El mirto y el puñal 33
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Lucrecia se despertó con el tañido de las campanas que llamaban a las monjas y los frailes al oficio de laude, el del amanecer.

Sin embargo, la aurora parecía llegar con retraso, ya que fuera aún estaba oscuro y frío.

Comprobó que el estrépito de los badajos contra los bronces de las torres de los monasterios y conventos no hubieran despertado al hombre con el que compartía el lecho y cuya respiración, profunda y pausada, se acompasaba con los mil rumores de la madrugada romana.

En cuanto llegara la luz —que Lucrecia esperaba en su aposento del palacio de Santa Maria in Porticu, a dos pasos del Palacio Apostólico—, las cien iglesias y siete basílicas de la ciudad se llenarían con las salmodias de la vigilia por las almas de los muertos y, al oscurecer, las tumbas de los cementerios que rodeaban los templos se iluminarían con miles de llamas diminutas.

No se vería ni un alma por las calles, puesto que el día de difuntos y el Viernes Santo eran las dos únicas jornadas en las que las más de siete mil prostitutas de Roma tenían prohibido ejercer su oficio; tanto en los lujosos caserones de las cortigiane oneste —las cortesanas honestas que vendían sus cuerpos a la nobleza y al alto clero— de la via dei Coronari, como en las posadas del puerto de Ripetta o los burdeles del Trastévere, donde la carne de ramera era más barata que la de gallina vieja.

La milicia urbana y la guardia pontificia recorrerían las calles para asegurarse de que lupanares y tabernas mantenían las luces apagadas y las puertas cerradas para no ofender el rezo ni el recuerdo de los muertos.

Lucrecia no quería rezar por sus muertos.

Ni siquiera recordarlos, para no empañar la felicidad en la que había vivido durante los últimos meses y que ahora la atormentaba.

Sin embargo, en aquel momento —sentada en el borde de la cama, sin nada más con lo que tapar su desnudez que las tinieblas—, se fustigaba a sí misma con el látigo de la culpa y el remordimiento.

La silueta de su segundo esposo, perfilada bajo las sábanas de fina seda valenciana, avivaba las llamas de la pasión y los rescoldos del remordimiento.

Contemplar aquel cuerpo, bello como la estatua de Apolo del cardenal Della Rovere, era como volver a tener en su lecho a su amante muerto.

Habían pasado ocho meses desde que el cuerpo de Perotto —junto al de Pentesilea— había aparecido en las riberas fangosas del Tíber.

Lucrecia se había esforzado en enterrar el recuerdo de aquellos días amargos tan hondo como el de los días dulces de su infancia en la abadía de Subiaco, donde pasaba los veranos junto a César para ponerse a salvo de las pestilencias que, cada estío, diezmaban la ciudad de Roma.

La hija del papa se levantó y se dirigió a la ventana.

Hacia el este, el cielo empezaba a clarear y perfilar los picos de los montes Simbruinos.

Sin embargo, dirigió su mirada al norte, como si sus ojos claros tuvieran la luz suficiente para horadar la oscuridad y llegar a la fortaleza de Espoleto, donde criaban a Giovanni, el hijo que tuvo con Perotto.

A veces se consolaba pensando que, al menos, pudo amamantar a su hijo recién nacido durante algunas semanas.

Más que su cara, recordaba mejor el tacto y la presión de sus minúsculos labios en los pezones.

Y, sobre todo, el llanto —claro y potente— con el que la criatura llegó al mundo y le exigía alimento.

A veces, como le estaba ocurriendo aquella mañana, creía que eran los gritos de su hijo, pese a los cientos de leguas que separan Roma de Espoleto, lo que la despertaba en plena hora del lobo, justo antes del amanecer, cuando la madrugada es más oscura y los remordimientos más amargos.

Nunca le llegaban cartas desde la rocca Albornoziana.

Dos monjas dominicas junto a cuatro nodrizas, media docena de criados y un par de hombres de armas —valencianos de toda confianza de César y el papa— se ocupaban de Giovanni.

De vez en cuando, la madre Girolama Picchi, la abadesa del convento de San Sixto Viejo, recibía noticias de sus monjas desde Espoleto y se las trasladaba, con total discreción y siempre de palabra, a la propia Lucrecia.

«El niño come bien, señora. Duerme casi de un tirón todas las noches.

No suele tener fiebre ni demasiados gases.

Sor Amalia dice que ya ha cambiado el color de los ojos. Sí, señora, sí. Son negros.»

«Como los tenía su padre —recordó Lucrecia mientras escrutaba el horizonte en dirección a Espoleto—. Negros como las aceitunas de empeltre de los llanos de Belchite de donde era su familia. Negros como el pecado y la culpa.»

No quiso que los recuerdos laceraran su corazón con sus filos helados y se alejó de la ventana.

Aun así, el escalofrío que recorrió su espalda desnuda la empujó de nuevo a la cama.

Se metió entre las sábanas y buscó el contacto tibio de la piel de su marido.

Notó la tensión de uno de los muslos duros de su amante dormido cuando, con su mano derecha, lo recorrió desde la rodilla hasta la ingle.

