El mirto y el puñal 25
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En Roma, las malas noticias atraviesan la ciudad con más premura que el sonido de sus miles de campanas.

Antes de que los bronces llamaran al rezo del ángelus, hasta el convento de San Sixto había llegado el rumor de que en el Vaticano —justo en el otro extremo de la urbe— el duque de Gandía y capitán general de la Iglesia había desaparecido.

Cuando Perotto llegó al convento con la confirmación de la noticia, estaba anocheciendo.

—Las patrullas de la guardia pontificia —dijo Perotto— se han adueñado de las calles para buscar a su excelencia. Hasta los estradiotes de don Micheletto recorren la ciudad al galope con sus temibles martillos de guerra en las manos.

Lucrecia, Julia, la madre Picchi y el resto de las monjas subieron a los pisos más altos del cenobio para contemplar el terrible espectáculo de la rabbia spagnola que el papa Alejandro había desatado sobre Roma para encontrar a su favorito.

Cientos de antorchas iluminaban la ciudad de tal modo que parecía que había vuelto a amanecer.

Todos los hombres que el Vaticano era capaz de movilizar recorrían las calles con una tea en una mano y la espada en la otra.

Daba igual si se trataba de una cabaña entre la maleza de las riberas del Tíber o de la suntuosa residencia de un cardenal; entraban a patadas en todos los lugares donde sospecharan que podía estar el duque de Gandía o podían darles alguna noticia de su paradero.

Aunque no hubo muertos, de pocos sitios salían sin dejar tras ellos alguna cabeza abierta, dientes esparcidos por el suelo y abundantes destrozos.

Tan rápidas y brutales fueron las batidas que, antes de la medianoche, Roma se había encerrado en sí misma como ocurría cada vez que moría un papa.

En la fortaleza de los Orsini de Monte Giordano y en la de los Colonna del Quirinal se apostaron ballesteros y se armaron los falconetes de las almenas de sus torres.

Indicaban así a los hombres de su santidad que, a pesar de ser inferiores en número, venderían caro el acceso a sus cubiles si se pretendía entrar con violencia.

Esta vez, en el convento de San Sixto Viejo, la madre Girolama Picchi dejó entrar de buen grado a media docena de guardias pontificios que el capitán Roderic de Borja había enviado al cenobio para proteger a la hija y a la amante del santo padre.

Aquella misma noche, en el callejón della Volpe —‘del zorro’—, cerca de la plaza Navona, se encontró al palafrenero que había acompañado al duque de Gandía.

Aún estaba vivo, pese a las profundas puñaladas que tenía en el pecho y en los brazos.

Fue trasladado de inmediato al Vaticano, donde, antes de morir, indicó que su amo le había pedido que lo esperara junto a la judería y, si no regresaba, que volviera al Palacio Apostólico.

Tras las revelaciones del criado, los hombres del papa cayeron como una tormenta de verano sobre las casas de los judíos de la zona del pórtico de Octavia y la isla Tiberina.

Pero no sirvió de nada. No encontraron a nadie que hubiera visto al capitán general de la Iglesia.

Ya de madrugada se dio aviso de que la montura de Juan Borgia había aparecido en uno de los descampados cercanos a las ruinas del mausoleo de Augusto y el antiguo campo de Marte.

Allí se interrogó a un vendedor de leña croata llamado Giorgio Schiavino, que, como cada noche, dormía en su barcaza para vigilar la carga de madera que portaba y que estaba amarrada en uno de los pantalanes de la ribera del Tíber, entre la iglesia de San Jerónimo de los Ilirios y la de San Roque.

Aseguró que, en mitad de la noche, había visto a un grupo de tres hombres que escoltaban a un cuarto, a lomos de una mula blanca, que llevaba un cadáver atravesado en la grupa, con la cabeza colgando por un lado y las piernas por el otro.

Los peones descargaron el cuerpo y lo arrojaron al río.

Como no se hundía, lanzaron piedras para que se enredaran en la capa del muerto hasta que lograron que se sumergiera. Después, se esfumaron.

—¡Perro estúpido! —le gritó don Ramiro de Lorca tras cruzarle la cara con la mano enguantada—. ¿Y por qué no habías dicho nada hasta ahora?

—¡ Signore —sollozó el croata—, hace cinco años que vigilo por la noche los cargamentos de leña y he visto tirar por ese terraplén docenas de cadáveres! ¡Nadie me ha preguntado antes por alguno!

En cuanto el santo padre se enteró del testimonio del mercader, ordenó que se dragara el río.

Todos los scaricatori —‘estibadores’— de Roma fueron llamados para hurgar con sus pértigas rematadas en garfios entre el fango y las malezas de las orillas.

A cambio de un ducado de oro, mozos del Trastévere y la Suburra se sumergieron en el centro del cauce para buscar al duque.

Más de trescientos hombres registraron, palmo a palmo, el pestilente lecho del río hasta que, a primera hora del segundo día de búsqueda, un pescador venido de Fiumicino sacó el cadáver ricamente vestido a la altura de las ruinas de los cimientos del desaparecido puente de Nerón.

