El mirto y el puñal 22
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Don Micheletto esperó durante cuatro días y cuatro noches a que el Sforzino apareciera de improviso en el palacio de Santa Maria in Porticu para exigir de Lucrecia el cumplimiento de sus derechos maritales.

Aunque las órdenes del asesino personal de César se limitaban a que, llegado el caso, le impidiera la entrada al conde de Pésaro, por toda la corte vaticana se extendió el rumor de que el santo padre había ordenado la muerte de Giovanni Sforza como antes había sentenciado a Virginio Gentile Orsini.

Finalmente, el marido de Lucrecia se presentó una hora antes de la tercia del Viernes Santo, con toda la etiqueta debida a su rango y dignidad.

Había mandado la víspera a un lacayo para pedir permiso para la visita y, tras serle concedido, se personó en el palacio de Santa Maria in Porticu para, delante de testigos, comunicar a su esposa que iba a confesarse a la iglesia de San Onofre Extramuros y que, a continuación, haría una peregrinación de penitencia por las siete basílicas de Roma.

Además, le indicó que se reuniría con ella en la liturgia de la pasión del Señor en San Pedro.

Acto seguido, salió del Borgo por la puerta del Santo Espíritu, la apertura al oeste de la muralla Leonina, y cruzó también los muros Aurelianos sin que los guardias se atrevieran a preguntarle al yerno del papa adónde iba.

Sin embargo, ni siquiera entró en el templo.

Un grupo de jinetes lo esperaba en la puerta para proteger su huida hasta su dominio de Pésaro donde llegó, reventando caballos, bien pasado el mediodía del Sábado de Gloria.

El Viernes Santo a la hora séptima, cuando el santo padre dio comienzo a los oficios, todas las miradas se dirigían al asiento vacío junto a Lucrecia.

Y a la hora nona —la de la muerte de Nuestro Señor en la que concluía la liturgia—, toda la ciudad sabía ya que el Sforzino había puesto tierra de por medio.

Pese a que la hija del papa se había mostrado serena y concentrada en los rezos, sabía que los centenares de personas que abarrotaban la basílica habían cuchicheado a placer a sus espaldas.

Unos decían que el conde de Pésaro se había fugado después de que su mujer le advirtiera que César quería matarlo; otros que lo había hecho tras enterarse de que era su propia esposa la que, en connivencia con su padre, lo iba a asesinar envenenando la hostia consagrada con la que el conde iba a comulgar de manos del propio santo padre.

Había, incluso, quien juraba haber visto a Juan de Gandía, a César y a don Micheletto persiguiendo al fugitivo al frente de un escuadrón de estradiotes al que consiguió dejar atrás nada más cruzar el puente Milvio.

Aquel mismo día, en las cortes de Milán, Mantua, Ferrara y en algunos palacios nobles de la misma Roma, las malas lenguas convertían a la que hasta entonces había sido la gentil hija del papa, a quien toda la ciudad apreciaba, en un súcubo maligno capaz de desatar pasiones violentas entre los hombres que la rodeaban, especialmente entre los de su propia familia.

E incluso los más atrevidos susurraban una palabra:

Incesto.

—No sufras, filla meua —le dijo el papa a su hija tras acabar los oficios mientras le acariciaba las mejillas húmedas por las lágrimas—. Si ese imbécil del Sforzino se ha marchado, más fácil será anular tu desgraciado matrimonio.

— Beatissime pater —dijo Lucrecia con los ojos enrojecidos—, toda la ciudad dice de mí las más absolutas monstruosidades sobre una conspiración para matar a mi marido. E incluso que lo quería hacer para yacer con mis dos hermanos. ¿Cómo es posible tanta maledicencia?

—¡Bah! —respondió el papa—. Hace cinco años que soy el papa y no ha habido ni un solo día en el que no llegara a mis oídos un rumor absurdo o que un secretario me enseñara un papel con versos injuriosos. No hay que perder el tiempo con esas cosas, querida niña.

—No ha merecido perderlo conmigo —intervino, con sorna amarga, Julia Farnesio—, no veo por qué hay que perderlo ahora.

—De todas formas, pare —terció el duque de Gandía—, no podemos consentir que el Sforzino insulte de esta manera a Lucrecia y, por consiguiente, a todos nosotros. Debemos hacer algo. Mandar a Pésaro un brazo y un puñal que...

—No sigas por ahí, Juan —cortó el papa, con suavidad y el mismo aire paternal que tenía siempre que hablaba con su favorito—.

No vale la pena, de la misma manera que no merece el esfuerzo perseguir chismes y habladurías.

El Sforzino devolverá hasta el último ducado de la dote de Lucrecia pese a todos sus lloriqueos; y aunque nos pudo hacer mucho daño durante la incursión del rey de Francia, es demasiado imbécil hasta para ser un traidor.

—Hermano —dijo César—, podrías haber tenido tan dispuesto el puñal en Bracciano o en Soriano Nel Cimino, cuando hubiera sido de más utilidad. O que tus hombres vigilaran mejor al Sforzino para que no se escapara.

