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Lucrecia estaba impaciente por despedir a los magistrados de la ciudad y que aquella interminable audiencia acabara de una vez.
Los priores no parecían cansarse nunca de alabar sus dotes para el gobierno; en especial, el trabajo realizado por la guardia pontificia que la hija del papa se había traído de Roma.
En muy poco tiempo, el número de robos, peleas y violaciones en la villa había descendido de manera notable, porque una de sus primeras decisiones como gobernadora de Espoleto había sido la de despedir al corrupto e incompetente podestà al servicio de los Colonna.
Sin embargo, no hizo que lo ahorcaran, tal y como le recomendó el capitán Joan de Cervelló.
Además, Lucrecia había conseguido que el comune de Espoleto y el de la vecina villa de Termi firmaran una tregua de paz que ponía fin a años de conflicto en los que las milicias de ambas ciudades se habían dedicado a quemar molinos, robar ganado y arrasar cosechas la una de la otra, por una cuestión de lindes y derechos sobre pozos y manantiales.
No obstante, los patricios de Espoleto no fueron tan amables cuando la hija del papa les planteó que aflojaran sus bolsas para comprar grano de Sicilia y repartirlo entre el pueblo, ya que la cosecha había sido escasa.
Sólo cuando Lucrecia les dijo que ella misma correría con la mitad de los gastos, se avinieron a abrir los cofres, no sin antes obtener garantías de que aquella aportación sería sólo para ese año y que en ningún caso se prolongaría más allá de ese plazo.
«Los padres de la patria —pensó Lucrecia— sólo velan por el pueblo cuando no les cuesta nada. »
Cuando el último de los próceres se marchó, Lucrecia tuvo la tentación de arrancarse allí mismo el vestido para que la brisa fresca, que bajaba de las laderas del Monteluco, aliviara el ardor que sentía en los pezones.
Además, tras más de cuatro horas inmóvil, las ganas de orinar eran tan grandes que tuvo que pedirles a las sirvientas que trajeran un orinal, pues era consciente de que no le iba a dar tiempo de llegar a las letrinas.
Lucrecia estaba embarazada de casi siete meses y cada vez tenía más dificultades para moverse.
Sentada en aquel retrete móvil, contempló los muros desnudos del salón de Honor de la rocca Albornoziana.
Acostumbrada a los hermosos frescos del Pinturicchio de las salas de la torre Borgia del Vaticano y a los bellos tapices que adornaban las estancias de su propio palacio de Santa Maria in Porticu de Roma, aquellas paredes severas de piedra y revoco le parecían una cárcel.
—¿Sabéis dónde está mi hermano? —preguntó a sus damas mientras una criada le alcanzaba unos paños humedecidos con agua de lavanda para que se limpiase—. Hace dos días que no lo veo.
—Cazando —contestó Ángela Borgia—. Pero no te preocupes. Lleva una buena escolta. Se la ha puesto el capitán Cervelló para que no haga locuras.
Lucrecia asintió. Recordó entonces que su beatitud, además del gobierno de Espoleto, le había encargado la custodia de Jofré, el cual, aunque ya tenía diecisiete años, parecía tener la cabeza de un crío de seis que entretenía su tiempo saliendo con sus amigos a quemar dinero en las tabernas y matando gatos callejeros con pequeñas ballestas para cazar aves.
Una de esas noches, en un callejón cerca del pórtico de Octavia, una patrulla de la guardia urbana los confundió con una panda de ladrones e intentó prenderlos.
En vez de revelar su identidad, Jofré y su séquito de malcriados, entre risas y bravuconadas, dispararon un par de dardos contra los custodios, los cuales respondieron con sus más precisas ballestas, con las que mataron en el acto a uno de aquellos petimetres e hirieron en un muslo al benjamín de los Borgia.
Luego cayeron sobre él como una manada de lobos.
Si Jofré no acabó —como su hermano Juan— con la garganta abierta en el Tíber fue porque un alguacil se creyó los gritos del muchacho con los que clamaba que era el hijo del papa.
Cuando fue informado del incidente, el santo padre ordenó que se liberara de inmediato al alguacil y a sus hombres, los cuales habían sido encerrados en la Tor di Nona a la espera de que se decidiera qué hacer con ellos.
El pontífice vio claro que los guardias habían cumplido con su obligación, al tiempo que censuró el impropio comportamiento del príncipe de Esquilache.
Sin embargo, Sancha se indignó al enterarse de que el papa no había condenado a muerte a los agresores de su esposo.
En el Palacio Apostólico, delante de toda la corte, acusó al pontífice de ser un viejo senil que, por cobardía, había dejado sin vengar el asesinato de Juan y ahora toleraba que se humillara a Jofré en las calles de la misma Roma.
También le echó en cara que hubiera traicionado a los D’Aragona y que propiciara una nueva invasión extranjera del suelo italiano.
