El mirto y el puñal 24
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–¡Por favor, madre Girolama! —exclamó monsignore Burcardo con los brazos extendidos en señal de súplica—. ¡Os ruego que seáis razonable!

—¡He dicho que no! —la voz aguda de la abadesa atravesó los gruesos tablones del pontón de madera como un cuchillo caliente la manteca—. ¡Y no es no!

—¡Madre Girolama! —insistió el maestro de ceremonias—.

Me veo en la obligación de recordaros que cumplo órdenes del santo padre que os conmina, bajo su sacrosanta autoridad, a que abráis las puertas para que yo pueda hablar con la condesa de Pésaro y la dama Julia Farnesio.

¡Debo explicarles por qué deben acudir a la llamada del papa en el Palacio Apostólico!

—Y yo me veo en la obligación —chilló la abadesa— de recordaros que la signora Lucrecia y la signora Julia me han dicho que no quieren hablar con vos y que en este convento está prohibida la presencia de hombres.

¡A no ser que se presente aquí mismo Nuestro Señor en carne mortal, no abriré estas puertas!

—¡Estáis peligrosamente cerca de la herejía! —bramó el también obispo de Segorbe—. ¡Monja insolente!

—¡Y vos más cerca aún de que suelte a los perros! —respondió la abadesa—. ¡Sacristán de Satanás! ¡Monaguillo de putas!

Lucrecia y Julia se llevaron las manos a la boca para ahogar las carcajadas que, entre el asombro y la admiración, les provocaba la valentía de la priora del convento de San Sixto.

La madre Girolama Picchi parecía la encarnación de las tres furias encerradas en su figura bajita y rechoncha, casi igual de alta que de ancha.

—¡Madre Girolama! —berreó Burcardo—. ¡Os lo advierto por última vez! ¡Abrid las puertas!

Al otro lado del portón, la priora giró sobre sus talones y le hizo un gesto con la mano a la hermana lega que sujetaba las correas de dos mastines napolitanos para que guardara a las bestias en la perrera.

Después, se dirigió a Lucrecia y Julia, que, en un rincón, seguían entre estupefactas y muertas de risa.

—¡Niñas! —espetó—. ¡A vuestras celdas! ¡Ahora!

Las jóvenes, pese a sus títulos y dignidades, recibieron la orden de la monja como si fueran aún las mismas chiquillas que se habían criado en el convento hacía casi una década y se aprestaron a obedecer. No obstante, Lucrecia reunió el valor suficiente para preguntar:

—Madre —susurró—. ¿Podemos estar juntas en la misma celda?

La madre Girolama soltó un bufido y asintió con la cabeza sin siquiera mirarlas.

Con toda la velocidad que le permitían sus pocas piernas y sus muchas carnes, se dirigió a la sala capitular del cenobio, dejando atrás a las jóvenes.

Éstas, una vez que cerraron la puerta de la celda de Lucrecia, irrumpieron en carcajadas.

—¡No me lo puedo creer! —dijo Julia cuando recuperó la compostura—. Hubiera pagado lo que me pidieran por ver a monsignore Burcardo así de humillado.

—¡Y por una monja gordita! —rio Lucrecia—. ¡Y delante de los estradiotes de don Micheletto!

—¿Estás segura de que estaban allí? —inquirió Julia—. ¿No sería una bravuconada para impresionar a la madre Girolama?

—No creo. Además, Perotto me ha contado que el santo padre soporta cada vez menos tu ausencia. Lo raro es que no haya enviado a todo el ejército pontificio para sacarnos de aquí.

—¡Si supiera Burcardo que Perotto entra y sale de este monasterio cada vez que quiere! —susurró Julia tapándose la boca con sus manos blancas—. ¡Le daría un síncope!

—¡Cállate! —cortó Lucrecia—. ¡Ni lo menciones!

—¡Pero si lo sabe todo el convento, Lucrecia! —insistió Julia—. Todas las monjas lo ven venir con tu correspondencia.

—Pero no franquea los muros —respondió la hija del papa con una sonrisa malévola—. Bueno, al menos no lo ve nadie. Ya nos aseguramos de ello.

—¿Cuándo fue la última vez?

—Hace tres días —suspiró Lucrecia—. Vino para traerme una invitación para la cena que mi madre ofrece esta noche en su viña del Esquilino. Invitación que rechacé, claro.

—Hiciste bien.

—No lo sé. No lo sé. Por toda Roma se dicen cosas horribles de mí.

—¡Bah! —bufó Julia—. No son peores de lo que me han dicho a mí. Te recuerdo que me llamaban la sponsa Christi , la esposa de Cristo.

—¡Tu marido no va diciendo por ahí que te acuestas con tu padre o que haces vida marital con tus hermanos!

—El Sforzino esparce todas esas calumnias para negociar un mejor acuerdo de disolución del matrimonio. Cuando le den lo que quiere, dejará de hacerlo. Todo acabará pronto, ya verás.

Sobre la hora undécima, los invitados empezaron a llegar a la viña de Vannozza.

Por toda la ciudad, la gente sacaba mesas y sillas a las calles para cenar al aire libre y colgaba de los emparrados y tejadillos ramitos de albahaca para ahuyentar a los mosquitos.

