El mirto y el puñal 31 #2
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—Su alteza Federico d’Aragona —comentó el embajador— no ha de temer tanto a mi soberano como a su primo Fernando. Si alguien quiere unificar de nuevo el antiguo Reino de las Dos Sicilias, y añadirlo a sus Estados, ése es el rey de Aragón. Y, además, tiene la ambición y los medios para hacerlo.

—Nos consta, excelencia —dijo el papa—. Igual que nos constan las legítimas reclamaciones de vuestro rey sobre el Ducado de Milán, pues tiene más derechos que sobre la Corona de Nápoles.

A fin de cuentas, Luis de Orleans es nieto de una Visconti y, por tanto, heredero directo de los ancestrales señores lombardos anteriores a los Sforza.

—No nos pasaron desapercibidas las maniobras que su cristianísima majestad —añadió César— llevó a cabo durante la invasión del rey Carlos en Rapallo y en Novara y que, de haber tenido más fortuna o el apoyo decidido del rey Carlos, hubieran acabado con la conquista de Milán.

El embajador esbozó ese tipo de sonrisa que los diplomáticos lucen cuando comprueban que su interlocutor sabe algo que no debería saber y que, por tanto, es necesario extremar la cautela. Los Borgia estaban mejor informados de lo que él creía.

—Entiendo —dijo.

—Lo que el cardenal de Valencia está sugiriendo, excelencia —continuó Alejandro VI—, es que el papado no intervendrá si el rey Luis, una vez que esté felizmente casado con la duquesa Ana de Bretaña, decide resolver a su favor..., digamos..., la cuestión milanesa.

—¿A cambio de?

—A cambio de una alianza permanente entre los Borgia y los Valois, señor embajador —contestó el santo padre—. Una alianza que permita que mi hijo César se case con Carlota, la hija del rey Federico.

—Sabed, excelencia —apuntó César—, que voy a renunciar al capelo cardenalicio y a mi condición de eclesiástico para asumir la dignidad de gonfaloniero y capitán general de la Iglesia.

Y ese cargo es compatible con la titularidad de un ducado francés que abriría la puerta del Reino de Nápoles a vuestro monarca en el momento en el que me despose con la hija del rey Federico; pues, como sabéis, en el Reino del Sur no rige la ley sálica y las hembras pueden heredar el trono.

—Pero sois valencianos de nacimiento —recordó el embajador—, súbditos, por tanto, del rey Fernando de Aragón, al que vos mismo, santidad, le otorgasteis el título de Rey Católico por sugerencia del almirante de Castilla, Enrique Enríquez, el suegro del duque de Gandía, que en paz descanse.

Y, además, el rey Federico tiene un hijo, eminencia —continuó el barón de Trans—, que se llama Alfonso, tiene once años y es duque de Calabria. Y puede concebir muchos hijos más.

—O que no nazca ninguno. O que no sobrevivan a la infancia —zanjó César mientras se servía una copa de vino—, como le ocurrió al rey Carlos cuya desgracia ha traído consigo, precisamente, la buena fortuna del rey Luis. Y también la vuestra, embajador.

Louis de Villeneuve no podía dar crédito a lo que estaba oyendo.

Había escuchado algún rumor sobre la creciente influencia del cardenal César Borgia sobre el papa Alejandro VI, pero no podía imaginar que fuera tan grande ni tan ambiciosa en sus objetivos.

Por un momento tuvo la tentación de reírse, pues le resultaba difícil de creer que aquellos valencianos —poco más que labradores, curas de pueblo y salteadores de caminos apenas dos generaciones atrás— estuvieran pensando en fundar una dinastía real.

Sin embargo, se contuvo. Por indigno que le pareciera el árbol genealógico de aquel pontífice gordo y simoníaco, era el único que podía concederle a su soberano la anulación de su matrimonio con Juana de Valois.

Si para eso había que darle un ducado con el que conseguirle una novia de sangre real al cardenal César Borgia, el precio era alto, pero asumible.

—Como bien sabéis —terció el papa—, la princesa Carlota d’Aragona se educa en la corte de la duquesa Ana de Bretaña.

Su padre, el rey Federico, ha dicho que no pondrá traba alguna al matrimonio con mi hijo siempre y cuando la doncella acceda.

Como es natural, una novia de esa categoría no puede casarse con alguien de rango inferior en dignidad y nobleza.

Por eso, a cambio de la anulación de su matrimonio con Juana de Valois, el rey Luis concederá a César Borgia un ducado de buenas rentas y con la dignidad de par de Francia.

—Como supongo que os podéis imaginar, santidad —dijo el embajador—, no puedo tomar yo una decisión de esta magnitud. Se lo haré saber a su cristianísima majestad de inmediato.

—No esperaba menos, excelencia. E indicad también al rey que, aunque el proceso de anulación de su matrimonio se solvente en la archidiócesis de Tours, no será legalmente válido sin la expedición de una bula firmada y sellada por Nos.

Una bula que será llevada a Francia por el cardenal César Borgia.

—Me hago cargo, beatissime pater . Será un placer recibir en mi tierra a vuestro hijo con los honores que merece.

—No me cabe la más mínima duda, excelencia —dijo César—, de que disfrutaré de una mejor bienvenida en la corte de Blois como duque y par de Francia que como cardenal de Valencia, porque bien diferentes serán las bulas que porte conmigo de una u otra manera.

—Así lo haré constar, eminentissime pater . —El embajador se levantó y, tras una reverencia, se preparó para marcharse—. Si tengo vuestro permiso y vuestra bendición, me gustaría marcharme para despachar los correos hacia Blois lo antes posible.

—Contad con ambos, excelencia. Y decidle a vuestro rey que, con la carta, viaja también la bendición apostólica de Nos.

César también abandonó la sala de las Artes Liberales para acompañar al embajador hasta el patio interior, donde aguardaban sus sirvientes y sus cabalgaduras.

— Cominus et eminus —dijo el cardenal—. Me gusta el lema que ha elegido vuestro rey.

—De cerca y de lejos —tradujo el embajador—, como daña el puercoespín que adorna su escudo de armas como el toro el vuestro.

En realidad, era la divisa de su padre, el príncipe poeta Carlos de Orleans.

Supongo que veinticinco años de cautiverio en Inglaterra le dieron tiempo para componer algo más que los muchos poemas que escribió.

—Y también le dio tiempo a organizar el asesinato de Juan sin Miedo, el duque de Borgoña, para vengar la muerte de su padre.

—Veo, eminencia, que además de derecho civil y canónico, también sabéis de historia.

—Y de política, excelencia. También de guerra. Siendo hijo de quien soy, no he tenido más remedio que estudiar todas estas cosas; porque no heredaré más tierras ni títulos que los que yo mismo consiga.

—Con la ayuda de Dios.

—Y sin ella, excelencia. También sin ella.