El mirto y el puñal 34
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– Carissime fratres cardinales et excellentiae legati —saludó Alejandro VI a los cardenales y embajadores—, se acerca el jubileo, el tiempo que Dios, a través de su siervo Moisés, destinó para que cada cincuenta años su pueblo obtenga la indulgencia plenaria y la remisión de todos los pecados.

El santo padre hizo una pausa para contemplar los rostros de los dignatarios que abarrotaban la sala de los Pontífices de la torre Borgia, donde estaba celebrando el consistorio público en el que, además de los cardenales, estaban presentes también los embajadores de Nápoles, Florencia, Venecia, Ferrara, Milán, Francia y los de los reyes de Castilla y Aragón.

—Los dos últimos jubileos —continuó el pontífice—, convocados por los papas Nicolás V y Pablo II, no fueron todo lo brillantes que tan gran ocasión merecía. El primero por la peste y el segundo por las guerras que azotaron Italia en tiempos del santo padre Sixto.

Alejandro VI volvió a callar y buscó entre la audiencia el rostro del camarlengo Raffaele Sansoni Riario della Rovere —sobrino del papa Sixto IV—, que mantenía los ojos fijos en el suelo.

El papa disfrutó unos instantes de la humillante incomodidad del cardenal, que, ante la ausencia de su primo Giuliano della Rovere, era todo lo que quedaba en Roma de la antaño poderosa —e incontable— jauría de parientes, amigos y amantes que el papa Sixto había colocado en la curia.

—El año santo con el que se iniciará el nuevo siglo y que convoco en este consistorio —siguió el pontífice— verá una Roma, caput mundi , renovada a la que los siervos de Dios podrán llegar con seguridad para recibir el perdón.

Si hace dos años ordenamos la ampliación y mejora de la via dei Peregrini para facilitar el acceso a la plaza de San Pedro y su basílica, ahora es necesario que se abra un nuevo acceso desde el castillo de Sant’Angelo, que atravesará el dédalo de callejas del Borgo Vecchio.

Un coro de murmullos de asombro se apoderó de la sala y le sirvió al papa para aclararse la garganta con un trago de vino blanco fresco.

—Le voy a encargar al maestro Bramante —continuó— el diseño de la nueva vía y que la supervisión de las obras sea responsabilidad del cardenal camarlengo, dilectum filium nostrum , su eminencia Rafael Sansone Riario della Rovere.

Los asistentes estallaron en aplausos ante el anuncio del papa que, desde su trono dorado, le hizo una seña al aludido para que se levantara. Riario, con el estupor pintado en la cara, se acercó al estrado y se arrodilló para besar la zapatilla escarlata del pontífice.

— Auditus est —proclamó el maestro de ceremonias, monsignore Burcardo, para indicar que la audiencia papal había terminado.

Después, Alejandro VI, acompañado de su primo, Francesc de Borja, protonotario apostólico y tesorero de la Santa Sede, su sobrino el cardenal-arzobispo de Monreale, Joan de Borja i Llançol, y el jurista y obispo auxiliar de Lérida, Francesc de Remolins —que acababa de volver de Florencia tras condenar a la hoguera a Savonarola—, se retiró a la sala de los Santos.

Allí aguardaban Lucrecia, su marido, Alfonso d’Aragona, Vannozza y un par de cubicularios que servían vino fresco de los castillos romanos y repartían mazapán, peladillas y frutas confitadas.

— Cosí —interpeló el arzobispo de Cosenza al pontífice—, ¿te has fijado en la cara de susto que ha puesto el camarlengo cuando has anunciado que sería el encargado de supervisar las obras del nuevo acceso? ¡Parecía que hubiera escuchado al mismísimo Satanás!

Francesc de Borja i Navarro d’Alpicat, arzobispo de Cosenza, era la única persona en el mundo que no sólo tuteaba al papa de Roma, sino que se dirigía a él como «primo» y, además, siempre le hablaba en el valenciano natal de ambos.

Pese al parentesco y que tenían casi la misma edad, nadie hubiera podido decir que eran parientes.

Francesc, hijo del papa Calixto III, era un hombre alto, seco y nervudo, que comía poco, bebía aún menos y no parecía tener más pasiones que la de los números y las cuentas.

Por esa razón era el tesorero general de la Santa Sede.

—¡Ha sido lo mejor del consistorio! —rio el santo padre—. El sobrino del papa Sixto tendrá que hacer de capataz a mi servicio en la obra más grandiosa de Roma desde los tiempos del emperador Augusto.

— Cosí , con que la décima parte de la belleza de estos aposentos —añadió Francesc de Borja— se trasladara a las calles en forma de iglesias, fuentes y edificios públicos, ya pasarías a la historia como el gran reformador de Roma.

El primo del papa señaló los frescos de los lunetos en los que se representaban siete escenas de las Sagradas Escrituras.

El primero, sobre la puerta, representaba la visitación de santa Isabel a María, en la que el Pinturicchio había pintado el rostro de la prima de la Virgen según las indicaciones del propio papa para que se pareciera a su madre, que también se llamaba Isabel.

