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Los pasillos y salas del palacio de Santa Maria in Porticu habían sido limpiados a conciencia.
Cuencos de bronce pulido con agua y esencia de lavanda en su interior habían sido dispuestos por dinteles y repisas para perfumar el ambiente.
También se habían adornado las columnas y vigas con tallos de romero fresco, flores y palmas blancas.
El patio interior había sido cubierto con un enorme toldo, para mantenerlo fresco, y alfombrado con ramas de mirto al estilo valenciano.
Lucrecia recorría, sola, las dependencias de la mansión que, por segunda vez, iba a ser su hogar en Roma, aunque con un nuevo marido.
Otro marido al que no había visto nunca y con el que se iba a casar aquella misma mañana.
Los sirvientes inclinaban la cabeza a su paso a la espera de una palabra o gesto de aprobación por el trabajo realizado para adornar el palacio para la boda.
Sin embargo, Lucrecia se limitaba a mantener la mirada baja y las manos plegadas sobre el vientre, ahora tan plano y vacío de vida como su alma.
Se llevaron a su hijo el día después de la natividad de san Juan; el mismo día en el que abandonó el convento de San Sixto.
Dos monjas dominicas iban a ocuparse de Giovanni durante sus primeros años de vida.
«Así lo ha dispuesto, signora —le dijeron—, el santo padre.
» Pero no les creyó. En todo caso, el papa habría autorizado lo que César le hubiera propuesto.
De todos modos, no era mal sitio el que se había pensado para el infante: la rocca Albornoziana de Espoleto, la impresionante fortaleza levantada por el cardenal-guerrero castellano —de ahí su nombre— hacía ciento treinta años.
—No te preocupes, germaneta —le había dicho César—.
Tu hijo será educado como un príncipe, a mis expensas y bajo mi cuidado.
Lo reconoceré como si fuera mío y lo traeremos de vuelta en cuanto podamos.
Pero, por ahora, nadie puede saber de su existencia ni de su origen. Especialmente tu nuevo marido.
Perdonar a César y al santo padre había sido un proceso doloroso, pero lo había conseguido.
O, al menos, así quería creerlo. En parte, porque no tenía más remedio.
¿Qué otra cosa podía haber hecho? Ellos lo tenían todo.
Lo controlaban todo. «Este mundo, Lucrecia —le había dicho su madre, Vannozza, durante las amargas horas que siguieron al hallazgo de los cadáveres de Perotto y Pentesilea en el Tíber—, no está hecho para las mujeres.
Sólo podemos aspirar a sobrevivir en él con las pocas armas que Nuestro Señor nos dio.
» Las muertes de Perotto y Pentesilea eran las dos terribles pruebas de que su madre tenía razón.
Aun así, Lucrecia no era una lavandera ignorante y sabía que había excepciones.
En su mente brillaban los ejemplos de Caterina Sforza, Bartolomea Orsini o Isabel, la reina de Castilla y conquistadora de Granada.
Las Sagradas Escrituras contaban la historia de Débora, la jueza de Israel; la de Judith y Yael —que mataron a Holofernes y a Sísara, respectivamente—, o la de la diaconisa Febe de Céncreas, que mencionaba san Pablo en su Carta a los romanos.
Los textos antiguos también narraban las vidas de grandes damas como Livia, la esposa de Augusto, Cornelia, la madre de los Gracos, o la reina Cleopatra; y lo mismo hacían las viejas leyendas griegas protagonizadas por poderosas ninfas y semidiosas, como Calisto o Circe.
Y hasta en la misma corte vaticana —en voz baja, pues a los bibliotecarios pontificios no les gustaba recordarlas—.
Lucrecia había oído hablar de Teodora y Marozia, las dos mujeres que, hacía seiscientos años, habían gobernado Roma a través de seis papas.
Durante un cuarto de siglo, madre e hija controlaron el gobierno de la ciudad, un periodo que los prudentes eruditos —todos hombres piadosos— llamaban pornocracia; es decir, el gobierno de las rameras.
—¿De qué han servido, madre —le había preguntado a Vannozza—, tantos libros de latín y griego y tantas horas aprendiendo a hacer cuentas, si al final me tratan como una yegua a la que, incluso, le arrebatan su potrillo porque su casta no es de su agrado?
¿Es que acaso las mujeres no podemos ser otra cosa que ganado?
¿Es que sólo merecemos el respeto, no cuando hacemos el trabajo de los hombres, sino cuando nos convertimos en hombres?
Durante su encierro en San Sixto —y en especial tras la muerte de Perotto y el nacimiento de Giovanni—, su madre, ausente durante tantos años, había sido su único consuelo.
Era la única que podía entender el dolor que las oraciones y los rosarios no eran capaces de aliviar.