Por primera vez en años, la urbe y la mayor parte de Italia estaban en paz, tanto consigo mismas como con el resto de Europa.

La invasión francesa era un mal recuerdo; el tiempo de las pestilencias del Tíber aún estaba lejos y hasta el cielo de Roma parecía sonreír en añil y malva.

Estaba previsto que, esa misma semana, Juan y César partieran a la coronación de Federico como nuevo rey de Nápoles.

Por ello, Jofré de Borgia y Sancha d’Aragona se habían marchado unos días antes, pese a los ruegos de Vannozza de que retrasaran su partida; no obstante, la princesa de Esquilache tenía prisa por volver a su patria para la coronación de su tío y, según se rumoreaba en la corte vaticana, para alejarse tanto del duque de Gandía como del cardenal-arzobispo de Valencia.

César y don Micheletto llegaron pronto a la viña donde ya se hallaba el cardenal de Monreale.

Vannozza estaba radiante y casi feliz en aquella reunión, ya que le hubiera gustado que Lucrecia y Jofré hubieran asistido también.

La que toda Roma tenía como madre de los hijos del papa había cumplido ya los cincuenta y cinco y, aunque había ganado algo de peso con la edad, no lo había hecho en exceso y se mantenía ágil y saludable.

Pese a que llevaba ya más de quince años en la urbe bajo la protección del santo padre, se había mantenido alejada de las intrigas vaticanas, incluso a costa de renunciar a cuatro de sus hijos porque el último —Octaviano, un muchacho de doce años que corría por el vergel— era fruto de su primer matrimonio romano con Giorgio della Croce.

Vannozza ordenó que se sirvieran los manjares bajo el emparrado del porche antes de que Juan de Gandía hubiera llegado, si bien se le reservó un lugar preferente en la mesa, a la derecha de su madre.

Cuando por fin apareció en mitad del ágape, hizo una entrada digna de la segunda venida de Nuestro Señor.

Repartió sonrisas, palmadas en la espalda y abrazos y recibió la adoración de casi todos los presentes.

Era, sin duda, un completo inepto en el arte de la guerra, un frívolo y un saco de orgullo y vanidad mal entendida, pero también tenía un poderoso don de gentes que le permitía, junto a su belleza, convertirse en el centro de atención de cualquier reunión.

Sin duda, hubiera sido un magnífico embajador, a poco que le hubieran enseñado a mentir con discreción y a disimular con elegancia.

—Anoche me invitó el cardenal Ascanio Sforza —empezó a contar con una copa de vino en la mano— a una cena en la vicecancillería para discutir sobre la anulación del matrimonio de mi hermana Lucrecia.

—¿Qué quería el vicecanciller de ti, hermano? —preguntó César con voz gélida—. No sabía que el santo padre te había encargado también a ti negociar con los Sforza sobre un asunto tan delicado.

—Bueno —dijo Juan con su encantadora sonrisa— es que, oficialmente, no estaba allí para discutir nada.

Era una cena amistosa entre el gonfaloniero y capitán general de la Iglesia y su vicecanciller apostólico para hablar de esto y de aquello y, de paso, pues discutir los términos en los que el Sforzino debe devolver la dote de Lucrecia. ¡Que buena falta me hace!

—No me digas —apuntó César— que ya te has gastado los setenta mil ducados de la multa de los Orsini que te regaló el santo padre para que te recuperaras mejor de la herida que sufriste en las campas de Soriano Nel Cimino.

—Sí..., quiero decir, no —acertó a responder—.

Bueno, eso no importa ahora. El caso es que, durante la cena, le insistí al vicecanciller en que debía convencer a su primo de que aceptase que, a causa de su impotencia, no pudo consumar el matrimonio.

Si no yo mismo me presentaría en Pésaro con el ejército pontificio para cortarle la verga. ¡Y así mi hermana tendría razón!

Las carcajadas que provocó con aquella soez ocurrencia debieron sonar en todo el Esquilino.

—Entonces —continuó cuando logró dejar de reír—, el secretario del vicecanciller...

—¿Cuál de ellos? —le cortó el cardenal de Monreale—. ¿Domenico Telesio o Francesco Puzzoli?

—¡Y yo qué sé, tío! —respondió con otra risotada—.

Todos los chupatintas de la vicecancillería me parecen iguales: viejos calvos que huelen a pergamino apolillado, tinta rancia y orina seca.

El caso es que me dijo que mostrara más respeto por el conde de Pésaro.

Que merecía, como mínimo, el mismo que yo porque, a fin de cuentas, los dos éramos bastardos.

Y yo más aún, si cabe, pues a quien llamaba padre había sido ordenado sacerdote y el del Sforzino no.

Un silencio tan espeso como el vino aromatizado con miel y canela que rebosaba en las copas se esparció por el ambiente. Sobre la, hasta el momento, alegre reunión empezaron a derramarse las primeras sombras del ocaso.

—A punto estuve de sacar la daga y cortarle allí mismo la lengua a aquella rata —dijo el duque de Gandía—, pero luego pensé que eso era, precisamente, lo que buscaba aquel miserable.

Supongo que por orden del gordo y seboso del cardenal Ascanio.

No soy tan estúpido. Por eso opté por otra jugada que salió mucho mejor.

—¿Cuál? —preguntó Vannozza—. ¡Ay, Santa María!