El mirto y el puñal 40
51%

40

Lucrecia pensó que Joan de Cervelló —con su coraza de piel de búfalo tachonada con discos de bronce pulidos, la cinquedea al cinto, las espuelas caladas y la capa roja sobre los hombros— era la viva estampa de héroes como Aquiles o Héctor de los poemas antiguos.

Con la frente alta y la mirada al frente, caminaba despacio, sosteniendo al recién nacido en el regazo, hacia la capilla del papa Sixto donde se le iba a bautizar.

La hija del papa había elegido al capitán de su guardia personal como protector de su segundo retoño, el que había parido el día de Todos los Santos en su palacio de Santa Maria in Porticu.

A diferencia del primero —que vio la luz en una celda del convento de San Sixto Viejo en un parto clandestino—, con éste quiso que todo el mundo supiera que Lucrecia Borgia había sido madre, al menos oficialmente, por primera vez.

Una escolta de doce lanceros vestidos de gala precedidos por flautistas y tamborileros había escoltado a Cervelló desde la residencia de los duques de Bisceglie hasta la plaza de San Pedro.

Por unos instantes, Lucrecia se deleitó con la fantasía de que el apuesto guerrero valenciano era el padre de la criatura que portaba y cuya llegada al mundo había hecho enloquecer de alegría al santo padre.

En la puerta de la capilla Sixtina, Joan de Cervelló entregó al recién nacido al cardenal de Monreale, pues el sobrino del papa iba a ser el padrino de la criatura.

Mientras, en el altar mayor esperaba otro príncipe de la Iglesia, Oliviero Carafa, arzobispo de Nápoles, que fue el encargado de ungir con los óleos sagrados la frente de Rodrigo d’Aragona y Borgia, heredero del principado de Salerno y el Ducado de Bisceglie.

Toda la nobleza romana, así como los embajadores de Venecia, Ferrara, Siena, Florencia, Castilla, Francia y Mantua ocupaban sus asientos tras los catorce cardenales que se sentaban en la primera fila, flanqueando a los padres del niño.

Detrás estaban sus tíos, Sancha y Jofré y, a continuación, el resto de la familia.

Los Borgia vivían un momento dulce con la llegada de un nuevo miembro a sus filas, que lo hacía, además, con todos los honores.

Pero no estaban todos. César había partido a Milán desde Nepi para ponerse al frente del ejército francés que el rey Luis había reunido para él.

Tampoco estaba en la ceremonia el pontífice —pese a que se moría de ganas de hacerlo en sus aposentos privados de la torre Borgia—.

Debía mantener ciertas formas que, a esas alturas, ya no importaban a nadie, pues toda Italia sabía que el papa de Roma estaba feliz por el nacimiento de un nieto romano que se unía a los que ya tenía en Gandía —los hijos del difunto Juan—, a los que no había visto nunca.

Por eso, una vez más, había ordenado que se hicieran repartos gratuitos de dulces, pan y vino, y que se autorizaran hogueras y festejos en las calles de Roma.

El cardenal Oliviero Carafa vertió el agua bendita sobre la coronilla del niño e instó a sus padres y padrino a renunciar a Satanás y a todas sus obras y seducciones.

Luego, la criatura fue pasando de brazo en brazo por todos los presentes para recibir su bendición.

Envuelto en el ropón bautismal de brocado de oro y forrado de piel de armiño, como correspondía a un príncipe de sangre real, el infante dormía ajeno al trajín.

Hasta que terminó en los brazos de Paolo Orsini, marqués de Atripalda y uno de los condotieros reclutados para comandar a los cinco mil hombres del ejército pontificio que, en cuanto César llegara de Milán con los otros diez mil efectivos y la artillería proporcionados por el rey de Francia, iban a marchar sobre los señores rebeldes de la Romaña.

Entonces, por primera vez, el crío rompió a llorar, como si supiera que quien lo llevaba en el regazo era uno de los enemigos de su linaje, aunque en aquel momento se contara entre sus aliados.

Lucrecia pensó que, de nuevo, los Orsini y los Borgia fingían que la traición de Bracciano, las batallas de Fornovo y Soriano e incluso los asesinatos de Juan de Gandía y Virginio Gentile jamás ocurrieron.

Sólo en Roma las alianzas cambian, aunque la memoria se mantiene intacta; se olvida, pero no se perdona, para que los viejos odios se maquillen con la conveniencia y el interés.

Por ello, el nuevo jefe de la poderosa familia romana, el cardenal Giambattista Orsini, había dado órdenes a su sobrino Paolo y a su primo Francesco —duque de Gravinia— para que se pusieran a disposición del hijo del papa junto a otros condotieros como Vitellozzo Vitelli, Oliverotto di Fermo o Aquiles Tiberti.

Tenían muy presente que sólo podían evitar la ruina que se cernía sobre otras familias, como los Colonna, los Caetani o los Savelli, mientras el santo padre los considerara, si no amigos, por lo menos aliados circunstanciales.

