El mirto y el puñal 28
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La actividad en el interior del Palacio Apostólico ya era frenética desde mucho antes de que las campanas de la torre del Gallo de la basílica de San Pedro tocaran a laudes.

A pesar de que en las calles el aire invernal mordía, en el interior de la capilla del papa Sixto el ambiente era cálido y aromático gracias a las docenas de braseros que estaban encendidos y a los cientos de candiles con aceite perfumado que iluminaban la estancia con tal fuerza que hacían centellear las estrellas pintadas con pan de oro sobre el techo azul.

Los frescos de las paredes con escenas de las vidas de Jesús y Moisés también lucían espléndidos, al igual que los retratos de los papas de la galería superior del recinto.

En el altar mayor, Alejandro VI bendecía las velas que el cardenal de Lisboa, el anciano Jorge da Costa, le alcanzaba tras encenderlas en el cirio Pascual.

Después las entregaban al resto de los prelados y asistentes que habían sido invitados a los oficios del día de la purificación de María y a la bendición de las candelas que se llevaba a cabo, precisamente, poco antes de que saliera el sol.

El papa Borgia era especialmente devoto de la Madre de Dios.

Por ese motivo, oficiaba él mismo todas las festividades de sus distintas advocaciones.

Y por eso mismo acudía a ellas toda la corte para no caer en desgracia ante el pontífice.

No obstante, César no había aparecido en aquella misa de la Candelaria, lo que había agravado el mal humor que su santidad arrastraba desde hacía semanas a causa del embarazo de Lucrecia y los constantes desafíos de Girolamo Savonarola.

Aunque poco podía hacer respecto al primero de los problemas, aquella mañana estaba dispuesto a solucionar el segundo.

Por ello, ordenó a monsignore Burcardo que, cuando acabaran los oficios, retuviera en la capilla Sixtina a Domenico Bonsi, el embajador de la República de Florencia ante la Santa Sede.

—Sí, santidad. Así ha sido, me temo.

—Un sermón en el que se atrevió a excomulgar a Nos —continuó el papa con una sonrisa, casi como si estuviera contándole un chiste—, porque, según dijo, no somos más que «hierro roto».

—Lo cual la Signoria lamenta profundamente, pero...

—Y que se une —le interrumpió el santo padre— a las tres misas que ofició el día de la Natividad de Nuestro Señor, aunque, insisto, fray Girolamo ya estaba excomulgado.

—La situación en Florencia —se excusó el diplomático— es muy complicada, santidad.

El verano llevó la pestilencia a la ciudad, el otoño trajo grandes lluvias que provocaron que se desbordara el Arno y el invierno está siendo durísimo.

Son muchos los florentinos que piensan que ya han tenido bastante penitencia y cada vez son más los que cuestionan el liderazgo del prior de San Marcos.

Falta poco, apenas una chispa, para que se desaten las llamas del enfrentamiento civil.

—¿Entre los que os incluís, messer Bonsi?

—Yo soy un simple funcionario de la Segunda Cancillería, beatissime pater ; un humilde mensajero, en realidad. Poco importa lo que yo cuestione.

—Pero sí importa lo que transmitáis a la Signoria, excelencia.

Por eso os he retenido aquí unos instantes.

Ya está redactada la bula con la que haré caer sobre todo el territorio de Florencia un interdictum latae sententiae si no se manda de inmediato a Savonarola a Roma para que un tribunal eclesiástico lo juzgue por sus errores.

El embajador florentino no pudo reprimir un escalofrío ante la advertencia del santo padre, pues el interdictum latae sententiae suponía privar de los sacramentos a todas las almas de la Toscana que no tendrían más asistencia espiritual que una misa semanal —sin confesión ni comunión— y la extremaunción, pero se les negaba la posibilidad de bautizar a sus hijos, contraer matrimonio e incluso rezar por sus muertos en los entierros.

—Pero, santidad... —protestó el diplomático—. No es justo que toda Florencia sea castigada con tanta severidad.

