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Un pequeño espejo le devolvió su propia imagen y, pese a la tristeza que brillaba en el fondo de sus pupilas, le gustó lo que vio en el azogue: a sus dieciocho años, no había necesidad de aplicarle polvos o afeites en los labios y mejillas.
Aunque el Pinturicchio la había pintado rubia como santa Catalina de Alejandría en la sala de los Santos de la torre Borgia —donde se iban a celebrar los esponsales—, su espesa cabellera negra parecía absorber toda la luz que entraba por la ventana para devolverla con reflejos azulados.
Completaba el atuendo el vestido de satén carmesí de Cambrai combinado con una blusa de seda blanca y una capa corta de terciopelo negro, bordada con perlas y piedras preciosas.
Le pusieron un collar de oro que llevaba engarzada una aguamarina del tamaño de una almendra.
En un atril de su aposento privado descansaba un ejemplar del Vita Christi , de sor Isabel de Villena.
Era un volumen finamente encuadernado en el que la abadesa del real monasterio de la Trinidad de Valencia contaba la vida del Salvador, pero desde la perspectiva de las mujeres que habían rodeado a Nuestro Señor: su abuela santa Ana, su madre la Virgen y María Magdalena.
Estaba escrito en valenciano y su lectura había sido un gran consuelo —quizá el único— durante las amargas semanas que se habían sucedido tras el asesinato de Perotto.
Pasó con cuidado las páginas del libro que la monja clarisa había escrito para instruir a sus hermanas y se recreó en uno de sus pasajes favoritos, el de la Anunciación, en el que Dios no imponía nada a María.
—«¿Quién será el embajador que tramite este matrimonio?
» —leyó en voz alta lo que decía el arcángel Gabriel en el texto—.
«Que yo quiero dar gloria y honor a esta virgen con la que delibero firmar este matrimonio; que todo se hará con la voluntad y placer suyo.
Y si ella no quisiera dar su consentimiento, no habrá nada que hacer. »
Las criadas —ambas romanas— se miraron e intercambiaron discretas muecas para indicarse que no entendían ni una palabra de lo que su señora estaba leyendo.
Sí que lo hizo Vannozza, que, por toda respuesta, se santiguó con el mismo fervor con el que se santiguaba al escuchar una lectura del Evangelio.
—Bien podéis persignaros, madre —dijo Lucrecia al advertir el gesto—, aunque esto no lo escribiera un apóstol.
—Pero sí lo hizo una evangelista. O, al menos, para mí lo fue. Llegué a conocer a sor Isabel de Villena. Y tú también, aunque no te acuerdes porque eras muy pequeña.
Lucrecia no guardaba memoria alguna de la abadesa del monasterio de la Trinidad de Valencia, donde vivió sus últimos días la reina María de Castilla —la esposa legítima y abandonada de Alfonso el Magnánimo—, cuya fama como escritora había llegado a toda Europa.
—Murió hace ocho años —continuó Vannozza—, a causa de un brote de peste que diezmó mi ciudad natal. Gracias a su sucesora, la abadesa Aldonça de Montsoriu, tenemos ese volumen.
—Ninguno de las docenas de obispos, cardenales, curas y frailes con los que he tratado aquí en Roma me han hablado de Nuestro Señor de este modo, madre.
Ni de Dios tampoco. Mira lo que pone en labios de Eva: «El Señor —continuó leyendo— me ha creado más amable y mucho más piadosa que al hombre, porque yo siento el dolor de mis hijos intensamente» .
—Tiene razón. Por eso sufrimos más.
—Y me ha gustado especialmente lo que cuenta de María Magdalena. No era una prostituta que Nuestro Señor redimió, sino una discípula fiel y valiente que fue víctima de las habladurías —suspiró—. Como yo.
—No hagas caso, Lucrecia. A mí también me llaman la madre de los hijos del papa cuando no me tachan de puta o, en el mejor de los casos, de alcahueta y tabernera.
A pesar de todas las donaciones que he hecho a conventos e iglesias.
Hace años que llegué a la conclusión de que es inútil luchar contra eso, hija.
Lo único que nos queda es ignorarlos a todos e intentar ser felices.
—¿Y podré ser feliz con mi nuevo marido, madre?
—Lo que podrás hacer es intentarlo. Yo lo vi ayer. Cabalgaba junto a tus hermanos Jofré y César y se acercaron hasta mi viña en el Esquilino. Es un apuesto príncipe, Lucrecia, gentil y educado. No veo por qué no ha de gustarte. Y tú a él. Te aseguro que es muy distinto al Sforzino.
Desde el patio, llegó hasta el aposento el ruido de las caballerías que arrastraban el carruaje con el que la trasladarían al Palacio Apostólico.
Una escolta de la guardia pontificia abrió el camino por las calles de Roma, que, pese a todo, se llenaron de curiosos que pugnaban por ver de cerca a la hija del papa, sobre la que circulaban todo tipo de rumores y chismes.
Había quien decía que su propio padre la iba a desflorar en la misma sacristía de la basílica de San Pedro; otros negaban tal extremo, pues sabían de buena tinta que su hermano el cardenal César Borgia lo había hecho ya, y sobre el sagrado velo de la Verónica.
Había quien aseguraba que el Sforzino había huido, precisamente, para no soportar la vergüenza, y por eso los Borgia querían matarlo.
También se hablaba de venenos, brujería, orgías en el Palacio Apostólico y pactos con el diablo para mantenerse joven y bella, sin tener en cuenta que, a los dieciocho años, pocos acuerdos satánicos se necesitan para ser atractiva.
Los delirios y embustes se sucedían sin que nadie en toda la ciudad dijera palabra alguna sobre Perotto, el pequeño Giovanni o la desdichada Pentesilea.
Una vez más, se demostró que el pueblo prefiere creer que saber; es más fácil.
Lucrecia esperó a hacer su entrada en la sala de los Santos a que el obispo Joan Marrades se colocara detrás del altar.
Le había pedido permiso para ocuparlo al santo padre, que se había aposentado en el trono dorado para recibir el beso de los asistentes en el zapato rojo.
Cuando Lucrecia estuvo al lado de Alfonso d’Aragona, comprobó que Sancha y su madre no le habían mentido.
El mozo era, de verdad, apuesto. No había heredado los ojos azules de su abuelo el rey Ferrante —como su hermana mayor—, pues los tenía castaños.
Al igual que la cabellera, que le caía sobre los hombros y que sujetaba bajo un bonete verde de terciopelo en el que estaba prendido un zafiro.
Vestía un jubón de seda del color del vino tinto y unas calzas negras con una tira de pequeñas perlas en las costuras.
Era alto, bien proporcionado y de sonrisa dulce.
Portaba una espada de mango dorado y, prendidas del pecho, las insignias de comandante de los ejércitos de Nápoles.
Tras la ceremonia, los invitados pasaron a una sala contigua, en la que se habían dispuesto mesas llenas de bandejas con mazapanes, frutos secos garrapiñados, capones asados con miel, fruta escarchada y jarras de vino.
Quizá fue el licor y las golosinas. Quizá fueron los compases del passo doppio o los de la bassa danza nobile e misurata que interpretaron los músicos para que los invitados —entre ellos, el propio papa— bailaran.
Quizá fueron las palabras dulces que su nuevo marido le dedicó durante toda la noche.
O puede que fueran las líneas escritas por sor Isabel de Villena que aún resonaban en su memoria.
Ni la propia Lucrecia llegó a saberlo nunca con certeza.
De lo único de lo que se convenció en aquel momento, tal y como le había dicho su madre, es que podía intentar ser feliz.