El mirto y el puñal 27
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Lucrecia tiritaba a pesar de que se había puesto dos camisas debajo del grueso jubón de terciopelo negro.

Aunque los braseros diseminados por la sala de los Pontífices de la torre Borgia habían sido encendidos al amanecer y eran alimentados con frecuencia por media docena de sirvientes, allí dentro hacía tanto frío como en el noveno círculo del infierno, donde Dante puso a Satanás enterrado en hielo.

Salvo a Lucrecia.

Los cinco cardenales que habían formado la comisión para estudiar la anulación matrimonial de la hija del papa estaban ya sentados en otras tantas poltronas a ambos lados del trono papal.

Arrebujados en gruesos mantos de lana tintada de púrpura bebían a sorbos bisò al estilo de Faenza —vino caliente aromatizado con miel, canela y pimienta—.

El resto de los miembros del Colegio Cardenalicio se ubicaba en una tarima justo enfrente y los invitados de la Corte Apostólica se repartían en los bancos dispuestos en la parte central de la sala donde se iba a celebrar la audiencia con la que se pondría fin al proceso de anulación matrimonial de Lucrecia Borgia.

Cuando Alejandro VI apareció, se hizo evidente que el luto por su favorito, el duque de Gandía, había terminado.

Con el tiempo de duelo y arrepentimiento, también daba la sensación de que ya estaban olvidados los buenos propósitos para la reforma de la Iglesia de Cristo y de la propia vida privada del santo padre.

El pontífice llegó andando a buen paso, no había rastro del caminar lento y la mirada perdida a la que la Corte Pontificia se había acostumbrado durante las semanas siguientes al asesinato.

Además, el papa había recuperado buena parte del peso perdido durante el verano, en el que se mortificó con ayunos y penitencias.

También volvía a salir para cazar por los bosques que rodeaban su abadía de Subiaco o en las marismas de Ostia, en las bocas del Tíber.

Los que lo acompañaban en las cacerías apenas podían creer el vigor con el que aquel hombre, que en pocos días iba a cumplir los sesenta y siete años, reventaba caballos al galope, abatía ciervos y gamos con la ballesta y mataba jabalíes atrapados en los cenagales, en los que no dudaba en meterse hasta los corvejones del caballo para clavar el rejón en las costillas de las bestias.

Respecto a las mujeres, el papa Alejandro sí que había llevado a cabo algunos cambios en su conducta; el principal —y del que se hablaba más— es que había ordenado expulsar de la corte vaticana a Julia Farnesio para que volviera con su marido y su suegra al castillo de Bassanello.

El santo padre había sustituido a su amante por alguna de las carísimas cortigiane oneste del barrio del Ponte, cortesanas honestas, educadas, limpias y discretas, que daban muchos menos problemas que una concubina.

Después de que los cardenales y el resto de los altos cargos de la curia desfilaran por delante del trono papal para besar el pie del pontífice, monsignore Burcardo dio por empezada la audiencia.

Lucrecia aguardaba sentada en un lado de la sala, acompañada por Pentesilea y la madre Girolama Picchi.

También había dos comadronas, cuatro doncellas, una camilla y un biombo de madera y tela por si era necesario que se llevase a cabo una exploración de las zonas íntimas de la hija de su santidad a petición de alguno de los cardenales o del notario que actuaba como representante de Giovanni Sforza en el proceso.

Y tras el grupo de mujeres, el arquiatra del sumo pontífice: el doctor Gaspar Torrella.

Todos en la sala de los Pontífices pensaron, al ver a Lucrecia, que el retiro tras los muros del convento de San Sixto le había sentado bien.

Tenía la piel brillante, la cara un poco más redondeada y una sonrisa entre pacífica y nerviosa.

Se había recogido el pelo bajo una redecilla de oro cuajada de aguamarinas, amatistas y rubíes.

Un gran manto azul con perlas prendidas sobre los hombros la cubría desde el cuello hasta los tobillos, aunque por la abertura delantera se veía el forro de piel de marta cibelina y la falda gris con brocado de plata.

El vicecanciller Ascanio Sforza tomó la palabra para leer el acta de la comisión cardenalicia que había instruido el caso y fue el encargado de pedir a la todavía condesa de Pésaro que confirmara bajo juramento lo que ya había alegado en su escrito:

— Vir matrimonium consummare non potuit ob defectum virium necessariarum 2 —dijo Lucrecia.

— Adhuc virgo tu est? —preguntó el cardenal Sforza—. ¿Todavía eres virgen?