Todos los Orsini estuvieron presentes en el bautizo del nieto del pontífice y en el banquete posterior a la ceremonia que se organizó en la sala de los Pontífices de la torre Borgia, donde el santo padre, sentado en su trono, se dispuso a recibir las felicitaciones de los invitados.

Docenas de criados se paseaban entre los invitados portando vino, viandas y golosinas.

En un lugar destacado —y que causaba la admiración de todos— se ofrecían unos extraños frutos enviados por el rey de Aragón que, según dijo su embajador en Roma, venían de las Indias.

Por fuera tenían escamas duras, como las piñas de los pinos, y el color era parecido, aunque eran mucho más grandes y, en su interior, la pulpa amarilla y jugosa como la del melón, tenía el olor y el sabor de un perfume.

Indiferentes a todos aquellos manjares, los hermanos Duatti, los guardaespaldas del pontífice, deambulaban entre los asistentes a la fiesta.

Angelo, el mayor, buscaba algo que sólo identificaría cuando lo tuviera delante: una amenaza.

De cualquier clase. A sus treinta y cinco años llevaba al servicio de Alejandro VI desde que el entonces cardenal lo salvó de la horca.

Los conservatori de Roma lo habían condenado por matar a cuchilladas a su rival de una partida de pallacorda alrededor de la cual se habían organizado apuestas, cerca del puerto de Ripa Grande.

Antes de que Rodrigo Borgia se cruzara en su destino, cuando su vida estaba a punto de terminar colgando desde las almenas de la Tor di Nona, Angelo era uno más de los bricconi del Trastévere, reñidores callejeros y novios del cadalso; un matón que se ganaba la vida con la extorsión y el robo.

Pese a que no sabía empuñar una pica ni esgrimir una espada como los guardias pontificios, Angelo no tenía rival con el puñal y el garrote en las distancias cortas, cuando se trataba de matar o morir, sin reglas del arte del combate honorable ni normas de caballerosidad que, a su juicio, sólo los ricos se podían permitir.

Tanto él como su patrón —el propio papa— eran muy conscientes de que sus habilidades eran inútiles en un campo de batalla, pero muy útiles en un palacio o en una iglesia.

Era evidente que ni Angelo ni su hermano Vittorio —cortado por el mismo patrón, pero seis años más joven— eran cortesanos papales, aunque fueran vestidos como tales.

Muchos de los invitados conocían cuál era su verdadero oficio y se apartaban de su camino con expresiones de desprecio y asco, pues no entendían cómo el santo padre consentía que aquellos individuos salvados del patíbulo se pasearan por la corte del papa de Roma.

En realidad, Angelo buscaba unos ojos que reflejaran lo que no debe ser reflejado: el instinto asesino.

Los había tenido delante tantas veces a lo largo de su vida que sabía que los iba a reconocer en el mismo instante en que diera con ellos.

Por ese motivo, le aguantaba la mirada a todo aquel con quien la cruzaba. Buscando.

El papa se sentaba sobre el trono bajo palio en el fondo de la sala de los Pontífices, bajo el fresco del techo en el que el Pinturicchio había retratado a su antecesor, Alejandro III —por el que había tomado el nombre—, con el emperador alemán Federico Barbarroja postrado a sus pies pidiendo perdón al santo padre después de haber sido derrotado en la batalla de Legnano hacía más de tres siglos.

El mismo papa que había condenado a Enrique II de Inglaterra por ordenar la muerte de Thomas Becket y excomulgado al rey Guillermo de Escocia; un papa marcial y guerrero que ningún parecido tenía con el orondo y feliz abuelo que, con la cuna de su nieto a los pies y flanqueado por su hija y su yerno, recibía los parabienes y regalos de embajadores, nobles, cardenales y altos cargos de la curia.

Angelo y Vittorio, silenciosos y letales como gatos callejeros, se colocaron a ambos lados del entarimado. Ignoraron —como hacían siempre— las miradas severas y los gestos frenéticos de monsignore Burcardo para que se fueran de allí y se dedicaron a observar.

El embajador de Venecia acababa de abrir el cofre en el que estaba el puñal de empuñadura de oro y la pequeña espada infantil de ceremonia que los gentilhombres de la Serenísima República —y ahora aliados del papa contra Ludovico el Moro— regalaban al pequeño duque de Bisceglie.

Antes, el embajador del marqués de Mantua había hecho que el abuelo y los padres se asomaran a las ventanas de la estancia para apreciar el magnífico potro plateado con el que obsequiaban al nieto del santo padre.

Aquí y allá, alrededor de la tarima, se extendían los regalos de los cardenales: cruces de marfil, libros de horas de bellas miniaturas hechas a mano, una vajilla de plata y un juego de cubiertos de oro.

El embajador de Francia, incluso, entregó en nombre del rey Luis XII un relicario que contenía unas hebras de la capa que san Martín de Tours partió con su espada para darle la mitad al mendigo desnudo que, en realidad, era Jesucristo.