El mirto y el puñal 36
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Todavía era noche cerrada cuando cruzaron la puerta de San Sebastián y enfilaron la via Apia con los caballos a paso vivo.

Los centinelas, aunque tenían prohibido abrir los portones antes del amanecer, no se atrevieron a contrariar los deseos del yerno del papa, que exigía paso franco para salir de la ciudad e ir a cazar.

Lo acompañaban ocho hombres, provistos no sólo de espadas y cuchillos de montería, sino también de ballestas y lanzas de largas mojarras dentadas para abatir jabalíes.

Por todo ello, los custodios no vieron motivo alguno para temer por la seguridad de Alfonso d’Aragona y le abrieron el paso.

Nada más desaparecer de la vista de los guardias, poco antes de llegar a la basílica de San Sebastián, la comitiva se desvió a la izquierda, campo a través, para buscar la via Asinaria, hacia el este.

En cuanto alcanzaron las losas de la antigua calzada romana, lanzaron los caballos al galope hacia la aurora, que teñía con fuego el cielo recortado sobre los picos redondeados de los montes Prenestinos y el valle del río Sacco, a donde se dirigían.

Diez leguas escasas separaban Roma de su destino. En cuanto estuvieron lo bastante lejos de los muros de la urbe, pusieron las cabalgaduras al paso para no agotarlas y, poco antes de la hora tercia, llegaron ante los imponentes muros blancos del castillo de los Colonna de Genazzano.

Hacía casi quinientos años que la poderosa familia tenía en esta fortaleza uno de sus principales bastiones, desde el que controlaban los pasos a Roma por la via Asinaria y a Nápoles por la via Latina.

Los Colonna tenían especial aprecio a este castillo, pues entre sus paredes había nacido su miembro más ilustre: Odón Colonna.

No sólo llegó a papa y tomó el nombre de Martín V, sino que, además, fue el pontífice que depuso al antipapa napolitano Juan XXIII y excomulgó al aragonés Benedicto XIII para acabar con el Cisma de Occidente.

Próspero Colonna aguardaba en el patio de armas junto a la fuente.

Tenía cuarenta y siete años y la madurez le había despejado la frente hasta casi la mitad del cráneo.

No obstante, se dejaba crecer lo que le quedaba de cabello castaño hasta cubrirle la nuca y se lo hacía rizar en tirabuzones con tenacillas calientes, al igual que el bigote y la barba, con la que enmarcaba su perfil afilado de ave de presa.

Estaba considerado como uno de los mejores generales de Italia porque, como la mayoría de ellos, cambiaba de bando con la misma facilidad que de camisa.

Durante la misma guerra había luchado bajo las banderas del ejército pontificio en tiempos del papa Sixto IV y también bajo las de su enemigo el rey Ferrante, a cuyo hijo defendió contra Carlos de Francia antes de pasarse al bando del cardenal Della Rovere.

Ahora mismo, los Colonna estaban, al menos en teoría, contratados por el rey Federico de Nápoles y preparados para acudir en auxilio del duque de Milán en cuanto Ludovico Sforza el Moro los reclamara para defender su ciudad de la inminente invasión francesa.

—Sed bienvenido a Genazzano, excelencia —exclamó Colonna, reconociendo al duque de Bisceglie cuando éste se desprendió del pañuelo que le protegía la boca y la nariz del polvo del camino—. Espero que hayáis tenido un viaje agradable, considerando las circunstancias, claro.

—Gracias, señoría —contestó el jinete que cabalgaba al lado de Alfonso d’Aragona.

Mientras hablaba, Próspero Colonna se percató de que había tomado por un paje del séquito del yerno del papa Alejandro a quien en realidad era su nuera.

Sancha d’Aragona, la esposa del benjamín de los Borgia, vestía calzas de cuero y portaba espuelas, un gran puñal de montería en la cadera y, sobre la grupa de la yegua torda que montaba a horcajadas como un hombre, una ballesta de caza.

Se quitó el pañuelo que ocultaba su rostro y liberó la gruesa trenza azabache que mantenía oculta bajo una parlota de terciopelo verde.

Próspero Colonna sabía del fogoso carácter de la princesa Sancha, pues su fama era la comidilla de todas las cortes de Italia; pero jamás hubiera pensado que una princesa de sangre real —aunque bastarda— fuera capaz de vestirse de paje y cabalgar cinco leguas junto a una partida de caza compuesta por hombres y sin dama de compañía alguna que preservara su reputación y dignidad.

El desprecio brilló en el fondo de las pupilas del condotiero, que pensó en aquel momento que los Colonna jamás permitirían que sus mujeres cayeran en semejante bochorno.

Sancha era consciente de las miradas lascivas que provocaban sus movimientos felinos para bajar del caballo sin la ayuda de palafreneros.

Y también de que debía ignorarlas. Estaba tranquila y resuelta; más aún cuando su guardaespaldas y asesino de confianza, el mastro Rocco Moddafari, puso pie a tierra y todo el mundo pudo ver su mirada fiera.

