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Lucrecia no podía dejar de sonreír. El viaje entre Espoleto y Nepi había sido largo e incómodo, a pesar de que lo había hecho en el interior de una carroza acondicionada para que —embarazada de ocho meses— pudiera estar recostada sobre mullidos colchones rellenos de lana y grandes cojines forrados de seda.
Lucrecia descansaba en uno de los aposentos nobles de la torre del homenaje de la rocca de los Borgia.
Aunque era una construcción militar de recio y feroz aspecto, el lujurioso vergel que la rodeaba y el inminente reencuentro con su esposo la hacían adorable a los ojos de Lucrecia.
La fortaleza estaba encaramada en lo alto de un espolón de piedra, horadado por docenas de cascadas y cubierto de bosques frondosos donde, según creían los antiguos etruscos, vivía un dios antiguo y salvaje con forma de serpiente que se llamaba Nepet, cuyo poder impregnaba las aguas que curaban cualquier dolencia, incluyendo las del alma.
Y eso era lo que Lucrecia esperaba; que aquella reunión sanara las heridas que los Borgia se habían hecho a sí mismos.
Aunque al principio le turbó la decisión de su beatitud de enviarla —junto a Jofré— a Espoleto, lo cierto es que había disfrutado con su cometido.
No sólo había recuperado a Giovanni, el hijo que engendró del desdichado Perotto, sino también se había dado cuenta de que le gustaba gobernar y que, además, se le daba bien.
Tan buenos resultados en tan poco tiempo habían causado una honda impresión en el papa, el cual accedió a perdonar al marido de Lucrecia y a su hermana —los hermanos Alfonso y Sancha d’Aragona— su conjura con los Colonna.
Por todo ello, el santo padre había invitado a sus hijos, familiares y amigos cercanos a una montería en Nepi.
Quería aprovechar los últimos días de la berrea de los ciervos.
El encuentro iba a ser el símbolo de la reconciliación y la paz en el seno de la familia Borgia.
Incluso César —que estaba junto al rey de Francia en la recién conquistada Milán— acudió a uña de caballo a la reunión familiar.
— Pax borgiana —susurró Lucrecia hacia la criatura que crecía en el interior de su hinchadísimo vientre —. Tú sí conocerás a tu padre, hijo mío.
Una punzada de tristeza atravesó su corazón nada más pronunciar la frase.
Aunque parecía hablarle a su vástago aún no nato, el destinatario del mensaje era el pequeño Giovanni, que dormía en la cuna.
Todavía no había decidido qué le iba a contar a su marido sobre la existencia de aquella criatura, pero no le importaba en lo más mínimo.
«Alfonso —pensó— tendrá que entenderlo. Además, Giovanni fue concebido cuando aún no estaba casada con él; es decir, si no hubo juramento, no hubo engaño y, por consiguiente, tampoco adulterio.
Si yo fuera un hombre, nadie se plantearía nada.
Pero si he tenido la capacidad de gobernar Espoleto, también puedo tener a todos mis hijos a mi lado, como la condesa Caterina Sforza. »
En su cabeza, las palabras resonaban con valentía, determinación y, sobre todo, razón.
Pero, en el fondo, Lucrecia no estaba segura de si iba a lograr reunir el valor suficiente para decírselas a su marido, al santo padre y, sobre todo, a César.
Aunque era optimista respecto a los dos primeros —sabía con qué armas de esposa hechizar a Alfonso d’Aragona y cómo apaciguar con cariño filial al papa de Roma—, temía la reacción de César.
Siempre lo había hecho, pues el amor de su hermano mayor, desde que eran niños que sólo se tenían el uno a la otra, en la tenebrosa corte de los Orsini donde se criaron, era intenso como el vino de Montepulciano y ni los años ni la distancia lo habían suavizado.
Pero Lucrecia tenía la sensación de que César la amaba como se ama a una obra de arte, con un instinto posesivo que daba miedo.
Las noticias que llegaban desde Milán tampoco la tranquilizaban.
Las cartas hablaban del cariño que el rey de Francia mostraba hacia su «primo» el duque Valentino y del enorme ejército que Luis de Orleans iba a poner a su disposición para marchar contra los señores de Rímini, Urbino, Pésaro, Camerino, Faenza, Bolonia, Imola y Forlì.
Pero Lucrecia temía más que su hermano —que como cardenal había forjado con sus intrigas su matrimonio con Alfonso d’Aragona para reforzar los lazos con Nápoles— como duque y par de Francia quisiera romper esa alianza.
Y aunque el papa había decidido otorgar su perdón a Alfonso y a Sancha por su conjura con los Colonna, dudaba de que César fuera tan complaciente.
