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Las campanas voltearon como en los días de fiesta mayor y las bombardas del castillo de Sant’Angelo llenaron el aire con salvas de pólvora.
El papa Alejandro había ordenado que se repartiera entre el pueblo vino, pan, chacinas y dulces; también autorizó que se encendieran hogueras en las plazas.
Todo le parecía poco para festejar el matrimonio de César Borgia en Francia.
El santo padre estaba tan contento que incluso decretó la suspensión —desde Pentecostés hasta Todos los Santos— del impuesto mensual que tenían que pagar las más de siete mil prostitutas que ejercían en Roma.
El papa estaba feliz porque su hijo se había casado con la princesa Carlota, pero no con la Carlota hija del rey de Nápoles que pretendían, sino con otra Carlota, la hermana pequeña del rey de Navarra, Juan III.
La doncella, de diecisiete años, era de sangre real, pero no de la sangre real por la que César había renunciado al cardenalato.
En realidad era la solución de compromiso que el rey Luis XII de Francia había encontrado para cumplir su parte del trato con el papa, ya que César, tras meses de cortejo, no había conseguido seducir a la primogénita del rey Federico de Nápoles.
Tampoco el santo padre había logrado convencer al rey de Nápoles para que obligara a su hija a casarse con César.
De nada habían servido los regalos que el hijo del papa había repartido entre todo aquel que, en la corte del rey Luis, tenía alguna influencia sobre Carlota d’Aragona.
Ni siquiera la presión de su tutora, Ana de Bretaña, hizo efecto alguno sobre el ánimo de la princesa napolitana, que, en el momento en el que vio a César, dejó de lado la férrea disciplina con la que fue educada como dama de compañía de la nueva reina de Francia y se puso a llorar como si en vez de un pretendiente tuviera delante a un leproso.
El morbum gallicum —el mal francés que padecía César—, además del dolor de huesos que lo atormentaba cada noche, había provocado que le salieran pústulas en la cara y en el cuello.
Y aunque el día de su boda César lucía un aspecto aceptable gracias al maquillaje, la corte francesa se había acostumbrado a verlo salir a cazar o asistir a las cenas y bailes con una máscara de fino cuero negro que le ocultaba la cara.
Nada de eso parecía importar ya en la corte del papa Alejandro, que no se cansaba de que le leyeran las cuatro cartas que habían llegado de Francia. Una era de César y otra de su esposa; la tercera del propio rey Luis y la última del viejo enemigo de Alejandro VI: el cardenal Giuliano della Rovere.
—¡Volved a leerlas, mosén Remolins! —exclamó el santo padre, batiendo palmas como un niño ante una bandeja de golosinas—. ¡Todas y desde el principio!
—¿Por cuál empiezo, santidad? —preguntó el jurista leridano—. ¿Por la del cardenal de San Pietro in Vincoli? ¿O por la de vuestra nueva nuera?
—Pues... ¡Por la de Della Rovere! —rio el pontífice—. ¡Es tan agradable ver cómo se arrastra ante Nos ese perro sodomita! ¿No crees, nebot ?
El cardenal de Monreale asintió antes de apurar de un trago una copa de vino blanco refrescado con nieve.
El sobrino del santo padre estaba desparramado en una butaca en la que apenas cabía su corpachón.
Descalzo, mantenía los pies envueltos en paños fríos para mitigar la hinchazón y el dolor en las articulaciones provocados por el mal francés que también padecía.
—«No quiero ocultar a vuestra beatitud —leyó el doctor Remolins— que el duque de Valentinois...»
—¡Por eso toda Roma llama ya el Valentino a mi hijo! —interrumpió el papa—. Me gusta. También se referían a mí como el cardenal valentino. Pero continuad, Remolins, continuad.
—Sí, santidad —respondió—. Dice el cardenal Della Rovere que el duque «posee tal gracia, inteligencia, destreza y dones tan altos de cuerpo y espíritu que ha cautivado a toda Francia y se ha hecho justo acreedor del más alto favor y consideración del cristianísimo rey Luis y de su corte, como corresponde al digno heredero de la muy noble casa Borgia, que... ».
—¡Santa María! —exclamó el papa—. ¡El mismo que nos llamaba marranos judíos se refiere a nosotros como la noble casa Borgia!
—«Que está llamada —continuó leyendo— a las más altas cotas de gloria y nobleza junto al soberano de la filia primogenita Ecclesiae , y, a través de ellas, garantizar la paz y la prosperidad en Italia y Europa bajo el magisterio de vuestra beatitud.»
—Ese perro genovés —dijo el cardenal de Monreale— cree que los Borgia nos hemos pasado al lado francés.
—Y eso es, nebot —respondió el papa—, exactamente lo que hemos hecho. En lo que se equivoca es en pensar que somos siervos de Luis XII, pues somos socios.
—Sin olvidar que, como decía nuestro venerado tío el papa Calixto —añadió el cardenal—, los socios de ayer no sirven para los negocios de hoy, ni los de hoy servirán para los de mañana.