—¿Pasamos dentro, señoría? —La pregunta de Sancha tenía más de orden que de interrogación—. No creo que en Italia se hayan levantado muros lo bastante gruesos ni altos como para estar a salvo de los espías de mi suegro.

Sancha sabía provocar con las palabras y los ojos tanto como con el cuerpo y los gestos.

Próspero Colonna llegó a pensar en hacer que su guardia expulsara a patadas a aquella deslenguada junto al resto de su séquito.

Sin embargo, no había llegado hasta allí dejándose llevar por sus primeros impulsos, por razonables que fueran.

El rey de Nápoles —el tío de ambos hermanos— había mandado cartas para favorecer el encuentro propuesto formalmente por el marido de Lucrecia porque las noticias que le llegaban de Roma eran cada vez más alarmantes.

El papa Borgia —con toda seguridad, por influencia de su hijo César— estaba dejando morir su ancestral alianza con los D’Aragona de Nápoles para apoyar al rey de Francia y sus reivindicaciones sobre el Ducado de Milán y la Corona del Reino del Sur.

Aunque a Colonna tales movimientos le afectaban poco, le preocupaban más otros rumores que apuntaban a que el pacto de Alejandro VI con Luis XII incluía un ejército francés para que el hijo del santo padre pudiera hacerse con un principado propio en la península y que uniría al que ya tenía en Francia.

Un dominio que, si no podía salir de los territorios controlados por Milán, Venecia, Florencia, Ferrara o Nápoles, sería conformado por lo que el Valentino pudiera obtener en la Italia central con la ayuda de las armas francesas.

Como, por ejemplo, las tierras, villas y castillos que pertenecían a su familia, entre las que se contaba aquel mismo enclave de Genazzano.

Los Colonna, al igual que otras familias nobles romanas como los Savelli, los Caetani, los Orsini o los Baglioni de Bolonia, los Varano de Camerino y los Montefeltro de Urbino, gobernaban señoríos que pertenecían al papa de Roma en calidad de vicarios pontificios, aunque, con el tiempo, se habían convertido en los señores feudales de aquellas tierras que rara vez obedecían al santo padre.

Aquellos pequeños tiranos medraban cuando conseguían que un miembro de su familia llegara al papado —como habían hecho los Colonna con Martín V hacía más de ochenta años—, pero siempre se las arreglaban para tener un cardenal, o más de uno, con el que defender sus títulos, tierras y privilegios.

Por ese motivo, Próspero Colonna necesitaba todos los ojos y oídos disponibles en la corte de Alejandro VI. En aquel momento, el destino le brindaba la oportunidad de tener a su disposición al yerno y a la nuera del propio papa.

—Excelencia —dijo Sancha tras beber un trago del vino fresco que le ofreció un criado—, la boda de mi cuñado César con Carlota de Albret es una pésima noticia para Italia y los italianos. Mi hermano y yo os podemos confirmar que los rumores son ciertos y que cuando caiga Milán...

—Si es que cae, señora —interrumpió con suavidad el señor de Genazzano—, el duque Ludovico sigue teniendo el mayor ejército de la península.

—Sólo sobre el papel, señor —respondió Sancha—.

Cada día llegan correos al Palacio Apostólico para informar al papa de los hombres, caballos y armas que el rey Luis ha reunido en Lyon.

En una semana, diez días como mucho, habrá cruzado los Alpes y llegado a Asti.

Desde allí, sólo se interpone en su camino hacia Milán la plaza fuerte de Alessandria y los pantanos que la rodean.

Si no se le frena allí, asediará la capital sin remedio.

Colonna no pudo evitar arquear las cejas, sorprendido por los conocimientos militares y estratégicos de la muchacha, que cada vez le parecía más interesante.

—Continuad, señora, os lo ruego.

—Decía antes que los rumores que habéis oído son verdad. Mi cuñado César tendrá el apoyo de las armas francesas para, según presume el papa, «devolver a la Iglesia lo que los tiranos del Lacio, la Emilia y la Romaña han usurpado». Y eso incluye las posesiones de vuestra familia, excelencia.

—Ya veo. —Colonna recibió la noticia sin mover ni un músculo de la cara, pese a que era la peor que esperaba—.

Sin embargo, no veo en qué os puede afectar esto a vos y a vuestra casa, señora.

Si el rey de Francia quiere Milán y el hijo del papa pretende gobernar un principado que aún no existe en la Emilia y la Romaña, no parece que Nápoles esté en peligro.

—Es que sí que lo está, excelencia. Nápoles caerá ante Luis XII de Francia o Fernando II de Aragón. Y los Borgia, aunque preferirían al primero, no pondrán reparos al segundo siempre y cuando ambos reconozcan a César como señor de la Romaña.

—Adelantáis acontecimientos. Hasta ahora, el Valentino no ha hecho nada más que renunciar al capelo cardenalicio y casarse con una princesa navarra porque vuestra prima Carlota no lo quiso.

Al parecer, el mal francés le está desfigurando el rostro a pesar de los portentos que es capaz de hacer en la cama.

