El mirto y el puñal 38
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–No os acerquéis más, contessa —dijo el médico—. Es demasiado peligroso.

—Me juego mucho, rabí —contestó Caterina Sforza—. Es más, me lo juego todo. Por eso tengo que verlo con mis propios ojos. ¿Estoy bien aquí?

—Sí, signora . Pero no os acerquéis más.

—¡Luz! —ordenó la condesa de Imola y Forlì—. ¡Traed más luz!

Un par de criados, con el terror marcado en sus caras, se adelantaron un par de pasos por delante de su señora y colgaron las lámparas de aceite ya encendidas en el extremo de dos palos.

Después se aseguraron los pañuelos con los que se tapaban las narices y las bocas, de las que brotaban —entre susurros— plegarias a san Roque y a los santos médicos Cosme y Damián.

Las mechas de los candiles revelaron a dos desgraciados que agonizaban sobre jergones.

Pese al calor sofocante de la estancia, estaban envueltos en mantas y tiritaban de frío, al igual que si estuvieran enterrados en el último pozo del infierno, al cual se parecía mucho aquel agujero de las mazmorras de la rocca de Forlì.

—¿Cuánto tiempo llevan así? —preguntó Caterina Sforza.

—Cuatro días, signora , desde que les apareció la primera erupción rojiza en el pecho y empezó a subirles la fiebre —contestó el médico.

—¿Y cuánto creéis que aguantarán?

—Estos dos son especímenes jóvenes y fuertes —respondió el galeno—, pero no creo que lleguen vivos a las dos semanas. El sujeto anterior murió a los diez días y era bastante más mayor. Sin embargo, el primero, que tenía la edad adecuada duró cuatro días.

La condesa de Imola arrugó los ojos en un intento de contemplar mejor aquel espanto mal iluminado por las diminutas llamas de los candiles.

Los prisioneros eran dos criminales comunes, condenados a muerte, a los que la Tigresa de Imola había cambiado una sentencia de descuartizamiento muy dolorosa, pero más rápida que la que cumplían en aquellos camastros.

—¿Y cuánto tiempo pasó hasta que contrajeron el mal?

—Fueron seis días. Los otros tardaron aún menos y eso que estos dos estuvieron en contacto con las mantas infectadas durante todo el tiempo porque, para hacer bien la medición, hice que los ataran desnudos a los camastros y los cubrieran con ellas.

Así —dijo señalando al fondo del calabozo— se dan las condiciones ideales.

—–Entonces, rabí —reflexionó la condesa—, no creo que la situación que diseñasteis para este experimento pueda reproducirse en el Palacio Apostólico para cumplir con nuestro propósito.

—Soy consciente de ello, signora . Por eso calculo que, cuando los brocados y el terciopelo estén en su destino, el contagio puede producirse al cabo de una semana; quizá diez días.

—¿Seguro?

—No se puede afirmar al cien por cien, excelencia. Se producirá siempre y cuando el contacto sea frecuente. Preferiblemente a diario. La manera de que tal cosa ocurra depende enteramente de vos y vuestros agentes.

—Paolo. —Caterina Sforza se volvió hacia el grupo de cortesanos que la acompañaba—. ¿Es cierto que al santo padre le producen tanto placer las perlas como para tener que tocarlas todos los días?

—Más que la piel de las mujeres jóvenes y hermosas, contessa , pues con la edad ha perdido fuerza viril y ya no demanda compañía femenina tan a menudo.

Tiene una colección impresionante y esta pasión la comparte con su hija Lucrecia.

En su dormitorio guarda un par de cofres llenos de perlas, esmeraldas, zafiros y otras piedras preciosas.

No hay noche que no pase un buen rato hundiendo sus manos en ellas o recreándose en su brillo y perfección.

El que acababa de hablar era un hombre de veintidós años, de modales suaves, apuesto como Adonis y de largos cabellos cobrizos que le caían en elegantes rizos sobre los hombros.