Tío y sobrino hablaban en su valenciano natal de Xàtiva, para disgusto del maestro de ceremonias, monsignore Burcardo, y, sobre todo, del yerno y la nuera del papa —Alfonso y Sancha d’Aragona—, que, nacidos y criados en Nápoles, apenas entendían la lengua de buena parte de los dominios de su bisabuelo el rey Magnánimo.
Además, ambos intuían que el motivo de las chanzas era un mal presagio para el futuro de su familia y, en especial, para la continuidad de su tío Federico como rey de Nápoles.
—Mosén Remolins —dijo el pontífice—, leed ahora la carta de mi hijo, porque la lectura de antes se me ha hecho corta.
—Es que la misiva es muy corta, santidad —contestó el obispo de Lérida—. Apenas un par de párrafos.
—¡Pero muy jugosos! —rio el santo padre—. ¡Sabrosos como el almodrote que preparaba mi hermana Joana!
—¡Válgame el cielo —suspiró el cardenal de Monreale—, lo que echo de menos la salsa que hacía mi querida tía, que en paz descanse! Mis cocineros no han conseguido dar con la proporción exacta de ajo asado, queso y aceite que salía de sus manos.
—Sí, sí —zanjó el papa—. Proceded, mosén Remolins.
—« Estimat pare sant reverendíssim —leyó—, apenas unas líneas apresuradas para informar a vuestra beatitud de que mi matrimonio con la princesa Carlota de Navarra se celebró en una ceremonia digna de nuestra casa y de la de mi esposa.
Notables fueron los banquetes, bailes, juegos y torneos con los que se festejó el acontecimiento, que será recordado en la corte francesa durante años. »
—Excelente —celebró el papa—, excelente.
—«Mi esposa es la criatura más bella que Nuestro Señor ha dispuesto sobre la creación —continuó leyendo mosén Remolins—.
Su hermosura es la razón por la que, cuando llegó la hora de la intimidad marital, rompí ocho lanzas en los embates del amor; cinco antes de cenar y otras tres después de reponer fuerzas con el refrigerio. »
—¡Ocho lanzas! —bramó el papa, batiendo palmas—. ¡Ocho! ¡Si no es esa hazaña digna de un toro Borgia que baje Dios y lo vea!
—¡Ni en mis mejores tiempos —exclamó el arzobispo de Monreale entre risotadas— logré yo quebrar más de tres con una dama! Ni siquiera con la ayuda del polvo esmeralda.
Los varones presentes en la audiencia —y algunas damas— estallaron en chanzas, pues los de mayor edad habían tomado bebedizos elaborados con cantárida, la mosca española de color verde que devolvía a los hombres de más de sesenta años el vigor de los mozos de veinte.
Cuando se acalló el jolgorio, mosén Remolins pudo concluir la lectura:
—«Por otra parte, mi primo el rey Luis de Francia ha ordenado que sus armas se concentren en su feudo de Asti, y hacia allí se dirigen doce mil lanzas francesas, diecisiete mil infantes y un contingente temible de artillería más grande aún que el del difunto rey Carlos.
Se me ha ordenado que permanezca en Issoudun con mi esposa hasta que el rex christianissimus me llame a su lado a Lyon.
Allí debo acudir con las trescientas lanzas bajo mi mando, junto al destacamento de estradiotes de don Micheletto y la compañía de infantería de don Ramiro de Lorca.
El objetivo, como bien sabe su beatitud, es cruzar los Alpes antes de que la nieve cierre los pasos para que mi primo el rey, antes de Navidad, recupere el Ducado de Milán usurpado por los Sforza. »
—¡Espléndido! —gritó el papa—. ¡Espléndido! Vamos a extirpar de la faz de la tierra a toda la hez de los Sforza. ¡Del primero al último!
—«Me despido de vuestra beatitud —concluyó Remolins— con la esperanza de recibir vuestra bendición apostólica. Dado en Blois el día de San Matías apóstol del año de la encarnación de Nuestro Señor de 1499.»
Todos los presentes aplaudieron a Remolins salvo dos: Sancha y Alfonso d’Aragona, la nuera y el yerno del papa. Ambos, pese a que intentaban mantener la expresión alegre, intercambiaban miradas de angustia y temor.
—Mosén Remolins —dijo el papa—, leed a continuación la carta del rey de Francia.
—De inmediato, santidad. Dice así: « Beatissime pater Alexander, magnum gaudium , gran alegría me causa enviaros esta carta para compartir con vuestra beatitud la dicha que en mi corte ha producido el matrimonio del duque de Valentinois con la ahijada de mi reina Ana y sobrina nuestra, la princesa Carlota de Albret.
Magníficos fueron los esponsales y bien reconocidas fueron las hazañas de mi primo César, no sólo en el alanceamiento de toros, los bailes y los torneos que se celebraron, sino también en los dulcísimos combates que los recién casados entablaron en la intimidad de su dormitorio en los que el duque quebró ocho lanzas para satisfacción de su esposa y admiración de toda la corte, incluido yo mismo —mosén Remolins titubeó un instante antes de continuar leyendo—, que unos meses antes pude completar cinco cabalgadas en mi noche de bodas con la duquesa de Bretaña. »
—¡Bravo! ¡Bravo! —exclamó el santo padre—. ¡Hasta el rey de Francia reconoce el vigor de la casa del Toro Rojo!