Esta vez, la que dio un respingo fue la propia Sancha, pues no podía entender cómo el condotiero se había podido enterar de los detalles de la noche de bodas de César en la fortaleza real de Blois.

—No os asombréis, señora —bromeó Colonna—, de que yo sepa estas cosas. Los propios lacayos del papa se encargaron de contar las hazañas de alcoba de vuestro cuñado por todas las tabernas de Roma a las que, como corresponde a una dama de vuestra condición, no acudís nunca, por supuesto.

—Ni a muchos otros lugares, señor —dijo la princesa de Esquilache—. Ni a muchos otros que, sin embargo, alguna vez frecuento. Aunque sólo si merecen la pena.

—Como sabéis —continuó Colonna—, tengo una condotta con vuestro tío el rey Federico y también un acuerdo con el duque de Milán, así que, si llegara el caso, ambos contarán con mis hombres para la defensa.

—Por eso estamos aquí.

—No entiendo.

—Ludovico Sforza ya está perdido, excelencia —explicó Sancha—.

En unas pocas semanas el ejército francés habrá llegado a Italia y tanto si el Moro intenta frenarlo en Alessandria como si no, lo único que se decidirá ahí es si la corona ducal de Milán aguanta en sus manos hasta octubre o hasta Navidad.

Una vez que eso ocurra, César tendrá los hombres y las armas necesarias para iniciar su campaña de conquista entre los señoríos de las familias romanas. Y luego, será el turno de Nápoles.

—¿Y cómo podríamos evitarlo, señora?

—Con un nuevo papa.

Próspero Colonna se quedó mudo ante la propuesta de aquella jovencita que insinuaba el asesinato del santo padre, el cual, hasta donde él sabía, tenía una salud de hierro. El condotiero pensó que le estaban tendiendo una trampa y, en consecuencia, optó por la prudencia.

—¿Acaso su beatitud está enfermo? Ignoraba tal circunstancia.

—En absoluto. Pero en Roma nadie está a salvo de los miasmas que el Tíber escupe cada verano y un mal aire puede venir en cualquier momento. O una caída de caballo, y más al considerar que al santo padre, pese a sus sesenta y ocho años, le encanta cabalgar cada mañana como cuando era joven.

—Arriesgada costumbre para un hombre de su edad, sin duda.

—En el caso de que —continuó Sancha— alguna desgracia se abatiera sobre la persona de su santidad, mi hermano y yo necesitaríamos de vuestra protección y hospitalidad. Y más al considerar lo que siempre ocurre en Roma cada vez que Nuestro Señor llama a su vicario en la tierra a su seno.

Colonna asintió con una sonrisa burlona, pues él mismo fue uno de los responsables de los disturbios y saqueos que se produjeron en la ciudad tras la muerte de los dos últimos papas.

—Si se produjera tal fatalidad, alteza —usó por primera vez el tratamiento real con su invitada—, los muros de Genazzano y los hombres que los defienden están a vuestra disposición.

—Si me permitís, excelencia —intervino por vez primera Alfonso d’Aragona—, no deberíamos demorar demasiado nuestro regreso a Roma. Aunque estemos a pocas horas de marcha, tenemos que conseguir algunas piezas que justifiquen nuestra marcha para no levantar sospechas.

—Sin duda, sin duda —exclamó Próspero Colonna mientras se levantaba y estiraba los brazos—. Pero no hará falta que busquéis caza por el camino.

—¿Ah, no? —preguntó el joven.

—En aquellas colinas —señaló el condotiero a través de una ventana— poseo un coto en el que se ceban jabalíes que, por gordos y perezosos, son fáciles de abatir.

Así satisfago mi pasión por la caza cuando no tengo tiempo de disfrutar de una verdadera montería.

No tardaréis más de dos horas en cobraros algún puerco con el que agasajar al papa de Roma.

—Gracias, excelencia —apuntó Sancha—, por vuestra comprensión.

—¿Pensáis acompañar a vuestro hermano y sus hombres, señora?

—¿Yo? —contestó la joven—. Ni por asomo. Preferiría aguardar aquí su regreso. Estoy segura de que me podréis prestar algún libro con el que entretener la espera.

Alfonso d’Aragona y sus hombres se marcharon. Cuando estuvieron a solas, Próspero Colonna guio a Sancha hasta la biblioteca para que escogiera el volumen que más le gustara. La joven tomó el Canzoniere , de Petrarca, y buscó entre sus páginas el «Soneto a Laura»:

—«Paz no encuentro ni puedo hacer la guerra, y ardo y soy hielo; y temo y todo aplazo; y vuelo sobre el cielo y yazgo en tierra; y nada aprieto y todo el mundo abrazo.»

Dejó de leer y, con una sonrisa que hubiera hecho arder toda Nápoles con más furia que una erupción del Vesubio, miró a los ojos a Colonna. En ese momento, antes incluso de besarlo, supo que tenía al temible condotiero entre sus manos.

Lo que no podía saber es que, en aquel momento, el criado que le había servido la copa de vino un rato antes le estaba contando al sacerdote de la cercana iglesia de San Giovanni todo lo que había escuchado.