—Es que no es deseo de Nos castigar a Florencia, messer Bonsi, sino, aunque no me creáis, salvar la vida de fray Girolamo.

Eso sí, me aseguraré de que no vuelva a subir a un púlpito nunca más.

Y, para eso, el prior del convento de San Marcos ha de venir a Roma para que sea juzgado aquí. Por Nos en persona.

—Pero —el embajador estaba perplejo— no entiendo, santidad. ¿Corre peligro la vida de fray Girolamo? Y, si es así, ¿acaso no es vuestro enemigo? Os recuerdo que incluso ha enviado cartas a los príncipes de la cristiandad para que le ayuden a convocar un concilio para que seáis depuesto.

—Fray Girolamo está equivocado en sus modos —dijo el papa con una sonrisa amarga—, también en la elección de sus aliados, como el cardenal Della Rovere o el rey de Francia; pero no del todo en sus propósitos ni tampoco en sus deseos.

Por eso no quiero su muerte, sólo su silencio.

No olvido que mandó sus condolencias a Nos tras el vil asesinato de mi hijo el duque de Gandía y, además, tiene razón en que la Iglesia de Cristo debe ser reformada, pero no es todavía el tiempo propicio para tal empresa.

Antes debe consolidarse el poder y la autoridad del papa en sus propios Estados y, con él, la paz y la prosperidad en Italia.

—Noble y gran tarea, santidad. Tan digna o más que las reformas que, sin duda, también hacen falta.

—Tarea, excelencia, que Dios ha hecho recaer en mis pobres hombros de pecador y que estoy dispuesto a concluir para que sean otros papas los que, en el futuro, asuman la labor pendiente de la reforma. Omnia tempus habent et suis spatiis transeunt universa sub caelo. 1

—¿Puedo transmitir esta reflexión que compartís conmigo a la Signoria, santidad?

—Ni por asomo. Al menos, no abiertamente.

No obstante, que Nos no desee la muerte del prior de San Marcos no significa que pueda consentir que cuestione constantemente la autoridad del vicario de Nuestro Señor Jesucristo en la tierra.

De hecho, la solución está por entero en vuestras manos, messer Bonsi.

Si queréis que fray Girolamo viva, mandádmelo a Roma.

Si no, que sea juzgado por el tribunal de los Ocho.

— Beatissime pater , habláis como si Savonarola estuviera ya detenido a la espera de juicio. Y no lo está. De hecho, sigue en su convento, rodeado de sus monjes y fanáticos e influyendo en las decisiones de la Signoria como ha hecho hasta ahora.

—Porque así se lo consienten, embajador.

Pero no por mucho tiempo. Además del interdictum se ha redactado también mi orden para que sean detenidos y confinados en sus domicilios los florentinos ricos que viven en Roma, que se les confisquen provisionalmente sus propiedades en concepto de futuras indemnizaciones y se retengan sus fondos.

—Pero...

—No tengo tiempo para peros, messer Bonsi —cortó Alejandro VI—. Detened a Savonarola para que sea juzgado por un tribunal eclesiástico aquí en Roma o por los Ocho en Florencia. La elección es vuestra. Y también la responsabilidad de las consecuencias que traiga vuestra decisión.

Un escándalo de gritos y carreras interrumpió la conversación entre ambos hombres.

Chillidos que pedían auxilio e insultos mezclados con blasfemias resonaron por los pasillos que daban a la capilla Sixtina por cuya puerta, presa del pánico, irrumpió Perotto.

El rostro del cubiculario favorito del papa estaba desencajado por el terror.

La sangre que manaba de una herida en la sien derecha le manchaba media cara y el cuello.

Apenas vio al santo padre, se arrojó a sus pies:

— Beatissime pater! —gritó—. ¡Ayudadme, por piedad!

El embajador de Florencia dio un par de pasos hacia atrás mientras el joven aragonés se aferró al borde de la túnica blanca del papa y, después, a sus rodillas.

