El mirto y el puñal 35 #2
46%

35 #2

—«Como vuestra santidad sabe —continuó mosén Remolins—, es nuestra regia voluntad devolver a mi corona el Ducado de Milán, que me corresponde por justo derecho de nacimiento.

Por ello, y aunque me consta que el duque de Valentinois os ha informado en otra carta que porta este mismo correo, deseo por la presente comunicaros que mi ejército ya se ha puesto en marcha.

» ¿Deseáis ahora, santidad —preguntó Remolins—, que proceda a la lectura de la carta de la duquesa de Valentinois?

—Sí, sí. Sin duda.

—Está redactada en un latín pulcrísimo que denota que la princesa navarra ha recibido una cuidada educación.

« Beatissime pater —leyó Remolins—, grande es la fortuna con la que Nuestro Señor me ha agasajado al proporcionarme un marido como vuestro favorito, que no sólo es gentil, gallardo y cariñoso, sino que procede de la muy noble casa Borgia, por cuyas venas corre la misma sangre antigua de los reyes de Aragón y Navarra.

Ardo en deseos de acompañar a mi esposo a Roma, cuando su muy cristiana majestad lo autorice, para postrarme ante los pies de vuestra beatitud como su amantísima hija en Cristo. »

—¡Gentil y virtuosa criatura! —exclamó el papa—. Mosén Remolins, que se le envíen a mi nuera veinte de las más finas perlas de mi colección, así como unas cuantas alhajas.

—Así se hará, santidad. De inmediato.

Alejandro VI se levantó del trono dorado.

Los presentes, salvo su sobrino el cardenal de Monreale, lo imitaron para, acto seguido, caer de rodillas y recibir la bendición apostólica que el pontífice valenciano apenas susurró mientras dibujaba en el aire una vaga señal de la cruz.

Después, acompañado de un cubiculario, se retiró a descansar a sus aposentos privados.

Poco a poco, los asistentes a la audiencia privada se fueron marchando.

La tarde, tibia y dorada, caía sobre una ciudad que seguía de fiesta, aunque la dicha no se percibía en el rostro —grave y preocupado— de Alfonso d’Aragona, que miraba sin ver los penachos de humo de las hogueras encendidas por las plazas de Roma.

—Esposo —dijo Lucrecia al acercarse a la ventana donde estaba su marido—, nos esperan para el banquete en el palacio. Habrá poetas y música. ¡Y una comedia de Plauto!

—No tengo ganas de poesía, música ni teatro, Lucrecia —contestó el duque de Bisceglie—. En esta misma sala se fragua la ruina de mi familia y yo no puedo hacer más que aplaudir las hazañas de tu hermano.

Lucrecia se llevó las manos a la cara. Amaba a Alfonso con locura y más aún desde que sabía —aunque no se lo había dicho a nadie, ni siquiera a él— que su semilla crecía en sus entrañas.

—¡Contente, Lucrecia! —susurró Alfonso entre dientes—. ¡No puedes llorar y menos aún delante de toda la corte!

La hija del papa consiguió reprimir el sollozo. Sin embargo, la escena no pasó desapercibida para Sancha d’Aragona, quien se acercó para abrazar a su cuñada.

—¿Qué ocurre? —preguntó—. ¿Qué te pasa, hermana?

—No entiende —contestó Alfonso— que no participemos de la alegría que destilan las cuatro cartas que han venido de Francia, porque en ellas viene la destrucción de la casa d’Aragona.

—Lo único que se dice en ellas —intervino Lucrecia— es que el rey Luis quiere recuperar su Ducado de Milán. Nada se dice de Nápoles. Y bien que me alegraré si la Providencia ayuda a que se extermine hasta el último de los Sforza: desde el Moro hasta su sobrina Caterina y, sobre todo, ¡el Sforzino!

—No nos preocupa el destino de los Sforza, Lucrecia —dijo Sancha con tono conciliador—, sino lo que viene después.

Si Luis de Orleans tiene el permiso del papa para invadir Milán, también lo tendrá para hacer lo mismo con Nápoles.

Y si no, será Fernando de Aragón el que lo haga.

¿Sabes por qué mi tío, el rey Federico de Nápoles, no ha consentido que mi prima Carlota se casara con César?

—Dicen —contestó Lucrecia— que la dama se había enamorado de otro gentilhombre y que no quería, según sus propias palabras, que la llamaran la Cardenala.

—¡Tonterías! —bufó Sancha—. ¿Cuándo se nos pide a las mujeres nuestra opinión en estas cosas? Si tenemos suerte, como es tu caso, nos enamoramos de los maridos que nos tocan y, si no, tenemos que buscar consuelo en otras camas. ¡Que me lo digan a mí!

Tanto Lucrecia como su marido bajaron la cabeza para darle la razón a la princesa napolitana.

—Si a mi tío Federico le hubieran dado la garantía de que el papa Alejandro no iba a apoyar una invasión de Nápoles —Sancha escupía las palabras—, hubiera ido él mismo a abrirle las piernas a mi prima para que tu hermano la desvirgara.

Ahora que César ha convencido al papa de pasarse al bando francés, lo más probable es que el rey de Aragón quiera clavar sus garras en Nápoles.

Lucrecia sabía que su cuñada tenía razón. Aunque Federico de Nápoles y Fernando el Católico eran primos hermanos, el marido de Isabel de Castilla no iba a dejar que Francia se hiciera con el norte de Italia sin asegurarse el dominio del próspero sur.

—¡Déjalo estar, Sancha! —intervino Alfonso, cogiendo de la mano a Lucrecia—. Estamos llamando la atención. Vamos a la fiesta.

Los tres, acompañados de sus damas y pajes, abandonaron la torre Borgia para dirigirse al palacio de Santa Maria in Porticu.

Pese a la cercanía, Lucrecia fue trasladada en silla de manos mientras que Alfonso y Sancha lo hicieron a caballo.

Ya en los establos de la mansión, Sancha mandó llamar a Rocco Modaffari, su hombre de confianza.

— Mastro Rocco —dijo Sancha—, acudid al palacio de la Cancelleria Vecchia y advertid al cardenal Sforza que el papa ha recibido hoy la confirmación de que el ejército del rey Luis XII de Francia se ha puesto en marcha para invadir Milán.

—Sí, signora .

—Y después —añadió la princesa de Esquilache—, mandad aviso a Próspero Colonna para que nos reunamos cuanto antes en algún lugar discreto. En Genazzano, por ejemplo.