El mirto y el puñal 26
34%

26

–Escribe Lucrecia que el santo padre —dijo don Micheletto tras terminar de leer la carta— ha ordenado que cese la búsqueda del asesino del duque de Gandía.

—Si mi hermana sigue encerrada por voluntad propia en San Sixto Viejo —dijo César—, ¿cómo sabe todas esas cosas?

—Según cuenta también, ella y el santo padre intercambian varios mensajes a diario. El pobre Perotto se pasa el día yendo y viniendo desde el convento de San Sixto al Palacio Apostólico.

El cardenal-arzobispo de Valencia gruñó algo parecido a una afirmación mientras mantenía los ojos cerrados y permanecía inmóvil sobre el lecho.

Estaba desnudo, empapado y exhausto tras haber estado sudando durante horas dentro del ingenio que el doctor Torrella había ideado para tratar de curarle del mal francés del que se había contagiado y que le producía, cada noche, terribles dolores en las articulaciones y eccemas en las palmas de las manos y las plantas de los pies.

El médico valenciano había hecho construir un armario —apenas algo más grande que un ataúd— con un asiento para el paciente.

En su base se colocaba un lebrillo de hierro con piedras calientes en su interior sobre las que se vertía agua.

De esta manera, el interior de aquel mueble se convertía en un horno húmedo en el que César debía permanecer todo el tiempo que pudiera aguantar.

Después se le permitía descansar durante un rato, si bien en la habitación donde lo hacía estaba encendida la chimenea, así como un par de braseros, a pesar del espantoso calor que hacía en Capua en pleno verano.

Allí, en la catedral de Santa María Asunta, se iba a celebrar la coronación de Federico como rey de Nápoles.

El propio César iba a oficiar la ceremonia como legatus missus del papa Alejandro VI, porque en la capital se había declarado un brote de peste.

Allí dentro hacía tanto calor que don Micheletto no llevaba puesta más ropa que una camisola y un taparrabos y, aun así, a veces creía que iba a desmayarse.

El mensajero enviado por Lucrecia desde Roma había salido de la ciudad el día antes.

La letra apretada y menuda delataba la prisa con la que había sido redactada la misiva, enviada después de que el papa acabara los oficios por la festividad del apóstol matamoros en la iglesia de Santiago de los españoles de la plaza Navona.

Después, en un consistorio público celebrado allí mismo, había anunciado que ya no se investigaría más la muerte de su favorito.

—Cuenta vuestra hermana —continuó don Micheletto— que el papa proclamó que sabía bien quién había sido el responsable del asesinato del capitán general de la Iglesia, pero que dejaba su castigo en manos de Dios para poder concentrarse en la necesaria reforma de la Iglesia de Cristo.

Terminaban así, de golpe, unas semanas en las que se habían sucedido las detenciones, los interrogatorios y las torturas para concluir que nadie había visto nada ni sabía nada.

—Su beatitud —continuó don Micheletto— mencionó también que había recibido sentidas y sinceras cartas de fray Girolamo Savonarola desde Florencia y del cardenal Giuliano della Rovere desde Carpentras, en las que condenaban el horroroso crimen y mostraban al santo padre sus condolencias por tan terrible pérdida.

—¿Savonarola y Della Rovere? —susurró César—. Eso sí que no me lo esperaba.

—Ni que el papa ordene que el asesino de vuestro hermano quede impune. Tal y como dice la condesa de Pésaro —continuó contando—, la muerte del favorito de su santidad se parece cada vez más al insondable misterio de la Santísima Trinidad.

César empezó a toser. Mucho. Le pasaba cuando había estado horas respirando el aire ardiente de la estufa de vapor.

Pese a su considerable fortaleza física, que le permitía cabalgar durante días para cazar y bailar toda la noche, el tratamiento del doctor Torrella lo dejaba sin apenas fuerzas, lo cual se debía, según el galeno, a que el paso de Saturno por la constelación de Aries favorecía la propagación de la enfermedad y dejaba a los hombres de complexión melancólica —como decía que era el joven cardenal valenciano— más vulnerables al mal.

