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Cuando el capitán Borgia se presentó en el palacio de Santa Maria in Porticu para comunicarle a Lucrecia que su marido había huido, la duquesa se desmayó.
Cuando volvió en sí, su primo Rodrigo —con lágrimas en los ojos y la voz temblorosa por la desagradable tarea que tenía que llevar a cabo— le informó de que su santidad ordenaba que no abandonara el palacio bajo ningún concepto y que el mismo mandato regía para todos sus sirvientes, doncellas y demás miembros de su corte, en especial si eran napolitanos.
Además, a Lucrecia se le encomendaba la custodia de su hermano pequeño, Jofré, el cual también debía permanecer confinado en el palacio.
—¿Y Sancha? —preguntó Lucrecia al capitán—. ¡Dónde está Sancha?
—La princesa de Esquilache —respondió— ha sido expulsada de Roma por el santo padre y, mientras hablamos, debe ya estar camino de la puerta de San Sebastián.
—Pero —Lucrecia no daba crédito a lo que estaba oyendo— ¿cómo es posible? ¿Qué crimen ha cometido? ¿Y en qué ha ofendido mi marido a su beatitud para que huya como un ladrón?
—A eso, signora , no puedo contestaros. Sólo sé que su santidad supo de la reunión del duque de Bisceglie y la princesa de Esquilache con el conde de Fondi y...
—Entiendo —cortó Lucrecia, que no podía creer que su marido hubiera cometido la estupidez de reunirse con Próspero Colonna—. Entiendo, Rodrigo. Gracias.
—Lo lamento mucho, signora .
La hija del papa no podía creer que la fortuna se burlara de ella de esa forma porque, por segunda vez, estaba casada con un traidor a su familia. Sin embargo, ahora era mucho peor porque, si siempre aborreció a Giovanni Sforza, no podía evitar amar con todas sus fuerzas a Alfonso d’Aragona.
El día de Santo Domingo de Guzmán Lucrecia recibió un gesto del papa.
Era un mensaje en el que le pedía, en términos muy cariñosos, que lo acompañara a la misa solemne que el cardenal Oliverio Carafa iba a celebrar en la basílica de Santa Maria sopra Minerva.
Al principio, la duquesa pensó en no ir y alegar una indisposición debido a su embarazo.
Sin embargo, la falta de noticias sobre Alfonso la estaba enloqueciendo, y pensó que no iba a tener otra oportunidad de favorecer la reconciliación de su esposo y su padre.
—Lucrecia, querida niña —le dijo el papa en un aparte al término de la eucaristía—, me ha producido gran dolor tener que tomar medidas tan drásticas, pero el comportamiento de tu marido y de tu cuñada ha sido inadmisible.
—Sí, padre santo.
—Ambos son jóvenes —continuó el pontífice— y no entienden que el viento de la política y de la historia sopla en contra de los D’Aragona y, si no es el rey de Francia, será el de Aragón el que termine con la rama bastarda de Alfonso el Magnánimo.
Pero todo eso, a nosotros, no nos ha de afectar, salvo para sacar provecho.
—¿Provecho, padre? —Lucrecia intentó que su pregunta no sonara a desafío, aunque sólo lo consiguió a medias—. ¿Qué provecho?
—Ahora tengo claro que, por ser valencianos, el rey Católico siempre nos considerará súbditos, aunque yo sea el papa de Roma.
Sin embargo, con el soberano de Francia las cosas pueden ser distintas.
En cuanto caiga Milán, Luis de Orleans pondrá a disposición de César un ejército con el que devolver a la santa madre Iglesia todos los feudos y señoríos que están en manos de los Colonna, los Orsini, los Caetani, los Montefeltro o los Sforza.
Y de todo ello puede surgir un principado Borgia del que tu marido, y también Sancha, pueden ser parte.
—¿Sabéis dónde está Alfonso? —Los ojos de Lucrecia se iluminaron de esperanza—. ¿Sigue en Genazzano?
—No. Ya no. Su tío el rey Federico envió doscientas lanze para sacarlo de allí. Está en Nápoles ahora. Y también Sancha. Sanos y salvos.
—¡Alabado sea Dios!
—Lucrecia, pronto seré más fuerte de lo que ningún pontífice ha sido jamás desde mi antecesor el papa Alejandro III. Pero todavía no lo soy y necesito que me ayudes.
—¿Que os ayude? —Lucrecia no sabía si estaba ante una súplica o una trampa—. ¡Cómo os puedo ayudar?
—Te voy a nombrar gobernadora de Espoleto y Foligno. Es esencial que tengamos bien controlada la rocca Albornoziana y no puedo confiar en nadie más que en ti. La ciudad lleva años enfrentada con sus vecinos de Termi y el podestà es un canalla corrupto a sueldo de los Colonna.
—Pero, santo padre, yo no..., yo no...
—¿No has gobernado nunca? Lo sé. Pero también sé que eres una Borgia. Lo harás bien.
—¿Y mi marido? —se tocó el vientre—, ¿y mi hijo?
—No sufras más por tu marido —continuó el papa—. A Espoleto te acompañará el capitán Joan de Cervelló. En cuanto esté restaurado el orden, lo mandaré a Nápoles para ofrecerle a Alfonso mi reconciliación y mi perdón.
Lucrecia no tuvo más remedio que asentir, puesto que el capitán español era un gran amigo de su esposo, a la vez que contaba con la confianza del pontífice. Si había alguien que podía reconstruir los puentes entre Alejandro VI y Alfonso d’Aragona era él.
—Y respecto a tu hijo —el papa le puso sobre el vientre la mano en la que lucía el anillo del Pescador—, no te preocupes. Ni por el que todavía llevas en las entrañas. Ni tampoco por el otro —sonrió—, el que te espera en Espoleto.
En ese instante, a Lucrecia se le abrió el cielo de pura felicidad. Iba a tener en sus brazos al hijo que concibió con Perotto y que le habían arrebatado.