Las lampreas del fondo del río le habían mordisqueado el tajo abierto en la garganta y las otras ocho heridas que tenía en la cabeza, los brazos y los muslos.

Llevaba los guantes de fina piel de cabritilla sujetos al cinturón, de donde aún colgaban el puñal de mango dorado y la bolsa con treinta ducados de oro.

Era Juan Borgia. Además, tenía las manos atadas a la espalda.

No lo habían matado para robarle, sino para hacer daño al papa.

El cadáver fue trasladado en la misma barca al castillo de Sant’Angelo, donde, bajo la supervisión del doctor Torrella, los ayudantes de monsignore Burcardo adecentaron al cuerpo del duque de Gandía antes de presentárselo al papa. Pero antes lo vio Vannozza.

La dama parecía haber envejecido dos décadas en tan sólo un par de días.

Llegó a Sant’Angelo acompañada de Lucrecia y sin más séquito que el mozo de cuadras que llevaba las riendas de la mula que la condujo a la fortaleza junto a dos dueñas de su casa que traían consigo pociones, perfumes y ungüentos para lavar el cadáver.

También iba con ella un joven florentino de nariz rota y mirada torva cargado con un cartapacio, papel y una bolsa de pinceles y carboncillos que delataba su condición de artista.

Vannozza ni siquiera se molestó en identificarse ante los guardias de la fortaleza, quienes le franquearon el paso con la cabeza gacha, como si se tratara de la mismísima Virgen rumbo al sepulcro de Nuestro Señor.

Lucrecia lloraba, y eso que apenas conocía a aquel hombre despojado de todo —de ropa y de vida— al que la muerte le había arrebatado también la arrogancia.

Se dio cuenta de que sus lágrimas no eran por aquel hermano al que apenas conocía y cuya frivolidad le desagradaba.

Lloraba por su madre, cuyo dolor podía sentir con la misma intensidad que el aire frío que se colaba por los corredores de la fortaleza.

Lloraba porque Vannozza ni siquiera era capaz de hacerlo.

La madre se sentó en un taburete y ordenó a los ayudantes de monsignore Burcardo que, desnudo como estaba, le pusieran a su hijo en el regazo para acunarlo como cuando era un recién nacido, veinticinco años antes.

Se quedó allí, mirándolo como si, en vez de muerto a puñaladas, sólo estuviera dormido y fuera a despertar ante las dulces caricias de su madre.

La pericia del doctor Torrella para suturar las heridas y la habilidad de las mujeres con los ungüentos y afeites habían obrado el milagro de que Juan Borgia no mostrara en su cuerpo delgado y de músculos bien definidos los estragos de la muerte; incluso su rostro ovalado, de finos pómulos, melena castaña y barba partida, presentaba una expresión serena y tranquila.

Un silencio espeso se apoderó de la antigua cámara mortuoria del emperador Adriano.

Sólo se oían las rozaduras del carboncillo que el joven florentino hacía volar sobre el papel.

Las formas de las vestiduras de la Virgen parecía que se iban a mover con la siguiente ráfaga de viento, mientras que las facciones de Vannozza quedaban transformadas, en el cartón, en las de la Virgen, llenas de un dolor serenado por la ternura de una madre eternamente joven y bella, como lo son las caras de todas las madres en el recuerdo de sus hijos.

Lucrecia nunca había visto nada parecido.

Lo de aquel joven de nariz rota no era habilidad ni arte; era un prodigio que todavía se haría mayor y más asombroso cuando, menos de dos años después, Lucrecia reconociera aquel dibujo en la escultura de mármol con la que el cardenal Jean de Bilhères adornó su tumba en la capilla de Santa Petronila de la basílica de San Pedro.

No pudo evitar preguntar por su nombre al artista, quien, absorto en su labor, respondió cuando le inquirió por tercera vez.

—Buonarroti —gruñó más que dijo—. Me llamo Miguel Ángel Buonarroti. De Florencia.

Enterraron al duque de Gandía la misma noche de aquel viernes de dolor.

Cuando el portón del castillo de Sant’Angelo se abrió, doscientos monjes con teas encendidas surgieron de las entrañas de piedra de la fortaleza.

Entonaron cánticos fúnebres, misereres y salmos alrededor del carruaje que llevaba el ataúd abierto del capitán general de la Iglesia.

Todos los que veían el rostro de Juan Borgia coincidían en que, con su coraza dorada y el bastón blanco de gonfalonero de la Santa Sede entre las manos cruzadas sobre el pecho, estaba aún más guapo que cuando vivía.

Vannozza y su marido, junto a Lucrecia, seguían al féretro en el interior de un carruaje cerrado a pocos pasos de distancia.

Tras ellos, todo el cortejo continuó hasta la basílica de Santa Maria del Popolo donde sepultaron a Juan en una capilla próxima al altar mayor.

