El mirto y el puñal 29
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–No hay otro remedio, Miquel —le dijo César a don Micheletto—, tanto si mi hermana, Nuestro Señor no lo quiera, muere en el parto como si da a luz a la criatura sin más complicaciones, nadie más que el doctor Torrella, el santo padre, mi tío el cardenal de Monreale, tú y yo debemos saber que Lucrecia no dijo la verdad bajo juramento ante la comisión cardenalicia y que tuvo un hijo de un simple cubiculario pontificio.

Si se enteran de esto en la corte del rey de Nápoles, no habrá boda con el duque de Bisceglie. Lo entiendes, ¿verdad?

Los dos hombres estaban sentados en el studiolo que el cardenal se estaba haciendo construir en el palacio de San Clemente de Roma, al estilo de la magnífica estancia que el duque Federico de Montefeltro tenía en su palacio de Urbino y que era la envidia de todos los nobles de Italia.

El gabinete privado donde César se retiraba a leer, escribir cartas y, a veces, escuchar música de laúd no era tan espléndido como el del señor de las Marcas.

«Aún —pensó César— no lo es. Pero lo será. »

—Lo entiendo, eminencia —contestó el asesino—, y también obedeceré como hice cuando el santo padre dispuso que matara a Virginio Gentile Orsini o vos mismo me ordenasteis que acabara con los guardias del rey de Francia que nos custodiaban en Velletri. Pero no me pidáis que lo celebre.

—Nadie celebra nada aquí, don Micheletto —replicó César—.

¿Acaso crees que me produce algún placer causarle tanto quebranto y dolor a mi hermana pequeña?

¿O que su santidad se regocija ordenando la muerte de su cubiculario favorito, al que ha criado casi como si fuera uno de sus nietos?

Pero es necesario hacerlo. Por el bien del papado, de la casa Borgia y de la misma Lucrecia, porque, de saberse que está embarazada, habría cometido adulterio con el Sforzino y perjurio por mentir nada menos que ante el santo padre y una docena de cardenales en un proceso canónico.

—Graves delitos, sin duda, pero menos graves que el doble asesinato que me ordenáis que cometa, eminencia reverendísima. Se les podría exigir a Perotto y a Pentesilea que juren guardar el secreto de por vida —argumentó don Micheletto, apesadumbrado—. No haría falta segar sus jóvenes vidas.

—¡A veces olvido —exclamó César con una sonrisa entre burlona y amarga— que el asesino más feroz de Roma es también un hombre sensible, un poeta!

—Un mal poeta, eminencia. Y un asesino con dudas.

—Don Micheletto —insistió César—, nadie debe poder decir nunca que Lucrecia Borgia no llegó virgen al matrimonio con Alfonso d’Aragona. Sólo podemos confiar este secreto a muy pocos.

—Lo podremos decir vos y yo. Y también el santo padre, el cardenal de Monreale y el doctor Torrella. Y quienesquiera que tengan que asistir al parto de vuestra hermana como matronas o doncellas. En ese caso, la lista de bocas que deberíamos silenciar puede ser sangrientamente larga, eminencia.

—A ninguno de nosotros le interesa que se sepa la verdad. Y respecto a lo otro, las personas que atenderán a Lucrecia en el parto serán monjas que han hecho voto de silencio y obediencia.

—Recordáis, eminencia —dijo don Micheletto—, que Dante acabó en el infierno poco antes del amanecer del Viernes Santo del año de la encarnación de Nuestro Señor de 1300 porque, tras haberse perdido y en su pretensión de subir a una pequeña montaña, tres bestias, la loba que representa la incontinencia, el león que encarna la violencia y la pantera que representa el engaño le bloquearon el camino para hacerlo retroceder hasta la oscuridad del basso loco —‘el lugar bajo’—, donde il sol tace , el sol calla.

—Sí —respondió el cardenal—. Recuerdo perfectamente cómo empieza la Divina comedia .

—De todos los versos que il sommo poeta utilizó para describir los horrores del infierno, el que más zozobra me ha causado siempre ha sido ése porque en ese «lugar bajo» donde «el sol calla» es donde yo vivo, eminencia, y donde estáis a punto de acompañarme vos y el santo padre Alejandro, aunque el que se vaya a manchar de sangre las manos sea yo.

—Si os sirve de consuelo, podéis pensar que seremos el santo padre y yo —replicó César— los que nos mancharemos el alma con el alquitrán del pecado.

