El mirto y el puñal 23
31%

23

–¿Alguna noticia de Florencia? —preguntó el cardenal de Monreale a César Borgia mientras aguardaban en la sala de los Pontífices a que llegara su santidad para dar inicio al consistorio—. Han pasado dos meses ya.

—Alguna hay, tío —contestó el arzobispo de Valencia—. Tras la excomunión, Savonarola siguió predicando cada domingo en el convento de San Marcos. Incluso hizo imprimir sus sermones para distribuirlos por toda Italia. Savonarola es un peligro.

—Bueno. Es lo que tiene nuestra fe. Como su mensaje es para todos, judíos y gentiles, ricos y pobres, nobles y plebeyos, siempre hay alguien que piensa que ese reino del cielo, prodigio de la igualdad y la justicia, puede adelantarse aquí en la tierra.

Ese anhelo de cambio, como todos los cambios, suele nacer de la anarquía y la desobediencia.

Pero para evitarlo están la Iglesia y sus príncipes. Es normal. Ha pasado desde hace siglos.

—No me refiero a eso. Sabe bien la Iglesia cómo cauterizar, con el fuego de las hogueras, las heridas que causan herejías como las que propagaron Fray Dulcino por la Lombardía, Cecco d’Ascoli en la Toscana o Jan Hus en Bohemia.

El peligro que supone Savonarola no viene de sus cilicios y milagrerías de las que, tarde o temprano, los florentinos se cansarán, así como de sus compañías de la esperanza y sus niños delatores.

—Entonces, ¿de dónde viene?

—De que, además de volver a abrirles las puertas de Italia al rey de Francia, al de Aragón o al emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, sus diatribas apocalípticas y sus llamadas a la buena vida cristiana cuestionan la autoridad del sumo pontífice.

Y eso, tío, es el verdadero desorden que no puede consentirse.

En ese momento, el santo padre entró en la sala de los Pontífices y se sentó en el trono dorado ante el que, como de costumbre, desfilaron todos los cardenales para besarle la zapatilla.

Era un consistorio secreto, reservado únicamente a los veinticuatro miembros del Sacro Colegio que estaban en Roma.

Además, Alejandro VI quería despacharlo con rapidez, pues otro problema ocupaba sus pensamientos.

— Eminentissimifratres cardinales —saludó después del rezo colectivo del paternóster con los que empezaba cada reunión—, os he reunido hoy para hacer pública la decisión de Nos de nombrar a su eminencia reverendísima el cardenal-arzobispo de Valencia legatus missus para la próxima coronación del rey Federico de Nápoles.

César Borgia dobló la rodilla y bajó la cabeza en señal de agradecimiento entre las sonrisas de la mayoría de los prelados.

—Además —continuó Alejandro VI—, también hemos decidido que los condados propiedad de la Santa Sede de Benevento, Terracina y Pontecorvo, todos ellos en tierras de Nápoles, sean ascendidos a la condición de ducados y sus titularidades pasen, en calidad de vicariatos del patrimonio de San Pedro, al gonfaloniero y capitán general de la santa romana Iglesia, Juan Borgia, duque de Gandía.

Estos señoríos se le conceden a perpetuidad a su persona y a sus descendientes legítimos.

César, que aún estaba arrodillado, levantó la cabeza como si fuera una serpiente a punto de atacar.

Mientras, el resto de los cardenales hacía justo lo contrario y desviaban la mirada al suelo forrado de fina cerámica de Manises ante la concesión de un nuevo privilegio para el favorito del papa.

Todos, salvo uno, el cardenal Piccolomini, sobrino del papa Pío II.

—Santidad —dijo el prelado—. La titularidad de esos señoríos ha sido disputada desde hace décadas entre el papado y la Corona de Nápoles y no creo que deban ser enajenados justo ahora, ni siquiera en régimen de vicariato.

—Mi querido cardenal de Siena —respondió con tranquilidad el pontífice—, el futuro rey napolitano ha acordado con Nos que confirmará la donación de estos territorios para el gonfaloniero de la Iglesia, lo que es lo mismo que devolvérselos a la Santa Sede.

—Lo sería, santidad —continuó Piccolomini—, si tales títulos fueran aparejados a la dignidad del capitán general de los ejércitos pontificios, pero acabáis de decir que no serán para el gonfaloniero, sino para este gonfaloniero en concreto.

Es decir, para el duque de Gandía y sus legítimos descendientes.

En la actualidad, si no estoy mal informado, son ya dos las criaturas que ha engendrado.

La fuerza del argumento del cardenal sienés era tan aplastante que incluso a César se le escapó un ligero asentimiento de cabeza.

Sin embargo, el papa se limitó a levantarse del trono, dibujó en el aire con los dedos la señal de la cruz y se marchó por donde había venido, seguido de Perotto y de monsignore Burcardo.

