El mirto y el puñal 31
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–Santidad —proclamó monsignore Burcardo—, su excelencia Louis de Villeneuve, barón de Trans y embajador de su cristianísima majestad el rey Luis de Francia.

—Sed bienvenido, excelencia —dijo el santo padre desde el trono papal, abriendo los brazos—. Ardíamos en deseos de conocer al representante ante la Santa Sede del soberano de Francia, filia primogenita Ecclesiae , para iniciar un tiempo nuevo de concordia.

—Gracias, beatissime pater —dijo el diplomático mientras se agachaba para besar el zapato rojo del pontífice—. Ésa es, en efecto, la intención de mi rey y señor.

El papa había asistido a la misa con motivo de la festividad de Nuestra Señora del monte Carmelo y había ordenado a la corte vaticana que acudiera con sus mejores galas a sudar en la ceremonia de recepción del embajador de nuevo rey de Francia, Luis XII.

Y es que la divina Providencia había querido que Carlos de Valois dejara este mundo de manera estúpida el mismo día en el que fray Girolamo Savonarola se negó a participar en la ordalía del fuego y su convento de San Marcos fue asaltado por los arrabiatti de Florencia, y él, detenido.

El rey de Francia se había dado un violento golpe contra el dintel de una portezuela; aunque, al principio, no pareció que aquello revistiera más gravedad que la de un monumental coscorrón que no le impidió jugar a la pelota, un par de horas más tarde se desmayó.

Murió tras nueve horas de agonía sin que sirvieran de nada las reliquias de la Virgen, san Claudio y san Blas que estaban en el castillo de Amboise. Tenía veintisiete años.

Al haber muerto sin descendencia, la corona de Francia había pasado al duque de Orleans, primo segundo de Carlos.

La repentina muerte del rey le había abierto el camino al trono de Francia al duque, pero también necesitaba que se le abrieran las piernas de la reina viuda Ana para anexionar a su corona el rico Ducado de Bretaña que ella poseía.

Como es obvio, para ello necesitaba casarse con ella y, por añadidura, requería del papa, porque Luis de Orleans ya estaba casado con la hermana mayor del soberano fallecido: Juana de Valois, más conocida como Juana la Tullida.

Para solucionar el embrollo, el nuevo rey había mandado a otro embajador a Roma con el que, tras la recepción oficial, se había reunido el santo padre junto a su sobrino, el cardenal de Monreale, en la sala de las Artes Liberales, donde también estaba César.

—Mi soberano, santidad —dijo el embajador—, necesita que se anule, y con la mayor premura posible, su matrimonio con la duquesa de Orleans.

—Y también reina de Francia —apuntó con malevolencia el sobrino del papa para que el diplomático no olvidara que estaba allí para pedir, no para exigir— por la gracia de Dios y hasta que no se disponga lo contrario.

Además, con doble derecho por ser la hija mayor del viejo rey Luis XI y la legítima esposa del nuevo rey Luis XII.

—En efecto, eminentissime pater , así es. —El diplomático no pareció acusar el golpe—. No obstante, esa unión debe anularse para que se pueda dar cumplimiento a lo establecido en las capitulaciones matrimoniales, que se firmaron para los esponsales del difunto rey Carlos...

—Por quien hemos rezado para que el Altísimo lo acoja en Su gloria —lo cortó el papa con una mentira mientras se santiguaba—. In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti.

—Amén —completó el barón de Trans algo molesto por la interrupción—. Como decía, con la duquesa Ana de Bretaña. En su día se dispuso que, en el caso de muerte sin descendencia masculina del rey Carlos, la duquesa se casaría con su sucesor.

—Si bien nadie pensaba entonces que tan encantadora y joven pareja real no fuera a ser bendecida con hijos sanos y fuertes. Ni que el rey Carlos iba a tener un final tan inesperado como —el santo padre ahogó una risita malévola— inconveniente.

—Pero así ha sido, santidad. De ahí que sea tan necesaria y perentoria la anulación de este enlace. La estabilidad de Francia, y la de Europa, dependen de ello.

—Pero, embajador —apuntó César—, en las capitulaciones matrimoniales no se establece que la reina viuda deba casarse obligatoriamente con el sucesor de Carlos de Valois si éste, como es el caso, ya estuviera casado.

Solamente se le prohíbe casarse con otro que no sea él, con lo que el Ducado de Bretaña podría volver a ser independiente de la corona francesa como, de hecho, lo ha sido durante siglos.

—Tenéis razón, cardenal de Valencia. Así es. Pero Francia estaría coja sin la Bretaña. Tan tullida y deforme como la reina Juana.

—¿Ése será el argumento principal del dubio —preguntó el primo del papa— que va a ser presentado para iniciar el proceso de anulación? ¿La condición física de la reina?

—Es una posibilidad, sí —contestó el embajador—. Aunque estamos abiertos, eminencia, a cualquier sugerencia para poder armar un caso sólido desde el punto de vista jurídico y canónico. Y nadie mejor que vos para instruirnos.