En el segundo luneto estaban retratados los eremitas san Antonio Abad y san Pablo de Tebe.

En el tercero se contaba la fuga de santa Bárbara de la torre donde la encerró su padre antes de decapitarla, y, en la cuarta, se representaba la historia de la casta Susana y los viejos.

Junto a las ventanas del aposento estaba la escena del martirio de san Sebastián —la preferida de Lucrecia, porque consideraba que el patrón de los soldados se parecía a su marido, especialmente cuando estaba desnudo—, pero la más bella de todas las pinturas se desplegaba en la pared opuesta a las aperturas y, por tanto, siempre estaba iluminada por el sol.

El fresco reproducía la disputa de santa Catalina de Alejandría y, en él, el artista había representado a toda la familia papal.

La santa tenía el rostro de Lucrecia y los dos pajes que estaban a su espalda, los de Jofré y su esposa, Sancha d’Aragona.

Juan, el difunto duque de Gandía, aparecía en el extremo derecho de la obra, vestido a la morisca y a lomos de un magnífico caballo blanco, mientras que César Borgia había sido retratado como el emperador.

Por último, sobre la puerta que daba a la contigua sala de los Misterios, el Pinturicchio pintó a la Virgen enseñando a leer al Niño Jesús.

Ése había sido el fresco favorito del papa porque la cara de la Madre de Dios era la de Julia Farnese, su amante.

Por esa misma puerta entró el maestro de ceremonias del Palacio Apostólico, monsignore Burcardo. El clérigo alsaciano resoplaba como si hubiera estado cargando sacos de piedra.

—¡Santidad! —bufó—. Disculpadme, santidad.

—Sosegaos, monsignore —contestó, jovial, el papa—. ¿A qué viene tanto sofoco? No creo que los franceses hayan vuelto a invadir Italia, ¿no?

Todos, salvo el alto funcionario papal, rieron la ocurrencia del santo padre.

— Beatissime pater —balbuceó—, los embajadores de los reyes de Aragón y Castilla siguen en la sala de los Pontífices y piden audiencia inmediata con vos.

—¿Qué? —La expresión divertida del santo padre se disolvió—. Ni es día de audiencia de embajadores, ni tienen estos gentilhombres la potestad para poder hablar con el vicario de Jesucristo cuando ellos quieran.

—Eso ya se lo he dicho yo, santidad —dijo el clérigo—, pero se han negado en redondo y, junto a su séquito, siguen en la sala de los Pontífices, charlando como si estuvieran en una posada. ¡Hasta me han ordenado que les trajeran vino y algo de comer!

El papa se levantó como si su trono estuviera tapizado con carbones al rojo vivo. El buen color de las mejillas provocado por el vino y los dulces se trocó en un blanco lívido de cólera.

— Com s’atrevixen? —bramó en valenciano, como hacía cuando perdía los estribos—. Joan, avisa a Rodrigo perquè porte a la guàrdia pontifícia i els tiren a colps de llança si és necessari. Ara!

La orden dirigida al cardenal de Monreale para que su hijo Rodrigo, capitán de la guardia pontificia, expulsara a aquellos patanes a golpe de lanza si era necesario se debió oír incluso en la propia sala donde aguardaban los legados.

No obstante, el sobrino del papa era un buen diplomático y calculó las causas del comportamiento de los embajadores y las consecuencias que podría tener que los representantes de los Reyes Católicos fueran sacados a patadas del Palacio Apostólico, por mucho que lo merecieran.

— Oncle —le dijo a su tío—, pensad un poco. Que los dignísimos embajadores se estén comportando como rufianes de taberna en la Santa Sede no tiene otro propósito que lo que ya han conseguido en parte.

—¿El qué? —inquirió el papa—. ¿Qué propósito?

—Que os domine la ira y hagáis algo estúpido. Habrán oído los gritos y esperarán algún tipo de violencia. Buscan una excusa para una nueva querella.

—Tienes razón.

—¿Entonces? —intervino el cardenal de Cosenza—. ¿Qué vamos a hacer?

—Darles audiencia, naturalmente —respondió el santo padre—. Una audiencia pontificia como es debido.

El pontífice guiñó un ojo a los presentes antes de retirarse a sus aposentos privados junto a los dos cardenales Borja y el doctor Remolins, el cual salió unos instantes después con instrucciones bien precisas para el maestro de ceremonias.

— Monsignore Burcardo —dijo el jurista—, llevad a los embajadores de Aragón y Castilla a la sala del Papagayo para que aguarden allí a su beatitud. Que los escolten una veintena de lanceros de la guardia pontificia.

—De inmediato, excelencia reverendísima.

—Y otra cosa —añadió con gesto neutro—, no hay prisa para que lleguen.

El maestro de ceremonias salió a la carrera para cumplir las órdenes.

Le inquietaba un poco que Alejandro VI hubiera elegido la estancia vaticana que se utilizaba para la celebración de los consistorios secretos; es decir, aquellos a los que sólo podían asistir los cardenales y en la que, con toda seguridad, los embajadores no habían puesto un pie en su vida, aunque tampoco volverían a hacerlo.