El pontífice, estupefacto, apenas tuvo tiempo de agacharse un poco para extender una punta de su capa roja bordada en oro y plata sobre el muchacho antes de que, por la misma puerta por la que había entrado el cubiculario, apareciera César.

Más que un hombre —mucho menos, un cardenal— el arzobispo de Valencia parecía un demonio escapado de las fosas del infierno.

Desde su vuelta de Nápoles y los terribles remedios del doctor Torrella para tratarle del mal francés, cada vez tenía más episodios de ira que desahogaba a golpes con sus criados o sus caballos.

El más pequeño contratiempo o indisposición le provocaba un ataque de cólera que terminaba con muebles destrozados, vajilla hecha añicos y marcas de bastonazos en la piel de sus sirvientes.

No obstante, la rabia que estaba padeciendo el pobre Perotto era distinta, más fría, peor.

—¡Misericordia, eminencia! —sollozó Perotto—. ¡Santidad, protegedme!

César llevaba en la mano su espada de ceremonia, una bellísima cinquedea que Ercole da Fideli, el orfebre y herrero más famoso de toda Italia, le había forjado en Ferrara.

Aunque tenía la empuñadura de plata dorada, con esmaltes incrustados y la hoja labrada con el escudo de armas de César, seguía siendo un instrumento de muerte. Hermoso, sin duda, pero letal.

— Embeina la teua espasa —ordenó el papa—, que el meu mantell protegix el xic i, a més, estàs en sòl sagrat .

La orden papal para que el recién llegado envainara la espada porque su manto protegía al chico que, además, estaba en suelo sagrado no hizo demasiado efecto en la furia de César, pese a haber sido expresada en el valenciano natal de ambos.

El cardenal-arzobispo alzó el arma por encima de su cabeza y la dejó caer dos veces en diagonal, de modo que la punta de la cinquedea mordió la espalda del joven produciendo un tajo desde el hombro izquierdo hasta casi la cadera derecha, rasgó la ropa y, en su camino de vuelta en sentido inverso, salpicó de sangre el manto y la cara del mismísimo santo padre.

Para entonces, cuatro soldados de la guardia pontificia ya habían rodeado al pontífice con las alabardas en ristre.

Entre ambos Borgia, se colocó el jefe de la guardia, el hijo del cardenal de Monreale, con la espada en la mano.

Ni los alabarderos ni su capitán sabían muy bien qué hacer.

En circunstancias normales hubieran despedazado a cualquier hombre que estuviera a pocos pasos del papa con un arma desenvainada.

Pero aquel hombre no era cualquiera, sino un cardenal de la santa romana Iglesia que, además, era el hijo de su beatitud.

Aunque el tajo no era profundo, porque la tela del jubón de lana se había llevado la peor parte, la sangre de Perotto manó, como si brotara de una fuente, hasta el bellísimo pavimento de mosaico de mármol, pórfido y serpentino que el papa Sixto había encargado hacer en estilo cosmatesco.

El joven aragonés lloraba entre temblores ante la certeza de que iba a morir allí mismo, pese a estar abrazado a las rodillas del santo padre y bajo la protección de su manto bordado.

—¡César! —bramó Alejandro VI—. ¡No se derramará sangre en esta capilla! ¡No cometerás semejante sacrilegio!

El cardenal se quedó inmóvil con la espada sobre su cabeza a punto de descargar el golpe mortal sobre el cubiculario acurrucado. Clavó la mirada en el rostro del santo padre, soltó un bufido y dejó caer el arma al suelo.

—¡Que venga el doctor Torrella! —ordenó el papa—. ¡Y llevaos a Perotto a mis aposentos!

Los guardias obedecieron y el santo padre se marchó detrás de los dos hombres que portaban en volandas al joven, quien, tras la pérdida de sangre y la conmoción, se había desmayado.

César se quedó en medio de la sala.