Después, la prudencia se impuso a la curiosidad de la gente y, con la misma rapidez con la que se habían llenado para asistir al funeral del gonfaloniero, las calles de la ciudad se vaciaron y se atrancaron puertas y ventanas.

Había motivos para temer la cólera de Alejandro VI, más aún cuando aparecieron panfletos con versos como éstos: «Te piscatoris hominum, Sexte, facile credimus.

Cum proprium cepisti, retibus filium». 1 No obstante, no ocurrió nada.

La venganza del papa no se desataba por una buena razón.

El santo padre había perdido la cabeza.

En cuanto vio el cadáver de su favorito, su santidad se desmayó.

Cuando volvió en sí, tambaleándose entre espantosos alaridos, se encerró en sus aposentos en la torre Borgia y allí permaneció.

No quiso comer y apenas tomó unos pocos sorbos de agua.

De nada sirvieron los ruegos del doctor Torrella, de su secretario mosén Marrades o de Perotto, su cubiculario de más confianza, para que abriera la puerta.

También fueron en vano las súplicas de Julia Farnesio.

El santo padre ordenó que la guardia pontificia la expulsara de allí mientras la llamaba barragana de Satanás y perdición de los hombres, pues la acusaba de haber provocado el terrible castigo que Dios le había enviado.

Sólo permitió, el domingo por la tarde, que Vannozza pasara a su habitación.

La madre de Juan, César, Lucrecia y Jofré estuvo allí dentro un par de horas y, cuando salió, se negó en redondo a contar qué había ocurrido allí dentro y sobre qué habían hablado el papa y ella.

Después de que Vannozza se marchara, el papa pidió que se le preparara la stufa , el pequeño cuarto anexo a su dormitorio donde había una bañera, y que se le trajera ropa limpia, comida y bebida.

Mientras se aseaba y comía mandó a sus secretarios que convocaran un consistorio público para el día siguiente en la sala del Papagayo del Palacio Apostólico.

Debían asistir todos los cardenales que estuvieran presentes en Roma —sin excusa alguna—, así como los embajadores de las grandes potencias.

Pese al manto rojo bordado en oro, los borceguíes escarlata y el triregnum encajado en la cabeza, Alejandro VI no parecía un rey, sino un pobre anciano vencido por el dolor.

— Carissime fratres cardinales —dijo el papa—, un mayor dolor no podíamos sufrir pues Nos amábamos al duque de Gandía por encima de cualquier otra cosa en el mundo y gustosos daríamos siete veces el papado y la tiara para devolverle a la vida.

Somos conscientes de que Dios ha enviado esta durísima prueba por algún pecado nuestro y no porque el capitán general de su Iglesia mereciera una muerte tan atroz.

El sumo pontífice hizo una pausa para cerrar los ojos, bajar la cabeza y juntar las manos, lo que todo el mundo interpretó como una brevísima oración por el alma de su favorito.

El gesto fue imitado por todos los presentes en la sala del Papagayo, especialmente aquellos sobre los que ya recaían las sospechas y que esperaban que el pontífice los acusara allí mismo del crimen.

Sin embargo, Alejandro VI permaneció sentado, tan frágil y roto como al principio de su comparecencia.

—Hemos meditado mucho sobre esta desgracia —siguió—, y hemos resuelto que, a partir de ahora, no pensaremos más que en nuestra propia enmienda y en la de la Iglesia de Cristo.

Por ello, encargaré a seis de mis hermanos cardenales que constituyan una comisión para la reforma de la Corte Apostólica y la curia.

La sala se llenó de miradas incrédulas, pues Alejandro VI no era el primer papa que, desde Gregorio el Grande, anunciaba que era necesaria una reforma eclesiástica que jamás se llevaba a cabo.

—No obstante —continuó—, se ha cometido un crimen.

Uno espantoso cuyo responsable debe ser castigado por las leyes de los hombres.

Pero antes de que el atroz rostro de la sospecha y la calumnia provoque la delación y la discordia, quiero aclarar que sé que de la muerte del duque de Gandía no ha de culparse al conde de Pésaro, Giovanni Sforza, ni al vicecanciller Ascanio Sforza; tampoco al duque de Urbino ni al príncipe de Esquilache.

Hasta Nos, pese a nuestro doloroso encierro durante los últimos días, han llegado ya rumores y maledicencias que deben ser cortadas de raíz para que la investigación llegue a buen puerto y la mano asesina sea descubierta, juzgada y condenada.

Murmullos de aprobación —y también de alivio— se apoderaron de la estancia.

El nuevo embajador de los reyes de Castilla y Aragón, García Laso de la Vega, tomó la palabra para elogiar la prudencia del santo padre a la hora de no extender las sospechas; en parecidos términos se expresaron todos los cardenales presentes en la reunión.

Salvo dos, que se mantuvieron en silencio hasta que el pontífice dio por concluido el consistorio.

Uno era el cardenal Giambattista Orsini, hermano del difunto Virginio Gentile.

El otro, el cardenal-arzobispo de Valencia: César Borgia.