—Pecado que os podéis absolver vosotros mismos. De hecho, nadie más en el mundo de los vivos tiene ese poder más que el papa de Roma.

—¿Ahora quieres discutir también sobre teología además de sobre poesía, don Micheletto?

—No, eminencia. Se hará como decís.

Don Micheletto abandonó el studiolo . César se quedó contemplando cómo la silueta de su sicario se fundía entre las sombras y reflexionó sobre las razones por las que aquel bastardo de la casa de los condes de Cocentaina —que había sido clérigo y cuya escasa envergadura le había valido el apodo de don Micheletto— se había convertido en tan eficiente asesino cuya habilidad con el cappio valentino era justamente temida.

Aquel lazo era un artilugio inventado por el propio don Micheletto consistente en una tira de cuero sujeta a dos palos cortos que retorcía sobre el cuello de sus víctimas produciéndoles la muerte en un parpadeo y sin apenas aplicar una fuerza de la que, por lo demás, don Micheletto carecía.

La víspera del día de San Valentín, cuando los monjes benedictinos de la basílica de Santa Maria in Cosmedin preparaban el templo para la misa solemne en la que, como todos los años, se iba a exhibir el cráneo del mártir que casaba en secreto a los soldados romanos en tiempos del emperador Claudio II, cuatro estradiotes de don Micheletto —con él mismo a la cabeza— se presentaron en el convento de San Sixto Viejo para trasladar a Pentesilea, por orden del cardenal César Borgia y ratificada por el santo padre, al Palacio Apostólico.

En realidad, la joven esclava terminó aquel mismo día en el aposento para huéspedes nobles del castillo de Sant’Angelo.

Tenía quince años y era una hermosa criatura de piel tan oscura como el antiguo mármol negro de la isla de Quíos, cuerpo esbelto y mirada dulce que no podía entender lo que le iba a ocurrir porque, a fin de cuentas, lo único que había hecho era amar a su dueña con toda su alma pese a su condición de esclava.

Don Micheletto ejecutó con celeridad y eficacia su tristísimo oficio.

Tan rápido que la doncella no llegó a sentir nada más que una ligera presión a ambos lados de su delicado cuello de gacela antes de que un rápido movimiento de la mano del asesino sobre su frente adolescente le quebrara las vértebras.

Murió con una sonrisa en los labios; una sonrisa blanca y radiante que adornaba su rostro oscuro como la luna llena adorna el cielo en las madrugadas serenas del Viernes Santo.

Uno de los dos estradiotes que acompañaban a don Micheletto no pudo evitar santiguarse al ver como la luz de la vida se apagaba en los ojos negros y profundos de la doncella, pero mantenía la sonrisa.

—Sigue sonriendo, zotëri —dijo el mercenario dirigiéndose a don Micheletto como «señor» en su lengua natal—. ¿Le tapo el rostro?

—Esa sonrisa, Behar —respondió el capitán de la guardia albanesa mientras asentía—, es la misma con la que me recibirán los demonios en el infierno. Como decía Dante, dove il sol tace . Donde el sol calla.

Behar extendió la sábana de lino sobre el cuerpo de la joven y, acto seguido, siguió a su comandante hacia otra celda, mucho menos noble que la que había acogido a Pentesilea, donde estaba Perotto.

Al contrario que Pentesilea, el joven paje sí supo enseguida qué horrible propósito había llevado a don Micheletto y a sus albaneses a la celda de Sant’Angelo donde se recuperaba de la herida que le había infligido César en la capilla Sixtina.

Aun así, no intentó defenderse. Tampoco hubiera podido.

El tajo en la espalda lo obligaba a estar tumbado boca abajo en la cama, y a Behar y al otro estradiote les bastó con sujetarle las piernas y los brazos con escasa fuerza para inmovilizarlo del todo.

Don Micheletto intentó ser tan rápido y eficaz como lo había sido con Pentesilea, pero el cubiculario ya no era el tierno infante que había entrado al servicio del papa con nueve años, sino un mozo de dieciocho, de hombros poderosos como un yugo y cuello de toro que resistió el cruel beso del cappio durante más tiempo del que el sicario de César pretendía y el pobre muchacho merecía.

Cuando, tras perder el sentido, le dieron la vuelta para partirle el pescuezo, comprobaron que había muerto con los ojos abiertos y la mirada llena de justa ira.

—Y ésta será —dijo don Micheletto— la misma mirada con la que recibirán a César Borgia y al papa Alejandro los demonios en el infierno. Dove il sol tace. Donde el sol calla.