Vannozza, además, se había vuelto a instalar en el palacio de Santa Maria in Porticu, hasta que se celebrara el matrimonio con el duque de Bisceglie.
Tanto su madre como su cuñada, Sancha d’Aragona, llevaban días insistiendo en la magnífica negociación que César y el papa habían llevado a cabo para buscarle un nuevo marido.
El novio, que era el hermano pequeño de Sancha, tenía diecisiete años y Lucrecia, quince meses más.
La hija del papa se asomó a uno de los balcones del palacio.
Hacia el norte se recortaba la silueta del castillo de Sant’Angelo y, a su izquierda, el Palacio Apostólico con la torre Borgia, donde se iban a celebrar los esponsales.
El antiguo secretario y confesor del pontífice, Joan Marrades, era el encargado de oficiar la ceremonia a la que seguiría una pequeña recepción.
«Para mi segunda boda —pensó Lucrecia— no habrá volteo de campanas, tronar de salvas de pólvora ni César alanceará toros bravos en la plaza Navona; tampoco se repartirá vino y dulces en las calles de Roma para celebrar que se casa la hija del papa.
» Nadie le había explicado el motivo de tan poca fiesta, aun cuando el santo padre no era de los que reparaban en gastos cuando se trataba de celebrar un triunfo y exhibir su poder y magnificencia.
A nadie le importaba lo que ella sentía o quería.
Los criados, que daban los últimos retoques en la decoración de la capilla bajo las órdenes de Vannozza, contemplaron horrorizados como Lucrecia deambulaba por el palacio con el pelo enmarañado, en camisa de dormir, los hombros al aire y descalza.
La conminaron a volver a su habitación. Obedeció como obedecen los imbéciles, con la mirada vacía y la expresión muerta, como si todos aquellos preparativos le fueran completamente ajenos.
Había sufrido tanto que, en lugar de endurecerse, se había convertido en agua.
En aquel momento pensaba que, tras la muerte de su amante y de su confidente y de que le arrebataran a su hijo, ya le había pasado lo peor que le podía pasar en la vida.
—Lucrecia —le dijo su madre—, es hora de que te prepares. Debes estar más bella que nunca para tu nuevo marido. Ven.
En ese instante, algo despertó en su interior.
Algo que podía sacarla de la apatía y la melancolía y darle fuerzas para negarse; para gritar hasta quedarse afónica mientras destrozaba con sus propias manos los centros de flores y los enramados de mirto y palmas blancas, volcaba muebles, hacía añicos la vajilla, y le sacaba los ojos con sus propias uñas a quien se interpusiera en su camino.
Sin embargo, no lo hizo. Siempre es más fácil ser valiente en la imaginación que en la realidad.
Nadie le había pedido entonces que amara a su anterior marido —el mezquino Giovanni Sforza— y tampoco se lo pedían ahora.
Eso sí, su cuñada Sancha, como es natural, se deshacía en elogios hacia su hermano pequeño.
«Ya verás, Lucrecia —rememoraba—. Alfonso es un gentil príncipe napolitano, guapo, educado y cariñoso.
Te gustará.» Sancha había sido su amiga y confidente desde que llegó a Roma y no tenía motivos para mentir ni manipularla.
Sin embargo, no podía evitar recordar que cosas parecidas le había dicho el cardenal Ascanio de su primo el Sforzino, y el conde de Pésaro había resultado ser un miserable traidor.
Además, entonces era una niña que todavía jugaba con muñecas a la que vistieron de novia para casarla con un hombre de treinta años.
Ahora era una mujer hecha y derecha, que había conocido la pasión del amor y el dolor del parto, y a la que le habían arrebatado lo más preciado para ella de la manera más cruel.
Su madre la condujo a sus aposentos privados, donde un par de doncellas tenían preparado un barreño de bronce lleno de agua tibia sobre la que flotaban pétalos de rosa y en la que vertían sales y esencias aromáticas.
Cuando la desnudaron añoró —tanto como el olor de la piel de su hijo recién nacido— las manos de ébano de Pentesilea deshaciendo los lazos de su ropa.
Su imaginación la llevó a una ribera del Tíber, donde habían encontrado, entre fango y desperdicios, el cuerpo aún bello pero inerte de su esclava, ejecutada por haber cometido el crimen de quererla tanto como para guardar sus secretos.
Se dejó hacer. Las doncellas, pese a todo, conocían bien su oficio y la lavaron y perfumaron con esmero.
Después le secaron el pelo y lo arreglaron como más le favorecía: suelto sobre los hombros y con dos finísimas trenzas con hilo de oro que nacían en las sienes y se unían de nuevo justo encima de la nuca.
Luego le pusieron una pequeña tiara, de la que pendía una gruesa perla en forma de lágrima que le caía sobre la frente.