Al igual que hacía el papa —al menos hasta la muerte de Juan—, César jamás dormía solo.

Por ese motivo, el doctor Torrella no era capaz de definir dónde, cuándo y, sobre todo, a causa de quién había contraído la enfermedad, pues el médico valenciano estaba convencido de que era la cópula el motivo del contagio.

De hecho, el cardenal-arzobispo de Valencia supo que tenía el mal cuando le salió en el glande un chancro del tamaño de un grano de mijo, que el médico consiguió eliminar con un ungüento hecho con sales de mercurio.

Después le salieron pústulas en los brazos y las piernas que, a veces, secretaban una sustancia viscosa parecida a la miel.

Sobre ellas el médico aplicó emplastos de albayalde hasta que las eliminó sin que apenas quedaran cicatrices.

Para tratar los dolores de los huesos le prohibió la ingesta de alimentos dulces, el vino con especias, los nabos y las chirivías porque, según el doctor, hacían aumentar la «flema espesa» que agravaba la dolencia y, aunque no consiguió que desaparecieran del todo los dolores de huesos, hizo que las noches del cardenal fueran más llevaderas.

Hasta el punto de que su cuñada Sancha volvió a visitarlo.

Después de la muerte de Juan y el anuncio de que iba a acometer la reforma de la Iglesia, el papa había ordenado que los príncipes de Esquilache —Jofré de Borgia y Sancha d’Aragona— abandonaran Roma y volvieran a su pequeño feudo en Calabria para que, especialmente ella, no diera más motivos de escándalo.

Y es que, tras el asesinato de su amante, la princesa napolitana se había movido por la corte papal y por la ciudad entera como si ella fuera la verdadera viuda de Juan Borgia y no su legítima esposa, la duquesa María Enríquez, que esperaba en su feudo de Gandía, en el Reino de Valencia, una explicación sobre la muerte de su marido y, sobre todo, que se resolviera su testamento para que los títulos y rentas de los ducados de Terracina y Benevento —sobre los que su esposo no había tenido tiempo de tomar posesión— fueran transferidos al pequeño Joan, tercer duque de Gandía.

—Lucrecia asegura —explicó don Micheletto— que la reforma que se propone llevar a cabo el papa establece que el número de cardenales del Sacro Colegio nunca sea mayor de veinticuatro y que, obligatoriamente, residan en Roma.

Que sean escogidos entre teólogos y doctores y que ninguno pueda poseer más de un obispado ni rentas que superen los seis mil ducados al año.

Que no puedan acudir al teatro, asistir a torneos, participar en los juegos del carnaval o alancear toros.

—¡Vaya por Dios! —bromeó César—. ¡Con lo que me gusta el teatro!

—Pues lo que viene os gustará aún menos.

Su escolta no podrá superar los veinte hombres; no podrán tener más de ochenta servidores, más de treinta caballos ni muchachos menores de dieciséis años a su servicio como pajes.

Tampoco concubinas. Aquellos que las tuvieren —don Micheletto ralentizó la lectura porque apenas daba crédito a lo que tenía ante sus ojos— dispondrán de un plazo de diez días desde la publicación de la bula de reforma para despedirlas bajo pena de ser despojados de sus rentas.

También les prohíbe gastarse más de mil quinientos ducados en sus funerales y sepultura, y se condenará con la excomunión inmediata a quien cometa simonía o caiga en el pecado de la sodomía.

—Viejos hipócritas —escupió César en referencia a los cardenales—.

Después de haber comprado sinecuras, obispados y hasta capelos cardenalicios; haber comido, bebido y fornicado todo lo que han querido durante décadas, ahora que la comida les sienta mal, no aguantan la bebida y les ha abandonado el vigor en la entrepierna pretenden imponer la vida casta de los eremitas al resto.