Se llamaba Paolo Vassi y era un músico y poeta de Forlì, que había intentado probar fortuna en la corte del papa Alejandro.

Sin embargo, sus canciones y poemas no fueron del agrado del pontífice, que, tras un año, lo despidió.

Desde entonces, había buscado patrocinio por varios señoríos hasta que fue acogido por Caterina Sforza.

Sin embargo, la Tigresa de Imola no lo había reclutado por su talento —que no era demasiado—, sino por la información que poseía sobre la casa del pontífice y por sus contactos entre la servidumbre del Palacio Apostólico.

—Además —continuó Vassi mientras señalaba con el dedo a uno de los camastros—, es bien conocida la afición de su santidad por coleccionar bellos brocados y os aseguro, contessa , que no podrá resistirse al primor del que pensáis enviarle.

El músico señaló el cobertor que cubría uno de los camastros y cuya belleza y delicadeza contrastaba con la abyecta estampa que ofrecía el moribundo que bajo él agonizaba.

Un millar de ducados había pagado la condesa por aquella maravilla de seda roja cuajada de encajes de plata que formaban intrincadas filigranas alrededor de los escudos de armas del papa y de la propia Caterina, bordados con hilo de oro a ambos lados de la leyenda Pacis Cultor —‘cultivador de la paz’—.

Y eso que la única paz que la condesa de Imola y Forlì buscaba era la del cementerio al que quería enviar a Alejandro VI con aquel tejido infectado.

Sobre el otro catre destacaban las piezas del carísimo terciopelo de Génova, negro y brillante, que, como el brocado, habían estado ahí encima durante semanas y tapando también a los otros dos desgraciados que habían perecido en esos mismos lechos.

—Con ese terciopelo, contessa —añadió Vassi—, se forrará el cofre en el que irán las perlas y la carta con la que se le solicitará al papa su reconciliación con vos. Una misiva que, por cierto, el doctor Levi ha hecho que se impregne del sudor de estos desdichados.

—No estoy muy seguro de que tal contacto —intervino entonces el médico— vaya a ser eficaz, pues no he podido comprobar que el mal se adhiera de la misma manera al papel que al tejido. Si tuviera más tiempo...

—No lo tenéis, rabí —zanjó Caterina—. Por eso no hay más remedio que confiar en el brocado y en el terciopelo. Además, dudo que el Borgia fuera a coger la carta con sus propias manos.

—Tenéis razón, excelencia —asintió Vassi—, lo más probable es que se la lea el doctor Remolins.

—Que se vaya al infierno también. En fin. ¿Enfermará el papa? —insistió Caterina—. Me he gastado una fortuna en esto. Con los dos mil ducados que he invertido en el brocado, el terciopelo y las perlas podría pagar a una compañía de quinientos piqueros suizos durante un mes.

El médico judío extendió las manos hacia la condesa para pedir su comprensión y bajó la mirada al suelo para indicar que había puesto en aquel experimento toda su ciencia.

—Mi maestro el rabí Judá Saqbel —dijo al cabo de unos instantes— identificó el mal durante la guerra de Granada, en la que sirvió como médico en la corte del marqués de Villena.

Determinó que eran las mantas y paños que usaba la soldadesca las que propagaban el mal, incluso después de lavadas con vinagre para eliminar a los piojos. No había más remedio que quemarlas.

—¿Y así haréis con el brocado y el terciopelo?

—En efecto, signora —contestó el judío—.

Ahora mismo, a simple vista se podrían ver a esos molestos insectos saltar sobre la ropa, por eso os rogaba antes que no os acercarais más.

Por ello, las prendas serán lavadas con vinagre y perfumadas con vuestra esencia de lavanda y hojas de limonero antes de ser enviadas a Roma.