— Virgo intacta sum —contestó la hija del papa mientras bajaba la mirada—. Virgen intacta soy.

A continuación, el vicecanciller se dirigió al notario que representaba a su primo el Sforzino para ratificar lo que se había alegado por escrito ante la comisión cardenalicia y reconocer, de nuevo, que no había consumado el matrimonio celebrado tres años antes.

Pese a que el hermano de Ludovico el Moro mantuvo la compostura y el rostro severo para leer que el enlace de su primo se anulaba a causa de su impotencia, con el mismo semblante serio que si estuviera leyendo un pasaje de la pasión de Nuestro Señor, la burla brillaba en los ojos de todos los presentes.

También del papa y de César. Especialmente del papa y de César, que miraban con picardía a Lucrecia.

Sin embargo, la hija del papa bajaba la mirada para no corresponderles.

—¿Considera el representante del conde de Pésaro —el vicecanciller Sforza se dirigió al notario— que la signora Lucrecia debe ser examinada para corroborar que su virginidad sigue íntegra?

—No, eminentissime pater —dijo el abogado sin levantar la vista del suelo—.

El conde de Pésaro asume como ciertas y verdaderas las alegaciones presentadas y acepta, en virtud del derecho canónico, devolver la dote recibida al cardenal de Santa Maria Nuova y arzobispo de Valencia, César Borgia, en calidad de hermano y tutor de la signora Lucrecia Borgia.

Tras oír aquello, monsignore Burcardo ordenó a las comadronas y a las criadas que se marcharan con la camilla y los biombos.

El doctor Torrella, a quien el papa había nombrado obispo de Santa Giusta, en Cerdeña, se quedó en virtud de su cargo eclesiástico.

Precisamente, salvo el médico personal de su santidad, el representante del Sforzino y el vicecanciller Ascanio Sforza, el resto de los presentes exhibían sonrisas malévolas con las que reprimían las ganas de burlarse no sólo de la supuesta impotencia del conde de Pésaro, sino también de haber asistido a aquella farsa.

Y es que, en circunstancias normales, hubiera sido necesario que se comprobara si era cierto o no que Lucrecia seguía manteniendo su virtud de doncella.

No obstante, nadie —ni siquiera el cardenal Sforza— se atrevió a poner objeción alguna.

Lucrecia Borgia aún era virgen porque su marido era impotente.

Por consiguiente, el matrimonio de ambos era nulo.

A todos los efectos y sin que nadie comprobara nada.

O casi nadie.

Antes de levantar la sesión, el papa le concedió a su hija un turno de palabra.

La joven, en un latín tan perfecto como el de Cicerón, utilizó su turno para dar las gracias al tribunal por haber disuelto una unión, según proclamó, «estéril y desgraciada».

Después, de la mano de Pentesilea y de la madre Picchi, abandonó la sala de los Pontífices rumbo al convento de las monjas dominicas de San Sixto, donde, según dijo, pensaba permanecer, al menos, hasta el día de la natividad de san Juan Bautista.

Tras la ceremonia, César, el cardenal de Monreale y el doctor Torrella acompañaron al papa a la sala de las Artes Liberales de la torre Borgia, en la que el santo padre trabajaba y desde donde se tenía acceso al cubículo donde dormía y a la stufetta en la que se aseaba.

El joven Perotto ya estaba allí para alimentar con leños el fuego alegre que crepitaba en la chimenea.

En ella, colgando de un hierro, había un caldero de bronce con más vino especiado en su interior.

Sobre una mesa auxiliar había dispuesto también unas bandejas de plata con mazapán, peladillas, higos secos enharinados y otras golosinas.

—¡Espléndido, espléndido! —exclamó el santo padre en cuanto vio el refrigerio—. Apenas he desayunado esta mañana y me estaba muriendo de hambre. César, come y bebe, que nos hemos ganado este pequeño festín.

—Gracias, beatissime pater —dijo César mientras Perotto le servía vino.

—¿Tú te explicas, César —preguntó el papa mientras se sentaba en su escritorio—, por qué Lucrecia ha preferido volver al convento de San Sixto en vez de al palacio de Santa Maria in Porticu?

Por más que se lo he preguntado en las cartas que le enviaba a diario, nunca me ha dado una respuesta satisfactoria.

—Lo ignoro, santidad —contestó el cardenal—. Imagino que, después de casi seis meses tras sus muros, se debe de haber acostumbrado. De todos modos, no me parece mal sitio para que espere la boda. Y más aún si tenemos en cuenta lo que se rumorea.