Y no sólo mientras estemos con vida, sino también después de muertos.

—También parece que se la quiere imponer el propio papa a sí mismo —apuntó el asesino con una sonrisa burlona—.

Según cuenta vuestra hermana, en la bula de reforma, el papa pretende obligarse a sí mismo a que en el Palacio Apostólico sólo vivan clérigos, que no pueda abandonar Roma sin el conocimiento del Sacro Colegio Cardenalicio, que jamás vista ropa seglar y que en su corte no haya músicos, poetas o bufones.

—Ya te digo, Miquel, que tan loables y piadosas reformas no se harán nunca. Por mucho que el santo padre se haya obsesionado con ellas desde la muerte de mi hermano.

—¿Por qué no? —inquirió el asesino—. Parece muy decidido a ello.

—Y no dudo que lo esté en su corazón; pero dejará de estarlo en su cabeza en cuanto se dé cuenta de que no tiene lo necesario para ello.

—¿Qué es lo que no tiene?

—Paz, don Micheletto. Pero me refiero a la paz que emana de la autoridad y no de circunstancias, a la que se llega en Italia fruto de pactos débiles que se romperán con la misma facilidad con la que se han forjado.

Me refiero a la paz que emana del poder de verdad. El que te permite hacer tu voluntad.

—Para eso están las leyes, las bulas y los breves apostólicos. Por ejemplo, es el santo padre el único que puede condenar a la excomunión a un príncipe o a una ciudad entera, como hizo el papa Sixto con Lorenzo de Médici.

—Lo cual no supuso que el Magnífico perdiera el control de Florencia.

¿Cuántos reyes y emperadores han sido excomulgados por los papas sin que tal acción supusiera para ellos nada más que una molestia pasajera?

Es la capacidad de ejercer la violencia lo que da el verdadero poder.

Y el santo padre no la tiene ni siquiera para hacer su voluntad en su propio territorio.

—¿No?

—No. Más de la mitad de los feudos de los Estados Pontificios sigue en manos de señores vicarios, como los Bentivoglio de Bolonia, los Baglioni de Perusa, los Vitelli de Città di Castello o Caterina Sforza en Imola y Forlì; y eso sin contar a los Orsini y a los Colonna.

Todos ellos desafían constantemente la autoridad del papa.

Por eso no habrá reforma alguna, don Micheletto, ya lo verás.

—Entonces, ¿creéis que se le pasará este furor piadoso?

—Sin duda. Rodrigo Borgia siempre ha estado más inclinado a gustar de las alegrías de la vida que a sufrir sus penas.

Como yo mismo, vaya. Como tú. Como cualquiera que haya probado alguna vez que es mejor dormir en una cama de plumas que en un jergón de paja; que está más sabrosa la carne de res regada con buen vino pignoletto que las gachas de avena acompañadas de cerveza aguada, y que es más dulce el cuerpo de una muchacha de quince años que el de una matrona de cincuenta.

Y todo eso, don Micheletto, sólo te lo da el poder y la riqueza.

Por eso hay tan pocos ermitaños y tantos pecadores, porque la única manera de que este mundo se parezca un poco al paraíso es pecando.

—Y hablando de pecados —dijo don Micheletto mientras le señalaba los genitales—. ¿Cómo os encontráis?

—Ahí abajo —dijo César con una sonrisa pícara— ya no siento dolor alguno y vuelvo a enarbolar el estandarte con el ímpetu de siempre. Pero los huesos, amigo mío, son harina de otro costal.

—¿No os ayuda este tormento por el que os hace pasar el doctor Torrella? —preguntó mientras se quitaba la camisola, completamente empapada de sudor—. No sé cómo serán esos dolores, pero este calor es insoportable.

—Sí que ayuda. De otro modo no me sometería de buen grado ni a los ungüentos de sales y albayalde ni a esta penitencia.

