardaba su horrible cometido.
Los ejes del carro donde traían al reo chirriaban sobre el empedrado como si lloraran de antemano la suerte del infeliz que, de rodillas y con la cabeza gacha, recibía el poco consuelo que le podían dar los monjes capuchinos que lo acompañaban en su último viaje.
En cuanto llegaron, los guardias desnudaron por completo al desdichado artista y lo ataron boca arriba sobre las aspas de la cruz, donde había unas hendiduras en los lugares donde quedaban los puntos medios de los brazos, antebrazos, muslos y tibias.
Luego, el verdugo, armado con un martillo de cabeza de piedra envuelta en trapos para que sus aristas no rasgaran la piel y se vertiera sangre, descargó tremendos golpes a la altura de cada muesca.
A cada mazazo, el sonido del hueso partiéndose se ahogaba en los gritos del condenado, que, al tercer golpe, perdió el conocimiento.
Después de quebrar el último miembro —la pierna izquierda— el ejecutor miró al jefe de los guardias para pedir su permiso y poder descargar el pesado mazo una vez más en el esternón del condenado, con lo que lo hubiera matado en el acto para ahorrarle el suplicio en un último acto de caridad.
Sin embargo, el oficial tenía órdenes estrictas al respecto y negó con la cabeza.
El verdugo se encogió de hombros y prosiguió con su horrible tarea.
Ordenó a sus dos ayudantes que arrojaran sobre el reo un balde de agua fría para reanimarlo y, después, entre los tres trasladaron al infeliz hasta la rueda de carreta a la que lo ataron en posición horizontal, doblándole los muslos y los brazos —ya rotos— hacia dentro de forma que los talones le tocaran la nuca y las manos la parte baja de la espalda.
A continuación, encajaron el eje de la rueda en el poste y levantaron la horrible flor de madera, carne, huesos rotos y gemidos para que recibiera el amanecer y esperara a la muerte.
Aunque las ejecuciones públicas eran los espectáculos favoritos del pueblo, el espanto del suplicio de la rueda dejó el campo de’ Fiori en absoluto silencio y conmovió a los asistentes, algo que don Micheletto no creía posible que fueran capaces de hacer los romanos.
El verdugo personal de César Borgia, junto a cuatro de sus estradiotes, estaba allí disfrazado como mercader de sal para cumplir la última orden de César.
Matar al capitán Joan de Cervelló, el jefe de la guardia personal de Lucrecia.
Dos días antes del bautizo del nieto del papa, el Valentino había salido de Milán al frente de un ejército de diez mil hombres que el rey de Francia le proporcionara en virtud del acuerdo que lo unía con Alejandro VI.
Otros ocho mil, reclutados y pagados con dinero de la Cámara Apostólica, habían salido de Roma, y el 15 de noviembre ambos brazos del ejército Borgia se reunieron frente a las murallas de Módena, cuyo duque, Hércules de Este —que lo era también de Ferrara—, aportó al mando de su hijo Alfonso una compañía de cincuenta infantes, veinte lanze y algunas piezas de artillería entre las que destacaba una culebrina de tres varas de largo diseñada por el propio heredero.
A aquel ingenio lo llamaba Principessa porque, en su boca, tenía un adorno en forma de corona de cinco puntas que servía para afinar la puntería de sus proyectiles de más de cien libras de peso.
En Módena, César se enteró del intento de atentado de Caterina Sforza contra la vida del papa.
La noticia se la trajo su primo el cardenal Joan de Borja el Menor, su sucesor al frente del arzobispado de Valencia, que también le contó que estaba previsto que el capitán Joan de Cervelló, tras la ceremonia de apertura del jubileo, partiera a Nápoles para hacer las paces con el rey Federico y negociar los términos de la boda entre su heredero Alfonso, el aún niño duque de Calabria, y su prima Ángela Borgia.
—Si el rey Luis se entera de esa negociación —le dijo César a su primo—, peligra su apoyo a nuestra causa. ¡No sé cómo el santo padre no se da cuenta! Luis XII ya es duque de Milán y también quiere ser rey de Nápoles.
—Me temo, cosí —le contestó el cardenal, en valenciano—, que el soberano de Francia ya lo sabe. Su embajador en Roma me mostró su disgusto al respecto.
—¿Y qué le dijiste?
—Que no se preocupara en exceso. ¿Qué le podía decir? No obstante, tampoco Federico d’Aragona está por la labor de casar a su primogénito con la cosina Ángela. Quiere garantías y no se fía de nadie. O de casi nadie que vaya a negociar con él en nombre del santo padre.
—Salvo de uno.
