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Más de una hora necesitó la escolta para llevar a los embajadores a la sala del Papagayo, en la que entraron solos, porque la guardia pontificia confinó a los criados y guardaespaldas de los dos legados en la capilla de la Virgen de las Fiebres, custodiados por una docena de ballesteros.
García Laso de la Vega y Felip Pons —que así se llamaban los representantes de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón— aún aguardaron otra hora más a que el papa llegara, sin hacer nada más que mirar los tapices con papagayos bordados que daban nombre a la sala.
Cuando hizo su entrada, Alejandro VI parecía una pintura viva del fresco de la sala de los Misterios de la torre Borgia, donde se hizo retratar como testigo de la resurrección de Nuestro Señor.
Una vez que se sentó en la cátedra de Pedro —que unos criados trajeron a toda prisa desde el altar de la basílica—, Alejandro VI extendió el pie derecho para que los embajadores, como marcaba el protocolo, le besaran la punta de la zapatilla forrada de seda roja.
Sin embargo, ambos legados, pese a las protestas de monsignore Burcardo, se mantuvieron de pie, con los sombreros en la mano y sosteniendo la mirada del pontífice.
El papa optó por permanecer inmóvil y fijar los ojos en la pared opuesta, como si aquellos dos arrogantes gentilhombres ni siquiera estuvieran allí.
—Santo padre —dijo García Laso de la Vega al cabo de unos eternos instantes—, no es grato el asunto que nos obliga a mantener esta audiencia con vuestra beatitud, pero tenemos mandato de sus católicas majestades de expresaros su preocupación por la renuncia de vuestro hijo César a su cargo de cardenal, siendo el único hombre en toda la historia de la cristiandad que ha hecho algo así y...
—Ya expresasteis el punto de vista respecto a este asunto —cortó el papa— de mis queridos hijos Isabel y Fernando hace tres meses, excelencia, por lo que no veo la razón de este recordatorio ni de tan inoportuna audiencia con Nos que habéis solicitado.
—Quería decir —respondió el castellano— que a la preocupación de sus altezas reales por la renuncia del cardenal se suma ahora el disgusto ante la pretensión del antiguo arzobispo de Valencia de contraer matrimonio con la hija del rey Federico de Nápoles, la princesa Carlota d’Aragona.
—¿Acaso la sobrina de vuestro rey Fernando no merece la pena? —preguntó el pontífice—. ¿O quizá es que considera su católica majestad que mi hijo es poco marido para tanta novia?
—Que vuestro hijo sea poco o mucho no es asunto que inquiete a nuestros soberanos —añadió Felip Pons, el otro embajador—, pero que se haya hecho súbdito del rey de Francia sí. Y más aún cuando la princesa Carlota puede llegar a ser la reina de Nápoles.
—El heredero del rey Federico es Fernando, el duque de Calabria —respondió el papa—, como bien saben sus señorías.
—Que tiene diez años —añadió Pons—, mientras que la princesa Carlota ya ha cumplido los dieciocho.
—En todo caso, excelencias —dijo Alejandro VI—, no es de la incumbencia de vuestros soberanos lo que ocurra en Nápoles, porque sigue siendo un feudo de la Santa Sede. El papa de Roma, con su bendición, investirá a...
—A quien tenga mejor derecho —interrumpió García Laso—.
Y es su católica majestad Fernando quien lo tiene como hijo del rey Juan de Aragón y sobrino de Alfonso el Magnánimo.
¿Es que ya no recordáis, santidad, que vuestro tío el papa Calixto rehusó otorgar la investidura de la Corona de Nápoles al bastardo Ferrante?
El santo padre acusó el golpe. Muy pocas personas sabían que su tío, Alfons de Borja, maniobró para negarle la investidura de la Corona de Nápoles al hijo ilegítimo del Magnánimo e intentar que el hermano mayor de Alejandro VI, Pere-Lluís de Borja, fuera investido como soberano del Reino del Sur.
—El Magnánimo —aseguró el papa— tuvo grandes aciertos, como conquistar Nápoles, pero también cometió grandes errores, y designar a su bastardo Ferrante como heredero no fue el mayor de ellos. De hecho, tengo la sensación de que su católica majestad yerra en el mismo asunto que su tío.
—¿En qué asunto? —inquirió Pons.
—En pensar que podía tratar a un Borja papa, como mi tío Calixto, como si fuera uno de sus vasallos por haber nacido en el Reino de Valencia.
No, señores embajadores. Si al rey Fernando y a la reina Isabel, que ostentan el título de Católicos gracias a Nos, les inquieta que mi hijo sea un gran duque de Francia y por matrimonio pueda llegar a ser rey de Nápoles, no tendrán más remedio que sosegarse si ésa es la voluntad de Nuestro Señor, que se ejerce a través de su vicario en la tierra.
Es a él y sólo a él a quien debo obediencia, tanto en los asuntos espirituales como en el gobierno de los Estados Pontificios e Italia, tal y como determinó el Espíritu Santo en el cónclave en el que fui elegido.
—¡Cónclave que comprasteis! —escupió García Laso—. ¡Por trescientos mil ducados, según dicen! ¡Con razón la Providencia os ha castigado con la muerte de vuestro hijo favorito!
Los cardenales de Monreale y Cosenza se levantaron de sus respectivos asientos, apretando los puños y con los rostros lívidos de ira, al tiempo que los hombres de la guardia pontificia inclinaron las alabardas hacia los embajadores.
Sin embargo, el papa aguardó tranquilamente a que el embajador terminara de gritar para hablar con una sonrisa lobuna en los labios.
—Si Nuestro Señor castiga los pecados de los padres con la muerte de sus hijos, no consigo imaginar qué crímenes habrán cometido Isabel de Castilla y Fernando de Aragón para que el Altísimo llamara a su seno al príncipe Juan, su único varón, con diecinueve años.
De forma que sólo les quedan hembras a las que dejar sus reinos y se agote en ellas la dinastía de los Trastámara.
Y si os ofenden las circunstancias en las que Nos fuimos escogidos por el Espíritu Santo, aún peores fueron las artes con las que Isabel usurpó el trono de la princesa Juana y con las que provocó una guerra civil en Castilla.
—¡Santidad! —acertó a gritar García Laso—. ¡No consentiremos que...!
—Callad, excelencia —continuó el papa—. Callad y escuchad, porque si el matrimonio de vuestros soberanos es legítimo, lo es gracias a que Nos redactamos la bula que permitió su unión porque, a pesar de ser primos hermanos, se casaron con una dispensa papal falsificada.
Y si gozan del título de Católicos, es porque Nos lo otorgamos; y si pueden hacer valer sus derechos de conquista en las nuevas tierras del otro lado del océano es porque Nos así lo ratificamos con otra bula.
—Pero...
—Lo que la mano del papa de Roma hizo —cortó Alejandro VI con un gesto de su extremidad derecha— la misma mano lo puede deshacer.
Pero es más grande el amor que siento por vuestros reyes que la cólera que provoca vuestra insolencia.
Por eso, señores, esta noche no dormiréis junto a los peces del Tíber.
— Auditus est —proclamó monsignore Burcardo con una sonrisa de triunfo en los labios.