—El caso, excelencia —intervino el pontífice—, es débil. Muy débil. Aunque se podría alegar consanguinidad, ya que los bisabuelos del rey Luis y la reina Juana eran hermanos, este defecto fue subsanado por una dispensa del papa Sixto IV.

—¿Y alegar que no se consumó el matrimonio? —inquirió el diplomático—. ¿O que fue forzado?

—¿No hubo tiempo ni posibilidad para consumarlo durante veintidós años, excelencia?

—se burló César—. En ese caso, el duque o la duquesa tendría que haber presentado la solicitud de nulidad a los tres años de celebrarse el enlace.

Y respecto a lo del matrimonio forzado, no creo que a la reputación del rey le convenga ese pretexto.

Un rey no puede ser forzado a hacer nada que no quiera hacer, incluso antes de que fuera rey.

—Entiendo. Entonces, ¿qué posibilidades hay?

—Precisamente, la primera que habéis apuntado, excelencia —dijo el santo padre—. ¿Cómo de grave es la deformidad de la reina Juana?

—Considerable, santidad. Tiene la espalda torcida como una vid, una pierna más larga que la otra, el cráneo asimétrico y la cadera demasiado estrecha.

Tenía los dientes mal alineados, y digo tenía porque, aunque cumplió hace unos meses los treinta y cuatro años, ya no le queda ninguno.

Además, tiene los ojos desiguales y no poco sobrepeso.

Es tan poco agraciada, que Dios me perdone, que la madre del rey Luis se desmayó cuando conoció a su futura nuera y eso que entonces sólo tenía doce años.

—La fealdad de uno de los cónyuges —intervino César Borgia, que también era doctor en Derecho Civil y Canónico— no ha sido nunca un motivo jurídico válido para la anulación matrimonial.

—No obstante —insistió el diplomático—, mi soberano está dispuesto a jurar que jamás ha yacido con la reina Juana. Y también a aportar a un centenar de testigos que lo ratifiquen.

—En ese último caso —comentó el cardenal-arzobispo de Monreale—, la que tendría que solicitar la anulación es ella.

—La solución estará —terció el santo padre— en presentarlo todo.

La consanguinidad de Luis de Orleans y Juana de Valois, aunque dispensada por el papa Sixto, sigue siendo motivo de anulación, a lo que se puede unir que el viejo rey Luis XI obligó a su sobrino a casarse con su hija a pesar de que sabía que la doncella era non apta ad recipiendum semen virile debido a sus defectuosas hechuras.

—Que no era apta para recibir la semilla viril —tradujo el cardenal-arzobispo de Monreale—. Brillante como siempre, oncle . Así se unen en el mismo dubio dos motivos de invalidación matrimonial. Enhorabuena.

— Moltes gràcies, nebot —contestó el papa en valenciano con una sonrisa—, aún sé de leyes.

Sosegaos, excelencia —continuó el santo padre, dirigiéndose al francés—.

Encargaré al doctor Remolins, uno de mis mejores juristas, que prepare un memorándum para que los letrados de su majestad presenten el dubio ante el tribunal eclesiástico de Tours, a cuya archidiócesis pertenece el Ducado de Orleans, si la memoria respecto a las jurisdicciones francesas no me falla.

—No os falla, santidad —dijo el legado francés con una sonrisa de admiración pintada en los labios—, tampoco vuestro amplio conocimiento jurídico ni, por supuesto, el olfato político. Os aseguro que el rey Luis no olvidará este favor.

—Precisamente de eso, de favores —terció César—, queríamos hablaros.

—Os escucho, cardenal.

—Como sabéis, mi hermana Lucrecia está a punto de contraer matrimonio con el sobrino del rey de Nápoles.

—Sí, estoy al corriente de ese enlace. Enhorabuena, eminencia.

Todas las cortes de Italia sabían que la boda de Lucrecia Borgia con Alfonso d’Aragona —el hermano pequeño de Sancha— se iba a celebrar cuatro días antes de la festividad de Santiago Apóstol.

Por eso, durante los últimos cuatro meses, el papa y César habían negociado con el tío del novio —el rey Federico de Nápoles— las condiciones del nuevo casamiento para la hija del papa.

Lucrecia aportaría una dote de cuarenta mil ducados y el palacio de Santa Maria in Porticu, donde viviría la joven pareja.

—La boda de mi hermana con el duque de Bisceglie y príncipe de Salerno —continuó el cardenal valenciano— no debe ser tomada como un gesto poco amistoso de la casa Borgia hacia el rey de Francia. Más bien todo lo contrario.

César ya dominaba el lenguaje diplomático; es decir, el arte de decir las cosas sin decirlas o sin que parezca que se dicen.

De esa forma, se refería a que era consciente de que Luis XII, en su coronación en la catedral de Reims hacía poco más de dos meses, se había proclamado —al igual que su antecesor— rey de Francia, Sicilia y Jerusalén.

O, lo que era lo mismo, que al menos de palabra mantenía intactas las ambiciones de su primo sobre la corona de Nápoles. Y no sólo ésas.