El mirto y el puñal 40 #2
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Angelo y Vittorio contemplaban el despliegue de presentes con una mezcla de admiración y curiosidad, pues no llegaban a comprender del todo cómo se les podía dar tanto valor a algunas de aquellas cosas, salvo las hechas de oro y plata, claro.

Entonces, Angelo encontró los ojos que estaba buscando.

Eran los de un gentilhombre de poco más de veinte años que aguardaba su turno en la cola para felicitar al papa sin siquiera mirar el cofre que dos criados adolescentes sujetaban por sendas asas de sus costados.

Al contrario que el resto de los invitados, que miraban y acariciaban los presentes que traían para el nieto del santo padre con la lógica impaciencia del que quiere que abran su regalo, aquel sujeto daba cortos pasos hacia atrás cada vez que los pajes movían el presente accidentalmente hacia él.

El guardaespaldas del pontífice, en ese momento, clavó su mirada en la del joven sin recato ni disimulo alguno.

Sus ojos negros y duros como los caparazones de un escarabajo eran dos saetas que atravesaron los cinco pasos de distancia que los separaban.

Tal y como Angelo pensaba que iba a ocurrir, el caballero empezó a ponerse más nervioso conforme el guardaespaldas le mantenía la mirada.

Movía las manos sin saber qué hacer con ellas y se balanceaba de un pie al otro como esperando la ocasión de salir corriendo.

Aunque algunos invitados llevaban espadas y dagas de ceremonia en presencia del papa —todas sin punta ni filo— como símbolo de su dignidad, estaba completamente prohibido acceder con armas al Palacio Apostólico.

No obstante, el ojo experto de Angelo se cercioró de que era imposible que aquel petimetre ocultara un cuchillo en las calzas ceñidas, en el jubón ajustado o en la media capa que le cubría los hombros.

Y dado que el santo padre sólo comía y bebía de la bandeja que llevaba uno de sus cubicularios —y que no tomaba las viandas de los aparadores, sino directamente de la cocina para evitar los venenos—, el veterano guardaespaldas concluyó que la amenaza, de estar en algún sitio, estaba en el cofre.

—Santidad —dijo el joven cuando, por fin, se arrodilló delante del pontífice y le besó el zapato rojo y la punta de su manto—, quizá me recordéis, pues os serví hace un año en esta corte. Soy Paolo Vassi, poeta de Forlì.

—¿Vassi? —El santo padre arqueó las cejas—. ¿Y de Forlì, dices? Disculparás que no me acuerde bien de ti, hijo mío.

—Estuve poco tiempo a vuestro servicio, santidad, pues la condesa de Imola me reclamó en su corte y en su nombre vengo para trasladaros su felicitación por el nacimiento del hijo de la princesa de Salerno y suplicar vuestro perdón paternal por las ofensas que mi señora pudo infligiros en el pasado.

El papa, que había estado jovial hasta ese instante, mudó el gesto y se envaró en su silla dorada. El feliz abuelo que festejaba el bautizo de su nieto desapareció tras la máscara del obispo de Roma y sostuvo la mirada de su interlocutor.

—Vengo, santidad, en calidad de embajador —explicó Vassi, con la voz un tanto engolada para darse importancia— de su excelencia Caterina Sforza, condesa de Imola y señora de Forlì, que se complace en obsequiar a su beatitud con este fino brocado veneciano y las veinte perlas más perfectas de las costas del Adriático.

También se me ha encomendado que os entregue la carta en la que os suplica vuestro perdón y clama por la reconciliación.

Angelo se dio cuenta de que, si la voz le temblaba al decirlo, más aún lo hicieron las manos cuando abrió con dificultad el delicado pestillo de plata que cerraba el cofre.

Una vez abierto, el papa pudo ver, en efecto, el paño escarlata doblado y las perlas que reposaban dentro de otra caja sin tapa y forrada de negro terciopelo genovés.

También había una caña con los extremos sellados con cera, en cuyo interior debía de estar la carta de la condesa de Imola.

Vassi golpeó con los dedos los hombros de los pajes para que acercaran el cofre al papa.

Mientras él retrocedió, con pasos cortos pero evidentes, en dirección opuesta llevándose la mano hacia la cara para taparse la boca y la nariz.

Entonces, Angelo identificó la amenaza. Estaba en el cofre. No sabía qué podía ser ni qué clase de trampa o ponzoña ocultaba, pero no tenía duda alguna de que el santo padre no debía tocar, bajo ningún concepto, el brocado o las perlas.

—¡Santidad! —gritó mientras, de un salto, se colocó entre el papa y los atónitos pajes, que, del susto, soltaron el baúl—. ¡No toquéis nada!

El pontífice obedeció de inmediato. Vittorio siguió a su hermano mayor y se colocó entre el cofre volcado y la tarima mientras un enjambre de guardias pontificios derribaba a golpes de mango de lanza al desdichado Vassi, que, paralizado por el terror, ni siquiera intentó huir.

—¡El cofre! —bramó Angelo—. ¡Alejad el cofre de su beatitud! ¡Sin tocarlo!

Algunas perlas rodaron por el suelo antes de que los guardias cerraran el baúl y, a patadas, lo sacaran de la estancia.

Otros escoltaron al santo padre, a Lucrecia, Alfonso y al pequeño Rodrigo a los aposentos privados de la torre Borgia mientras en la sala de los Pontífices se desató el pánico entre los asistentes a la fiesta, los cuales olvidaron su dignidad, boato y prosapia para salir corriendo como conejos ante la presencia de un podenco.

—¡Piedad, santidad! —gemía Vassi mientras los guardias pontificios lo arrastraban sin contemplaciones—. ¡Os juro que yo no quería hacer esto! ¡Pero la condesa me amenazó con matar a mi madre! ¡Padre santo! ¡Misericordia! ¡Misericordia!