—¿Cómo es posible, tío? —protestó César ante el cardenal de Monreale—. ¿Más títulos y rentas para el inútil de mi hermano?

—El santo padre hace bien —dijo Joan de Borja i Llançol— en venderle cara a Federico d’Aragona la investidura de la Corona de Nápoles. Sin embargo, coincido contigo en que yerra al favorecer de esta manera a tu hermano mayor, cuyos hijos son súbditos del rey de Aragón.

—¡Podía haber acordado con el rey convertir esos ducados en señoríos eclesiásticos y dármelos a mí!

—En ese caso, sobrino, a tu muerte no permanecerían en el patrimonio de la casa Borja. Como sabes, los clérigos no podemos dejar herencias y todo volvería a la Iglesia.

—¡Ya se vería en su momento! ¡No seríamos los primeros en encontrar la manera de que una propiedad eclesiástica pasara a otras manos! Los Orsini, los Colonna y los Caetani lo han hecho durante siglos.

—Yo creo que el pontífice tiene otra cosa en mente.

Federico sólo tiene un hijo, un infante de nueve años, que, por lo que dicen, es de salud frágil.

La simiente que el rey Alfonso el Magnánimo dejó en Nápoles se está agostando, César.

Bastará un mal viento, un brote de peste o una simple caída de caballo para que quede vacante y, si tu hermano ha acumulado para entonces suficientes señoríos, rentas y títulos en el reino, es posible que los nobles napolitanos acepten un rey de la casa Borgia.

—¿Cómo dices? —César estalló en carcajadas—.

¡Mi hermano coronado como rey de Nápoles?

Si el padre santo está pensando en ello es que ha caído en los mismos delirios que su tío el papa Calixto con Pere-Lluís de Borja.

Ni el rey Fernando de Aragón ni el rey Carlos de Francia permitirían semejante barbaridad, por mucho que la investidura sea responsabilidad del sumo pontífice.

—Yo pienso lo mismo, sobrino —dijo el cardenal de Monreale—. Exactamente lo mismo. Y así se lo diré al santo padre. Si es que me lo pregunta.

Sin embargo, Alejandro VI no quería discutir más sobre el asunto aquella mañana porque estaba más preocupado por lo que había hecho Lucrecia. Por ello había llamado a Vannozza al Palacio Apostólico.

—Me he tenido que enterar por Perotto de que tu hija —le reprochó— ingresó hace dos días en el convento de las dominicas de San Sixto.

—Yo me enteré el mismo día, santidad —se excusó—, y me hizo prometer que no os lo diría.

Me aseguró que sería ella misma quien os lo comunicaría cuando estimara el momento oportuno.

Aunque es mi hija, también es una mujer adulta y condesa de Pésaro a la que no puedo forzar a hacer nada que no quiera hacer.

—¿Y tú, Adriana? —se dirigió a su prima—. ¿Tú sabías algo de esto?

—No, beatissime pater —mintió la tutora—.

No me había comentado nada al respecto. De todos modos, no se me ocurre mejor sitio para que Lucrecia espere el final del proceso de anulación de su matrimonio, porque el cenobio que dirige sor Girolama Picchi es el de mejor reputación de Roma y, me atrevería a decir, de toda Italia.

Siempre ha sido un lugar muy grato para la condesa y allí se siente segura y protegida.

Y más aún al considerar los rumores que corren por ahí respecto a...

—Sí, sí —cortó el papa—. Sin duda alguna es como dices, Adriana. Ya he nombrado al tribunal que estudiará su caso y calculo que hacia finales de año habrá tomado una decisión.

—Pues entonces —intervino Vannozza—, donde mejor está Lucrecia hasta ese momento es, precisamente, en el convento de San Sixto.

—Desde luego —titubeó el papa mientras sus ojos se volvían vidriosos con el brillo de las lágrimas que, a duras penas, retenía—. Sin embargo, lo que no entiendo es por qué Julia ha decidido acompañarla a ese retiro. Y se ha llevado con ella a la pequeña Laura.

Nadie contestó al santo padre, que, en aquel momento, parecía diez años más viejo de lo que mostraban los sesenta y seis años que acababa de cumplir el primero de enero.

La tristeza y la desesperación que se había apoderado de su rostro ensombrecían el fulgor de la pedrería que adornaba su manto pontifical y los ricos bordados de oro de la sotana roja.

En aquel momento no parecía el sucesor del príncipe de los apóstoles ni el monarca absoluto de los Estados Pontificios, sino un pobre anciano abandonado y solo que estaba a punto de llorar al darse cuenta de que, en realidad, ni era ni había sido querido por su amante. Sólo había sido utilizado.

Vannozza y Adriana también lo notaron. Era demasiado evidente.

Pero no le dijeron nada.