Hundió la cara en el hueco entre el cuello y el hombro de su esposo para embriagarse con el aroma a almizcle, clavo y aceites egipcios del carísimo bálsamo florentino con el que, a diario, se perfumaba, mientras enredaba los dedos en el vello púbico.

Con suaves tirones le devolvió la vida al miembro viril antes incluso que a los párpados de Alfonso d’Aragona.

El joven príncipe sonrió aún con los ojos cerrados, pues no quería abrirlos para mantenerse más tiempo en esa zona fronteriza entre el sueño y la vigilia; entre la promesa y el placer.

—No ha salido el sol todavía —dijo con una sonrisa—, ¿verdad?

—No tardará —susurró Lucrecia con los labios pegados al oído de su amante y todo el vigor ya cautivo en su mano—. Tampoco lo necesito.

Alfonso se tumbó boca arriba y se dejó hacer sin abrir los ojos.

No quería ver cómo la claridad mortecina de la aurora se convertía en un torrente rojo que entraba a raudales por la ventana mientras el fuego le crecía entre las piernas.

Lucrecia apartó la sábana de un manotazo para contemplar la belleza del cuerpo desnudo, bañado en una luz tan roja como la sangre que notaba arder en sus entrañas y que se convertía en deseo, húmedo y profundo, entre las piernas.

A sus ojos, llenos de amor y deseo, su marido era la viva estampa del san Sebastián que el Pinturicchio había pintado en la sala de los Santos de la torre Borgia.

Sin embargo, en vez de estar amarrado al tronco de un árbol de la colina del Palatino, era un cautivo sujeto por cuerdas invisibles al colchón y atravesado por una única flecha, en el mismo centro de su cuerpo, que el amanecer doraba, salvo en la parte en la que el vello oscuro dibujaba encajes negros como los bordados de Flandes.

Lucrecia aún retenía en los pezones y el cuello el recuerdo de la saliva, los labios y los dientes de Alfonso, pero en ese momento no quería más juegos ni besos.

Lo quería dentro. Se incorporó y, a horcajadas, hizo desaparecer en su interior el espolón con tanta fuerza que su marido soltó un grito ahogado en el que se mezclaba la sorpresa, el dolor y el placer.

Tras un parpadeo, se aferró a las caderas de su mujer, pero ella se liberó de su presa con violencia.

—¡No te muevas, Alfonso! —exclamó Lucrecia—. No te muevas.

El príncipe napolitano obedeció. Se convenció en aquel instante de que la orden de permanecer inmóvil no surgía de garganta de hembra, sino del mismo Altísimo desde su trono celestial.

Lucrecia se acomodó al dulce empalamiento y comenzó a mover sus caderas, nacaradas por la luz del sol recién nacido, hacia delante y atrás.

Al principio, de forma muy suave y, al cabo de unos instantes, que encerraban la eternidad, con un ímpetu que se transformó en furia salvaje y animal.

Se sentía llena, poderosa y victoriosa en aquel combate que aún no había finalizado. Le vinieron a la cabeza unos versos de Ovidio: «Militat omnis amans», ‘todo amante sirve como soldado’.

Cada vez que su marido intentaba sujetarla por los muslos y los glúteos o levantaba las manos hacia el cielo para alcanzar sus senos, Lucrecia rechazaba tanto las caricias como sus súplicas mudas.

Lo hizo varias veces hasta que se abatió sobre él, lo sujetó por las muñecas y las hundió entre los pliegues del colchón relleno de suave lana castellana.

Pronto, muy pronto, Lucrecia llegó al clímax; uno de los más intensos que había sentido en su vida.

Sancha d’Aragona —su cuatro veces cuñada, pues era la hermana mayor de su marido, estaba casada con Jofré, su hermano pequeño, y había sido la amante de César y del difunto Juan casi a la vez— le había explicado cómo poseer así a un hombre.

«De esa manera lo hacen las cortesanas napolitanas más refinadas y expertas, hasta que vuelven locos a los gentilhombres que las frecuentan; de forma que no pueden vivir ya sin sentir su dominio, por lo menos, dos o tres veces por semana.

» En verdad, Lucrecia percibía como el altivo y orgulloso duque de Bisceglie y príncipe de Salerno, por cuyas venas corría la misma sangre del poderoso Alfonso el Magnánimo de Aragón y el cruel Ferrante de Nápoles, se había convertido en un juguete con el que podía hacer lo que quisiera.

En ese momento, estuvo segura de que, si le hubiera pedido que muriera allí mismo por ella, él habría accedido gustoso a su demanda.

Ahíta de amor, liberó a la presa que tenía entre sus muslos y se dejó caer al lado de su marido, el cual aullaba de pasión insatisfecha, gimiendo por más caricias que pusieran fin al tormento del deseo.

Ella se incorporó y lo miró con una mezcla de orgullo y lástima, por verlo tan vulnerable convertido en una piltrafa.

Aferró la verga, palpitante y temblorosa como el resto del cuerpo, y, con apenas unas sacudidas enérgicas de su mano pequeña y blanca, hizo que se derramara la vida entre sus dedos, mientras Alfonso arqueaba la espalda igual que si el lecho estuviera sembrado de carbones encendidos.

Se sentía amada. Se sentía deseada.

Y se sentía poderosa.