—¡No es mi competencia la custodia de las puertas de Roma —respondió el duque de Gandía—, sino del hijo del cardenal de Monreale!

Juan, como siempre, desviaba su ineptitud hacia otros.

En aquel caso hacia Roderic de Borja, el hijo del sobrino del papa y capitán de la guardia pontificia.

Según el duque, la fortaleza de Bracciano había resistido por culpa de Próspero Colonna y la derrota de Soriano se debía a la incompetencia del duque de Urbino; si en el sitio de Ostia no se había distinguido, era porque el gran capitán le había usurpado el mando de la artillería papal y él no había querido intervenir para que se llevara a buen término la empresa.

Lo peor de todo es que el santo padre aceptaba —para desesperación y rabia de César— todas aquellas excusas y, tras unos meses, volvía a hablar del duque de Gandía como si fuera el Cid Campeador reencarnado.

Por tanto, el favorito del papa había vuelto a su vida habitual de tabernas, cacerías y cortesanas en compañía de su corte de aduladores.

—No sirve de nada llorar o pelear por la leche derramada —cortó el papa para zanjar la discusión—.

Que el Sforzino esté en Pésaro o en Roma da igual ahora mismo.

La semana próxima haré que se redacte el breve por el que conminaré al marido de Lucrecia a que acepte la anulación del matrimonio, ya que no ha sido consumado en los tres años que prescribe el derecho canónico, según ha comunicado a Nos la propia condesa de Pésaro.

—¿Yo? —preguntó Lucrecia con los ojos como platos—. ¿Cuándo y cómo he hecho yo tal cosa, beatissime pater ?

—En este escrito para el que es necesaria tu firma, querida niña —le respondió el santo padre mientras le extendía un papel—, y que será remitido a la vicecancillería para su tramitación mañana mismo.

La hija del papa leyó con avidez las apretadas líneas del pliego, que había redactado un escribano apostólico en el pulido latín de la administración vaticana, en el que se ponía en boca de Lucrecia, bajo solemne juramento, que en cuatro años de vida conyugal con Giovanni Sforza «no había conocido relación carnal alguna» con su esposo y, por tanto, «estaba dispuesta a someterse a un examen para demostrar este hecho»; es decir, que aún era virgen.

En ese momento se adelantó Perotto, el cubiculario del papa, que portaba recado de escribir, que incluía un candil y barras de lacre para autentificar el documento.

—¿No hay otra manera? —inquirió Lucrecia.

—¿A qué te refieres, filla ? —preguntó el papa.

—A si el único argumento jurídico que se puede presentar es que el matrimonio no se ha consumado y, por tanto, que sigo siendo virgen.

—Es el único dubio 1 —apuntó el cardenal de Monreale— que puede presentar una mujer ante el tribunal de la Rota para solicitar la anulación de un matrimonio.

—¿Y un hombre?

—Hay otras circunstancias como la esterilidad de la esposa, deformidad, adulterio, consanguinidad...

—Sí, sí, entiendo —cortó Lucrecia con un gesto de hastío—. Sea pues. Perotto, por favor.

El paje dispuso sobre la mesa el cálamo, el tintero y el pequeño candil.

Sobre la llama, aplicó una pequeña cazoleta de bronce en la que derritió unos trozos de lacre rojo que vertió en el pliego junto a la firma de la condesa de Pésaro.

Lucrecia estampó en la cera caliente el sello con sus armas que tenía labrado en un anillo.

Ambos cruzaron una mirada de angustia y temor que sólo ellos podían interpretar.

Todos los presentes —incluido el papa— rompieron en aplausos cuando Lucrecia terminó de firmar.

Juan de Gandía se burló de la virilidad del Sforzino con bromas obscenas más propias de un burdel que del Palacio Apostólico, mientras el cardenal de Monreale y el propio pontífice se palmeaban las espaldas como dos arrieros en una taberna.

La única que no sonreía era Lucrecia.

Tampoco Perotto.

Como la Semana Santa de aquel año había sido precoz, la fiesta de la Anunciación y Encarnación de Nuestro Señor se trasladó al segundo lunes de Pascua.

Fiel a la costumbre inmemorial, el papa se trasladó a la basílica de Santa Maria sopra Minerva.

En la plaza que se abre frente al templo, a un lado del Panteón, docenas de doncellas de entre trece y dieciséis años —todas huérfanas de padre— aguardaban con coronas hechas de flores a que el sumo pontífice les diera un ducado de oro a cada una como dote para que pudieran casarse.

Aquélla era la ceremonia favorita de las damas, pues era la única en la que tenían un papel protagonista al ayudar a su santidad a repartir el dinero entre las vírgenes romanas.

Lucrecia, Julia Farnesio, Sancha d’Aragona y Adriana de Milà, entre otras, estaban sentadas bajo los tres escalones de acceso a la basílica mientras que el papa, en un trono dorado, presidía la ceremonia desde una tarima colocada frente a la puerta principal.

Las muchachas iban pasando por delante de ellas para recibir la moneda.

Pese a que la ceremonia era una de las más alegres de cuantas se celebran en Roma, la cara de Lucrecia no mostraba el más mínimo signo de felicidad.