—Supongo que es el precio que hay que pagar.

—Todo tiene un precio, Miquel. También una corona real. No he venido aquí sólo a ungir a Federico como nuevo rey de Nápoles, sino también a cobrarle el servicio. Aunque él no lo sabe todavía.

—¿No lo sabe? Yo creo que sí. Debe ratificar el nombramiento como duque de Pontecorvo, Terracina y Benevento a vuestro sobrino, el pequeño Joan de Gandía.

—Así es y así se acordó. Pero es que, tras la muerte de mi hermano, las circunstancias han cambiado. Y también las condiciones de pago.

—¿Pretendéis vos o el papa más privilegios, títulos o rentas del Reino de Nápoles para el pequeño duque de Gandía? ¿O quizá para vuestro hermano Jofré? ¿O para Lucrecia?

—En absoluto. Mi cuñada la duquesa viuda María Enríquez se debe conformar con lo que su hijo ya tiene.

Y, respecto a mi hermano pequeño, igual es necesario un cambio en su condición.

Es evidente que su naturaleza, ¿cómo decirlo?

, lo predispone mejor a la carrera eclesiástica que a mí, por ejemplo. Sería mejor cardenal de lo que yo soy.

—¡Bueno! —exclamó—. Eso suponiendo que la bula de reforma no entre en vigor nunca.

—Ya te digo que no lo hará, Miquel. No al menos en este papado. Ni en el siguiente tampoco.

—De todos modos, ¿creéis que el santo padre accedería a nombrar cardenal a Jofré? Habría que anular primero su matrimonio con Sancha.

—No sería imposible. Pero no es en eso en lo que estoy pensando. Debemos reforzar Nápoles. Con un nudo doble.

—¿Un doble matrimonio?

—Así es. Voy a proponer al santo padre que Lucrecia, cuando se anule su matrimonio con el Sforzino, se case con Alfonso d’Aragona, el duque de Bisceglie.

—¿El hermano de Sancha?

—El mismo.

—¿Y el otro nudo?

—Ése lo debo atar yo. Con otra boda.

—¡Pero si sois cardenal presbítero de Santa Maria Nuova, arzobispo de Valencia y abad del monasterio de la Valldigna!

—Y un simple subdiácono nada más, Miquel. No tengo más óleos ungidos sobre la frente y los dedos que los de las órdenes menores. Como tú mismo, vaya.

—Sí, pero, que yo sepa, no ha habido en toda la historia de la Iglesia un solo cardenal que haya renunciado a la púrpura y al capelo.

—Vivimos tiempos de novedades, don Micheletto. Si el retoño segundón de un simple cavaller de Xàtiva, como Roderic de Borja, ha llegado a ser el papa Alejandro VI, no veo por qué su hijo no puede dejar de ser cardenal para ocupar el lugar que le corresponde.

—¿Que le corresponde o que quiere?

—Para mí, no hay diferencia alguna. Por eso voy a proponerle al nuevo rey de Nápoles mi matrimonio con su hija Carlota.

Aquello eran palabras mayores. El marido que César había pensado para su hermana —Alfonso, duque de Bisceglie— era un bastardo.

Sin embargo, Carlota d’Aragona, hija legítima del futuro rey de Nápoles, era una princesa de sangre real por los cuatro costados.

Y César, en el mejor de los casos, otro segundón de un cavaller valenciano y, para todo el mundo, el hijo ilegítimo de un papa simoníaco y mujeriego.

—Lo he pensado mucho —dijo César—. El santo padre necesita un nuevo capitán general de la Iglesia y ese capitán necesita un señorío y, con él, una esposa que le dé un heredero acorde a su dignidad.

—Y ese capitán —susurró don Micheletto— sois vos.

—Si ésa es la voluntad de Dios, lo seré.

—Y, sobre todo, eminentissime pater , si es la vuestra.