—Es cierto. Si alguien puede acercar posturas es, sin duda, el capitán Cervelló. Siempre ha sido amigo, tanto de los D’Aragona de Nápoles como de los Colonna, es íntimo de tu cuñado Alfonso y de Lucrecia y, además, el pare sant lo tiene en gran estima. Por eso le encomendó que mediara.
Cuando el cardenal Joan de Borja se retiró, César hizo llamar a su sicario.
—Don Micheletto —dijo—, en la primera etapa de nuestra campaña voy a necesitar de tus artes en otro sitio. Y no es el campo de batalla.
—Como estiméis oportuno, excelencia. ¿Dónde voy?
—A Roma. El capitán Joan de Cervelló estará en la ciudad para la apertura de la puerta Santa, y está previsto que después se marche a Nápoles para hacer las paces con el rey Federico y arreglar la boda de mi prima Ángela con su heredero.
—¿Y?
—No debe hacerlo.
No hizo falta que diera más instrucciones.
El 30 de noviembre, el ejército de César llegó a Bolonia, gobernada por Giovanni II, el último miembro de «la casta de criminales de los Bentivoglio», según definición del propio Alejandro VI.
Para el Valentino, la primera plaza en ser asediada y tomada debería haber sido, precisamente, la ciudad de las cien torres, pero aquella familia de asesinos e incestuosos —Giovanni hacía vida marital con su hermana tras haber concebido catorce hijos con su legítima esposa— estaba bajo la protección del rey de Francia, por lo que el hijo del papa se dejó agasajar, durante dos días, en el monumental palacio de más de doscientas habitaciones, cinco salones y capiteles de oro puro en su fachada.
Eso sí, lo hizo con uno de sus guardias armados en el interior del aposento y sin atreverse a comer o beber nada que no fuera el agua que manaba de las fuentes del cortile .
Allí en Bolonia, don Micheletto eligió a cuatro estradiotes que tomaron un carro de la impedimenta militar, cargados con sacos de sal para redondear su disfraz de mercaderes, y se encaminaron a Roma por la via Flaminia, atestada de gente que acudía a la Ciudad Eterna en busca del perdón de los pecados.
Durante días, don Micheletto y sus hombres habían vigilado el palacio de Santa Maria in Porticu donde sabían que estaba alojado Joan de Cervelló.
Sin embargo, el capitán español no dio ninguna oportunidad, pues nunca salió de noche de la residencia de Lucrecia y, cuando lo hacía por el Borgo, el barrio cerrado junto al Vaticano, siempre iba acompañado por cuatro hombres de armas valencianos.
Don Micheletto se quedó sin más opción que actuar aquella misma noche en la ceremonia de apertura de la puerta Santa.
No cabía ni un alfiler entre la muchedumbre que abarrotaba la plaza y que se extendía por la nueva calle que se abría entre el castillo de Sant’Angelo y el Palacio Apostólico.
Aunque su nombre oficial era via Recta, todo el mundo ya se refería a ella como via Alessandrina, en honor al papa Alejandro.
El pontífice salió de sus aposentos de la torre Borgia y fue llevado hacia el jardín del Paraíso en lo alto de la silla gestatoria, a hombros de doce sediarios pontificios, vestidos de rojo, tras los que iban cuatro pajes con flabelos de plumas blancas y mangos largos.
El pontífice, que portaba un cirio dorado en la mano izquierda, dibujaba en el aire con la derecha la señal de la cruz de su bendición apostólica.
La silla gestatoria ascendió lentamente por la escalinata de la basílica de San Pedro hasta la puerta Santa, oculta tras un telón de fino terciopelo. Los sediarios depositaron en el suelo el anda y el papa se acercó a la apertura tapiada al tiempo que dos pajes hacían caer la pesada tela.
El cardenal de Monreale le entregó el martillo ceremonial y Alejandro VI, con paso firme, golpeó los ladrillos encalados que destacaban sobre el resto del tapiado.
Los trozos de arcilla cocida —fijados al muro con mortero arenoso para que estuvieran flojos— cayeron con facilidad.
Por la brecha abierta se escapó la luz de los miles de candelas que ya ardían en el interior de la basílica, anunciando la indulgencia plenaria que aguardaba a todo aquel que franqueara la puerta Santa.
Tal y como caían los pedazos de aquel débil muro, los salmos y plegarias que rezaba la multitud subían de intensidad conforme intuía que la barrera entre el pecado y el perdón, entre la culpa y la salvación, se iba deshaciendo a golpe de maza.
— Aperite mihi portas iustitiae ingressus in eas confitebor Domino.