Caterina asintió con una sonrisa. Estaba muy orgullosa de aquel perfume que ella misma destilaba en su laboratorio, en el que también elaboraba ungüentos para mantener fresca y blanca la piel o tintes para el pelo como el que ella misma usaba para lucir su melena dorada.

También sabía preparar ponzoñas, pero ninguna de las mixturas probadas con otros condenados a muerte la habían convencido.

El arsénico árabe era demasiado rápido y, tras su ingesta, era evidente que la víctima había sido envenenada, cosa que Caterina no quería bajo ningún concepto.

Compró a un boticario napolitano algunas nueces de veninum lupinum —‘veneno de lobo’— hechas con raíz de acónito, hojas de tejo, almendras amargas, cal, polvo de vidrio y miel y que se debía disolver en vino.

Sus efectos eran más lentos, pero comprobó que si quien lo había ingerido seguía comiendo —y la pasión del papa Borgia por la buena mesa era bien conocida— había que mantener la dosis durante más tiempo, lo cual complicaba la operación.

Por la misma razón había descartado otras sustancias como la cicuta o las oronjas verdes.

Sin embargo, aquel médico judío gaditano —el doctor Levi— le había ofrecido una alternativa que, pese a su alto coste, podía funcionar.

—¿No hay riesgo, rabí —preguntó Caterina al galeno—, de que el arquiatra del santo padre sospeche que ha sido envenenado?

—No, excelencia —respondió—, en ningún caso. La fiebre de gafe la menciona el mismo Hipócrates en su Corpus y los médicos del sultán de Estambul la llaman el mal de las cárceles, pues se propaga con rapidez en las prisiones.

—¿Y tiene cura?

—No. Cuando aparezcan los primeros sarpullidos en el pecho, el Borgia se rascará y, al hacerlo, extenderá el mal con rapidez. Después subirá la fiebre y vendrán el dolor en las articulaciones, las dificultades para respirar y, después, la demencia y la muerte.

—Bien —dijo Caterina—. ¿Cuándo creéis que se podrá enviar la embajada a Roma? ¿Dentro de una semana? ¿Dos quizá? No puedo daros más tiempo, rabí. No lo tengo.

—¿No, signora ? Lo necesitaría.

—El ejército francés ha tomado Alessandria y avanza sin oposición en dirección a Milán. Las villas y ciudades del camino salen a su encuentro para recibir al monarca como un libertador y eso que ni siquiera marcha con sus tropas, sino que espera en Lyon una victoria que va a conseguir sin luchar.

—¿Sin lucha, excelencia? —inquirió el médico—. ¿Milán no plantará cara?

—¿Con qué? —Los ojos de Caterina brillaban en la penumbra del calabozo con el fuego de la indignación—.

El imbécil de mi tío Ludovico ha huido a Innsbruck para lloriquear, ante el emperador Maximiliano de Austria, que le han quitado el ducado que él mismo robó a mi hermanastro, que, aunque era un incompetente, un borracho y un sodomita, era el legítimo heredero de mi padre.

Mi otro tío, el cardenal Ascanio, en vez de quedarse en Roma, también se ha cagado de miedo en su sotana roja y ha salido corriendo para unirse a su hermano mayor.

Las cortes ducales ya reconocen a Luis de Orleans como legítimo duque de Milán.

De nada han servido —continuó la condesa— los hombres que le envié a mi tío Ludovico para que frenara a los franceses en Alessandria; se rindieron tras el primer día de cañonazos y ahora mismo vagan por la Lombardía y el Piamonte desarmados, humillados, hambrientos y enfermos.

—Es cierto, signora .

—¡Inútiles! ¡Cobardes! Tengo yo aquí y aquí —la condesa se señaló la entrepierna primero y la cabeza después— más valor e inteligencia que todos los hombres de mi familia.

—Eso no lo puedo dudar, contessa —dijo el médico—. Ni nadie aquí creo que pueda. Sois digna heredera de los Sforza.

—Paolo —continuó la condesa—, ¿tu espía en la corte del Borgia te ha confirmado lo de las bulas?