Se levantó del asiento para aliviar el dolor que le mordía en los riñones en el instante en el que una criada apareció para indicarle que monsignore Burcardo había ordenado que todo el mundo acudiera a la sala de audiencias para recibir a su santidad.
Acompañada por su prima Ángela Borgia, Lucrecia se presentó en el salón.
Sobre los aparadores se habían dispuesto bandejas con anguilas ahumadas y salsa de azafrán; capones asados sobre lechos de mazapán; fuentes con manjar blanco de gallina aderezado con azúcar y canela; pasteles de hojaldre rellenos de hígado de cerdo guisado con jengibre y clavo; quesos frescos de leche de búfala y platos con moras, higos, uva y granadas frescas.
También había dos docenas de cuencos de plata llenos del dulce favorito de Alejandro VI, el citronat , hecho según la vieja receta de cidras confitadas con miel.
Se decía que era una invención del papa Luna, en su exilio en el castillo de Peñíscola, y con lo que habían intentado envenenarlo al mezclarlo con arsénico.
En cuanto entró en el gran salón y vio a Alfonso, Lucrecia estuvo a punto de olvidar su rango de duquesa de Bisceglie y gobernadora de Espoleto para correr a colgarse del cuello de su marido.
Sin embargo, el gesto serio de su esposo —que no sus ojos, donde brillaba la felicidad— la contuvo.
Con paso lento y grave, como correspondía a su dignidad, ocupó su sitio al lado de su esposo, en la misma fila donde aguardaban Jofré y Sancha, quienes ni siquiera se miraban a la cara tras su reencuentro.
Poco después apareció el duque Valentino.
Lucrecia apenas pudo reprimir un gemido de asombro ante lo que se había convertido su hermano mayor.
César Borgia iba vestido de negro de pies a cabeza, sin más adorno que el grueso collar de oro de caballero de la Orden de San Miguel que le había regalado el rey de Francia.
De su cadera izquierda pendía una bellísima cinquedea de ceremonia y calzaba espuelas de plata que resonaban en el entarimado.
No obstante, todas las miradas iban hacia la máscara de cuero fino que le tapaba el rostro y que le daba una belleza siniestra, como la del ángel de la muerte que mandó el Dios de Israel para matar a los primogénitos de Egipto.
Lucrecia sabía que su hermano ya padecía la infección cuando, tras renunciar a su puesto de cardenal, salió de Italia rumbo a Francia, pero, tras un año sin verse, no podía imaginar que la enfermedad le hubiera hecho tanto daño.
El papa Alejandro VI accedió a la sala de audiencias de la rocca , precedido por Angelo y Vittorio Duatti, sus guardaespaldas.
Lo acompañaban su primo Francesc, arzobispo de Cosenza y tesorero de la Santa Sede, y su sobrino Joan, cardenal de Monreale.
Ajenos al rígido protocolo vaticano, los tres charlaban como si fueran viejos amigos llegando a una taberna y no a una recepción de la corte pontificia.
Al santo padre —en especial cuando estaba de buen humor, como era el caso— le encantaba, de vez en cuando, hacer estas travesuras para enfadar a su jefe de protocolo y tener tema de conversación y chanzas con su círculo más íntimo al concluir el acto.
Aun así, todos los presentes —una vez que el papa estuvo sentado en su trono dorado— cumplieron con el solemne acto de besar el zapato rojo del pontífice.
El santo padre correspondió besando la frente de Sancha, Alfonso y otros familiares y amigos de menor rango, y las manos y la boca de César, Lucrecia y Jofré, así como de la madre de los tres, Vannozza, que también se hallaba en Nepi junto a su marido, Carlo Canale.
El papa tenía prisa por estar con su familia.
Por ese motivo despidió en cuanto pudo al maestro de ceremonias y a las autoridades municipales de Nepi y otras villas de alrededor que habían acudido para rendirle homenaje.
Quiso que sólo se quedaran en la sala los criados imprescindibles para servir viandas y vino.
Entonces, bajó del trono, se desprendió de la capa pluvial y ordenó que trajeran asientos y cojines más cómodos para pasar una velada agradable con los suyos.
—¡Hijos míos! —exclamó antes de chuparse los dedos, en los que quedaban los restos del pringoso citronat que acababa de comerse sobre una tostada de pan blanco coronada por gruesos trozos de queso tierno de leche de búfala de la Campania—.
¡Por fin juntos! Cuéntanos, César. Cuéntanos todo lo que el rey de Francia ha previsto para tu primera campaña.
—No sé si es el momento apropiado, pare . —La voz del Valentino sonaba gélida y distante bajo la máscara de cuero—. Quizá más tarde sería...
—¡Tonterías! —interrumpió el papa mientras se preparaba otra rebanada de su golosina favorita—.
¡Bobadas! Todo ha sido hablado y todo está arreglado.
