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–¡Empujad, signora ! —gritó la comadrona—. ¡Tenéis que empujar más! ¡Empujad!
Lucrecia abrió los ojos y sintió que no había en toda la creación una persona a quien odiara más que a aquella mujerona gruesa, de pechos como melones, que había estado chillándole, ni sabía ya cuánto tiempo, para que se esforzara, mientras le palmeaba la cara interior de los muslos y oprimía con sus manos ásperas la parte superior de su vientre.
—¡Empujad! ¡Por santa María siempre Virgen! ¡Empujad!
El mundo de la hija del papa era sólo dolor.
Un dolor como el que no creía que pudiera existir.
Un dolor tan horrible que apenas era consciente de nada de lo que rodeaba el lecho, cuyas finas sábanas blancas eran ahora un lodazal de lino, sangre y fluidos que se mezclaban con restos de sus propios excrementos.
Aunque la madre Girolama Picchi y cuatro de sus monjas estaban allí prestas para cambiar la ropa de cama, tal y como habían hecho ya un par de veces a lo largo del día, la mestra di parto Federica se lo había prohibido a las religiosas la última vez. Y no con buenos modos, precisamente.
—¡Falta un único empujón para que salga la cabeza, madre Girolama! —la comadrona le ladró a la abadesa—. ¡No podemos parar ahora, signora ! Esperad a notar como se os contraen las entrañas y entonces... ¡Empujad, signora ! ¡Empujad!
—Empuja cuando te venga el apretón, niña —le susurró la priora a Lucrecia—. Un esfuerzo más y todo terminará. Haz lo que te dice la mestra Federica. ¡Empuja!
Por un momento, la hija del papa pensó en cómo demonios podía saber la abadesa lo que era ese estremecimiento de sus entrañas, a no ser que la venerable monja también hubiera parido alguna vez, cosa que ni sabía ni quería saber.
Lucrecia desvió la mirada hacia la ventana de la celda.
La luz del sol, potente y desvergonzada, repicaba los verdes del vergel del claustro del convento de San Sixto Viejo.
Sin embargo, no fue capaz de calcular qué hora era.
Estaba convencida de que llevaba toda la eternidad padeciendo aquella tortura y pensó entonces que, si Dante hubiera nacido hembra y no varón, no hubiera necesitado ni una pizca de toda su erudición para describir en la Divina comedia tantos y tan variados y crueles tormentos de los nueve círculos del infierno.
Una nueva y dolorosa contracción le atravesó las entrañas como un cuchillo caliente adentrándose en un trozo de manteca.
Cerró los ojos; estrujó los dedos de Vannozza, que, junto al lecho rodeado de olorosas ramas de mirto, le sujetaba la mano.
Lanzando un alarido, empujó con todas sus fuerzas.
El chillido fue tan ensordecedor que ni siquiera escuchó el grito de júbilo de la matrona:
—¡Ya está, signora ! ¡Ya está fuera la cabeza! ¡Ya viene!
Lucrecia notó que el dolor disminuía. Aún lo percibía, pero parecía distinto y no era tan desgarrador como hacía unos instantes.
Los dedos gruesos y rugosos de la matrona le rasparon los muslos y, tras un último tirón, sintió que aquella tenaza que la había atormentado durante todo el día aflojaba su cruel abrazo.
—¡Es un varón, mi niña! —chilló Vannozza—. ¡Bello como el Niño Jesús de la basílica de Santa Maria in Aracoeli!
Lucrecia intentó incorporarse para ver con sus propios ojos a la criatura que su madre acababa de describir como la viva estampa de la imagen del Niño Jesús más venerada de Roma, tallada con madera de un olivo del huerto de Getsemaní de Jerusalén.
Sin embargo, apenas pudo moverse algo hacia delante antes de que le fallaran las fuerzas de nuevo y se volviera a derrumbar sobre los cojines del lecho.
Allí recibió con alivio en la entrepierna la gélida caricia de los retales de lino que la partera mantenía sumergidos en un barreño con agua y nieve traída en mulas desde las altas cumbres de los montes Simbruinos.
La madre Girolama preguntó con la mirada a la mestra Federica por qué hacía aquello.
—Allá arriba en mi pueblo, en Filettino —le dijo—, siempre les ponemos paños enfriados con nieve de nuestras montañas a las recién paridas. No hay mejor remedio para cortar la hemorragia.
La hija del papa apenas oyó el comentario, pues concentraba las pocas fuerzas que le quedaban en el esfuerzo de extender los brazos para que depositaran en ellos a su primogénito, pero la comadrona se negó:
—Aún no, signora —dijo—. Vuestro hijo aún no está vivo.
Lucrecia dejó caer las manos sobre el lecho y volvió a cerrar los ojos.
Por eso no vio, aunque sí escuchó, como la mestra Federica propinaba enérgicos cachetes sobre las nalgas del recién nacido.
Por encima del ruido de los azotes, el silencio se espesó en el interior del aposento durante unos instantes que parecieron siglos, hasta que lo disolvió un llanto fuerte y vigoroso.