—No he tenido noticias suyas desde hace días, signora , pero no tengo motivos para pensar que el santo padre ha cambiado de idea.

Las bulas por las que los señores de Rímini, Urbino, Pésaro, Camerino, Faenza, Bolonia y...

—el poeta y músico dudó un instante— vos, condesa de Imola y Forlì, son declarados usurpadores de los territorios de la santa madre Iglesia están ya redactadas a falta de que sean firmadas por su santidad y publicadas, lo cual se producirá en el momento en el que Milán caiga en manos francesas.

—¿Lo veis, rabí? —dijo Caterina—. Por eso no puedo daros más de dos semanas. Tres a lo sumo.

—Claro que —continuó Vassi—, si su santidad enferma y muere sin que esas bulas hayan sido firmadas, no tendrán efecto alguno y, en todo caso, el nuevo papa que surgiera del cónclave podría anularlas.

—Sabíamos —insistió la condesa— que el pacto entre el papa y el rey incluía la cesión a César Borgia de un ejército francés, aunque ignorábamos para qué propósito en concreto.

Ahora hemos despejado esa incógnita. Va a usarlo contra nosotros, los señores vicarios de la Iglesia de la Emilia, la Romaña y las Marcas.

—No sólo contra vos y los demás señores, contessa —intervino Paolo Vassi—, también contra otras familias.

Los Colonna se han vuelto a atrincherar en Genazzano.

El papa atrajo con engaños al Vaticano al protonotario apostólico Giacomo Caetani.

Lo hizo encarcelar en Sant’Angelo mientras el jefe de la familia, Niccolò, huía a uña de caballo a Mantua.

Se dice en Roma que el Borgia pretende expropiar a los Caetani el Ducado de Sermoneta para dárselo al bastardo que ha concebido con su propia hija Lucrecia.

—¡Qué barbaridad! —exclamó el médico—. ¡Qué clase de monstruos son los Borgia!

—No hagáis demasiado caso a esas habladurías, rabí —dijo Caterina endureciendo la voz—.

Es cierto que la dama Lucrecia tuvo un hijo, pero no es el fruto del incesto, sino del adulterio.

Claro que, si fuera un hombre que ha engendrado un bastardo, ni siquiera estaríamos hablando de ello.

En todo caso, no nos vienen mal esas maledicencias, aunque nos vendrá mejor un papa muerto.

—En tal caso, signora , en diez días podrá salir la embajada a Roma con vuestra carta en la que le pedís perdón al sumo sacerdote del Ha-Notztri —el judío se refirió a Jesús como «El Nazareno» tal y como se hacía con desprecio en las sinagogas—.

La acompañaréis de bellos regalos, como ese fino brocado rojo veneciano y el cofre forrado de suave terciopelo negro de Génova con veinte perlas perfectas para el solaz del amo de Roma. Haré los preparativos necesarios.

—Espléndido, rabí. Espléndido. Y tú, Paolo —la condesa se dirigió al poeta y músico—, serás quien encabece la embajada y entregues a su santidad la carta y los presentes.

—¿Yo, contessa ? —El cortesano no pudo disimular el miedo que se adueñó de su rostro, varonil y delicado como el de una escultura antigua—. ¿He de ser yo?

—No se me ocurre nadie mejor. Ya te conocen en la corte del papa de Roma y, aunque aborrezcan tus versos y tus canciones, no podrán resistirse a tus adulaciones.

— Signora! ¡Por piedad! —Vassi lloriqueaba de terror—. ¿Y si contraigo también el mal?

—El doctor Levi te instruirá adecuadamente para evitar el contagio y, además, tu madre, a la que he hecho traer desde su casa, aguardará aquí en la rocca para celebrar el éxito de tu misión.

De ti depende, Paolo, que la buena anciana te espere en uno de los aposentos para invitados de ahí arriba. O en los de aquí abajo.