Sancha y Alfonso han recibido mi perdón por la desafortunada decisión que tomaron con los Colonna.
Además, estamos en familia. Vamos, César, cuéntanos.
—Como ordenéis, santidad —dijo César—. Está previsto que mi primo el rey Luis abandone Milán en un par de semanas. Dejará al cardenal George d’Amboise como gobernador de la Lombardía.
—Sí. Eso lo sabe todo el mundo —intervino el primo del papa, el arzobispo de Cosenza—. Pero tú, ¿cuándo te pondrás en marcha?
—No lo sé, tío. Debo esperar a que el rey lo autorice.
—Pero —insistió el papa— será antes de fin de año, ¿no? Quiero que la apertura del jubileo sea la víspera de la Natividad de Nuestro Señor. Y que los caminos sean seguros para los peregrinos.
—Si todo sale como tengo planeado, pare , no veo razón alguna para que no se pueda celebrar la ceremonia de la puerta Santa en San Pedro.
—¿Y cómo lo tienes planeado? —intervino Sancha, con el brillo del desafío en sus ojos, pues sabía que su antiguo amante no les estaba contando nada que no se supiera ya en todas las cortes de Italia—. ¿Hacia dónde marcharás primero? ¿Con cuántas tropas?
—Donde sea necesario y con las que hagan falta —contestó el Valentino, con un punto de desprecio en la voz que brotaba tras la máscara negra—, querida cuñada.
Lucrecia se dio cuenta de que la pax borgiana estaba a punto de saltar por los aires otra vez porque César no estaba dispuesto a soltar ningún tipo de información que fuera de utilidad para el rey de Nápoles y tío de Alfonso y Sancha, los cuales —especialmente ella— parecían seguir en guerra a pesar de los modales suaves y los platos refinados que los rodeaban.
En ese momento, la hija del papa decidió jugar la baza que había pactado antes con el santo padre.
— Pare —dijo clavándole la mirada— , recordeu la vostra promesa.
El pontífice suspiró y miró hacia las vigas labradas del techo, en las que los artesanos habían reproducido el toro de la casa Borgia y la doble corona en llamas del Ducado de Gandía, como si buscara la respuesta en lo alto de la estancia.
También era consciente del riesgo que podía producir la discordia en el seno de su familia y, sobre todo, del peligro que suponía que César —tras un año en la corte del rey de Francia— se creyera más poderoso que el propio santo padre.
Cabía recordarle que si Luis de Orleans iba a darle un ejército era porque él lo había conseguido gracias a su olfato político y a su autoridad.
César podía ser un duque francés, pero él, Alejandro VI, seguía siendo el papa de Roma.
—Mi acuerdo con el rey Luis se limita a sus derechos usurpados por Sforza sobre el Ducado de Milán —dijo el santo padre—, y sobre nada más.
Nunca se ha hablado sobre Nápoles. Ni con el soberano de Francia ni con el rey de Aragón.
Por el momento, y en lo que a Nos respecta, nuestro querido hijo Federico es el legítimo rey de Nápoles.
—Pero —quiso interrumpir César, aunque el pontífice lo acalló levantando la mano— pare .
—Por eso, y siguiendo los consejos de mi querida hija, la gobernadora de Espoleto —continuó Alejandro VI—, voy a mandar a Nápoles al capitán Joan de Cervelló para que negocie con el rey Federico un nuevo tratado de amistad para que nuestra sobrina Ángela se case con su primogénito, el duque de Calabria, Fernando d’Aragona.
La interesada no pudo evitar dar un respingo al escuchar las intenciones del papa.
Aunque sólo tenía trece años, la prima y confidente de Lucrecia sabía muy bien cómo comportarse ante la corte papal y más aún en asuntos como aquél.
Por ello, se limitó a bajar la mirada en actitud humilde y sumisa ante los designios de su tío abuelo.
—¡Y ahora! —exclamó, jovial, el santo padre—. ¡Basta ya de hablar de cosas graves!
—¡Eso digo yo! —intervino entonces el sobrino del papa, el orondo cardenal de Monreale—. ¡Divirtámonos hoy para coger fuerzas para la cacería de mañana!
—¡Así se habla, nebot ! ¡ Monsignore Burcardo! —El papa llamó al maestro de ceremonias—. ¡Que vengan los músicos! ¡Al papa de Roma le apetece bailar, comer, beber y hacer cosas de joven!
Lucrecia, rompiendo el protocolo, besó a su marido, feliz por la decisión del papa. Mientras, Sancha no podía dejar de lucir esa sonrisa suya capaz de provocar incendios en los corazones más fríos. En poco tiempo, la sala se llenó de música, baile y alegría en el rostro de todos los presentes.
Salvo en el de César.