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—Ya verás, mare . Ya verás. En lugar de discutir o devolver el insulto, me levanté con toda tranquilidad y me marché con mis criados de allí.
Imagino que, cuando se cercioraron de que ya no estaba en el palacio, estallarían en risas porque creían haberme humillado.
Pero estaban muy equivocados. Muchísimo.
La cara del cardenal-arzobispo de Monreale —el más veterano en cuestiones vaticanas de la mesa— se nubló de preocupación. Su instinto político le decía que el duque de Gandía había hecho una estupidez. Otra más. Y lo peor es que, quizá, había provocado que el papa cometiera otra.
—Me fui hasta el Palacio Apostólico y se lo conté todo al santo padre.
¡Válgame el cielo! ¡Nunca le había visto así!
Se puso hecho un basilisco y me dijo que aquel insulto no podía quedar sin respuesta.
Porque si alguien en Roma se atrevía a ofender al hijo del papa, la propia autoridad del sumo pontífice quedaba en entredicho.
Me ordenó que tomara un escuadrón de la guardia pontificia, que volviera a la vicecancillería para prender a aquel secretario y que se lo llevaran inmediatamente.
—Y supongo que eso hiciste —apuntó César.
—Eran órdenes de su beatitud —dijo Juan—.
Sin embargo, cuando me presenté en la vicecancillería, el cardenal Ascanio Sforza en persona estaba en la puerta para decirme que no se podía violar la inmunidad de su residencia y que él mismo, al día siguiente, le daría al sumo pontífice todas las explicaciones sobre el incidente.
Así que regresé al Vaticano para contárselo al papa.
—¿Y qué ocurrió después? —preguntó el cardenal de Monreale.
—Pues que su santidad me hizo volver con dos destacamentos de la guardia en lugar de uno y, esta vez, me ordenó llevar un par de falconetes con los que amenazar a Ascanio.
Tenía órdenes de cañonear la vicecancillería si aquel miserable no era entregado de inmediato.
Esta vez, claro, el gordo no alegó inmunidades ni privilegios de ninguna clase y me confió al secretario.
¡Y ahora —se rio—, ahora viene lo bueno! ¡De verdad!
—¿Qué hicisteis, excelencia? —intervino César.
—Cumplir las órdenes de su santidad, como era mi obligación como gonfaloniero y capitán general de la Iglesia, eminencia.
Lo hice ahorcar allí mismo. Como tú dices siempre, lo único que un príncipe no puede tolerar es que se cuestione su autoridad.
Para ello, no hay nada como una saludable porción de terror.
Esta vez, nadie celebró el final del relato del duque de Gandía. Las ganas de celebrar desaparecieron, porque la alegría con la que había empezado la cena se disipó casi al mismo tiempo que la luz del sol se ocultó tras el monte Palatino.
—Eso ha sido un error —dijo César.
—¿Por qué, hermano? Como decía el gran emperador Tiberio, no me importa que me odien, pero que me teman. Oderint dum metuant , si mal no recuerdo mis lecciones de latín.
—Tienes razón, hermano, en que el terror debe ser monopolio del poder para controlar el orden.
Pero para su correcta aplicación, no hay que mirar su cantidad, sino su eficacia.
Tu porción ha sido extremadamente ineficaz.
El cardenal Ascanio no olvidará esto, aunque ahora finja hacerlo.
Y no sólo lo necesitamos para que convenza a su primo el Sforzino de que acepte la nulidad del matrimonio de Lucrecia, tampoco podemos olvidar que el Ducado de Milán, que está en manos de su hermano el Moro, sigue teniendo un formidable ejército a su disposición.
Por último, no has conseguido nada porque van a seguir pensando que somos unos bastardos y ahora, encima, saben que te molesta que nos lo recuerden; lo cual les ofrece un flanco donde atacar.
No, hermano, no. Hoy no te temen más; sólo te detestan más.
Juan no contestó. Se dio la vuelta, apuró de un trago la copa de vino que tenía en la mano y se dirigió hacia el viñedo para orinar, sin que le importara lo más mínimo la presencia de los huéspedes de su madre mientras lo hacía.
Después, con cara de alivio y su encantadora sonrisa, volvió a la mesa y pidió a los músicos que tocaran algo alegre para acabar la velada con algunas danzas.
Sin embargo, pocos bailaron. Menos de una hora después, cuando ya era noche cerrada, los invitados se fueron marchando a la luz de las antorchas que portaban sus criados para iluminar las oscuras y siempre peligrosas calles de Roma.
Los últimos en marchar fueron César y Juan, que, junto al primo de ambos y recién nombrado cardenal de Santa Maria in Via Lata —Joan de Borja i Llançol de Romaní, al que llamaban el Menor—, enfilaron el camino hacia el Borgo y el Palacio Apostólico.
La comitiva marchaba en silencio, que se hizo aún más denso cuando llegaron a la via dei Pellegrini y a la Vicecancillería, ante cuyos muros Juan había hecho ahorcar a un notario apostólico.
Sin embargo, el duque de Gandía, cuya ebriedad era más que evidente, se despidió jovial:
—Eminencias, nuestros caminos se separan aquí. Ha sido una velada de lo más placentera, pero —dijo mientras les guiñaba un ojo— aún tengo necesidad de un placer que vosotros no podéis proporcionarme, aunque vuestra compañía sea tan grata.
—¿Te vas? —preguntó Joan de Borja i Llançol—. ¿Estás seguro?
—Por completo. Hay una dama, o más de una, que aguarda mi llegada.
—Que te acompañen un par de guardias —le recomendó el cardenal de Santa Maria—. Aunque hay luna llena, toda precaución es poca a estas horas.
—No será necesario, primo. Me llevo a Giovanni —dijo señalando a su palafrenero, que, además, iba armado—, como ves, ya me están esperando.
Quien esperaba al duque de Gandía estaba al final de la calle, a lomos de un mulo plateado, cuyo pelaje brillaba a la luz de la luna. Portaba una fina máscara de cuero como la que los gentilhombres romanos usaban en verano para protegerse los ojos de los mosquitos.
—Adiós, hermano —concluyó César mientras arreaba a su mula para que se pusiera en marcha—. Adiós.