—Pobres muchachas —acertó a decirle a Sancha d’Aragona—. Pobrecillas.

—¿Por qué dices eso, Lucrecia? —preguntó la princesa de Esquilache—. Yo creo que son afortunadas porque van a poder casarse gracias a la generosidad del santo padre.

—Sabes tan bien como yo lo que ocurrirá con la mayoría de ellas. Las casarán con quien mejor convenga para los intereses de sus familias y el dinero se lo quedarán sus futuros maridos. Después las preñarán una y otra vez hasta que los partos terminen por reventarlas.

—No somos tan diferentes —terció Julia Farnesio—. Lo único que nos diferencia de ellas es que por nosotras se pagó mucho más que un ducado.

—¡Por eso lo digo! —saltó Lucrecia—. ¡Nos tratan como si fuéramos yeguas! Da igual si somos bestias de carga como estas pobres crías o finas monturas como las damas de la nobleza. Es el precio lo único que nos hace distintas.

—Así está hecho el mundo, niña —dijo Adriana de Milà—. Para los hombres.

—Entonces, tía —rebatió la hija del papa—, ¿para qué nos educaron? ¿Para qué era necesario aprender latín y griego? ¿Para qué tantas horas de filosofía, de cuentas, leyes, música o danza? Con que me hubieras enseñado a abrir las piernas y a parir bien habría sido suficiente.

—¡Santa María, Lucrecia! —protestó la prima del papa—. ¡Hablas como una ramera del puerto de Ripa Grande!

—Al menos, ellas se venden a sí mismas.

—Creo —dijo Sancha— que estás demasiado nerviosa por lo de la anulación de tu matrimonio con el Sforzino. Es normal. Yo también lo estaría. Y, además, hay muchas maneras de ser libre sin que ellos, los hombres, lo sepan.

—Tú has sabido buscar la manera de ser libre y, aunque no me siento cómoda con ser tu cuñada por partida triple, lo respeto porque eres mi amiga.

—Sabes que ahora sólo tengo ojos para Juan. Jofré fue una imposición y respecto a César —Sancha dudó un instante—; César fue una equivocación. Muy agradable, pero una equivocación que no debe volver a ocurrir.

—Yo tampoco elegí a mi marido —terció Julia Farnesio—. Ninguna lo hacemos. Ni ellas ni nosotras. Por eso, tenemos el derecho a buscar el amor donde queramos, siempre y cuando guardemos las apariencias. No nos queda otra.

—Cuéntale eso a Caterina Sforza —dijo Lucrecia—.

Mataron al marido con el que la casaron; y también al que ella eligió después y que era veinte años más joven que ella.

Y ahora se ha casado con un Médici, Giovanni il Popolano, y me han dicho que está embarazada de él.

Sin embargo, la que manda en Imola y Forlì es ella y...

—Hasta que su hijo Octaviano —interrumpió Adriana— sea mayor de edad.

—Pero si ya lo es, tía. Y da igual porque es su madre la que manda. Es la señora de Imola y Forlì. Ella misma se ocupa de reclutar y armar a las tropas que defienden su señorío y hasta las alquila como si fuera un condotiero. Hasta su tío Ludovico el Moro ha tenido que aceptar la situación.

—Es una Sforza, Lucrecia —insistió Adriana—. Está hecha de otra pasta.

—Y tú y yo, tía, somos de la casa Borja, que ha dado dos papas. Y Sancha es una Trastámara, como la reina de Castilla, y Julia es una Farnesio. Pero sólo parece que el apellido pesa cuando lo lleva un hombre. Ellos pueden hacer lo que quieran, mientras nosotras bordamos y parimos.

—Bueno, sobre eso —dijo Julia—, sólo la dama Adriana y yo hemos pasado por ahí.

—¿Por dónde?

—Por el trance de traer una criatura al mundo.

—¿Y qué?

—Que todo cambia después, Lucrecia —dijo Adriana con amargura—. Incluso en mi caso.

—Pero si has permitido... —Lucrecia consiguió cambiar las palabras justo a tiempo ante la mirada fija de la aludida— que tu nuera sea tan querida por el santo padre.

—Diga lo que diga, mi hijo también lo quiso a cambio de poder, riqueza y posición. Mi pecado es compartido. Lo hice por su bien y él lo sabe. Tampoco ama a Julia, pero era el único matrimonio que se pudo arreglar para un Orsini de una rama menor y con su deformidad. Hemos salido ganando todos.

—Pues por eso, tía —dijo Lucrecia—, yo también quiero salir ganando. Y que no me libren de un marido para endosarme otro sin que yo decida.

—¿Y qué piensas hacer al respecto?

—Refugiarme en un sitio donde no llegue el poder del papa.

—¿Aquí en Roma? —se burló Sancha—. ¿Dónde?

—Donde siempre. En el convento de las dominicas de San Sixto.

—¿Cuándo?

—Pronto.

—Pues igual —dijo Julia bajando la voz y mirando al papa por el rabillo del ojo— no vas sola.