—¡Bah! —dijo el santo padre mientras masticaba a dos carrillos un puñado de peladillas—. Te preocupas en exceso por esas minucias, fill meu . Deja que la gente hable. No tienen otra cosa que hacer.

—Imagino, pare , que no habéis visto esto —dedujo César mientras dejaba sobre la mesa un papel—. Está por toda Roma desde hace días.

—Veamos —el papa acercó el documento a la chimenea para captar más luz y leyó—: «Hoc tumulo dormit Lucretia nomine, sed re Thais, Alexandri filia, sponsa, murus».

—En esta tumba yace Lucrecia —tradujo César—, a quien mejor sentaría el nombre de Tais, ya que fue la hija, la esposa y la nuera de Alejandro.

El poema se refería a la cortesana favorita de Alejandro Magno, a la que Dante colocó en el octavo círculo del infierno, donde penan los aduladores, hundida en un pozo de excrementos. Pero era evidente lo que pretendía el juego de palabras.

—¿Y esto te preocupa, César? —rio el pontífice—. No creo que nadie entienda el insulto. ¡Hasta a mí me ha costado y soy el papa de Roma!

—No es el único —apuntó César—. Pliegos y cartas con injurias mucho más groseras circulan por toda Italia. Y muchos de ellos han salido del castillo condal de Pésaro y del palacio episcopal de Carpentras, santidad.

—Imagino —respondió Alejandro VI con una sonrisa— que tanto Giovanni Sforza como Giuliano della Rovere no tienen ya más armas con las que intentar herirme que el papel y la tinta.

—Sabemos, pare , que Giovanni Sforza ha mandado cartas en las que dice que se le ha obligado a anular su matrimonio con Lucrecia porque... —César dudó al elegir las palabras— porque vos y yo la queríamos para nuestro propio disfrute carnal.

—¡Ésa sí que es buena! —estalló el papa con una risotada—. ¿Y crees que alguien en su sano juicio puede llegar a creerse esa barbaridad? Sosiégate, fill meu . Con esas injurias sólo demuestran debilidad y miedo. Nada más. Y tienen motivos para ello.

—Yo creo —apuntó el cardenal de Monreale— que, si Lucrecia se mantiene retirada en el convento de San Sixto hasta que se celebre su boda con Alfonso d’Aragona, esas maledicencias se extinguirán por sí solas.

Es el monasterio de mejor reputación de toda Italia e incluso me atrevería a decir que de Europa.

—En efecto, lo es —dijo César—. Y, además, mi hermana no ha gozado de buena salud en los últimos meses, con lo que allí dentro es donde mejor va a estar hasta que se celebre la boda.

—¿Que será cuándo? —preguntó el cardenal de Monreale.

—A partir de hoy, lo antes posible —respondió el papa—. Podría llevarse a cabo en un par de meses. Como muy tarde en marzo, antes del día de la Anunciación.

—Respecto a eso —interrumpió el doctor Torrella—, si me permitís hablar, santidad.

—Por supuesto, mi querido arquiatra —contestó Alejandro VI—. Hablad con libertad.

—No creo que la signora Lucrecia esté en condiciones de celebrar una boda en esa fecha porque... porque...

—¿Por qué? —inquirió César—. ¿Por qué no?

—Porque me temo, eminentissime pater , que está embarazada. De cinco o seis meses, como poco. Lo ha intentado disimular en la audiencia de esta mañana, pero, en un descuido, he visto su vientre abultado y sus pies hinchados.

—Quizá es que ha ganado algo de peso estos meses —cortó el papa—. ¡La cocina de las hermanas dominicas del convento de San Sixto Viejo es espléndida!

—Me temo, santidad, que no es eso —dijo el médico y obispo de Santa Giusta—. De hecho, no tengo dudas. Vuestra hija Lucrecia está encinta. Y si lo está de su marido, ergo el conde de Pésaro no puede ser impotente; y si no es de su esposo...

La noticia cayó tan fría y pesada como los gruesos copos de nieve que seguían acumulándose en la plaza de San Pedro y sobre los tejados de Roma.

El papa se quedó mudo, inmóvil tras su escritorio, con la copa de fino cristal veneciano llena del humeante bisò caliente en la mano.

César, por el contrario, soltó una blasfemia y estrelló la suya contra las llamas de la chimenea.

Perotto se quedó inmóvil. Mudo y pálido como la cal de un sepulcro.