Frente a los alaridos de Sancha, su santidad se mostró tranquilo e incluso se permitió sonreír con cierta condescendencia ante las invectivas de su nuera. Dejó que la princesa napolitana se quedara ronca de tanto gritar y, cuando lo estimó oportuno, pasó al ataque.
—Querida hija —dijo con una sonrisa lobuna—, mejor sería que pusieras tu pasión y tu fuerza en darle a tu marido el heredero que necesita el principado de Esquilache y la casa Borgia.
Sancha hizo ademán de responder al pontífice con una nueva retahíla de reproches y quejas, pero se lo pensó mejor y se quedó callada.
—Y añadiremos más —continuó el papa—, aunque es bien conocida la afición de Nos por la caza, su práctica no es aconsejable para las damas jóvenes como tú, que todavía no han concebido un hijo, ni tampoco en hombres jóvenes como tu hermano, si quieren seguir engendrando.
Esta vez, a la princesa napolitana no le costó nada enmudecer, pues ya intuía que el razonamiento de Alejandro VI no iba a traer nada bueno.
—Además, de todos los buenos cotos de caza que rodean Roma, el peor de todos, sin duda, es el de Genazzano, pues en aquellas espesuras sólo proliferan las alimañas.
Ahí estaba el motivo por el que el pontífice estaba tan tranquilo mientras Sancha despotricaba.
El papa lo sabía todo. De alguna manera se había enterado de su viaje al cubil de los Colonna en Genazzano, y era más que posible que supiera también algo de lo que había hablado con Próspero, el jefe de la familia.
Y eso por no recordar que quizá también estuviera al tanto de su adulterio con el condotiero.
—Nos sabemos muy bien, niña —añadió el papa con los ojos duros—, que tu marido el príncipe de Esquilache cometió una estupidez que pudo costarle la vida, como también sabemos que el alguacil hizo lo que tenía que hacer y que sólo la divina Providencia evitó que ahora Nos tuviéramos que llorar la muerte de otro hijo... o de otra hija.
Durante un instante, Sancha consideró la posibilidad de arrodillarse ante el papa para implorar su misericordia.
Sin embargo, recordó que ella era hija de Alfonso y nieta de Ferrante d’Aragona, orgullosos reyes de Nápoles, por cuyas venas corría la sangre del rey Magnánimo, el conquistador de Marsella.
Por muy papa de Roma que fuera, aquel anciano gordo que tenía delante no dejaba de ser el hijo de un bandido con escudo de armas de Xàtiva al que el azar y la impericia de sus enemigos habían sentado en la silla de Pedro.
El papa tenía la posibilidad de hacerla ejecutar allí mismo o encerrarla en Sant’Angelo, pero no tenía el derecho de hacerla llorar.
«Quizá de rabia —pensó Sancha—, pero no de miedo. »
Ignoró la amenaza velada y, con una ligera reverencia que fuera suficiente para cumplir con el protocolo, aguardó a que el maestro de ceremonias proclamara el auditus est , para que pudiera retirarse. No tardó demasiado monsignore Burcardo en hacerlo.
Durante los días siguientes al incidente, en la corte papal empezaron los preparativos para su traslado a Nepi para huir del calor de agosto que, en Roma, traía siempre el peligro de la peste.
Allí pensaba pasar el santo padre los días más sofocantes del ya cercano Ferragosto junto a Lucrecia y su marido.
La hija del papa, cada vez más gorda y pesada, no veía el momento de marcharse.
Y entonces, ocurrió el desastre.
Al amanecer del segundo día de agosto, Alfonso d’Aragona se despidió de Lucrecia porque, según le dijo, quería ir a misa a la basílica de San Juan de Letrán.
Lo acompañaban un paje, un palafrenero y dos caballeros napolitanos como escolta.
Salieron del palacio de Santa Maria in Porticu a lomos de mulas, por lo que no levantaron sospecha alguna en los guardias vaticanos que seguían todos sus movimientos desde que se descubrió su reunión con Próspero Colonna en Genazzano.
Sin embargo, a pocos pasos de la escalinata del templo, el duque de Bisceglie y sus acompañantes saltaron de sus monturas y, antes de que sus vigilantes pudieran reaccionar, se subieron a los caballos que unos lacayos tenían dispuestos y camuflados bajo mantas.
Los cinco jinetes salieron a galope tendido hacia la puerta de San Sebastián y, aunque fueron perseguidos, los perdieron antes de llegar al mausoleo de Cecilia Metela en la via Apia.
De inmediato, el capitán Rodrigo Borgia ordenó que un destacamento de jinetes pontificios con mejores monturas saliera de inmediato en su persecución, pero el mastro Moddafari había previsto bien la fuga.
Había ordenado que uno de los caballeros hiciera de señuelo y siguiera cabalgando en dirección a Capua mientras Alfonso se desviaba para llegar a la fortaleza de los Colonna en Genazzano.
Sabía que, si pretendían sacarlo de allí, no bastaba con una docena de jinetes de la guardia pontificia; hacía falta una guerra contra los Colonna y el rey de Nápoles.