El mirto y el puñal 30 #2
39%

30 #2

—¡No hace una hora que está en el mundo y ya ha pecado, signora ! —rio la matrona—. ¡Ni siquiera está bautizado y ya ha caído en la gula! ¡Y en algo más!

—¿Conoces a algún hombre que no lo haga, mestra Federica? —preguntó Vannozza entre carcajadas—. ¡Y más cuando el néctar sale de tan bellísimo envase! ¡A todos mis maridos les pasaba lo mismo y estaban más creciditos que mi nuevo nieto!

Todas las mujeres del aposento, también las monjas, se rieron a gusto con la ocurrencia.

También Lucrecia, quien, cuando notó que la presión de la boca del niño en el pezón había desaparecido, consintió que las monjas se lo llevaran para lavarlo en agua perfumada con esencia de jazmín y envolverlo en finos pañales de lino.

—¿Has pensado un nombre para él, querida? —preguntó Vannozza—. ¿Cómo vas a llamar a la criatura?

—Juan, madre. Como tu hijo.

—Como tu hermano. —Vannozza no hizo esfuerzo alguno por contener las lágrimas, que resbalaron por sus mejillas—. Que Dios lo tenga en su gloria.

—Y como su padre —terció sor Amalia, una de las monjas que estaban lavando al recién nacido—. Giovanni Sforza, el conde de Pésaro.

Al escuchar aquello, a Lucrecia le cambió el gesto y, por un momento, temió que la monja la acusara, allí mismo, de adulterio ante su exmarido y de perjurio ante el Sacro Colegio Cardenalicio. No obstante, la mirada bovina e inocentona de la hermana lega la tranquilizó de inmediato.

—Si Nuestro Señor quiere —dijo Lucrecia con una sonrisa forzada—, lo bautizaremos como Giovanni, como en efecto, sor Amalia, se llama el conde de Pésaro a quien Dios guarde.

Casi de puntillas para no despertarlo, sor Amalia depositó al primogénito de Lucrecia, de nuevo, en los brazos de su madre.

—Está dormido, signora —dijo la monja.

—Ha llorado fuerte, mamado mucho y ahora duerme profundamente —añadió la mestra Federica—. Todo son buenas señales, signora .

—Madre Girolama —dijo Vannozza—, que cambien las sábanas del lecho y lo recojan todo. Mi hija y mi nieto deben descansar.

—De inmediato, signora .

—Y otra cosa —continuó la abuela—. Que traigan más ramas de mirto para rodear la cuna y la cama. Y que dejen algunas hojas por el suelo también.

—Buena elección, signora —apuntó la matrona—. El mirto aleja las pestilencias y su aroma es bueno para los pulmones y alivia los catarros.

—Representa la pureza de santa María siempre Virgen —apuntó la madre Girolama—.

Los israelitas llevaban sus ramas cuando acudían al templo de Salomón a purificarse.

Además, el niño ha nacido en el cuarto domingo de Cuaresma, el que nos conmina a la alegría porque se acerca la Pascua y la Resurrección.

Lucrecia, agotada, notaba que el sueño la vencía.

Las voces de la estancia parecían evaporarse en sus oídos al pronunciar las palabras, que se mezclaban con otras que nadie decía y cobraban sentido en su cabeza conforme Lucrecia se hundía en el sopor.

«Alegría, Pascua, Resurrección» que vienen después de «dolor, pasión y muerte».

La mestra Federica estaba agradecida por la mula que la madre Girolama le había prestado.

Y aún más por la escolta que, por orden de Vannozza, la acompañaba hasta su casa, cerca de la puerta Portuensis, junto a la tumba-pirámide de Cestio.

Tres hombres acompañaban a la matrona: dos guardias albaneses y quien los mandaba.

Un sujeto rubicundo al que la madre de Lucrecia llamaba don Micheletto como si fuera un sacerdote, a pesar de que no parecía un clérigo y, de hecho, iba vestido como un gentilhombre noble del Palacio Apostólico: con jubón y calzas verdosas, medias del color del vino y capa y parlota negras.

A pesar de que aún había luz cuando salió del convento de San Sixto Viejo, le aterrorizaba la idea de que el ocaso la sorprendiera en las calles de Roma con los cinco ducados de oro que había cobrado por sus servicios en la faltriquera.

Nunca había tenido tanto dinero en su vida; aquellas monedas eran el equivalente a lo que cobraba un mercenario suizo durante un mes de campaña.

En circunstancias normales, la mestra Federica no hubiera cruzado las ruinas de las termas de Caracalla, ni siquiera a plena luz del día, pero don Micheletto le indicó que, con los dos estradiotes armados hasta los dientes, no había nada que temer en aquel atajo.

Los antiguos baños del emperador fratricida eran, desde hacía décadas, una de las canteras de Roma de donde se extraía mármol para las iglesias y palacios de los cardenales o para los hornos de cal.

Eran un lugar insalubre y peligroso para cualquier hombre que se aventurara en su interior solo y desarmado, y un suicidio precedido de violación y tortura si era una mujer la que se atrevía a pasar por allí.

Caía el sol tras la cima del monte Janículo cuando la comitiva se adentró en las ruinas.

La mestra Federica intentó controlar la inquietud que le provocaban las sombras de las ruinas contemplando las feroces hechuras de los estradiotes que la escoltaban.

Desde luego, aquellos mozos altos, de espaldas anchas, largas melenas negras como la pez y frondosos bigotes parecían —forrados de cuero endurecido y armados hasta los dientes— heraldos del infierno.

Y si los albaneses le imponían respeto, su capitán, el tal don Micheletto, le causaba verdadero miedo.

Era un hombre pequeño, más bajo que ella, y delgado como un pajarillo recién caído del nido.

La cabellera rizada, que le caía sobre los hombros, era del color del ojo viejo, al igual que la barba rala que apenas le doraba la mandíbula y el mentón.

Entre las sombras, a la mestra Federica le recordaba al arcángel san Gabriel del mosaico de La Anunciación de la basílica de Santa Maria in Trastevere.

Pero el azul de sus ojos no era como el de los frescos que reproducían la paz del reino de los cielos, sino el del brillo del acero de los cuchillos.

La luz del atardecer se disolvió en las sombras cuando aún estaban en la mitad del ruinoso complejo de baños.

Don Micheletto ordenó parar la marcha y la comadrona pensó entonces que lo hacía para que los estradiotes prendieran antorchas o candiles de aceite para iluminar el camino.

Sin embargo, no se hizo luz alguna. La mestra Federica ni siquiera vio de dónde venía el poderoso empujón que la derribó de la mula para dar con sus huesos en el suelo.

Ni siquiera le dio tiempo a quejarse por la caída antes de sentir la tira de cuero cerrándose sobre su garganta.