—¡Sois madre, signora ! —gritó la partera—. ¡Ya sois madre!
La priora, Vannozza y las monjas estallaron en chillidos de júbilo.
Algunas lloraban y reían a la vez mientras contemplaban como la nueva madre acunaba en sus brazos, por primera vez, a su hijo recién nacido.
Pese a que estaba sucio de sangre y fluidos y bramaba como una furia del infierno, aquella criatura minúscula e indefensa le pareció a Lucrecia el ser más perfecto de la creación.
El dolor, la angustia y el miedo que había sufrido durante todo el día se disiparon, con la misma velocidad que la bruma matutina los días de verano, al contemplar aquella carita arrugada, que tenía el ceño fruncido como si el bebé estuviese enojado con el mundo al que acababa de llegar.
— Laetare Jerusalem et conventum facite omnes qui diligitis eam .
Las voces resonaron en el aposento. La armonía del himno era tan perfecta que incluso el niño se calmó y cesó en su llanto.
Era el coro de las monjas que, en la iglesia de San Sixto, entonaba la antífona del Libro de Isaías en el introito de la misa del cuarto domingo de Cuaresma, en la que se avisa a los fieles de que el tiempo de la mortificación y el ayuno está cerca de concluir y que la Pascua de Resurrección ya está próxima.
«Alégrate, Jerusalén —cantaban las religiosas—, y que se reúnan cuantos lo aman.
» Lucrecia, pese al dolor, estaba en verdad alegre como proclamaba el versículo.
Incluso más que alegre con aquel pequeño trozo de vida entre sus brazos.
Más que alegre o feliz, estaba dichosa; como debían estarlo los bienaventurados en el cielo.
O casi.
Porque no podía compartir la dicha de ser madre con quien la había convertido en una.
Con Perotto.
Ni tampoco con su fiel Pentesilea, la única persona en el mundo que sabía quién era el padre del recién nacido.
Lucrecia aún no sabía que tanto el cadáver de su esclava y confidente como el de su amante habían sido hallados en un recodo fangoso del Tíber el día de San Valentín.
Don Micheletto en persona, junto a un par de estradiotes, habían sacado a Pentesilea del convento con el pretexto de que la esclava tenía que ser adiestrada en los usos y costumbres de la corte de Nápoles por orden del cardenal-arzobispo de Valencia, César Borgia, y ratificada por el propio papa.
De nada sirvieron las cartas de protesta que Lucrecia envió al Palacio Apostólico y que no fueron llevadas, como siempre, por Perotto, sino por otro cubiculario pontificio, un muchacho de trece años, bizco y taciturno, cuya mera visión asqueaba a Lucrecia.
— Gaudete cum laetitia, qui in tristitia fuistis, ut exsultetis, et satiemini ab uberibus consolationis vestrae 1 —cantaban las monjas.
En efecto, triste había sido su matrimonio con Giovanni Sforza.
Sin embargo, la angustia por las consecuencias de tener aquel hijo fruto de un amor que nunca debería haber florecido entre ella y el joven aragonés y sobre las que había pensado y rezado mucho durante aquellos meses cedían terreno en su ánimo ante el inexplicable júbilo que sentía y que se acrecentaba conforme la criatura buscaba con la boca, con movimientos torpes pero desesperados, el pecho de su madre.
La matrona, para la que Lucrecia no era la primera dama noble a la que asistía en el parto, preguntó a Vannozza si debía dejar que la madre primeriza amamantara a su retoño.
—Déjalo que mame, mestra Federica —dijo la nueva abuela—. No serán necesarias las amas de cría. Al menos, de momento.
La comadrona asintió y colocó mejor al crío para que se enganchase al pezón redondo y oscuro.
Aunque había visto la escena muchas veces, se rindió a la curiosidad, porque no era habitual que una dama noble amamantara a sus propios hijos, ya que la lactancia impedía que se quedaran embarazadas de nuevo.
Sabía la mestra Federica que el matrimonio entre Lucrecia y el Sforzino estaba disuelto, pero le habían pagado lo bastante bien —y amenazado de igual manera— para que no hiciera preguntas sobre el niño que acababa de ayudar a traer al mundo.
De hecho, además de Lucrecia y Perotto, sólo Pentesilea sabía quién era el verdadero padre del niño.
Vannozza sabía que lo importante —y lo peligroso— no era que fuera o no del Sforzino, sino la mera existencia del recién nacido, toda vez que el matrimonio con el conde de Pésaro había sido anulado por el Colegio Cardenalicio y Lucrecia declarada virgo intacta .
La partera se fijó en que la criatura no mamaba bien.
Pasaba los labios y la lengua por toda la aureola sin pericia ni éxito.
Por ello, ordenó a sor Amalia que le acercara un tarro de miel de azahar siciliana con la que untó los pezones de Lucrecia.
En cuanto el recién nacido percibió el sabor, empezó a succionar con tanta determinación que Lucrecia dejó escapar un leve quejido.
Pronto, por las comisuras de los labios de la criatura aparecieron gotas del líquido amarillento que dejaba escapar mientras se alimentaba.